330 Economía
Acción humana
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(von Mises, 1966)

1 La rebelión contra la razón

Es cierto que a lo largo de la historia ha habido filósofos que han exagerado la capacidad de la razón. Creían que el hombre puede descubrir mediante el raciocinio las causas originarias de los eventos cósmicos y hasta los objetivos perseguidos por la causa primera creadora del universo y determinante de su evolución. Abordaban lo «Absoluto» con la misma tranquilidad con que contemplarían el funcionamiento de su reloj de bolsillo. Descubrían valores inconmovibles y eternos; proclamaban normas morales que todos los hombres habrían de respetar incondicionalmente.

Recordemos, en este sentido, a tantos creadores de utopías y sus imaginarios paraísos terrenales donde sólo la razón pura prevalecería. No advertían que aquellos imperativos absolutos y aquellas verdades evidentes, tan pomposamente proclamadas, no eran más que fantasías de sus propias mentes. Se consideraban infalibles, abogando, con el máximo desenfado, por la intolerancia y la violenta supresión de heterodoxos y disidentes. Aspiraban a la dictadura, bien para sí, bien para gentes que fielmente ejecutarían sus planes. La doliente humanidad no podía salvarse más que si, sumisa, aceptaba las fórmulas por ellos recomendadas.

Recordemos a Hegel. Fue ciertamente un pensador profundo; sus escritos son un rico acervo de atractivas ideas. Pero siempre actuó bajo el error de suponer que el Geist, lo Absoluto, se manifestaba a través de sus palabras. Nada había demasiado arcano ni recóndito en el universo para la sagacidad de Hegel. Claro que se cuidaba siempre de emplear expresiones tan ambiguas que luego han podido ser interpretadas del modo más diverso. Los hegelianos de derechas entienden que sus teorías apoyan a la autocracia prusiana y a la iglesia teutona. Para los hegelianos de izquierdas, en cambio, el mismo ideario aboga por el ateísmo, el radicalismo revolucionario más intransigente y las doctrinas anarquistas.

No descuidemos, en el mismo sentido, a Augusto Comte. Estaba convencido de hallarse en posesión de la verdad; se consideraba perfectamente informado del futuro que la humanidad tenía reservado. Erigióse, pues, en supremo legislador. Pretendió prohibir los estudios astronómicos por considerarlos inútiles. Quiso reemplazar el cristianismo por una nueva religión e incluso arbitró una mujer que había de ocupar el puesto de la Virgen. A Comte se le pueden disculpar sus locuras, ya que era un verdadero demente en el más estricto sentido patológico del vocablo. Pero ¿cómo exonerar a sus seguidores?

Se podrían aducir innumerables ejemplos de este mismo tipo. Tales desvarios, sin embargo, en modo alguno pueden esgrimirse para argumentar contra la razón, el racionalismo o la racionalidad. Porque estos errores no guardan ninguna relación con el problema específico que a este respecto interesa y que consiste en determinar si es o no la razón instrumento idóneo, y además el único, para alcanzar el máximo conocimiento que al hombre resulte posible conseguir. Nadie que celosa y abnegadamente haya buscado la verdad osó jamás afirmar que la razón y la investigación científica permiten despejar todas las incógnitas. Fue siempre consciente de la limitación de la mente humana. Sería ciertamente injusto responsabilizar a tales pensadores de la tosca filosofía de un Haeckel o de la intelectual frivolidad de las diversas escuelas materialistas.

Los racionalistas se han preocupado siempre de resaltar las insalvables barreras con que, al final, tanto el método apriorístico como la investigación empírica forzosamente han de tropezar1. Ni un David Hume, fundador de la economía política inglesa, ni los utilitaristas y pragmatistas americanos pueden, en justicia, ser acusados de haber pretendido exagerar la capacidad del hombre para alcanzar la verdad. A la filosofía de las dos últimas centurias pudiera, más bien, echársele en cara su proclividad al agnosticismo y escepticismo; pero nunca una desmedida confianza en el poder de la mente humana.

La rebelión contra la razón, típica actitud mental de nuestra era, no cabe achacarla a supuesta falta de modestia, cautela o autocrítica por parte de los estudiosos. Tampoco se puede atribuir a unos imaginarios fracasos de las modernas ciencias naturales, disciplinas éstas en continuo progreso. Nadie sería capaz de negar las asombrosas conquistas técnicas y terapéuticas logradas por el hombre. La ciencia moderna no puede ser denigrada por incurrir en intuicionismo, misticismo o similares vicios. La rebelión contra la razón apunta, en verdad, a un objetivo distinto. Va contra la economía política; en el fondo, se despreocupa totalmente de las ciencias naturales. Fue una indeseada pero lógica consecuencia de la crítica contra la economía el que fuera preciso incluir en el ataque a tales disciplinas. Evidentemente, no se podía impugnar la razón en un solo campo científico sin cuestionarla en las restantes ramas del saber.

Esa tan insólita reacción fue provocada por los acontecimientos de mediados del siglo pasado. Los economistas habían demostrado la falta de fundamento de las fantasías de los socialistas utópicos. Las deficiencias de la ciencia económica clásica, no obstante, impedían demostrar plenamente la impracticabilidad del socialismo, si bien las ideas de aquellos investigadores bastaban ya para poner de manifiesto la vanidad de todos los programas socialistas. El comunismo estaba fuera de combate. No sabían sus partidarios cómo replicar a la implacable crítica que se les hacía, ni aducir argumento alguno en defensa propia. Parecía haber sonado la hora última de la doctrina.

Un solo camino de salvación quedaba franco. Era preciso difamar la lógica y la razón, suplantando el raciocinio por la intuición mística. Tal fue la empresa reservada a Marx. Amparándose en el misticismo dialéctico de Hegel, arrogóse tranquilamente la facultad de predecir el futuro. Hegel pretendía saber que el Geist, al crear el Universo, deseaba instaurar la monarquía prusiana de Federico Guillermo III. Pero Marx estaba aún mejor informado acerca de los planes del Geist. Había descubierto que la meta final de la evolución histórica era alcanzar el milenio socialista. El socialismo llegaría fatalmente, «con la inexorabilidad de una ley de la naturaleza». Puesto que, según Hegel, toda fase posterior de la historia es, comparativamente a las anteriores, una etapa superior y mejor, no cabía duda que el socialismo, fase final y última de la evolución humana, habría de suponer, desde cualquier punto de vista, el colmo de las perfecciones. De donde la inutilidad de analizar detalladamente su futuro funcionamiento. La historia, a su debido tiempo, lo dispondría todo del modo mejor, sin necesidad alguna del concurso de los mortales.

Pero quedaba por superar el obstáculo principal, a saber, la inquebrantable dialéctica de los economistas. Y Marx encontró la solución. La razón humana —arguyó— es, por naturaleza, incapaz de hallar la verdad. La estructura lógica de la mente varía según las diferentes clases sociales. No existe una lógica universalmente válida. La mente normalmente sólo produce «ideologías»; es decir, con arreglo a la terminología marxista, conjuntos de ideas destinados a disimular y enmascarar los ruines intereses de la propia clase social del pensador. De ahí que la mentalidad «burguesa» no interese al proletariado, esa nueva clase social que abolirá las clases y convertirá la tierra en auténtico edén.

La lógica proletaria, en cambio, jamás puede ser tachada de lógica de clase. «Las ideas que la lógica proletaria engendra no son ideas partidistas, sino emanaciones de la más pura y estricta lógica»2. Es más, en virtud de un privilegio especial, la mente de ciertos escogidos burgueses no está manchada por el pecado original de su condición burguesa. Ni Marx, hijo de un pudiente abogado, casado con la hija de un junker prusiano, ni tampoco su colaborador Engels, rico fabricante textil, jamás pensaron que también pudiera afectarles a ellos esa ley, atribuyéndose, por el contrario, pese a su indudable origen burgués, plena capacidad para descubrir la verdad absoluta.

Compete al historiador explicar cómo pudo ser que tan torpes ideas se difundieran. La labor del economista, sin embargo, es otra: analizar a fondo el polilogismo marxista, así como todos los demás tipos de polilogismo formados a semejanza de aquél y poner de manifiesto sus errores y contradicciones. (von Mises, 1966)

Footnotes

  1. V., en este sentido, Louis Rougier, Les Paralogismes du rationalisme, París 1920.↩︎

  2. V. Eugen Dietzgen, Briefe über Logik, speziell demokratisch-proletarische Logik, p. 112, 2.a ed., Stuttgart 1903.↩︎