330 Economía
Acción humana
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(von Mises, 1966)

3. Los aspectos praxeológicos del polilogismo

Por ideología el marxista entiende una doctrina que, si bien resulta incorrecta analizada a la luz de la auténtica lógica proletaria, beneficia los egoístas intereses de la clase que la formula. Es objetivamente errónea, si bien favorece los intereses clasistas del expositor precisamente en razón de su error. Son numerosos los marxistas que creen haber demostrado su tesis simplemente destacando que el hombre no busca el saber per se. Al investigador —dicen— lo que de verdad le interesa es el éxito y la fortuna. Las teorías se formulan invariablemente pensando en la aplicación práctica de las mismas. Es falso cuanto se predica de una ciencia supuestamente pura, así como cuanto se habla de la desinteresada aspiración a la verdad.

Admitamos, aunque sólo sea a efectos dialécticos, que la búsqueda de la verdad viene inexorablemente guiada por consideraciones de orden material, por el deseo de conquistar concretos y específicos objetivos. Pues bien, ni aun entonces resulta comprensible cómo puede una teoría «ideológica» —es decir, falsa— provocar mejores efectos que otra teoría «más correcta». Cuando un ideario, aplicado en la práctica, provoca los efectos previstos, la gente proclama invariablemente su corrección. No tiene sentido afirmar que una tesis correcta, pese a tal condición, pueda ser menos fecunda que otra errónea.

El hombre emplea armas de fuego. Precisamente para servirse mejor de ellas investigó y formuló la balística. Ahora bien, los estudiosos de referencia, por cuanto aspiraban a incrementar la capacidad cinegética y homicida del hombre, procuraron formular una balística correcta. De nada hubiérales servido una balística meramente ideológica.

Para los marxistas es «orgullosa y vana pretensión» la postura de aquellos investigadores que proclaman su desinteresado amor a la ciencia. Si Maxwell investigó concienzudamente la teoría de las ondas electromagnéticas, ello fue sólo —dicen— a causa del interés que los hombres de negocios tenían por explotar la telegrafía sin hilos1. Ahora bien, aun concediendo que fuera cierta esta motivación, en nada queda aclarado el problema de las ideologías que venimos examinando. La cuestión que en verdad interesa estriba en determinar si aquel supuesto afán de la industria del siglo XIX por la telegrafía sin hilos, que fue ensalzada como la «piedra filosofal y el elixir de juventud»2, indujo a Maxwell a formular una teoría exacta acerca del tema o si le hizo, por el contrario, arbitrar una superestructura ideológica acomodada a los egoístas intereses de la burguesía. Como es bien sabido, no fue tan sólo el deseo de combatir las enfermedades contagiosas, sino también el interés de los fabricantes de vinos y quesos por perfeccionar sus métodos de producción, lo que impulsó a los biólogos hacia la investigación bacteriológica. Los resultados que lograron no pueden, sin embargo, ser calificados de ideológicos en el sentido marxista del término.

Lo que Marx pretendió mediante la doctrina de las ideologías fue socavar el enorme prestigio de la economía. Con toda claridad advertía su incapacidad para refutar las graves objeciones opuestas por los economistas a la admisibilidad de los programas socialistas. La verdad es que el sistema teórico de la economía clásica inglesa le tenía de tal modo fascinado que lo consideraba lógicamente inatacable. O no tuvo ni noticia de las graves dudas que la teoría clásica del valor suscitaba en las mentes más preparadas o, si llegaron a sus oídos, fue incapaz de apreciar la trascendencia de estos problemas. El pensamiento económico de Marx no es más que pobre y mutilada versión de la economía ricardiana. Cuando Jevons y Menger abrían una nueva era del pensamiento económico, la actividad de Marx como escritor había ya concluido; el primer volumen de Das Kapital había visto la luz varios años antes. Ante la aparición de la teoría del valor marginal, Marx se limitó a demorar la publicación de los siguientes volúmenes, que sólo fueron editados después de su muerte.

La doctrina de las ideologías apunta, única y exclusivamente, contra la economía y la filosofía del utilitarismo. Marx no quería sino demoler la autoridad de esa ciencia económica cuyas enseñanzas no podía refutar de modo lógico y razonado. Si dio a la doctrina investidura de norma universal, válida en cualquier fase histórica de las clases sociales, ello fue exclusivamente porque un principio que sólo es aplicable a un determinado hecho histórico no puede considerarse como auténtica ley. De ahí que no quisiera Marx tampoco restringir la validez de su ideario al terreno económico, prefiriendo por el contrario proclamar que el mismo resulta aplicable a cualquier rama del saber.

Doble era el servicio que la economía, en opinión de Marx, había rendido a la burguesía. Desde un principio se había servido ésta de la ciencia económica para triunfar sobre el feudalismo y el despotismo real; y, conseguido esto, los burgueses pretendían seguir apoyándose en ella para sojuzgar a la nueva clase proletaria que surgía. La economía era un manto que servía para encubrir la explotación capitalista con una aparente justificación de orden racional y moral. Permitió, en definitiva —empleando un concepto posterior a Marx—, racionalizar las pretensiones de los capitalistas3. Subconscientemente avergonzados éstos de su vil codicia, en el deseo de evitar el rechazo social, obligaron a sus sicofantes, los economistas, a formular teorías que les rehabilitaran ante las gentes honradas.

El deseo de racionalizar las propias pretensiones proporciona una descripción psicológica de los incentivos que impulsan a una determinada persona o a un cierto grupo a formular teoremas o teorías. Tal explicación, sin embargo, nada nos aclara acerca de la validez o invalidez de la tesis formulada. Constatada la inadmisibilidad de la teoría en cuestión, la idea de racionalización es una interpretación psicológica de las causas que inducen al error a sus autores. A nada conduce, en cambio, esgrimir ese afán racionalizador si la doctrina de que se trata es justa y procedente. Aunque admitiéramos, a efectos dialécticos, que los economistas, en sus investigaciones, subconscientemente no pretendían más que justificar las inicuas pretensiones de los capitalistas, no nos sería lícito concluir que con ello había quedado demostrada la forzosa e invariable falsedad de sus teorías. Demostrar el error de una doctrina exige necesariamente refutarla mediante el razonamiento discursivo y arbitrar otra mejor que la sustituya. Al enfrentarnos con el teorema del cuadrado de la hipotenusa o con la teoría de los costes comparativos, para nada nos interesan los motivos psicológicos que posiblemente impulsaran a Pitágoras o a Ricardo a formular tales ideas; es un detalle que, en todo caso, podrá interesar a historiadores y a biógrafos. A la ciencia lo que le preocupa es determinar si los supuestos en cuestión resisten o no la prueba del análisis lógico. Los antecedentes sociales o raciales de sus autores no interesan en absoluto.

Cierto es que la gente, cuando quiere justificar sus egoístas intereses, apela a doctrinas más o menos generalmente aceptadas por la opinión pública. Además, los hombres tienden a ingeniar y propagar doctrinas que consideran pueden servir a sus propios intereses. Ahora bien, lo que con ello no se aclara es por qué tales doctrinas, favorables a determinada minoría, pero contrarias al interés de la gran mayoría, son, sin embargo, aceptadas por la opinión pública. Aun conviniendo que esas doctrinas sean producto de la «falsa conciencia» que obliga al hombre, sin que él mismo se dé cuenta, a razonar del modo en que mejor sean servidos los intereses de su clase, o aun cuando admitamos que sean una deliberada distorsión de la verdad, lo cierto es que al pretender implantarlas habrán de tropezar invariablemente con las ideologías de las demás clases sociales. Y así surge la lucha abierta entre opiniones contrarias. Los marxistas atribuyen la victoria o la derrota en tales luchas a la intervención de la providencia histórica. El Geist, es decir, el primero y mítico motor que todo lo impulsa, sigue un plan definido y predeterminado. Etapa tras etapa va paulatinamente guiando a la humanidad hasta conducirla finalmente a la bienaventuranza del socialismo. Cada una de esas etapas intermedias viene determinada por los conocimientos técnicos del momento; las demás circunstancias de la época constituyen simplemente la obligada superestructura ideológica del estado de la tecnología. El Geist va induciendo al hombre a concebir y plasmar los progresos técnicos apropiados al estadio que esté atravesando. Las demás realidades son meras consecuencias del progreso técnico alcanzado. El taller manual engendró la sociedad feudal; la máquina de vapor, en cambio, dio lugar al capitalismo4. La voluntad y la razón desempeñan un papel puramente auxiliar en estos cambios. La inexorable ley de la evolución histórica impele al hombre —sin preocuparse para nada de su voluntad— a pensar y comportarse de la forma que mejor corresponda a la base material de la época. Se engaña la gente cuando cree ser libre y capaz de optar entre unas y otras ideas, entre la verdad y el error. El hombre, por sí, no piensa; es la providencia histórica la que utiliza los idearios humanos para manifestarse ella.

Se trata de una doctrina puramente mística, apoyada tan sólo en la conocida dialéctica hegeliana: la propiedad capitalista es la primera negación de la propiedad individual; por lo que originará, con la inexorabilidad de una ley de la naturaleza, su propia negación, dando entonces paso a la propiedad pública de los medios de producción5. Pero una teoría mística, basada tan sólo en la intuición, no puede liberarse de esa condición por el hecho de apoyarse en otra doctrina de misticismo no menor. No nos aclara por qué el individuo tiene inexorablemente que formular ideologías concordes con los intereses de su clase social. Admitamos, en gracia al argumento, que todas las doctrinas que el sujeto ingenia tienden invariablemente a favorecer sus intereses personales. Pero ¿es que el interés individual coincide siempre con el de la clase? El mismo Marx reconoce abiertamente que encuadrar en una clase social y en un partido político al proletariado exige previamente vencer la competencia que entre sí se hacen los propios trabajadores6. Es evidente que se plantea un insoluble conflicto de intereses entre los trabajadores que cobran los altos salarios impuestos por la presión sindical y aquellos otros hermanos suyos condenados al paro forzoso en razón a que esos elevados salarios mantenidos coactivamente impiden que la demanda coincida con la oferta de trabajo. Igualmente antagónicos son los intereses de los trabajadores de los países relativamente superpoblados y los de los países poco poblados en lo atinente a las barreras migratorias. La afirmación según la cual a todo el proletariado le conviene la sustitución del capitalismo por el socialismo no es más que un arbitrario postulado que Marx y los restantes autores socialistas proclaman intuitivamente, pero que jamás prueban de manera convincente. En modo alguno puede considerarse demostrada su fundamentación simplemente alegando que la idea socialista ha sido arbitrada por la mente proletaria y, en consecuencia, que tal filosofía ha de beneficiar necesariamente los intereses de todo el proletariado como tal clase en general.

Una interpretación popular de las vicisitudes de la política referente al comercio exterior británico, basada en las ideas de Sismondi, Frederick List, Marx y la Escuela Histórica alemana, es la siguiente. Durante la segunda mitad del siglo XVIII y la mayor parte del siglo XIX convenía a los intereses clasistas de la burguesía inglesa la política librecambista. Los economistas ingleses, consiguientemente, formularon sus conocidas teorías en defensa del libre comercio. En ellas se apoyaron los empresarios para organizar movimientos populares que, finalmente, consiguieron la abolición de las tarifas proteccionistas. Posteriormente cambiaron las circunstancias; la burguesía inglesa no podía ya resistir la competencia extranjera; su supervivencia exigía la inmediata implantación de barreras protectoras. Los economistas entonces reemplazaron la ya anticuada ideología librecambista por la teoría contraria y Gran Bretaña volvió al proteccionismo.

El primer error de esta exposición es suponer que la «burguesía» es una clase homogénea compuesta por gentes de coincidentes intereses personales. Los empresarios no tienen más remedio que acomodarse a las circunstancias institucionales bajo las cuales operan. Ni la existencia ni la ausencia de tarifas puede, a la larga, favorecer ni perjudicar al empresario y al capitalista. Cualesquiera que sean las circunstancias del mercado, el empresario tenderá siempre a producir aquellos bienes de los que piensa derivar la máxima ganancia. Son sólo los cambios en las instituciones del país los que, a corto plazo, le favorecen o perjudican. Ahora bien, tales mutaciones jamás pueden afectar igualmente a los diversos sectores y empresas. Una misma disposición puede favorecer a unos y perjudicar a otros. Cada empresario tan sólo se interesa por unas pocas partidas del arancel. Y aun ni siquiera con respecto a esos limitados epígrafes resultan coincidentes los intereses de los diversos grupos y entidades.

Los privilegios que el estado otorga pueden, ciertamente, favorecer los intereses de determinadas empresas y establecimientos. Ahora bien, si tales privilegios se conceden igualmente a todas las demás instalaciones, entonces cada empresario pierde, por un lado —no sólo como consumidor, sino también como adquirente de materias primas, productos semiacabados, máquinas y equipo en general—, lo mismo que, por el otro, puede ganar. El mezquino interés personal tal vez induzca a determinados sujetos a reclamar protección para sus propias industrias. Pero lo que indudablemente tales personas nunca harán es pedir privilegios para todas las empresas, a no ser que esperen verse favorecidos en mayor grado que los demás.

Los industriales británicos, desde el punto de vista de sus apetencias clasistas, no tenían mayor interés que el resto de los ciudadanos ingleses en la abolición de las célebres leyes del trigo. Los terratenientes se oponían a la derogación de tales normas proteccionistas, ya que la baja del precio de los productos agrícolas reducía la renta de sus tierras. El que los intereses de toda la clase empresarial puedan resultar coincidentes sólo es concebible admitiendo la desde hace tiempo descartada ley de bronce de los salarios o de aquella otra doctrina, no menos periclitada, según la cual el beneficio empresarial deriva de la explotación de los trabajadores.

Tan pronto como se implanta la división del trabajo, cualquier mutación, de un modo u otro, forzosamente ha de influir sobre los inmediatos intereses de numerosos sectores. De ahí que resulte fácil vilipendiar toda reforma tachándola de máscara «ideológica», encubridora del vil interés de determinado grupo. Son muchos los escritores contemporáneos exclusivamente entregados a tal entretenimiento. No fue, desde luego, Marx el inventor de un juego de antiguo conocido. En este sentido recordemos el afán de algunos escritores del siglo XVIII por presentar los credos religiosos como fraudulentos engaños de los sacerdotes ansiosos de poder y riqueza para sí y para los explotadores, sus aliados. Los marxistas, más tarde, insistieron en el tema, asegurando que la religión es el «opio del pueblo»7. Quienes aceptan tales explicaciones jamás piensan que si hay personas que egoísticamente se interesan por cierta cosa, siempre habrá otras que no menos egoísticamente propugnen lo contrario. Proclamar que determinado acontecimiento sucedió porque favorecía a un cierto grupo en modo alguno basta para explicar su aparición. Es necesario aclarar, además, por qué el resto de la población perjudicada en sus intereses fue incapaz de frustrar las apetencias de aquéllos a quienes tal evento favorecía.

Toda empresa o sector mercantil de momento aumenta su beneficio al incrementar las ventas. Bajo el mercado, sin embargo, a la larga, tienden a igualarse las ganancias en todas las ramas de la producción. Ello es fácilmente comprensible, pues si la demanda de determinados productos aumenta, provocando un incremento del beneficio, el capital afluye al sector en cuestión, viniendo la competencia mercantil a cercenar aquellas elevadas rentabilidades. La venta de artículos nocivos no es más lucrativa que la de productos saludables. Lo que sucede es que, cuando la producción de determinadas mercancías se declara ilegal y quienes con ellas comercian quedan expuestos a persecuciones, multas y pérdidas de libertad, los beneficios brutos deben incrementarse en cuantía suficiente para compensar esos riesgos supletorios. Pero esto en nada influye sobre la cuantía del beneficio percibido.

Los ricos, los propietarios de las instalaciones fabriles, no tienen especial interés en mantener la libre competencia. Quieren que no se les confisquen o expropien sus fortunas; pero, en lo que atañe a los derechos que ya tienen adquiridos, más bien les conviene la implantación de medidas que les protejan de la competencia de otros potenciales empresarios. Quienes propugnan la libre competencia y la libertad de empresa en modo alguno están defendiendo a los hoy ricos y opulentos; lo que realmente pretenden es franquear la entrada a individuos actualmente desconocidos y humildes —los empresarios del mañana— gracias a cuya habilidad e ingenio se elevará el nivel de vida de las masas; no desean sino provocar la mayor prosperidad y el máximo desarrollo económico; forman, sin lugar a dudas, la vanguardia del progreso.

Las doctrinas librecambistas se impusieron en el siglo XIX porque las respaldaban las teorías de los economistas clásicos. El prestigio de éstas era tal que nadie, ni siquiera aquellos cuyos intereses clasistas más se perjudicaban, pudieron impedir que calaran en la opinión pública y se plasmaran en disposiciones legales. Son las ideas las que hacen la historia, no la historia la que engendra las ideas.

Es inútil discutir con místicos y videntes. Basan éstos sus afirmaciones en la intuición y jamás están dispuestos a someter sus posiciones a la dura prueba del análisis racional. Aseguran los marxistas que una voz interior les informa de los planes de la historia. Hay, en cambio, quienes no logran esa comunión con el alma histórica, lo cual demostraría que tales gentes no pertenecen al grupo de los elegidos. Siendo ello así, sería gran insolencia el que esas personas, espiritualmente ciegas y sordas, pretendieran contradecir a los iluminados. Más les valiera retirarse a tiempo y silenciar sus bocas.

La ciencia, sin embargo, no tiene más remedio que razonar, aunque nunca logre convencer a quienes no admiten la preeminente función del raciocinio. Pese a todo, nunca debe el científico dejar de resaltar que no se puede recurrir a la intuición para decidir, entre varias doctrinas antagónicas, cuáles sean ciertas y cuáles erróneas. Prevalecen actualmente en el mundo, además del marxismo, otras muchas teorías. No es, desde luego, aquélla la única «ideología» activa. La implantación de esas otras doctrinas, según los marxistas, perjudicaría gravemente los intereses de la mayoría. Pero lo cierto es que los partidarios de tales doctrinas proclaman exactamente lo mismo que el marxismo.

Los marxistas consideran errónea toda doctrina cuyo autor no sea de origen proletario. Ahora bien, ¿quién merece el calificativo de proletario? No era ciertamente proletaria la sangre del doctor Marx, ni la de Engels, industrial y «explotador», ni la de Lenin, vástago de noble ascendencia rusa. Hitler y Mussolini, en cambio, sí eran auténticos proletarios; ambos conocieron bien la pobreza en su juventud. Las luchas entre bolcheviques y mencheviques, o entre Stalin y Trotsky, no pueden, ciertamente, ser presentadas como conflictos de clase. Al contrario, eran pugnas entre fanáticas facciones que mutuamente se insultaban, tachándose de abominables traidores a la clase y al partido.

La filosofía de los marxistas consiste esencialmente en proclamar: tenemos razón por ser los portavoces de la naciente clase proletaria; la argumentación lógica jamás podrá invalidar nuestros asertos, pues a través de ellos se manifiesta aquella fuerza suprema que determina el destino de la humanidad: nuestros adversarios, en cambio, yerran gravemente al carecer de esa intuición que a nosotros nos ilumina, y la verdad es que, en el fondo, no tienen culpa; carecen, pura y simplemente, de la genuina lógica proletaria, resultando fáciles víctimas de las ideologías; los insondables imperativos de la historia nos darán la victoria, mientras hundirán en el desastre a nuestros oponentes. No tardará en producirse nuestro triunfo definitivo. (von Mises, 1966)

Footnotes

  1. V. Lancelot Hogben, Science for the Citizen, pp. 726-728, Nueva York 1938.↩︎

  2. Ibíd., pp. 726-728.↩︎

  3. Si bien la expresión racionalizar es nueva, la idea fue manejada desde antiguo. En tal sentido, v. las palabras de Benjamín Franklin: «Gana el hombre con ser ente racional, por cuanto tal condición le permite hallar o inventar justificaciones para cuanto pretende hacer». Autobiography, p. 41, ed. Nueva York 1944.↩︎

  4. «Le moulin à bras vous donnera la société avec le souzerain; le moulin a vapeur, la société avec le capitaliste industriel». Marx, Misère de la philosophie, p. 100, París y Bruselas 1847.↩︎

  5. Marx, Das Kapital, pp. 728-729, 7.a ed., Hamburgo 1914 [tr. esp. de W. Roces, FCE, México 1968].↩︎

  6. El Manifiesto Comunista, I.↩︎

  7. El marxismo contemporáneo interpreta esta expresión en el sentido de que la droga religiosa ha sido deliberadamente administrada al pueblo. Tal vez eso precisamente es lo que Marx quiso expresar. Ahora bien, dicho sentido no resulta directamente del pasaje en que —año 1843— Marx acuñó la frase. V. R. P. Casey, Religion in Russia, pp. 67-69, Nueva York 1946.↩︎