1. La incertidumbre y acción
En la propia noción de acción va implícita la incertidumbre del futuro. El que el hombre actúe y el que el futuro resulte incierto en modo alguno son dos hechos desligados. Se trata únicamente de dos formas de afirmar la misma cosa.
Podemos suponer que el resultado de todo acontecimiento o mutación está predeterminado por las eternas e inmutables leyes que regulan la evolución y desarrollo del universo. Podemos considerar que la interconexión e interdependencia de los fenómenos, es decir, su concatenación causal, es la realidad fundamental y suprema. Podemos negar de plano la intervención del azar. Ahora bien, admitido todo ello, y aun reconocido que tal vez para una mente dotada de la máxima perfección las cosas se plantearan de otro modo, queda en pie el hecho indudable de que para el hombre que actúa el futuro resulta incierto. Si pudieran los mortales conocer el futuro, no se verían constreñidos a elegir y, por tanto, no tendrían por qué actuar. Vendrían a ser autómatas que reaccionarían ante meros estímulos, sin recurrir a voliciones personales.
Hubo filósofos que rechazaron la idea de la autonomía de la voluntad, considerándola engañoso espejismo, en razón a que el hombre ha de atenerse fatalmente a las ineludibles leyes de la causalidad. Desde el punto de vista del primer Hacedor, causa de sí mismo, pudieran tener razón. Pero, por lo que se refiere al hombre, la acción constituye un hecho dado. No es que afirmemos que el hombre sea «libre» al escoger y actuar. Decimos tan sólo que el individuo efectivamente prefiere y procede consecuentemente, resultando inaplicables las enseñanzas de las ciencias naturales cuando se pretende explicar por qué el sujeto actúa de cierto modo, dejando de hacerlo en forma distinta.
La ciencia natural no permite predecir el futuro. Sólo hace posible pronosticar los resultados de determinadas actuaciones. Siguen, sin embargo, siendo imprevisibles dos campos de acción: el de los fenómenos naturales insuficientemente conocidos y el de los actos humanos de elección. Nuestra ignorancia, por lo que respecta a estos dos terrenos, viene a teñir de incertidumbre toda actividad. La certeza apodíctica sólo se da en la órbita del sistema deductivo propio de las ciencias apriorísticas. En el campo de la realidad, el cálculo de probabilidades constituye la máxima aproximación a la certidumbre.
No incumbe a la praxeología investigar si deben ser tenidos por ciertos algunos teoremas de las ciencias naturales empíricas. Este problema carece de importancia práctica para la investigación praxeológica. Los teoremas de la física y la química poseen un grado tan alto de probabilidad que podemos considerarlos ciertos a efectos prácticos. Así, podemos prever con exactitud el funcionamiento de una máquina construida de acuerdo con las normas de la técnica moderna. Pero la construcción de una determinada máquina es sólo parte de un más amplio programa destinado a proporcionar sus productos a los consumidores. El que dicho programa, en definitiva, resulte o no el más apropiado depende del desarrollo de las condiciones futuras que en el momento de ponerlo en marcha no podían preverse con certeza. Por tanto, cualquiera que sea el grado de certeza que tengamos respecto al resultado técnico de la máquina, no por ello podemos escamotear la incertidumbre inherente al complejo conjunto de datos que la acción humana tiene que prever. Las necesidades y gustos del mañana, la reacción de los hombres ante mudadas circunstancias, los futuros descubrimientos científicos y técnicos, las ideologías y programas políticos del porvenir, nada se puede pronosticar en estos campos más que a base de meros márgenes, mayores o menores, de probabilidad. La acción apunta invariablemente hacia un futuro desconocido. En este sentido, la acción es siempre una arriesgada especulación.
Corresponde a la teoría general del saber humano investigar el campo de la verdad y la certeza. El mundo de la probabilidad, por su parte, concierne específicamente a la praxeología. (von Mises, 1966)