330 Economía
Acción humana
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(von Mises, 1966)

3. Lo apriorístico y la realidad

El razonamiento apriorístico es estrictamente conceptual y deductivo. De ahí que no pueda producir sino tautologías y juicios analíticos. Todas sus conclusiones se derivan lógicamente de las premisas en las que realmente se hallan contenidas. De donde la general objeción de que nada puede añadir a nuestro conocimiento.

Todos los teoremas geométricos se hallan ya implícitos en los correspondientes axiomas. El teorema de Pitágoras presupone el triángulo rectángulo. Este teorema es una tautología, su deducción se concreta en un juicio analítico. Pese a ello, nadie duda de que la geometría en general y el teorema de Pitágoras en particular dejen de ampliar el campo de nuestro conocimiento. La cognición derivada del puro razonamiento deductivo es también creativa y abre nuestra mente a esferas que antes nos eran desconocidas. La trascendente misión del razonamiento apriorístico estriba, de un lado, en permitirnos advertir cuanto se halla implícito en las categorías, los conceptos y las premisas y, de otro, en mostrarnos lo que éstos no contienen. Su función, por tanto, consiste en hacer claro y evidente lo que antes resultaba oscuro y arcano1.

En el concepto de dinero están implícitos todos los teoremas de la teoría monetaria. La teoría cuantitativa del dinero no amplía nuestro conocimiento con enseñanza alguna que no esté ya virtualmente contenida en el concepto del propio medio de intercambio. Dicha doctrina no hace más que transformar, desarrollar y desplegar conocimientos; sólo analiza, y por tanto resulta tautológica, en el mismo sentido que lo es el teorema de Pitágoras en relación con el concepto de triángulo rectángulo. Nadie, sin embargo, negará la importancia cognoscitiva de la teoría cuantitativa del dinero. Ésta permanecerá desconocida si no se descubre mediante el razonamiento económico. Una larga lista de fracasos en el intento de resolver los problemas planteados demuestra que no fue tarea fácil alcanzar el actual nivel de conocimiento en la materia.

El que la ciencia apriorística no proporcione un conocimiento pleno de la realidad no supone deficiencia de la misma. Los conceptos y teoremas que maneja son herramientas mentales gracias a las cuales vamos abriendo el camino que conduce a percibir mejor la realidad; ahora bien, dichos instrumentos no encierran la totalidad de los conocimientos posibles sobre el conjunto de las cosas. No hay oposición entre la teoría y la comprensión de la viviente y cambiante realidad. Sin contar con la teoría, es decir, con la ciencia general apriorística de la acción humana, es imposible comprender la realidad de la acción humana.

La relación entre razón y experiencia ha constituido, desde antiguo, uno de los fundamentales problemas de la filosofía. Al igual que todas las demás cuestiones referentes a la crítica del conocimiento, los filósofos lo han abordado sólo en relación con las ciencias naturales. No se han interesado por las ciencias de la acción humana, por lo que sus contribuciones carecen de valor para la praxeología.

Se suele recurrir, al abordar los problemas epistemológicos que suscita la economía, a alguna de las soluciones que brindan las ciencias naturales. Hay autores que proponen el convencionalismo de Poincaré2. Entienden que las premisas del razonamiento económico son objeto de convención lingüística o postulados3. Otros prefieren acogerse a las ideas einstenianas. Einstein se pregunta: ¿Cómo puede la matemática, producto de la razón humana totalmente independiente de cualquier experiencia, ajustarse a los objetos reales con tan extraordinaria exactitud? ¿Es posible que la razón humana, sin ayuda de la experiencia, se halle capacitada para descubrir, mediante el puro raciocinio, la esencia de las cosas reales? Einstein responde: «En tanto en cuanto los teoremas matemáticos hacen referencia a la realidad, no son ciertos, y en tanto en cuanto son ciertos, no hacen referencia a la realidad»4.

Ahora bien, las ciencias de la acción humana difieren radicalmente de las ciencias naturales. Quienes pretenden construir un sistema epistemológico de la acción humana según el modelo de las ciencias naturales yerran lamentablemente.

El objeto específico de la praxeología, es decir, la acción humana, brota de la misma fuente que el humano razonamiento. Acción y razón son cogenéricas y homogéneas; se las podría considerar como dos aspectos diferentes de una misma cosa. Precisamente porque la acción es fruto de la razón, es ésta capaz de ilustrar mediante el puro razonamiento las características esenciales de la acción. Los teoremas que el recto razonamiento praxeológico llega a formular no sólo son absolutamente ciertos e irrefutables, al modo de los teoremas matemáticos, sino que también reflejan la íntima realidad de la acción, con el rigor de su apodíctica certeza e irrefutabilidad, tal como ésta, efectivamente, se produce en el mundo y en la historia. La praxeología proporciona conocimiento preciso y verdadero de la realidad.

El punto de partida de la praxeología no consiste en seleccionar unos ciertos axiomas ni en preferir un cierto método de investigación, sino en reflexionar sobre la esencia de la acción. No existe actuación alguna en la que no concurran, plena y perfectamente, las categorías praxeológicas. Es impensable un actuar en el cual no sea posible distinguir y separar netamente medios y fines o costes y rendimientos. Nada hay que se ajuste sólo aproximada o imperfectamente a la categoría económica del intercambio. Sólo hay cambio o no-cambio, y en relación con cualquier cambio son plena y rigurosamente válidos todos los teoremas generales referentes al intercambio, con todas sus implicaciones. No existen formas transicionales entre el intercambio y su inexistencia o entre el cambio directo y el cambio indirecto. Ninguna experiencia podrá jamás aducirse que contradiga tales afirmaciones.

Semejante experiencia sería imposible, ante todo, por el hecho de que cualquier experiencia referente a la acción humana viene condicionada por las categorías praxeológicas y resulta posible sólo mediante la aplicación de éstas. Si nuestra mente no dispusiera de los esquemas lógicos que el razonamiento praxeológico formula, jamás podríamos distinguir ni apreciar la acción. Advertiríamos gestos diversos, pero no percibiríamos compras ni ventas, precios, salarios, tipos de interés, etc. Sólo sirviéndonos de los esquemas praxeológicos podemos tener una experiencia relativa a un acto de compra o de venta, independientemente de que nuestros sentidos adviertan o no determinados movimientos o gestos de hombres o elementos no humanos del mundo externo. Sin el auxilio de la percepción praxeológica nada sabríamos acerca de los medios de intercambio. Si, carentes de dicho conocimiento previo, contemplamos un conjunto de monedas, sólo veremos unos cuantos discos metálicos. Para comprender qué es el dinero, es preciso tener conocimiento de la categoría praxeológica de medio de intercambio.

La experiencia relativa a la acción humana se diferencia de la referente a los fenómenos naturales en que exige y presupone el conocimiento praxeológico. De ahí que el método empleado por las ciencias naturales resulte inidóneo para el estudio de la praxeología, la economía y la historia.

Al proclamar la condición apriorística de la praxeología, no es que pretendamos diseñar una ciencia nueva distinta de las tradicionales disciplinas de la acción humana. En modo alguno afirmamos que la teoría de la acción humana deba ser apriorística, sino que efectivamente lo es y siempre lo ha sido. El examen de cualquiera de los problemas suscitados por la acción humana aboca, indefectiblemente, al razonamiento apriorístico. Es indiferente a este respecto que quienes discuten un problema sean teóricos que sólo buscan el conocimiento puro o estadistas, políticos o simples ciudadanos deseosos de comprender el fluir de los acontecimientos y decidir qué política o conducta ha de servir mejor a sus personales intereses. Aun cuando pueda comenzar la discusión económica en torno a un hecho concreto, el debate se desvía inevitablemente de las circunstancias específicas del caso, pasándose, de modo insensible, al examen de los principios fundamentales, con olvido de los sucesos reales que provocaron el tema. La historia de las ciencias naturales es un vasto archivo de repudiadas teorías e hipótesis en pugna con los datos experimentales. Recuérdese, en este sentido, las erróneas doctrinas de la mecánica antigua, desautorizadas por Galileo, o el desastrado final de la teoría del flogisto. La historia de la economía no registra casos similares. Los partidarios de teorías mutuamente incompatibles pretenden apoyarse en unos mismos hechos para demostrar que la certeza de sus doctrinas ha sido experimentalmente comprobada. Lo cierto es que la percepción de fenómenos complejos —y no hay otro tipo de percepción en el terreno de la acción humana— puede esgrimirse en favor de las más contradictorias teorías. El que dicha interpretación de la realidad se estime o no correcta depende de la opinión personal que nos merezcan las aludidas teorías formuladas con anterioridad mediante el razonamiento apriorístico5.

La historia no puede instruirnos acerca de normas, principios o leyes generales. Es imposible deducir, a posteriori, de una experiencia histórica, teoría ni teorema alguno referente a la actuación o conducta humana. La historia no sería más que un conjunto de acaecimientos sin ilación, un mundo de confusión, si no fuera posible aclarar, ordenar e interpretar los datos disponibles mediante el sistematizado conocimiento praxeológico. (von Mises, 1966)

Footnotes

  1. La ciencia, dice Meyerson, es «l’acte par le quel nous ramenons à l’identique ce qui nous a, tout d’abord, paru n’étre pas tel». De l’Explication dans les sciences, p. 154, París 1927. V. también Morris R. Cohen, A Preface to Logic, pp. 11-14, Nueva York 1944.↩︎

  2. Henri Poincaré, La Science et l’hypothése, p. 69, París 1918.↩︎

  3. Félix Kaufmann, Methodology of the Social Sciences, pp. 46-47, Londres 1944.↩︎

  4. Albert Einstein, Geometrie und Erfahrung, p. 3, Berlín 1923.↩︎

  5. V. S. P. Cheyney, Law in History and Other Essays, p. 27, Nueva York 1927.↩︎