330 Economía
Acción humana
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(von Mises, 1966)

6. Apuestas, juegos de azar, deportes y pasatiempos

Una apuesta es el convenio por el que el interesado arriesga con otro individuo dinero o distintos bienes en torno a un acontecimiento de cuya realidad o posible aparición toda información que poseemos viene dada por actos de comprensión intelectual. La gente puede apostar con motivo de una próxima elección o de un partido de tenis. También cabe apostar sobre cuál de dos afirmaciones sobre un hecho es la correcta.

El juego de azar consiste en arriesgar dinero u otras cosas contra otro sujeto acerca del resultado de un acontecimiento sobre el que no poseemos otra información que la que proporciona el comportamiento de toda una clase.

A veces el azar y la apuesta se combinan. El resultado de una carrera de caballos, por ejemplo, depende de la acción humana —practicada por el propietario, el preparador y el jockey—, pero también de factores no humanos como las condiciones del caballo. La mayor parte de quienes arriesgan dinero en las carreras no son, por lo general, más que simples jugadores de azar. En cambio, los expertos creen derivar información de su particular conocimiento acerca de los factores personales; en la medida en que este factor influye en su decisión, apuestan. Además, presumen entender de caballos; pronostican basándose en su conocimiento del comportamiento de las clases de caballos a que pertenecen los que participan en la carrera, y en esa medida son jugadores de azar.

En otros capítulos analizaremos las fórmulas mediante las cuales el mundo de los negocios se enfrenta con el problema de la incertidumbre del futuro. Conviene, sin embargo, para completar el tema, hacer alguna otra consideración.

Dedicarse al juego puede ser tanto un fin como un medio. Para quienes buscan el excitante estímulo provocado por las lides de un juego o para aquéllos cuya vanidad se siente halagada al exhibir la propia destreza, tal actuación constituye un fin. Se trata, en cambio, de un medio para los profesionales que, mediante la misma, se ganan la vida.

La práctica de un deporte o juego puede, por tanto, estimarse acción. En cambio, no puede afirmarse que toda acción sea un juego o considerar todas las acciones como si de juegos se tratara. La meta inmediata de toda competición deportiva consiste en derrotar al adversario respetando determinadas reglas. Se trata de un caso peculiar y especial de acción. La mayor parte de las acciones humanas no pretenden derrotar o perjudicar a nadie. Con ellas se aspira sólo a mejorar las propias condiciones de vida. Puede acaecer que tal mejora se logre a costa de otros. Pero no es ése el planteamiento normal y, desde luego, dicho sea sin ánimo de herir suspicacias, jamás ocurre en un sistema social de división del trabajo cuando éste se desenvuelve libre de injerencias externas.

En una sociedad de mercado no existe analogía alguna entre los juegos y los negocios. Con los naipes gana quien mejor se sirva de habilidades y astucias; el empresario, por el contrario, prospera proporcionando a sus clientes las mercancías que éstos más desean. Tal vez haya cierta analogía entre la postura del jugador de cartas y la del timador, pero no vale la pena entrar en el asunto. Se equivoca quien interpreta la vida mercantil como un mero engaño.

Los juegos se caracterizan por el antagonismo existente entre dos o más contendientes1. Los negocios, por el contrario, dentro de una sociedad, es decir, dentro de un orden basado en la división del trabajo, se caracterizan por el concorde actuar de los sujetos; en cuanto comienzan éstos a enfrentarse los unos con los otros, caminan hacia la desintegración social.

La competencia del mercado no implica antagonismo en el sentido de confrontación de intereses incompatibles. Cierto que la competencia, a veces, o aun con frecuencia, puede suscitar en quienes compiten aquellos sentimientos de odio y malicia que suelen informar el deseo de perjudicar a otros. De ahí que los psicólogos propendan a confundir la pugna hostil con la competencia económica. La praxeología, sin embargo, debe guardarse de imprecisiones que pueden inducir al error. Existe diferencia esencial entre el conflictivo combate y la competencia cataláctica. Los competidores aspiran a la excelencia y perfección de sus respectivas realizaciones, dentro de un orden de cooperación mutua. La función de la competencia consiste en asignar a los miembros de un sistema social aquella misión en cuyo desempeño mejor pueden servir a la sociedad. Es el mecanismo que permite seleccionar, para cada tarea, el hombre más idóneo. Donde haya cooperación social, es preciso siempre seleccionar, de una forma u otra. Tal competencia desaparece tan sólo cuando la atribución de las distintas tareas depende exclusivamente de una decisión personal sin que los que participan en el proceso competitivo puedan hacer valer los propios méritos.

Más adelante habremos de ocuparnos de la función de la competencia2. Por el momento conviene resaltar que es erróneo aplicar ideas de mutuo exterminio a la recíproca cooperación que prevalece bajo el libre marco social. Las expresiones bélicas no cuadran a las operaciones mercantiles. Es una mala metáfora hablar de la conquista de un mercado, pues no hay conquista alguna cuando una empresa ofrece productos mejores o más baratos que sus competidores. Sólo en un sentido figurado puede hablarse de estrategias en el ámbito de los negocios. (von Mises, 1966)

Footnotes

  1. El juego de «solitarios» no es una competición lúdica, sino mera distracción. Por eso resulta erróneo considerarlo representación gráfica de lo que acontece en una sociedad comunista, como suponen J. Von Neumann y Oscar Morgenstern, Theory of Games and Economic Behavior, p. 86, Princeton 1944.↩︎

  2. V. infra, cap. XV, 5.↩︎