9. Sobre los tipos ideales
La historia se interesa por hechos singulares e irrepetibles, es decir, por ese irreversible fluir de los acaecimientos humanos. Ningún acontecimiento histórico puede describirse sin hacer referencia a los interesados en el mismo, así como al lugar y la fecha en que se produjo. Si un suceso puede ser narrado sin aludir a dichas circunstancias es porque carece de condición histórica, constituyendo un fenómeno de aquéllos por los que las ciencias naturales se interesan. El relatar que el profesor X el día 20 de febrero de 1945 practicó en su laboratorio determinado experimento es una narración de índole histórica. Sin embargo, el físico considera oportuno prescindir de la personalidad del actor, así como de la fecha y del lugar del caso. Alude tan sólo a aquellas circunstancias que considera relevantes en orden a provocar el efecto en cuestión, las cuales siempre que sean reproducidas, darán otra vez lugar al mismo resultado. De esta suerte aquel suceso histórico se transforma en un hecho de los manejados por las ciencias naturales empíricas. Se prescinde de la intervención del experimentador, quien se desea aparezca más bien como simple observador o imparcial narrador de la realidad. No compete a la praxeología ocuparse de los aspectos epistemológicos de semejante filosofía.
Aunque únicos e irrepetibles, los hechos históricos tienen un rasgo común: son acción humana. La historia los aborda en cuanto acciones humanas; concibe su significado mediante el conocimiento praxeológico y lo comprende considerando sus circunstancias individuales y únicas. Lo único que interesa a la historia es el significado atribuido a la realidad en cuestión por los individuos intervinientes, es decir, la que les merezca la situación que pretenden alterar, la que atribuyan a sus propias actuaciones y la concedida a los resultados provocados por su intervención.
La historia ordena y clasifica los innumerables acaecimientos con arreglo a su respectiva significación. Sistematiza los objetos de su estudio —hombres, ideas, instituciones, entes sociales, mecanismos— con arreglo a la similitud de significación que entre sí puedan éstos tener. De acuerdo con esta similitud ordena los elementos en tipos ideales.
Son tipos ideales los conceptos manejados en la investigación histórica, así como los utilizados para reflejar los resultados de dichos estudios. Los tipos ideales son, por tanto, conceptos de comprensión. Nada tienen que ver con las categorías y los conceptos praxeológicos o con los conceptos de las ciencias naturales. Estos tipos ideales en modo alguno son conceptos de clase, ya que su descripción no indica los rasgos cuya presencia determina clara y precisamente la pertenencia a una clase. Los tipos ideales no pueden ser objeto de definición; para su descripción es preciso enumerar aquellos rasgos que, generalmente, cuando concurren en un caso concreto, permiten decidir si el supuesto puede o no incluirse en el tipo ideal correspondiente. Nota característica de todo tipo ideal es el que no sea imperativa la presencia de todos sus rasgos específicos en aquellos supuestos concretos que merezcan la calificación en cuestión. El que la ausencia de algunas de dichas características impida o no que un caso determinado sea considerado como correspondiente al tipo ideal en cuestión depende de un juicio de relevancia plasmado mediante la comprensión. En definitiva, el tipo ideal es un resultado de la comprensión de los motivos, las ideas y los propósitos de los individuos que actúan, así como de los medios que aplican.
El tipo ideal nada tiene que ver con promedios estadísticos. La mayor parte de los rasgos que le caracterizan no admiten la ponderación numérica, por lo cual es imposible pensar en deducir medias aritméticas en esta materia. Pero la razón fundamental es otra. Los promedios estadísticos nos ilustran acerca de cómo proceden los sujetos integrantes de una cierta clase o grupo, formado, de antemano, en virtud de una definición o tipificación, que maneja ciertas notas comunes, en supuestos ajenos a los aludidos por la indicada definición o tipificación. Ha de constar la pertenencia a la clase o grupo en cuestión antes de que el estadístico pueda comenzar a averiguar cómo proceden los sujetos estudiados en casos especiales, sirviéndose de los resultados de esta investigación para deducir medias aritméticas. Se puede determinar la media de la edad de los senadores americanos y también averiguar, promediando, cómo reacciona, ante cierta circunstancia, una determinada clase de personas formada por individuos de la misma edad. Ahora bien, lo que lógicamente resulta imposible es formar una clase sobre la base de que sus miembros registren las mismas cifras promedias.
Sin la ayuda de los tipos ideales no es posible abordar ningún problema histórico. Ni aun cuando el historiador se ocupa de un solo individuo o de un hecho singular, puede evitar referirse a tipos ideales. Al tratar de Napoleón, el estudioso habrá de aludir a tipos ideales tales como los de capitán, dictador o jefe revolucionario; si se enfrenta con la Revolución Francesa, tendrá que manejar los tipos ideales de revolución, desintegración de un régimen, anarquía, etc. Tal vez la alusión a cierto tipo ideal consista sólo en negar la aplicabilidad del mismo al caso de que se trata. De una forma u otra, cualquier acontecimiento histórico ha de ser descrito e interpretado sobre la base de tipos ideales. El profano, por su parte, igualmente ha de manejar, cuando pretende abordar hechos pasados o futuros, tipos ideales, y a éstos recurre de modo inconsciente.
Sólo mediante la comprensión se puede decidir si procede o no aludir a determinado tipo ideal para la mejor aprehensión mental del fenómeno de que se trate. El tipo ideal no viene a condicionar la comprensión; antes al contrario, es el deseo de una más perfecta comprensión lo que exige estructurar y emplear los correspondientes tipos ideales.
Los tipos ideales se construyen mediante ideas y conceptos formulados por las ciencias de índole no histórica. Todo conocimiento histórico está condicionado, como decíamos, por las enseñanzas de las demás ciencias, depende de ellas, y jamás puede estar en contradicción con las mismas. Ahora bien, lo cierto es que el conocimiento histórico se interesa por asuntos y emplea métodos totalmente diferentes de los de estas ciencias, las cuales, por su parte, no pueden recurrir a la comprensión. Por ello, los tipos ideales nada tienen en común con los conceptos que manejan las ciencias no históricas. Lo mismo les sucede con respecto a las categorías y conceptos praxeológicos. Los tipos ideales, desde luego, brindan las ineludibles herramientas mentales que el estudio de la historia exige. Pero el historiador no se sirve de ellos para desarrollar su labor de comprender hechos individuales y singulares. Por tanto, jamás podrá constituir un tipo ideal la simple adopción de cierto concepto praxeológico.
Sucede con frecuencia que vocablos empleados por la praxeología para designar determinados conceptos praxeológicos los utilizan también los historiadores para referirse a ciertos tipos ideales. En tal caso, el historiador está sirviéndose de una misma palabra para expresar dos ideas distintas. En ocasiones empleará el término para designar el correspondiente concepto praxeológico. Con mayor frecuencia, sin embargo, recurrirá al mismo para referirse al tipo ideal. En este último supuesto, el historiador atribuye a dicha palabra un significado distinto de su significado praxeológico; le transforma transfiriéndolo a un campo de investigación distinto. El concepto económico de «empresario» no coincide con el tipo ideal «empresario» que la historia económica y la economía descriptiva manejan. (Una tercera significación corresponde al concepto legal de «empresario»). El término «empresario», en el terreno económico, encarna una idea precisa y específica, idea que, en el marco de la teoría del mercado, sirve para designar una función claramente individualizada1. El ideal tipo histórico de «empresario» no abarca los mismos sujetos que el concepto económico. Nadie piensa, al hablar de «empresario», en el limpiabotas, ni en el taxista que trabaja con su propio automóvil, en el vendedor ambulante, ni en el humilde labriego. Todo lo que la economía predica de los empresarios es rigurosamente aplicable a cuantos integran esa clase con total independencia de las particulares circunstancias de tiempo, espacio u ocupación que a cada particular puedan corresponder. Por el contrario, lo que la historia económica establece en relación con sus tipos ideales puede variar según las circunstancias particulares de las distintas edades, países, tipos de negocio y demás situaciones. Por eso, los historiadores apenas manejan el tipo ideal general de «empresario». Se interesan más por ciertos tipos empresariales específicos, tales como el americano de los tiempos de Jefferson, el de la industria pesada alemana en la época de Guillermo II, el correspondiente a la industria textil de Nueva Inglaterra en las décadas que precedieron a la Primera Guerra Mundial, el de la haute finance protestante de París, el de empresario autodidacta, etc.
El que el uso de un determinado tipo ideal deba o no ser recomendado depende totalmente del modo de comprensión. Hoy en día es frecuente recurrir a dos conocidos tipos ideales: el integrado por los partidos de izquierda (progresistas) y el de los partidos de derecha (fascistas). Entre los primeros se incluyen las democracias occidentales, algunas de las dictaduras iberoamericanas y el bolchevismo ruso; el segundo grupo lo forman el fascismo italiano y el nazismo alemán. Tal clasificación es fruto de un cierto modo de comprensión. Otra forma de ver las cosas prefiere contrastar la democracia y la dictadura. En tal caso, el bolchevismo ruso, el fascismo italiano y el nazismo alemán pertenecen al tipo ideal de régimen dictatorial, mientras los sistemas occidentales de gobierno corresponden al tipo ideal democrático.
Fue un error fundamental de la Escuela Histórica de las Wirtschaftliche Staatswissenschaften en Alemania y del Institucionalismo en Norteamérica considerar que la ciencia económica lo que estudia es la conducta de un cierto tipo ideal, el homo oeconomicus. La economía clásica u ortodoxa —asegura dicho ideario— no se ocupó del hombre tal y como en verdad es y actúa, limitándose a analizar la conducta de un imaginario ser guiado exclusivamente por motivos económicos, impelido sólo por el deseo de cosechar el máximo beneficio material y monetario. Ese supuesto personaje jamás gozó de existencia real; es tan sólo un fantasma creado por arbitrarios filósofos de café. Nadie se guía exclusivamente por el deseo de enriquecerse al máximo; muchos ni siquiera experimentan esas apetencias materialistas. De nada sirve estudiar la vida y la historia ocupándose de tan fantasmal engendro.
Pero, con independencia del posible significado que los economistas clásicos concedieran a la figura del homo oeconomicus, es preciso advertir que ésta, en ningún caso, es un tipo ideal. En efecto, la abstracción de una faceta o aspecto de las múltiples aspiraciones y apetencias del hombre no implica la plasmación de un tipo ideal. Antes al contrario, el tipo ideal viene a representar siempre fenómenos complejos realmente existentes, ya sean de índole humana, institucional o ideológica.
La economía clásica pretendió explicar el fenómeno de la formación de los precios. Advertían bien aquellos pensadores que los precios en modo alguno son fruto exclusivamente de la actuación de un específico grupo de personas, sino la resultante provocada por la recíproca acción de cuantos operan en el mercado. Por ello proclamaron que los precios vienen condicionados por la oferta y la demanda. Pero aquellos economistas fracasaron lamentablemente al pretender formular una teoría válida del valor. No supieron resolver la aparente antinomia del valor. Les desconcertaba la paradoja de que «el oro» valiera más que «el hierro», pese a ser éste más «útil» que aquél. Tal deficiencia les impidió advertir que las apetencias de los consumidores constituyen la única causa y razón de la producción y el intercambio mercantil. Por ello tuvieron que abandonar su ambicioso plan de llegar a formular una teoría general de la acción humana. Contentáronse con formular una teoría dedicada exclusivamente a explicar las actividades del hombre de empresa, descuidando el hecho de que las preferencias de todos y cada uno de los humanos es el factor económico decisivo. Se interesaron sólo por el proceder del hombre de negocios, que aspira siempre a comprar en el mercado más barato y a vender en el más caro. El consumidor quedaba excluido de su campo de observación. Más tarde, los continuadores de los economistas clásicos pretendieron explicar y justificar dicha actitud investigadora sobre la base de que era un método deliberadamente adoptado y epistemológicamente conveniente. Sostenían que los economistas pretendían limitar expresamente sus investigaciones a una determinada faceta de la acción humana: al aspecto «económico». Deseaban ocuparse tan sólo de la imaginaria figura del hombre impelido, de manera exclusiva, por motivaciones «económicas», dejando de lado cualesquiera otras, pese a constarles que la gente, en realidad, actúa movida por numerosos impulsos de índole «no económica». Algunos de estos exegetas aseguraron que el análisis de esas motivaciones no corresponde a la ciencia económica, sino a otras ramas del saber. También hubo quienes, si bien convenían en que el examen de las apetencias «no económicas», así como su influjo en la formación de los precios, competía a la economía, opinaban que dicha tarea debería ser abordada más tarde por ulteriores generaciones. Comprobaremos después que la distinción entre motivos «económicos» y «no económicos» es imposible de mantener2. De momento basta con resaltar que esas doctrinas que pretenden limitar la investigación al aspecto «económico» de la acción humana vienen a falsear y tergiversar por completo las enseñanzas de los economistas clásicos. Jamás pretendieron éstos lo que sus comentaristas suponen. Se interesaban por aclarar la formación de los precios efectivos y verdaderos, desentendiéndose de aquellos imaginarios precios que surgirían si la gente operara bajo unas hipotéticas condiciones distintas de las que efectivamente concurren. Los precios que pretendieron y llegaron a explicar —si bien olvidándose de las apetencias y elecciones de los consumidores— son los precios auténticos de mercado. La oferta y la demanda de que nos hablan constituyen realidades efectivas, engendradas por aquellas múltiples motivaciones que inducen a los hombres a comprar o a vender. Su teoría resultaba incompleta por cuanto abandonaban el análisis de la verdadera fuente y origen de la demanda, descuidando el remontarse a las preferencias de los consumidores. Por ello no lograron formular una teoría de la demanda plenamente satisfactoria. Pero jamás supusieron que la demanda —empleando el vocablo tal y como ellos en sus escritos lo utilizan— respondiera exclusivamente a motivos «económicos», negando trascendencia a los «no económicos». Lamentablemente, dejaron de lado el estudio de las apetencias de los consumidores, limitando su examen a la actuación del hombre de empresa. Su teoría de los precios, no obstante, pretendía abordar los precios reales, si bien, como decíamos, prescindiendo de los motivos y voliciones que impulsan a los consumidores a actuar de uno u otro modo.
Nace la moderna economía subjetiva cuando se logra resolver la aparente antinomia del valor. Sus teoremas en modo alguno se contraen ya a las actuaciones del hombre de empresa y para nada se interesan por el imaginario homo oeconomicus. Pretenden aprehender las inmodificables categorías que informan la acción humana en general. Abordan el examen de los precios, de los salarios o del interés, sin interesarse por las motivaciones personales que inducen a la gente a comprar y vender o a abstenerse de comprar y vender. Hora es ya de repudiar aquellas estériles construcciones que pretendían justificar las deficiencias de los clásicos a base de recurrir al fantasmagórico homo oeconomicus. (von Mises, 1966)