2. El carácter formal y apriorístico de la praxeología
Se ha puesto de moda una tendencia filosófica que pretende negar la posibilidad de todo conocimiento a priori. El saber humano, asegúrase, deriva íntegra y exclusivamente de la experiencia. Tal postura se comprende en tanto reacción, exagerada desde luego, contra algunas aberraciones teológicas y cierta equivocada filosofía de la historia y de la naturaleza. Porque, como es sabido, la metafísica pretendía averiguar, de modo intuitivo, las normas morales, el sentido de la evolución histórica, las cualidades del alma y de la materia y las leyes rectoras del mundo físico, químico y fisiológico. En alambicadas especulaciones, se volvía alegremente la espalda a la realidad evidente. Tales pensadores estaban convencidos de que, sin recurrir a la experiencia, sólo mediante el raciocinio cabía explicarlo todo y descifrar hasta los más abstrusos enigmas.
Las modernas ciencias naturales deben sus éxitos a la observación y a la experimentación. No cabe duda de que el empirismo y el pragmatismo llevan razón cuando de las ciencias naturales se trata. Ahora bien, no es menos cierto que se equivocan gravemente cuando pretenden recusar todo conocimiento a priori y suponen que la lógica, la matemática y la praxeología deben ser consideradas también como disciplinas empíricas y experimentales.
Por lo que a la praxeología atañe, los errores de los filósofos se deben a su total desconocimiento de la ciencia económica1 e incluso, a veces, a su inaudita ignorancia de la historia. Para el filósofo, el estudio de los problemas filosóficos constituye una noble y sublime vocación situada muy por encima de aquellas otras ocupaciones mediante las cuales el hombre persigue el lucro y el provecho propio. Contraría al eximio profesor el advertir que sus filosofías le sirven de medio de vida, le repugna la idea de que se gana el sustento análogamente a como lo hace el artesano o el labriego. Las cuestiones dinerarias son temas groseros y no debe el filósofo, dedicado a investigar trascendentes cuestiones sobre la verdad absoluta y los valores eternos, envilecer su mente ocupándose de los problemas de la economía.
No debe confundirse el problema referente a si existen o no presupuestos apriorísticos del pensar —es decir, obligadas e ineludibles condiciones intelectuales del pensamiento, previas a toda idea o percepción— con el problema de la evolución del hombre hasta adquirir su actual capacidad mental típicamente humana. El hombre desciende de antepasados de condición no-humana, los cuales carecían de esa capacidad intelectiva. Tales antepasados, sin embargo, gozaban ya de una cierta potencialidad que a lo largo de la evolución les permitió acceder a la condición de seres racionales. Esta transformación se produjo mediante influencias ambientales que afectaron a generación tras generación. De ello deducen los empiristas que el raciocinio se basa en la experimentación y es consecuencia de la adaptación del hombre a las condiciones de su medio ambiente.
Estas ideas, lógicamente, implican afirmar que el hombre fue pasando por etapas sucesivas, desde la condición de nuestros prehumanos antepasados hasta llegar a la de homo sapiens. Hubo seres que, si bien no gozaban aún de la facultad humana de razonar, disfrutaban ya de aquellos rudimentarios elementos en que se basa la razón. Su mentalidad no era todavía lógica, sino prelógica (o, más bien, imperfectamente lógica). Esos endebles mecanismos lógicos progresaron poco a poco, pasando de la etapa prelógica a la de la verdadera lógica. La razón, la inteligencia y la lógica son, por tanto, fenómenos históricos. Podría escribirse la historia de la lógica como se puede escribir la de las diferentes técnicas. No hay razón alguna para suponer que nuestra lógica sea la fase última y definitiva de la evolución intelectual. La lógica humana no es más que una etapa en el camino que conduce desde el prehumano estado ilógico a la lógica sobrehumana. La razón y la mente, las armas más eficaces con que el hombre cuenta en su lucha por la existencia, están inmersas en el continuo devenir de los fenómenos zoológicos. No son ni eternas ni inmutables; son puramente transitorias.
Es más, resulta evidente que todo individuo, a lo largo de su personal desarrollo evolutivo, no sólo rehace aquel proceso fisiológico que desde la simple célula desemboca en el sumamente complejo organismo mamífero, sino también el proceso espiritual que de la existencia puramente vegetativa y animal conduce a la mentalidad racional. Tal transformación no queda perfeccionada durante la vida intrauterina, sino que se completa más tarde, a medida que, paso a paso, el hombre va despertándose a la vida consciente. De esta suerte, resulta que el ser humano, durante sus primeros años, partiendo de oscuros fondos, rehace los diversos estadios recorridos por la evolución lógica de la mente humana.
Por otra parte, está el caso de los animales. Advertimos plenamente el insalvable abismo que separa los procesos racionales de la mente humana de las reacciones cerebrales y nerviosas de los brutos. Sin embargo, también creemos percibir en las bestias la existencia de fuerzas que desesperadamente pugnan por alcanzar la luz intelectiva. Son como prisioneros que anhelaran fervientemente liberarse de su fatal condena a la noche eterna y al automatismo inexorable. Nos dan pena porque también nosotros nos hallamos en análoga situación, luchando siempre con la inexorable limitación de nuestro aparato intelectivo, en vano esfuerzo por alcanzar el inasequible conocimiento perfecto.
Pero el problema del conocimiento a priori es distinto. No se trata ahora de determinar cómo apareció el raciocinio y la conciencia. El tema que nos ocupa se refiere al carácter constitutivo y obligado de la estructura de la mente humana.
Las relaciones lógicas fundamentales no pueden ser objeto de demostración ni de refutación. El pretender demostrar su certeza obliga a presuponer su validez. Es imposible explicarlas a quien, por sí solo, no las advierta. Es vano todo intento de precisarlas recurriendo a las conocidas reglas de la definición. Estamos ante proposiciones de carácter primario, obligado antecedente de toda definición, nominal o real. Se trata de categorías primordiales, que no pueden ser objeto de análisis. La mente humana es incapaz de concebir otras categorías lógicas diferentes. Para el hombre resultan imprescindibles e insoslayables, aun cuando a una mente sobrehumana pudieran merecer otra conceptuación. Integran los ineludibles presupuestos del conocimiento, de la comprensión y de la percepción.
Al mismo tiempo, son presupuestos obligados de la memoria. Las ciencias naturales tienden a explicar la memoria como una manifestación específica de otro fenómeno más general. El organismo vivo queda indeleblemente estigmatizado por todo estímulo recibido y la propia materia inorgánica actual no es más que el resultado de todos los influjos que sobre ella actuaron. Nuestro universo es fruto del pasado. Por tanto, cabe decir, en un cierto sentido metafórico, que la estructura geológica del globo guarda memoria de todas las anteriores influencias cósmicas, así como que el cuerpo humano es la resultante de la ejecutoria y vicisitudes del propio interesado y sus antepasados. Ahora bien, la memoria nada tiene que ver con esa unidad estructural y esa continuidad de la evolución cósmica. Se trata de un fenómeno de conciencia, condicionado, consecuentemente, por el a priori lógico. Sorpréndense los psicólogos ante el hecho de que el hombre nada recuerde de su vida embrionaria o de lactante. Freud intentó explicar esa ausencia recordatoria aludiendo a la subconsciente supresión de indeseadas memorias. La verdad es que en los estados de inconsciencia nada hay que pueda recordarse. Ni los reflejos inconscientes ni las simples reacciones fisiológicas pueden ser objeto de recuerdo, ya se trate de adultos o niños. Sólo los estados conscientes pueden ser recordados.
La mente humana no es una tabula rasa sobre la que los hechos externos graban su propia historia. Al contrario, goza de medios propios para aprehender la realidad. El hombre fraguó esas armas, es decir, plasmó la estructura lógica de su propia mente a lo largo de un dilatado desarrollo evolutivo que, partiendo de las amebas, llega hasta la presente condición humana. Ahora bien, esos instrumentos mentales son lógicamente anteriores a todo conocimiento.
El hombre no es sólo un animal íntegramente formado por aquellos estímulos que fatalmente determinan las circunstancias de su vida; también es un ser que actúa. Y la categoría de acción es antecedente lógico de cualquier acto determinado.
El que el hombre carezca de capacidad creadora bastante para concebir categorías disconformes con sus ilaciones lógicas fundamentales y con los principios de la causalidad y la teleología impone lo que cabe denominar apriorismo metodológico.
A diario, con nuestra conducta, atestiguamos la inmutabilidad y universalidad de las categorías del pensamiento y de la acción. Quien se dirige a sus semejantes para informarles o convencerles, para inquirir o contestar interrogantes, se ampara, al proceder de tal suerte, en algo común a todos los hombres: la estructura lógica de la razón humana. La idea de que A pudiera ser al mismo tiempo no-A, o que preferir A a B equivaliera a preferir B a A, es para la mente humana inconcebible y absurdo. Nos resulta incomprensible todo razonamiento prelógico o metalógico. Somos incapaces de concebir un mundo sin causalidad ni teleología.
No interesa al hombre determinar si, fuera de la esfera accesible a su inteligencia, existen o no otras en las cuales se opere de un modo categóricamente distinto a como funcionan el pensamiento y la acción humana. Ningún conocimiento procedente de tales mundos tiene acceso a nuestra mente. Carece de sentido inquirir si las cosas, en sí, son distintas de como a nosotros nos parecen; si existen universos inaccesibles e ideas imposibles de comprender. Esos problemas desbordan nuestra capacidad cognoscitiva. El conocimiento humano viene condicionado por la estructura de nuestra mente. Si, como objeto principal de investigación, se elige la acción humana, ello equivale a contraer, por fuerza, el estudio a las categorías de acción conformes con la mente humana, aquéllas que implican la proyección de ésta sobre el mundo externo de la evolución y el cambio. Todos los teoremas que la praxeología formula se refieren exclusivamente a las indicadas categorías de acción y sólo tienen validez dentro de la órbita en la que aquellas categorías operan. Dichos pronunciamientos en modo alguno pretenden ilustrarnos acerca de mundos y situaciones impensables e inimaginables.
De ahí que la praxeología merezca el calificativo de humana en un doble sentido. Lo es, en efecto, por cuanto sus teoremas, en el ámbito de los correspondientes presupuestos, aspiran a tener validez universal en relación con toda actuación humana. Y es humana igualmente porque sólo se interesa por la acción humana, desentendiéndose de las acciones que carezcan de tal condición, ya sean subhumanas o sobrehumanas.
La supuesta heterogeneidad lógica del hombre primitivo
Es un error bastante generalizado suponer que los escritos de Lucien Lévy-Bruhl abogan en favor de aquella doctrina según la cual la estructura lógica de la mente de los hombres primitivos fue y sigue siendo categóricamente diferente de la del hombre civilizado. Al contrario, las conclusiones a que Lévy-Bruhl llega, después de analizar cuidadosamente todo el material etnológico disponible, proclaman palmariamente que las ilaciones lógicas fundamentales y las categorías de pensamiento y de acción operan lo mismo en la actividad intelectual del salvaje que en la nuestra. El contenido de los pensamientos del hombre primitivo difiere del de los nuestros, pero la estructura formal y lógica es común a ambos.
Es cierto que Lévy-Bruhl afirma que la mentalidad de los pueblos primitivos es de carácter esencialmente «mítico y prelógico»; las representaciones mentales colectivas del hombre primitivo vienen reguladas por la «ley de la participación» y son, por lo tanto, diferentes de la «ley de la contradicción». Ahora bien, la distinción de Lévy-Bruhl entre pensamiento lógico y pensamiento prelógico se refiere al contenido, no a la forma ni a la estructura categorial del pensar. El propio escritor, en efecto, afirma que, entre las gentes civilizadas, también se dan ideas y relaciones ideológicas reguladas por la ley de la participación, las cuales, con mayor o menor independencia, con más o menos fuerza, coexisten inseparablemente con aquellas otras regidas por la ley de la razón. «Lo prelógico y lo mítico conviven con lo lógico»2.
Lévy-Bruhl sitúa las doctrinas fundamentales del cristianismo en la esfera del pensamiento prelógico3. Se pueden formular, y efectivamente se han formulado, numerosas críticas contra las doctrinas cristianas y su interpretación por los teólogos. Pero nadie osó jamás afirmar que la mente de los Padres de la Iglesia y filósofos cristianos —entre ellos San Agustín y Santo Tomás— fuera de estructura lógica diferente a la nuestra. La diferencia entre quien cree en milagros y quien no tiene fe en ellos atañe al contenido del pensamiento, no a su forma lógica. Tal vez se equivoque quien pretenda demostrar la posibilidad y la realidad de los milagros. Pero demostrar su error —según bien dicen los brillantes ensayos de Hume y Mill— es una tarea lógica no menos ardua que la de demostrar el error de cualquier falacia filosófica o económica.
Exploradores y misioneros nos aseguran que en África y en la Polinesia el hombre primitivo rehúye superar mentalmente la primera impresión que le producen las cosas, no queriendo preocuparse de si puede mudar aquel planteamiento4. Los educadores europeos y americanos también, a veces, nos dicen lo mismo de sus alumnos. Lévy-Bruhl transcribe las palabras de un misionero acerca de los componentes de la tribu Mossi del Níger: «La conversación con ellos gira exclusivamente en torno a mujeres, comida y, durante la estación de las lluvias, la cosecha»5. Pero ¿es que acaso preferían otros temas numerosos contemporáneos y conocidos de Newton, Kant y Lévy-Bruhl?
La conclusión a que llevan los estudios de este último se expresa mejor con las propias palabras del autor. «La mente primitiva, como la nuestra, desea descubrir las causas de los acontecimientos, si bien aquélla no las busca en la misma dirección que nosotros»6.
El campesino deseoso de incrementar su cosecha tal vez recurra a soluciones distintas, según la filosofía que le anime. Puede ser que se dé a ritos mágicos; acaso practique una piadosa peregrinación, o bien ofrezca un cirio a su santo patrón; o también es posible que proceda a utilizar más y mejor fertilizante. Ahora bien, sea cual fuere la solución preferida, siempre nos hallaremos ante una actuación racional consistente en emplear ciertos medios para alcanzar determinados fines. La magia, en determinado aspecto, no es más que una variedad de la técnica. El exorcismo también es una acción deliberada y con sentido, basada en una concepción que la mayoría de nuestros contemporáneos rechaza como supersticiosa y por tanto inadecuada. Pero el concepto de acción no implica que ésta se base en una teoría correcta y una técnica apropiada, ni tampoco que pueda alcanzar el fin propuesto. Lo único que, a estos efectos, importa es que quien actúe crea que los medios utilizados van a provocar el efecto apetecido.
Ninguno de los descubrimientos aportados por la etnología y la historia contradicen la afirmación de que la estructura lógica de la mente es común a todos los hombres de todas las razas, edades y países7. (von Mises, 1966)
Footnotes
Pocos filósofos habrán gozado de un dominio más universal de las distintas ramas del saber moderno que Bergson. Y, sin embargo, una observación casual, en su último y gran libro, evidencia que Bergson ignoraba por completo el teorema fundamental en que se basa la moderna teoría del valor y del intercambio. Hablando de este último, dice «l’on ne peut le pratiquer sans s’être demandé si les deux objets échangés sont bien de même valeur, c’est-à-dire échangeables contre un même troisième». Les Deux Sources de la Morale et de la Religion, p. 68, París 1932.↩︎
Lévy-Bruhl, How Natives Think, p. 386, trad. de LA. Clare, Nueva York 1932.↩︎
Ibíd., p. 377.↩︎
Lévy-Bruhl, Primitive Mentality, pp. 27-29, trad. de L. A. Clare, Nueva York 1923.↩︎
Ibíd., p. 27.↩︎
Ibíd., p. 437.↩︎
V. los brillantes estudios de E. Cassirer, Philosophie der symbolischen Formen, II, p. 78, Berlín 1925.↩︎