2. El aspecto lógico del polilogismo
El polilogismo marxista asegura que la estructura lógica de la mente varía según las distintas clases sociales. El polilogismo racista difiere del anterior tan sólo en que esa dispar estructura mental la atribuye a las distintas razas, proclamando que los miembros de cada una de ellas, independientemente de su filiación clasista, poseen la misma estructura lógica.
No es necesario entrar ahora en una crítica detallada de los conceptos de clase social y raza en el sentido en que estas doctrinas los utilizan. Tampoco es preciso preguntar al marxista cuándo y cómo el proletario que logra elevarse a la condición de burgués pierde su originaria mentalidad proletaria para adquirir la burguesa. Huelga igualmente interrogar al racista acerca del tipo de estructura lógica que pueda tener una persona cuya estirpe racial no sea pura. Hay objeciones mucho más graves que oponer al polilogismo.
Lo más a que llegaron tanto los marxistas como los racistas y los defensores de cualquier tipo de polilogismo fue simplemente a asegurar que la estructura lógica de la mente difiere según sea la clase, la raza o la nación del sujeto. Pero nunca les interesó precisar concretamente en qué difiere la lógica proletaria de la burguesa; la de las razas arias de las que no lo son: la alemana de la francesa o inglesa. Para el marxista, la teoría ricardiana de los costes comparativos es falsa porque su autor era burgués. Los racistas arios, en cambio, la condenan sobre la base de que Ricardo era judío. Los nacionalistas alemanes, en fin, la critican por la condición británica del autor. Hubo profesores teutones que recurrieron a los tres argumentos a la vez en su deseo de invalidar las enseñanzas ricardianas. Ahora bien, una doctrina no puede ser rechazada en bloque simplemente por el origen de quien la expone. Quien tal pretende debe, indudablemente, comenzar por exponer una teoría lógica distinta de la del autor criticado, al objeto de que, una vez ambas contrastadas, quede demostrado que la impugnada llega a conclusiones que, si bien resultan correctas para la lógica de su patrocinador, no lo son, en cambio, para la lógica proletaria, aria o alemana, detallando seguidamente las consecuencias que llevaría aparejadas el sustituir aquellas torpes inferencias por esas segundas más correctas. Pero ningún polilogista, según a todos consta, ha querido ni podido argumentar así.
Por otra parte, es innegable que con frecuencia existen serias disparidades de criterio sobre cuestiones de la mayor trascendencia entre gentes que pertenecen a una misma clase, raza o nación. Hay alemanes —decían los nazis— que, por desgracia, no piensan de modo verdaderamente germano. Pues bien, admitida la posibilidad de que hay alemanes que no razonan según deberían por su sangre, es decir, personas que razonan con arreglo a una lógica no germana, se plantea el problema de determinar quién será competente para resolver qué ideas deben estimarse auténticamente germanas y cuáles no. Aseguraba el ya fallecido profesor Franz Oppenheimer que «yerra a menudo el individuo por perseguir sus propios intereses; la clase, en cambio, a la larga, no se equivoca nunca»1. De esta afirmación podría deducirse la infalibilidad del voto mayoritario. Los nazis, sin embargo, eran los primeros en rechazar el veredicto democrático por considerarlo manifiestamente antigermano. Los marxistas aparentan someterse al voto de la mayoría2. Pero a la hora de la verdad se inclinan invariablemente por el gobierno minoritario, siempre y cuando sea el partido quien vaya a detentar el poder. Recuérdese, en este sentido, cuán violentamente disolvió Lenin la Asamblea Constituyente rusa —elegida bajo los auspicios de su propio gobierno mediante sufragio universal de hombres y mujeres— porque tan sólo un 20 por 100 de sus miembros era bolchevique.
Los defensores del polilogismo, para ser consecuentes, deberían sostener que, si el sujeto es miembro de la clase, nación o raza correcta, las ideas que emita han de resultar invariablemente rectas y procedentes. La consecuencia lógica, sin embargo, no es virtud que suela brillar entre ellos. Los marxistas, por ejemplo, califican de «pensador proletario» a quienquiera defienda sus doctrinas. Quien se oponga a las mismas, en cambio, es inmediatamente tachado de enemigo de la clase o de traidor social. Hitler, al menos, era más franco cuando simplemente recomendaba enunciar al pueblo un programa genuinamente germánico y, con tal contraste, determinar quiénes eran auténticos arios y quiénes vil canalla, según coincidiesen o no con el plan trazado3. Es decir, un individuo cetrino, cuyos rasgos corporales en modo alguno coincidían con los rubios prototipos de la «raza de los señores», se presentaba como el único ser capaz de descubrir qué doctrinas eran adecuadas a la mente germana, exigiendo el ostracismo de la patria alemana para cuantos no aceptaran tales ideas, cualquiera que fuera su morfología fisiológica. Con esto basta para demostrar la falta de fundamento de toda la doctrina. (von Mises, 1966)
Footnotes
Franz Oppenheimer, System der Soziologie, II, p. 559, Jena 1926.↩︎
Conviene destacar que la justificación de la democracia no se basa en suponer que la mayoría goce de infalibilidad; que, invariablemente, lleve la razón. V. infra, cap. VIII, 2.↩︎
V. su discurso a la Convención del partido, en Núremberg, de 3 de septiembre de 1933, Frankfurter Zeitung, p. 2, 4 de septiembre de 1933.↩︎