10. El método de la economía política
La praxeología tiene por objeto investigar la categoría de la acción humana. Todo lo que se precisa para deducir todos los teoremas praxeológicos es conocer la esencia de la acción humana. Es un conocimiento que poseemos por el simple hecho de ser hombres; ningún ser humano carece de él, salvo que influencias patológicas le hayan reducido a una existencia meramente vegetativa. Para comprender cabalmente esos teoremas no se requiere acudir a experimentación alguna. Es más; ningún conocimiento experimental, por amplio que fuera, haría comprensibles los datos a quien de antemano no supiera en qué consiste la actividad humana. Sólo mediante el análisis lógico de aquellos conocimientos que llevamos dentro, referentes a la categoría de acción, es posible la asimilación mental de los teoremas en cuestión. Debemos concentrarnos y reflexionar sobre la estructura misma de la acción humana. El conocimiento praxeológico, como el lógico y el matemático, lo llevamos en nuestro interior; no nos viene de fuera.
Todos los conceptos y teoremas de la praxeología están implícitos en la propia categoría de acción humana. En orden a alcanzar el conocimiento praxeológico, lo fundamental es analizar y deducir esos conceptos y teoremas, extraer las correspondientes conclusiones y determinar las características universales del actuar como tal. Una vez conocidos los requisitos típicos de toda acción, conviene dar un paso más en el sentido de determinar —desde luego, de un modo puramente categórico y formal— los requisitos más específicos de formas especiales de actuar. Cabría abordar esta segunda tarea formulando todas las situaciones imaginables, para deducir seguidamente las debidas conclusiones lógicas. Tal sistemática omnicomprensiva nos ilustraría no sólo acerca de la acción humana tal y como se produce en este mundo real, donde vive y actúa el hombre, sino también acerca de unas hipotéticas acciones que se registrarían en el caso de concurrir las irrealizables condiciones de mundos imaginarios.
Pero lo que la ciencia pretende es conocer la realidad. La investigación científica no es ni mera gimnasia mental ni pasatiempo lógico. De ahí que la praxeología restrinja su estudio al análisis de la acción tal y como aparece bajo las condiciones y presupuestos del mundo real. Únicamente en dos supuestos se aborda la acción tal como aparecería bajo condiciones que ni nunca se han presentado ni en el momento actual pueden aparecer. Se ocupa de situaciones que, aunque no sean reales en el presente y en el pasado, pueden llegar a serlo en el futuro. Y analiza las condiciones irreales e irrealizables siempre y cuando tal análisis permita una mejor percepción de los efectivos fenómenos que se trate de examinar.
Sin embargo, esta referencia a la experiencia en modo alguno afecta al carácter apriorístico de la praxeología y de la economía. Nuestros conocimientos experimentales vienen simplemente a indicamos cuáles son los problemas que conviene examinar y cuáles procede desatender. Nos informan sobre lo que debemos analizar, pero nada nos dicen de cómo debemos proceder en nuestra investigación. Además, no es la experiencia, sino el propio pensar, el que nos indica que, y en qué casos, es necesario investigar las condiciones hipotéticas irrealizables en orden a comprender lo que sucede en el mundo real.
El que el trabajo fatigue no es algo categórico y apriorístico. Se puede imaginar, sin caer en contradicción, un mundo en el que el trabajo no fuera penoso y deducir las correspondientes conclusiones1. Ahora bien, en la vida real continuamente tropezamos con la «desutilidad» del trabajo. Sólo los teoremas basados en el supuesto de que el trabajo es fuente de malestar son aplicables para la comprensión de lo que sucede en nuestro mundo.
La experiencia nos muestra la desutilidad del trabajo. Pero no lo hace directamente. No existe, en efecto, fenómeno alguno que, por sí solo, denote la desutilidad del trabajo. Sólo hay datos de experiencia que se interpretan, sobre la base de un conocimiento apriorístico, en el sentido de que el hombre, en igualdad de circunstancias, prefiere el ocio —es decir, la ausencia de trabajo— al trabajo mismo. Vemos gentes que renuncian a placeres que podrían disfrutar si trabajaran más, es decir que están dispuestas a sacrificar ciertos goces en aras del descanso. De este hecho deducimos que el hombre aprecia el descanso como un bien y considera el trabajo una carga. Pero si llegamos a semejante conclusión, ello es sólo porque hemos apelado previamente al discernimiento praxeológico.
La teoría del cambio indirecto y todas las que en ella se basan —la del crédito circulante, por ejemplo— sólo son aplicables a la interpretación de acontecimientos que se producen en un mundo en el que el cambio indirecto se practique. En un mundo en el que sólo existiera el trueque, tales construcciones serían mero pasatiempo intelectual. No es probable que los economistas de esa imaginaria sociedad se hubieran jamás ocupado del cambio indirecto, del dinero y demás conceptos conexos, aun suponiendo que en ella pudiera llegar a surgir la ciencia económica. Pero en nuestro mundo real dichos estudios son una imprescindible faceta del saber económico.
El que la praxeología, al pretender captar la realidad, limite su investigación a aquellas cuestiones que, en ese sentido, tienen interés en modo alguno modifica la condición apriorística de su razonar. Queda, no obstante, de este modo prefijado el campo de acción de la economía, la única parte de la praxeología hasta ahora elaborada.
La economía no utiliza el método de la lógica ni el de las matemáticas. No se limita a formular puros razonamientos apriorísticos, desligados por completo de la realidad. Se plantea supuestos concretos siempre y cuando su análisis permita una mejor comprensión de los fenómenos reales. No existe en los tratados y monografías económicas una separación tajante entre la pura ciencia y la aplicación práctica de sus teoremas a específicas situaciones históricas o políticas. La economía formula sus enseñanzas entrelazando el conocimiento apriorístico con el examen e interpretación de la realidad.
Es evidente que este método resulta ineludible, habida cuenta de la naturaleza y condición de la materia que trata la economía, y ha dado pruebas suficientes de su utilidad. Pero, ello no obstante, conviene advertir que el empleo de esa singular e, incluso, algo extraña sistemática, desde el punto de vista de la lógica, exige especial cautela y pericia por parte del estudioso, hasta el punto de que personas de escasa preparación han caído en graves errores al manejar imprudentemente ese bifronte sistema, integrado por dos métodos epistemológicamente diferentes.
Tan erróneo es suponer que la vía histórica permite, por sí sola, abordar el estudio económico, como creer que sea posible una economía pura y exclusivamente teórica. Naturalmente, una cosa es la economía y otra la historia económica. Nunca ambas disciplinas deben confundirse. Todo teorema económico resulta válido y exacto en cualquier supuesto en el que concurran las circunstancias previstas por el mismo. Desde luego, ninguno de esos teoremas tiene interés práctico cuando en el caso no se dan los correspondientes presupuestos. Las doctrinas referentes al cambio indirecto carecen de todo valor si aquél no existe. Ahora bien, ello nada tiene que ver con la exactitud y certeza de las mismas2.
El deseo de muchos políticos y de importantes grupos de presión de vilipendiar la economía política y difamar a los economistas ha provocado confusión en el debate. El poder embriaga lo mismo al príncipe que a la democrática mayoría. Aunque sea a regañadientes, todo el mundo ha de someterse a las inexorables leyes de la naturaleza. Sin embargo, los gobernantes no piensan lo mismo de las leyes económicas. Porque, ¿acaso no legislan como les place? ¿No disponen de poder bastante para aplastar a cualquier oponente? El belicoso autócrata se humilla sólo ante una fuerza militar superior a la suya. Siempre hay, además, plumas serviles dispuestas a justificar la acción estatal formulando doctrinas ad usum Delphini. De «economía histórica» suelen calificarse esos arbitrarios escritos. La verdad es que la historia económica ofrece un rico muestrario de actuaciones políticas que fracasaron en sus pretensiones precisamente por haber despreciado las leyes de la economía.
Es imposible comprender las vicisitudes y obstáculos con que el pensamiento económico siempre ha tropezado si no se advierte que la economía, como tal ciencia, es un abierto desafío a la vanidad personal del gobernante. El verdadero economista jamás será bienquisto por autócratas y demagogos. Para ellos será siempre un personaje díscolo y poco grato y tanto más le odiarán cuanto mejor adviertan la certeza y exactitud de sus críticas.
Ante tan frenética oposición, bueno será resaltar que la base de todo el raciocinio praxeológico y económico, es decir, la categoría de acción humana, no admite crítica ni objeción alguna. Ninguna referencia a cuestiones históricas o empíricas puede invalidar la afirmación de que la gente trabaja conscientemente para alcanzar ciertos objetivos deseados. Ninguna discusión sobre la irracionalidad, los insondables abismos del alma humana, la espontaneidad de los fenómenos vitales, automatismos, reflejos y tropismos puede afectar al hecho de que el hombre se sirve de la razón para satisfacer sus deseos y apetencias. Partiendo de este fundamento inconmovible que es la categoría de acción humana, la praxeología y la economía progresan, paso a paso, en sus estudios mediante el razonamiento reflexivo. Dichas disciplinas, tras precisar con el máximo rigor sus presupuestos y condiciones, proceden a elaborar un ordenado sistema de conceptos, deduciendo del mismo, mediante raciocinio lógicamente inatacable, las oportunas conclusiones. Ante éstas sólo caben dos actitudes: desenmascarar los errores lógicos en la cadena de deducciones que lleva a tales resultados, o bien proclamar su corrección y validez.
De nada sirve alegar que ni la vida ni la realidad son lógicas. La vida y la realidad no son ni lógicas ni ilógicas; están simplemente dadas. Pero la lógica es el único instrumento con que cuenta el hombre para comprenderlas. A nada conduce suponer que la vida y la historia resultan inescrutables e incomprensibles, de tal suerte que la razón jamás podrá captar su íntima esencia. Quienes así piensan vienen a contradecir sus propias manifestaciones cuando, después de afirmar que todo lo trascendente resulta inasequible para la mente humana, pasan a formular sus personales teorías —desde luego, erróneas— sobre aquellas mismas ignotas materias. Muchas cosas hay que exceden los límites de nuestra mente. Ahora bien, todo conocimiento, por mínimo que sea, ha de adquirirlo el hombre fatalmente por vía de la razón.
No menos inadmisible es oponer la comprensión a la teoría económica. La comprensión histórica tiene por misión dilucidar aquellas cuestiones que las ciencias no históricas son incapaces de resolver satisfactoriamente. La comprensión jamás puede contradecir las doctrinas formuladas por estas otras disciplinas. Ha de limitarse, por un lado, a descubrir ante determinada acción las ideas que impulsaron a los actores, los fines perseguidos y los medios aplicados a su consecución y, por otro, a calibrar la respectiva importancia de los factores que intervienen en la aparición de cierto hecho, siempre y cuando las disciplinas no históricas sean incapaces de resolver la duda. La comprensión no autoriza a ningún historiador moderno a afirmar, por ejemplo, que alguna vez haya sido posible devolver la salud a las vacas enfermas mediante mágicos conjuros. Por lo mismo, tampoco le cabe ampararse en la comprensión para afirmar que en la antigua Roma o bajo el imperio de los incas determinadas leyes económicas no tenían vigencia.
El hombre no es infalible. Busca siempre la verdad, es decir, aspira a aprehender la realidad lo más perfectamente que las limitaciones de su mente y razón le permiten. El hombre nunca será omnisciente. Jamás podrá llegar a un convencimiento pleno de que su investigación se halla acertadamente orientada y de que son efectivamente ciertas las verdades que considera inconcusas. Lo más que al hombre le cabe es revisar, con el máximo rigor, una y otra vez, el conjunto de sus tesis. Para el economista esto implica retrotraer todos los teoremas a su origen cierto e indiscutible, la categoría de la acción humana, comprobando, mediante el análisis más cuidadoso, cuantas sucesivas inferencias y conclusiones finalmente abocan al teorema en cuestión. En modo alguno se supone que este método excluya definitivamente el error. Ahora bien, de lo que no cabe dudar es de que es el más eficaz para evitarlo.
La praxeología —y por tanto también la economía— es una disciplina deductiva. Su valor lógico deriva de aquella base de la que parte en sus deducciones: la categoría de la acción. Ningún teorema económico que no esté sólidamente asido a dicha base a través de una inatacable cadena racional resulta científicamente admisible. Toda afirmación carente de esa ilación ha de estimarse arbitraria, hasta el punto de quedar flotando en el aire sin sustentación alguna. No es posible abordar ningún específico ámbito económico si no se le ensambla en una teoría general de la acción.
Las ciencias empíricas parten de hechos singulares y en sus estudios progresan de lo individualizado a lo general. La materia manejada les permite la especialización. El investigador puede concentrar su atención en sectores determinados, despreocupándose del conjunto. El economista jamás puede ser un especialista. Al abordar cualquier problema, ha de tener presente todo el sistema.
Los historiadores a menudo se equivocan a este respecto. Propenden a inventar los teoremas que mejor les convienen. Llegan incluso a olvidar que no se puede deducir ninguna relación causal del estudio de los fenómenos complejos. Vana es su pretensión de analizar la realidad sin apoyarse en lo que ellos califican de ideas preconcebidas. En realidad, aplican sin darse cuenta doctrinas populares hace tiempo desenmascaradas como falaces y contradictorias. (von Mises, 1966)