330 Economía
Acción humana
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(von Mises, 1966)

3. El trabajo humano como medio

Se entiende por trabajar el aprovechar, a título de medio, las funciones y manifestaciones fisiológicas de la vida humana. No trabaja el individuo cuando deja de aprovechar la potencialidad de la energía y los procesos vitales humanos para conseguir fines externos, distintos desde luego de los procesos fisiológicos y su función respecto a la propia vida; el sujeto, en tal supuesto, simplemente vive. El hombre trabaja cuando se sirve como medio de su capacidad y fuerza para suprimir, en cierta medida, el malestar, explotando de modo deliberado su energía vital, en vez de dejar, espontánea y libremente, manifestarse las facultades físicas y nerviosas de que dispone. El trabajo es un medio, no un fin.

Gozamos de limitada cantidad de energía disponible y, además, cada unidad de tal capacidad laboral produce efectos igualmente limitados. Si no fuera así, el trabajo humano abundaría sin tasa; jamás sería escaso y, por tanto, no podría considerarse como medio para la supresión del malestar, ni como tal habría de ser administrado.

En un mundo en que el trabajo sólo se economiza debido a que está disponible en cantidad insuficiente para lograr todos los objetivos que por medio de él pueden alcanzarse, la cantidad de trabajo disponible equivaldrá a la energía productiva que todos los hombres en su conjunto son capaces de desplegar. En ese imaginario mundo, todos trabajarían hasta agotar totalmente su capacidad personal. Emplearían en el trabajo todo el tiempo que no resultara obligado dedicar al descanso y recuperación de las fuerzas consumidas. Se consideraría como una pérdida pura el desperdiciar en cualquier cometido parte de la propia capacidad. Tal dedicación incrementaría el bienestar personal de todos y cada uno; por eso, si una fracción cualquiera de la personal capacidad de trabajo quedara desaprovechada, el interesado se consideraría perjudicado, sin que ninguna satisfacción pudiera compensarle tal pérdida. La pereza resultaría inconcebible. Nadie pensaría: podría yo hacer esto o aquello, pero no vale la pena; no compensa, prefiero el ocio. Todos considerarían como recurso productivo su total capacidad de trabajo, capacidad que se afanarían en aprovechar plenamente. Cualquier posibilidad, por pequeña que fuera, de incrementar el bienestar personal se estimaría estímulo suficiente para seguir trabajando en lo que fuera, siempre que no se pudiera aprovechar mejor la capacidad laboral en otro cometido.

En el mundo real las cosas son bien distintas. Trabajar resulta penoso. Se considera más agradable el descanso que la tarea. Invariadas las restantes circunstancias, se prefiere el ocio al esfuerzo laboral. Los hombres trabajan solamente cuando valoran en más el rendimiento que su actividad va a procurarles que el bienestar de la holganza. El trabajar molesta.

La psicología y la fisiología intentarán explicamos por qué ello es así. Pero el que en definitiva lo consigan o no es indiferente para la praxeología. Nuestra ciencia parte de que a los hombres lo que más les agrada es la diversión y el descanso; por eso contemplan su propia capacidad laboral de modo muy distinto a como ponderan la potencialidad de los factores materiales de producción. Cuando se trata de consumir el propio trabajo, el interesado analiza, por un lado, si no habrá algún otro objetivo, aparte del contemplado, más atractivo en el cual invertir su capacidad laboral; pero, por otro, pondera además si no le sería mejor abstenerse del esfuerzo. Podemos expresar el mismo pensamiento considerando el ocio como una meta a la que tiende la actividad deliberada o como un bien económico del orden primero. Esta vía, tal vez un poco rebuscada, nos abre, sin embargo, los ojos al hecho de que la holganza, a la luz de la teoría de la utilidad marginal, debe considerarse como otro bien económico cualquiera, lo que permite concluir que la primera unidad de ocio satisface un deseo más urgentemente sentido que el atendido por la segunda unidad; a su vez, esta segunda provee a una necesidad más acuciante que la de la tercera, y así sucesivamente. El lógico corolario es que la incomodidad personal provocada por el trabajo aumenta a medida que se va trabajando más, agravándose con la supletoria inversión laboral.

La praxeología, sin embargo, no tiene por qué entrar en la discusión de si la molestia laboral aumenta proporcionalmente o en grado mayor al incremento de la inversión laboral. (El asunto puede tener interés para la fisiología o la psicología y es incluso posible que tales disciplinas logren un día desentrañarlo; todo ello, sin embargo, no nos concierne). La realidad es que el interesado suspende su actividad en cuanto estima que la utilidad de proseguir la labor no compensa suficientemente el bienestar escamoteado por el supletorio trabajo. Dejando aparte la disminución en el rendimiento que la creciente fatiga provoca, quien trabaja, al formular el anterior juicio, compara cada porción de tiempo trabajado con la cantidad de bien que las sucesivas aportaciones laborales van a reportarle. Pero la utilidad de lo conseguido decrece a medida que más se va trabajando y mayor es la cantidad de producto obtenido. Mediante las primeras unidades de trabajo se ha proveído a la satisfacción de necesidades superiormente valoradas que las atendidas merced al trabajo ulterior. De ahí que esas necesidades cada vez menormente valoradas pronto puedan estimarse compensación insuficiente para prolongar la labor, aun admitiendo que, con el paso del tiempo, no desciende la productividad por razón de la fatiga.

No interesa, como decíamos, al análisis praxeológico investigar si la incomodidad del trabajo es proporcional a la inversión laboral o si aumenta en mayor escala a medida que se dedica más tiempo a la actividad. Lo indudable es que la tendencia a invertir las porciones aún no empleadas del potencial laboral —inmodificadas las demás condiciones— disminuye a medida que se va incrementando la aportación de trabajo. El que dicha disminución de la voluntad laboral progrese con una aceleración mayor o menor depende de las circunstancias económicas concurrentes; en ningún caso atañe a los principios categóricos.

Esa molestia típica del esfuerzo laboral explica por qué, a lo largo de la historia humana, al incrementarse la productividad del trabajo, gracias al progreso técnico y a los mayores recursos de capital disponibles, apareciera una tendencia generalizada a acortar los horarios de trabajo. Entre los placeres que, en mayor abundancia que sus antepasados, puede disfrutar el hombre moderno se encuentra el de dedicar más tiempo al descanso y al ocio. En este sentido se puede dar cumplida respuesta a la interrogante, tantas veces formulada por filósofos y filántropos, de si el progreso económico habría o no hecho más felices a los hombres. Si la productividad del trabajo fuera menor de lo que es en el actual mundo capitalista, la gente habría de trabajar más, o habría de renunciar a numerosas comodidades de las que hoy disfruta. Conviene, no obstante, destacar que los economistas, al dejar constancia de lo anterior, en modo alguno están suponiendo que el único medio de alcanzar la felicidad consista en gozar del mayor bienestar material, vivir lujosamente o disponer de más tiempo libre. Atestiguan simplemente un hecho, cual es que el incremento de la productividad del trabajo permite ahora disponer en forma más cumplida de cosas que indudablemente resultan agradables.

La fundamental idea praxeológica según la cual los hombres prefieren lo que les satisface más a lo que les satisface menos, apreciando las cosas sobre la base de su utilidad, no precisa por eso de ser completada, ni enmendada, con alusión alguna a la incomodidad del trabajo, pues se halla implícito en lo anterior que el hombre preferirá el trabajo al ocio sólo cuando desee más ávidamente el producto que ha de reportarle que el disfrutar de ese descanso al que renuncia.

La singular posición que el factor trabajo ocupa en nuestro mundo deriva de su carácter no específico. Los factores primarios de producción que la naturaleza brinda —es decir, todas aquellas cosas y fuerzas naturales que el hombre puede emplear para mejorar su situación— poseen específicas virtudes y potencialidades. Para alcanzar ciertos objetivos hay factores que son los más idóneos; para conseguir otros, esos mismos elementos resultan ya menos oportunos; existiendo, por último, fines para cuya consecución resultan totalmente inadecuados. Pero el trabajo es factor apropiado, a la par que indispensable, para la realización de cualesquiera procesos o sistemas de producción imaginables.

Sin embargo, no se puede generalizar al hablar de trabajo humano. Sería un grave error desconocer que los hombres, y consecuentemente su respectiva capacidad laboral, son diferentes. El trabajo que un cierto individuo es capaz de realizar convendrá más a determinados objetivos, mientras para otros será menos apropiado, resultando, en fin, inadecuado para la ejecución de terceros cometidos. Una de las deficiencias de los economistas clásicos fue el no prestar la debida atención a este hecho al formular sus teorías en torno al valor, los precios y los tipos de salarios. Pues lo que los hombres suministran no es trabajo en general, sino clases determinadas de trabajo. No se pagan salarios por el puro trabajo invertido, sino por la obra realizada mediante labores ampliamente diferenciadas entre sí, tanto cuantitativa como cualitativamente consideradas. Cada producción particular exige utilizar aquellos agentes laborales que sean precisamente capaces de ejecutar el trabajo requerido. Es absurdo pretender despreciar este hecho sobre la base de que la mayor parte de la demanda y oferta de trabajo se contrae a peonaje no especializado, labor que cualquier hombre sano puede realizar, siendo excepción el trabajo específico realizado por personas con facultades peculiares o adquiridas mediante una especial preparación. No interesa averiguar si en un pasado remoto tales eran las circunstancias de hecho ni aclarar tampoco si para las tribus primitivas la desigual capacidad de trabajo innata o adquirida era la principal consideración que les impelía a administrarlo. Cuando se trata de abordar las circunstancias de los pueblos civilizados no se pueden despreciar las diferencias cualitativas de trabajos diferentes. Distinta resulta la obra que las diversas personas pueden realizar, ya que los hombres no son iguales entre sí y, sobre todo, la destreza y experiencia adquirida en el decurso de la vida viene a diferenciar aún más la respectiva capacidad de los distintos sujetos.

Cuando antes afirmábamos el carácter no específico del trabajo humano en modo alguno queríamos decir que la capacidad laboral humana fuera toda de la misma calidad. Queríamos, simplemente, destacar que las diferencias entre las distintas clases de trabajo requerido para producir los diversos bienes son mayores que las disparidades existentes entre las cualidades innatas de los hombres. (Al subrayar este punto, prescindimos de la labor creadora del genio; el trabajo del genio cae fuera de la órbita de la acción humana ordinaria; viene a ser como un gracioso regalo del destino que la humanidad, de vez en cuando, recibe1; e igualmente prescindimos de las barreras institucionales que impiden a algunas personas ingresar en ciertas ocupaciones y tener acceso a las enseñanzas que ellas requieren). La innata desigualdad no quiebra la uniformidad y homogeneidad zoológica de la especie humana hasta el punto de dividir en compartimentos estancos la oferta de trabajo. Por eso, la oferta potencial de trabajo para la ejecución de cualquier obra determinada siempre excede a la efectiva demanda del tipo de trabajo de que se trate. Las disponibilidades de cualquier clase de trabajo especializado podrán siempre ser incrementadas detrayendo gentes de otro sector y preparándolas convenientemente. La posibilidad de atender necesidades jamás se halla permanentemente coartada, en ningún ámbito productivo, por la escasez de trabajo especializado. Dicha escasez sólo puede registrarse a corto plazo. A la larga, siempre es posible suprimirla mediante el adiestramiento de personas que gocen de las condiciones requeridas.

El trabajo es el más escaso de todos los factores primarios de producción; de un lado, porque es, en este preciso sentido, no específico y, de otro, por cuanto toda clase de producción requiere la inversión del mismo. De ahí que la escasez de los demás medios primarios de producción —es decir, los factores de producción de carácter no humano, que proporciona la naturaleza— surja en razón a que no pueden utilizarse plenamente mientras exijan consumir trabajo, aunque tal concurso laboral sea mínimo2. De ahí que las disponibilidades de trabajo, sea cual fuere su forma o presentación, determinen la proporción en que puede aprovecharse el factor naturaleza para la satisfacción de las necesidades humanas.

Si la oferta de trabajo aumenta, la producción aumenta también. El esfuerzo laboral siempre es valioso; nunca sobra, pues en ningún caso deja de ser útil para mejorar adicionalmente las condiciones de vida. El hombre aislado y autárquico siempre puede prosperar trabajando más. En la bolsa del trabajo de una sociedad de mercado invariablemente hay compradores para toda capacidad laboral que se ofrezca. La abundancia superflua de trabajo sólo puede registrarse, de modo transitorio, en algún sector, induciéndose a ese trabajo sobrante a acudir a otras partes, con lo que se amplía la producción en lugares anteriormente menos atendidos. Frente a ello, un incremento de la cantidad de tierra disponible —inmodificadas las restantes circunstancias— sólo permitiría ampliar la producción agrícola si tales tierras adicionales fueran de mayor feracidad que las ya cultivadas3. Lo mismo acontece con respecto al equipo material destinado a futuras producciones. Porque la utilidad o capacidad de servicio de los bienes de capital depende, igualmente, de que puedan contratarse los correspondientes trabajadores. Sería antieconómico explotar dispositivos de producción existentes si el trabajo a invertir en su aprovechamiento pudiera ser empleado mejor por otros cauces que permitieran atender necesidades más urgentes.

Los factores complementarios de producción sólo pueden emplearse en la cuantía que las disponibles existencias del más escaso de ellos autorizan. Supongamos que la producción de una unidad de p requiere el gasto o consumo de 7 unidades de a y de 3 unidades de b, no pudiendo emplearse ni a ni b en producción alguna distinta de p. Si disponemos de 49 a y de 2000 b, sólo podrán producirse 7 p. Las existencias de a predeterminan la cantidad de b que puede ser aprovechada. En el ejemplo, únicamente a merecería la consideración de bien económico; sólo por a estaría la gente dispuesta a pagar precios; el precio íntegro de p será función de lo que cuesten 7 unidades de a. Por su parte, b no sería un bien económico; no cotizaría precio alguno, ya que una parte de las disponibilidades no se aprovecharía.

Podemos imaginar un mundo en el que todos los factores materiales de producción estuvieran tan plenamente explotados que no fuera materialmente posible dar trabajo a todo el mundo, o al menos en la total cuantía en que algunos individuos estarían dispuestos a trabajar. En dicho mundo, el factor trabajo abundaría; ningún incremento en la capacidad laboral disponible permitiría ampliar la producción. Si en tal ejemplo suponemos que todos tienen la misma capacidad y aplicación para el trabajo y pasamos por alto el malestar típico del mismo, el trabajo dejaría de ser un bien económico. Si dicha república fuera una comunidad socialista, todo incremento en las cifras de población se consideraría como un simple incremento del número de ociosos consumidores. Tratándose de una economía de mercado, los salarios resultarían insuficientes para vivir. Quienes buscasen ocupación estarían dispuestos a trabajar por cualquier salario, por reducido que fuera, aunque resultara insuficiente para atender las necesidades vitales. Trabajaría la gente aun cuando el producto del trabajo sólo sirviese para demorar la insoslayable muerte por inanición.

De nada sirve divagar sobre tales paradojas y discutir aquí los problemas que semejante situación plantearía. El mundo en que vivimos es totalmente distinto. El trabajo resulta más escaso que los factores materiales de producción disponibles. No estamos ahora contemplando el problema de la población óptima. De momento, sólo interesa destacar que hay factores materiales de producción que no pueden ser explotados porque el trabajo requerido se precisa para atender necesidades más urgentes. En nuestro mundo no hay abundancia, sino insuficiencia, de potencia laboral, existiendo por este motivo tierras, yacimientos e incluso fábricas e instalaciones sin explotar, es decir, factores materiales de producción inaprovechados.

Esta situación cambiaría merced a un incremento tal de la población que permitiera explotar plenamente todos los factores materiales que pudiera requerir la producción alimenticia imprescindible —en el sentido estricto de la palabra— para la conservación de la vida. Ahora bien, no siendo ése el caso, el presente estado de cosas no puede variarse mediante progresos técnicos en los métodos de producción. La sustitución de unos sistemas por otros más eficientes no hace que el trabajo sea más abundante mientras queden factores materiales inaprovechados cuya utilización incrementaría el bienestar humano. Antes al contrario, dichos progresos vienen a ampliar la producción y, por ende, la cantidad disponible de bienes de consumo. Las técnicas «economizadoras de trabajo» militan contra la indigencia. Pero nunca pueden ocasionar paro «tecnológico»4.

Todo producto es el resultado de invertir, conjuntamente, trabajo y factores materiales de producción. El hombre administra ambos, tanto aquél como éstos.

Trabajo inmediatamente remunerado y trabajo mediatamente remunerado

Normalmente, el trabajo recompensa a quien trabaja de modo mediato, es decir, le permite librarse de aquel malestar cuya supresión constituía la meta de su actuación. Quien trabaja prescinde del descanso y se somete a la incomodidad del trabajo para disfrutar de la obra realizada o de lo que otros estarían dispuestos a darle por ella. La inversión de trabajo constituye, para quien trabaja, un medio que le permite alcanzar ciertos fines; es un premio que recibe por su aportación laboral.

Ahora bien, hay casos en los que el trabajo recompensa al actor inmediatamente. El interesado obtiene de la propia labor una satisfacción íntima. El rendimiento, pues, resulta doble. De un lado, disfruta del producto y, de otro, del placer que la propia operación le proporciona.

Tal circunstancia ha inducido a muchos a caer en absurdos errores, sobre los cuales se ha pretendido basar fantásticos planes de reforma social. Uno de los dogmas fundamentales del socialismo consiste en suponer que el trabajo resulta penoso y desagradable sólo en el sistema capitalista de producción, mientras que bajo el socialismo constituirá pura delicia. Podemos pasar por alto las divagaciones de aquel pobre loco que se llamó Charles Fourier. Ahora bien, conviene observar que el socialismo «científico» de Marx, en este punto, no difiere en nada de las ideas de los autores utópicos. Frederick Engels y Karl Kautsky llegan a decir textualmente que la gran obra del régimen proletario consistirá en transformar en placer la penosidad del trabajo5.

Con frecuencia se pretende ignorar el hecho de que las actividades que proporcionan complacencia inmediata y constituyen, por tanto, fuentes directas de placer y deleite no coinciden con el trabajo con que uno se gana la vida. Muy superficial tiene que ser el examen para no advertir de inmediato la diferencia entre unas y otras actividades. Salir un domingo a remar por diversión en el lago se asemeja al bogar de remeros y galeotes sólo cuando la acción se contempla desde el punto de vista de la hidromecánica. Ambas actividades, ponderadas como medios para alcanzar fines determinados, son tan diferentes como el aria tarareada por un paseante y la interpretada por un cantante de ópera. El despreocupado remero dominical y el deambulante cantor derivan de sus actividades no una recompensa mediata, sino inmediata. Por consiguiente, lo que practican no es trabajo, pues no se trata de aplicar sus funciones fisiológicas al logro de fines ajenos al mero ejercicio de esas mismas funciones. Su actuación es, simplemente, un placer. Es un fin en sí misma; se practica por sus propios atractivos, sin derivar de ella ningún servicio ulterior. No tratándose, pues, de una actividad laboral, no cabe denominarla trabajo inmediatamente remunerado6.

A veces, personas poco observadoras pueden creer que el trabajo ajeno es fuente de inmediata satisfacción porque les gustaría, a título de juego, realizar ese mismo trabajo. Del mismo modo que los niños juegan a maestros, a soldados y a trenes, hay adultos a quienes les gustaría jugar a esto o a lo otro. Creen que el maquinista disfruta manejando la locomotora como ellos gozarían si se les permitiera conducir el convoy. Cuando el administrativo se dirige apresuradamente a la oficina, envidia al guardia que, en su opinión, cobra por pasear ociosamente por las calles. Sin embargo, tal vez éste envidie a aquél que, cómodamente sentado en un caldeado edificio, gana dinero emborronando papeles, labor que no puede considerarse trabajo serio. No vale la pena perder el tiempo analizando las opiniones de quienes, interpretando erróneamente la labor ajena, la consideran mero pasatiempo.

Ahora bien, hay casos de auténtico trabajo inmediatamente remunerado. Ciertas clases de trabajo, en pequeñas dosis y bajo condiciones especiales, proporcionan satisfacción inmediata. Sin embargo, esas dosis han de ser tan reducidas que carecen de trascendencia en un mundo integrado por la producción orientada a la satisfacción de necesidades. En la tierra, el trabajo se caracteriza por su penosidad. La gente intercambia el trabajo, generador de malestar, por el producto del mismo; el trabajo constituye una fuente de recompensa mediata.

En aquella medida en que cierta clase de trabajo, en vez de malestar, produce placer y, en vez de incomodidad, gratificación inmediata, su ejecución no devenga salario alguno. Al contrario, quien lo realiza, el «trabajador», habrá de comprar el placer y pagarlo. La caza fue y es aún para muchas personas un trabajo normal, generador de incomodidades. Ahora bien, hay personas para quienes constituye puro placer. En Europa, los aficionados al arte venatorio pagan importantes sumas al propietario del coto por concederles el derecho a perseguir un cierto número de venados de un tipo determinado. El precio de tal derecho es independiente del que hayan de abonar por las piezas cobradas. Cuando ambos precios van ligados, el montante excede notablemente lo que cuesta la caza en el mercado. Resulta así que un venado entre peñascos y precipicios tiene mayor valor dinerario que después de haber sido muerto y transportado al valle, donde se puede aprovechar su carne, su piel y sus defensas, pese a que, para cobrar la pieza, se gasta equipo y munición, tras penosas escaladas. Podría, por tanto, decirse que uno de los servicios que un venado vivo puede prestar es el de proporcionar al cazador el gusto de matarlo.

El genio creador

Muy por encima de los millones de personas que nacen y mueren, se elevan los genios, aquellos hombres cuyas actuaciones e ideas abren caminos nuevos a la humanidad. Para el genio descubridor crear constituye la esencia de la vida7. Para él, vivir significa crear.

Las actividades de estos hombres prodigiosos no pueden ser plenamente encuadradas en el concepto praxeológico de trabajo. No son trabajo, ya que para el genio no son medios, sino fines en sí mismas; pues él sólo vive creando e inventando. Para él no hay descanso; sólo sabe de intermitencias en la labor en momentos de frustración y esterilidad. Lo que le impulsa no es el deseo de obtener un resultado, sino la operación misma de provocarlo. La obra no le recompensa, mediata ni inmediatamente. No le gratifica mediatamente, por cuanto sus semejantes, en el mejor de los casos, no se interesan por ella y, lo que es peor, frecuentemente la reciben con mofa, vilipendio y persecución. Muchos genios podrían haber empleado sus dotes personales en procurarse una vida agradable y placentera; pero ni siquiera se plantearon tal alternativa, optando sin vacilación por un camino lleno de espinas. El genio quiere realizar lo que considera su misión, aun cuando comprenda que tal conducta puede llevarle al desastre.

Tampoco deriva el genio satisfacción inmediata de sus actividades creadoras. Crear es para él agonía y tormento, una incesante y agotadora lucha contra obstáculos internos y externos, que le consume y destroza. El poeta austríaco Grillparzer supo reflejar tal situación en un emocionante poema: «Adiós a Gastein»8. Podemos suponer que, al escribirlo, más que en sus propias penas y tribulaciones, pensaba en los mayores sufrimientos de un hombre mucho más grande que él, Beethoven, cuyo destino se asemejaba al suyo propio y a quien, gracias a un afecto entrañable y a una cordial admiración, comprendió mejor que ninguno de sus contemporáneos. Nietzsche se comparaba a la llama que, insaciable, se consume y destruye a sí misma9. No existe similitud alguna entre tales tormentos y las ideas generalmente relacionadas con los conceptos de trabajo y labor, producción y éxito, ganarse el pan y gozar de la vida.

Las obras del genio creador, sus pensamientos y teorías, sus poemas, pinturas y composiciones, praxeológicamente, no pueden considerarse frutos del trabajo. No son la resultante de haber invertido una capacidad laboral que hubiera podido dedicarse a producir otros bienes en vez de la obra maestra de filosofía, arte o literatura. Los pensadores, poetas y artistas a menudo carecen de condiciones para realizar otras labores. Sin embargo, el tiempo y la fatiga que dedican a sus actividades creadoras no lo detraen de trabajos mediante los cuales se podría atender a otros objetivos. A veces, las circunstancias pueden condenar a la esterilidad a un hombre capaz de llevar adelante cosas inauditas; tal vez le sitúen en la disyuntiva de morir de hambre o de dedicar la totalidad de sus fuerzas a luchar exclusivamente por la vida. Ahora bien, cuando el genio logra alcanzar sus metas, sólo él ha pagado los «costes» necesarios. A Goethe tal vez le estorbaran, en ciertos aspectos, sus ocupaciones en la corte de Weimar. Sin embargo, seguramente no habría cumplido mejor con sus deberes oficiales de ministro de Estado, director de teatro y administrador de minas si no hubiera escrito sus dramas, poemas y novelas.

Hay más: no es posible sustituir por el trabajo de terceras personas la labor de los creadores. Si Dante y Beethoven no hubieran existido, habría sido imposible producir la Divina Comedia o la Novena Sinfonía encargando la tarea a otros hombres. Ni la sociedad ni los individuos particulares pueden impulsar sustancialmente al genio ni fomentar su labor. Ni la «demanda» más intensa ni la más perentoria de las órdenes gubernativas resultan en tal sentido eficaces. El genio jamás trabaja por encargo. Los hombres no pueden producir a voluntad unas condiciones naturales y sociales que provoquen la aparición del genio creador y su obra. Es imposible criar genios a base de eugenesia ni formarlos en escuelas ni reglamentar sus actividades. Resulta muy fácil, en cambio, organizar la sociedad de tal manera que no haya sitio para los innovadores ni para sus tareas descubridoras.

La obra creadora del genio es, para la praxeología, un hecho dado. La creación genial aparece como generoso regalo del destino. No es en modo alguno un resultado de la producción en el sentido que la economía da a este último vocablo. (von Mises, 1966)

Footnotes

  1. V. p. 166-167.↩︎

  2. Algunos recursos naturales son tan escasos que se explotan por entero.↩︎

  3. Supuesta libre la movilidad del trabajo, resultaría antieconómico poner en explotación terrenos anteriormente no cultivados salvo que la feracidad de los mismos fuera tal que compensara los supletorios costes incurridos.↩︎

  4. V. más abajo, pp. 908-920.↩︎

  5. Karl Kautsky, Die soziale Revolution, II, pp. 16 ss, 3.a ed., Berlín 1911. Con respecto a Engels, v. infra cap. XXI, 2.↩︎

  6. El remo practicado deliberadamente como deporte y el canto cultivado seriamente por un aficionado son trabajo introversivo. V. cap. XXI, 1.↩︎

  7. Los caudillos (führers) no son descubridores; conducen al pueblo por las sendas que otros trazaron. El genio abre caminos a través de terrenos antes inaccesibles, sin preocuparse de si alguien le sigue o no. Los caudillos, en cambio, conducen a sus pueblos hacia objetivos ya conocidos que los súbditos desean alcanzar.↩︎

  8. Parece que hoy no existe ninguna traducción inglesa de este poema. En el libro de Douglas Yates (Franz Grillparzer, a Critical Biography, I, p. 57, Oxford 1946) se hace un resumen de su contenido en inglés.↩︎

  9. Una traducción del poema de Nietzsche puede hallarse en M. A. Mugge, Friedrich Nietzsche, p. 275. Nueva York 1911.↩︎