6. En defensa de la razón
Los racionalistas nunca pensaron que el ejercicio de la inteligencia pudiera llegar a hacer omnisciente al hombre. Advirtieron que, por más que se incrementara el saber, el estudioso acabaría enfrentado con datos últimos no susceptibles de ulterior análisis. Pero hasta donde el hombre puede razonar, entendieron, debe aprovechar su capacidad intelectiva. Es cierto que los datos últimos resultan inabordables para la razón; pero lo que en definitiva puede conocer la humanidad pasa siempre por el filtro de la razón. Ni cabe un conocimiento que no sea racionalista ni una ciencia de lo irracional.
En lo atinente a problemas todavía no resueltos, es lícito formular diferentes hipótesis, siempre y cuando éstas no pugnen ni con la lógica ni con los hechos demostrados por la experiencia. Tales soluciones, sin embargo, de momento no serán más que eso: hipótesis.
Ignoramos cuáles sean las causas que provocan la diferencia intelectual que se aprecia entre los hombres. La ciencia no puede explicar por qué un Newton o un Mozart fueron geniales, mientras la mayoría de los humanos no lo somos. Pero lo que no se puede aceptar es que la genialidad dependa de la raza o la estirpe del sujeto. El problema consiste en saber por qué un cierto individuo sobresale de entre sus hermanos de sangre y por qué se distingue del resto de los miembros de su propia raza.
Suponer que las hazañas de la raza blanca derivan de una superioridad racial es un error ligeramente más justificable. Pero tal afirmación no pasa de ser una vaga hipótesis, en pugna, además, con el hecho incontrovertible de que fueron pueblos de otras estirpes quienes echaron los cimientos de nuestra civilización. También es posible que en el futuro otras razas sustituyan a los blancos, desplazándoles de su hoy preeminente posición.
La hipótesis en cuestión debe ser ponderada por sus propios méritos. No cabe descartarla de antemano sobre la base de que los racistas la esgrimen para justificar su afirmación de que existe un irreconciliable conflicto de intereses entre los diversos grupos raciales y que, en definitiva, prevalecerán las razas superiores sobre las inferiores. La ley de asociación de Ricardo patentizó hace mucho tiempo el error de semejante modo de interpretar la desigualdad humana1. Pero lo que no puede hacerse para combatir el racismo es negar hechos evidentes. Es evidente que, hasta el momento, determinadas razas no han contribuido en nada, o sólo en muy poco, al progreso de la civilización, pudiendo las mismas ser, en tal sentido, calificadas de inferiores.
Si nos empeñáramos en destilar, a toda costa, de las enseñanzas marxistas, un adarme de verdad, podíamos llegar a convenir en que los sentimientos emocionales ejercen gran influencia sobre el raciocinio. Pero esto nadie ha pretendido jamás negarlo y, desde luego, no fueron los marxistas los que descubrieron tan evidente verdad. Es más, es algo que carece de todo interés por lo que respecta a la epistemología. Son muchos los factores que impulsan al hombre tanto cuando descubre la verdad como cuando se equivoca. Pero corresponde a la psicología el enumerar y ordenar tales circunstancias.
La envidia es una flaqueza harto extendida. Son muchos los intelectuales que envidian la prosperidad del afortunado hombre de negocios. Tal resentimiento les arroja frecuentemente en brazos del socialismo, pues creen que bajo ese régimen cobrarían sumas superiores a las que perciben en un régimen capitalista. Ahora bien, la ciencia no puede conformarse con demostrar simplemente la concurrencia de ese factor envidioso, debiendo por el contrario analizar, con el máximo rigor, la doctrina socialista. El investigador no tiene más remedio que estudiar todas las tesis como si quienes las defienden persiguieran única y exclusivamente la verdad. Las escuelas polilogistas jamás están dispuestas a examinar bajo el prisma puramente teórico las doctrinas de sus contraopinantes; prefieren limitarse a subrayar los antecedentes personales y los motivos que, en su opinión, indujeron a sus autores a formular sus teorías. Tal proceder pugna con los más elementales fundamentos del razonar.
Es ciertamente un pobre arbitrio, cuando se pretende combatir cierta doctrina, limitarse a aludir a sus precedentes históricos, al «espíritu» de la época, a las circunstancias materiales del país en que surgió o a las personales condiciones de su autor. Las teorías sólo pueden valorarse a la luz de la razón. El módulo aplicado ha de ser siempre racional. Una afirmación científica o es verdadera o es errónea; tal vez nuestros conocimientos resulten hoy insuficientes para aceptar su total veracidad; pero ninguna teoría puede resultar lógicamente válida para un burgués o un americano si no lo es también para un proletario o un chino.
Resulta incomprensible —en el caso de admitirse las afirmaciones de marxistas y racistas— ese obsesivo afán con que quienes detentan el poder pretenden silenciar a sus meramente teóricos opositores, persiguiendo a cuantos propugnan otras posiciones. La sola existencia de gobiernos intolerantes y de partidos políticos dispuestos a exterminar al disidente es prueba manifiesta del poder de la razón. Apelar a la policía, al verdugo o a la masa violenta no basta para acreditar la veracidad de las ideas defendidas. Lo que tal procedimiento demuestra es que quien a él apela como único recurso dialéctico está en su interior plenamente convencido de que las tesis que defiende son insostenibles.
No se puede demostrar la validez de los fundamentos apriorísticos de la lógica y la praxeología sin acudir a ellos mismos. La razón es un dato último que, por tanto, no puede someterse a mayor estudio o análisis. La propia existencia es un hecho de carácter no racional. De la razón sólo cabe predicar que es el sello que distingue al hombre de los animales y que sólo gracias a ella ha podido aquél realizar todas las obras que consideramos específicamente humanas.
Quienes aseguran que los mortales serían más felices si prescindieran del raciocinio y se dejaran guiar por la intuición y los instintos, deberían ante todo recordar el origen y las bases de la cooperación humana. La economía política, cuando estudia la aparición y el fundamento de la vida social, proporciona amplia información para que cualquiera, con pleno conocimiento de causa, pueda optar entre continuar sirviéndose del raciocinio o prescindir de él. El hombre puede llegar a repudiar la razón; pero antes de adoptar medida tan radical, bueno será que pondere todo aquello a que en tal caso habrá de renunciar. (von Mises, 1966)
Footnotes
V. infra, cap. VIII, 4.↩︎