4. La relación temporal entre acciones
Dos acciones de un mismo individuo no pueden nunca ser coetáneas; se encuentran en relación temporal del antes y después. Incluso las acciones de diversos individuos sólo a la vista de los mecanismos físicos de medir el tiempo cabe considerarlas coetáneas. El sincronismo es una noción praxeológica aplicable a los esfuerzos concertados de varios sujetos en acción1.
Las actuaciones se suceden invariablemente unas a otras. Nunca pueden realizarse en el mismo instante: pueden sucederse con mayor o menor rapidez, pero eso es todo. Hay acciones, desde luego, que pueden servir al mismo tiempo a varios fines; pero sería erróneo deducir de ello la coincidencia temporal de acciones distintas.
La conocida expresión «escala de valores» ha sido, con frecuencia, torpemente interpretada, habiéndose desatendido los obstáculos que impiden presumir coetaneidad entre las diversas acciones de un mismo individuo. Se ha supuesto que las distintas actuaciones humanas serían fruto de la existencia de una escala valorativa, independiente y anterior a los propios actos del interesado, quien pretendería realizar con su actividad un plan previamente trazado. A aquella escala valorativa y a ese plan de acción —considerados ambos conceptos como permanentes e inmutables a lo largo de un cierto periodo de tiempo— se les atribuyó sustantividad propia e independiente, considerándolos la causa y el motivo impulsor de las distintas actuaciones humanas. Tal artificio hizo suponer que había en la escala de valoración y en el plan de acción un sincronismo que no podía encontrarse en los múltiples actos individuales. Pero se olvidaba que la escala de valoración es una mera herramienta lógica, que sólo se encarna en la acción real, hasta el punto de que únicamente observando una actuación real se la puede concebir. No es lícito, por lo tanto, contrastarla con la acción real como cosa independiente, pretendiendo servirse de ella para ponderar y enjuiciar las efectivas actuaciones del hombre.
Tampoco se puede pretender diferenciar la acción racional de la acción denominada «irracional» sobre la base de asociar aquélla a la previa formulación de proyectos y planes conforme a los cuales se desarrollaría la actuación futura. Es muy posible que los objetivos fijados ayer para la acción de hoy no coincidan con los que verdaderamente ahora nos interesan; aquellos planes de ayer para enjuiciar la acción real de hoy no nos brindan módulos más objetivos y firmes que los ofrecidos por cualquier otro sistema de normas e ideas.
Se ha pretendido también fijar el concepto de actuación no-racional mediante el siguiente razonamiento: Si se prefiere a a b y b a c, lógicamente a habrá de ser preferida a c. Ahora bien, si de hecho c luego resulta más atractiva que a, se supone que nos hallaríamos ante un modo de actuar que habría de ser tenido por inconsistente e irracional2. Pero tal razonamiento olvida que dos actos individuales nunca pueden ser sincrónicos. Si en cierto momento preferimos a a b y, en otro, b a c, por corto que sea el intervalo entre ambas valoraciones, no es lícito construir una escala uniforme de valoración en la que, forzosamente, a haya de preceder a b y b a c. Del mismo modo, tampoco es admisible considerar la acción tercera y posterior como coincidente con las dos primeras. El ejemplo sólo sirve para probar, una vez más, que los juicios de valor no son inmutables. Por consiguiente, una escala valorativa deducida de distintas acciones que por fuerza han de ser asincrónicas pronto puede resultar contradictoria3.
No hay que confundir el concepto lógico de coherencia (es decir, ausencia de contradicción) con la coherencia praxeológica (es decir, la constancia o adhesión a unos mismos principios). La coherencia lógica aparece sólo en el mundo del pensamiento; la constancia surge en el terreno de la acción.
Constancia y racionalidad son nociones completamente diferentes. Cuando se han modificado las propias valoraciones, permanecer adheridos a unas ciertas normas de acción anteriormente adoptadas, en gracia sólo a la constancia, no sería una actuación racional, sino pura terquedad. La acción sólo puede ser constante en un sentido: en preferir lo de mayor a lo de menor valor. Si nuestra valoración cambia, también habrá de variar nuestra actuación. Modificadas las circunstancias, carecería de sentido permanecer fiel a un plan de acción anterior. Un sistema lógico ha de ser coherente y ha de hallarse exento de contradicciones por cuanto supone la coetánea existencia de todas sus diversas partes y teoremas. En la acción, que forzosamente se produce dentro de un orden temporal, semejante coherencia es impensable. La acción ha de acomodarse al fin perseguido y el proceder deliberado exige que el interesado se adapte continuamente a las siempre cambiantes condiciones.
La presencia de ánimo se estima virtud en el hombre que actúa. Tiene presencia de ánimo quien es capaz de adaptarse personalmente con tal rapidez que logra reducir al mínimo el intervalo temporal entre la aparición de las nuevas condiciones y la adaptación de su actuar a las mismas. Si la constancia implica la adhesión a un plan previamente trazado, haciendo caso omiso de los cambios de condiciones que se han producido, es obligado concluir que la presencia de ánimo y la reacción rápida constituyen el reverso de aquélla.
Cuando el especulador va a la Bolsa, puede haberse trazado un plan definido para sus operaciones. Tanto si lo sigue como si no, sus acciones no dejarán de ser racionales, aun en el sentido atribuido al término «racional» por quienes pretenden de esta suerte distinguir la acción racional de la irracional. A lo largo del día, el especulador tal vez realice operaciones que un observador incapaz de advertir las mutaciones experimentadas por las condiciones del mercado consideraría desacordes con una constante línea de conducta. El especulador, sin embargo, sigue adherido al principio de buscar la ganancia y rehuir la pérdida. Por ello ha de adaptar su conducta a las mudables condiciones del mercado y a sus propios juicios acerca del futuro desarrollo de los precios4.
Por muchas vueltas que se dé a las cosas, nunca se logrará definir qué sea una acción «no racional» más que apoyando la supuesta «no racionalidad» en un arbitrario juicio de valor. Imaginémonos que cierto individuo se decide a proceder inconsecuentemente sin otro objeto que el de refutar el principio praxeológico según el cual no hay acciones antirracionales. Pues bien, en ese caso, el interesado se propone también alcanzar un fin determinado: la refutación de cierto teorema praxeológico y, con esta mira, actúa de modo distinto a como lo haría en otro supuesto. En definitiva, no ha hecho otra cosa que elegir un medio inadecuado para refutar las enseñanzas praxeológicas; eso es todo. (von Mises, 1966)
Footnotes
Con objeto de evitar cualquier posible interpretación errónea, conviene notar que lo anterior no tiene nada que ver con el teorema de Einstein sobre la relación temporal de dos hechos distantes en el espacio.↩︎
V. Felix Kaufmann, «On the Subject-Matter of Economic Science», Economica, XIII, p. 390.↩︎
V. P. H. Wicksteed, The Common Sense of Political Economy, I, pp. 32 ss, ed. Robbins, Londres 1933; L. Robbins, An Essay on the Nature and Significance of Economic Science, pp. 91 y ss, 2.a ed., Londres 1935 [tr. esp. de Daniel Cosío, FCE, México 1944].↩︎
Los planes, desde luego, también pueden ser contradictorios entre sí: posiblemente, por juicios equivocados; otras veces, en cambio, dichas contradicciones tal vez sean intencionadas, al servicio de un designio preconcebido. Si, por ejemplo, un gobierno o partido promete altos precios a los productores, al tiempo que asegura bajará el coste de la vida, el objetivo perseguido es puramente demagógico. El programa, el plan en cuestión, es contradictorio en sí mismo; pero la idea que guía a su autor, que pretende alcanzar objetivos bien definidos propugnando objetivos incompatibles, no es contradictoria en absoluto.↩︎