4. La producción
La acción, si tiene éxito, alcanza la meta perseguida. Da lugar al producto deseado.
La producción, sin embargo, en modo alguno es un acto de creación; no engendra nada que ya antes no existiera. Implica sólo la transformación de ciertos elementos mediante tratamientos y combinaciones. Quien produce no crea. El individuo crea tan sólo cuando piensa o imagina. El hombre, en el mundo de los fenómenos externos, únicamente transforma. Su actuación consiste en combinar los medios disponibles con miras a que, de conformidad con las leyes de la naturaleza, se produzca el resultado apetecido.
Antes solía distinguirse entre la producción de bienes tangibles y la prestación de servicios personales. Se consideraba que el carpintero, cuando hacía mesas y sillas, producía algo; sin embargo, no se decía lo mismo del médico cuyo consejo ayudaba al carpintero enfermo a recobrar su capacidad para producir mesas y sillas. Se diferenciaba entre el vínculo médico-carpintero y el vínculo carpintero-sastre. Se aseguraba que el médico no producía nada por sí mismo; se ganaba la vida con lo que otros fabricaban, siendo, en definitiva, mantenido por los carpinteros y los sastres. En fecha todavía más lejana, los fisiócratas franceses proclamaron la esterilidad de todo trabajo que no implicara extraer algo del suelo. En su opinión, sólo merecía el calificativo de productivo el trabajo agrícola, la pesca, la caza y la explotación de minas y canteras. La industria, suponían, agrega al valor del material empleado tan sólo el valor de las cosas consumidas por los trabajadores.
Los economistas modernos sonríen ante los pronunciamientos de aquellos antecesores suyos que recurrían a tan inadmisibles distingos. Mejor, sin embargo, procederían nuestros contemporáneos si pararan mientes en los errores que ellos mismos cometen. Son muchos los autores modernos que abordan diversos problemas económicos —por ejemplo, la publicidad o el márketing— recayendo en crasos errores que hace tiempo deberían haber quedado definitivamente aclarados.
Otra idea también muy extendida pretende diferenciar entre el empleo del trabajo y el de los factores materiales de producción. La naturaleza, dicen, dispensa sus dones gratuitamente; en cambio, la inversión de trabajo implica que quien lo practica padezca la incomodidad del mismo. Al esforzarse y superar la incomodidad del trabajo, el hombre aporta algo que no existía antes en el universo. En este sentido, el trabajo crea. Pero tal afirmación también es errónea. La capacidad laboral del hombre es una cosa dada en el universo, al igual que son dadas las potencialidades diversas, típicas y características de la tierra y de las sustancias animales. El hecho de que una parte de la capacidad de trabajo pueda quedar inaprovechada tampoco viene a diferenciarlo de los factores no humanos de producción, pues éstos también pueden permanecer inexplotados. El individuo se ve impelido a superar la incomodidad del trabajo porque personalmente prefiere el producto del mismo a la satisfacción que derivaría del descanso.
Sólo es creadora la mente humana cuando dirige la acción y la producción. La mente es una realidad también comprendida en el universo y la naturaleza; es una parte del mundo existente y dado. Llamar creadora a la mente no implica entregarse a especulaciones metafísicas. La calificamos de creadora porque no sabemos cómo explicar los cambios provocados por la acción más allá de aquel punto en que tropezamos con la intervención de la razón que dirige las actividades humanas. La producción no es un hecho físico, natural y externo; al contrario, es un fenómeno intelectual y espiritual. La condición esencial para que aparezca no estriba en el trabajo humano, en las fuerzas naturales o en las cosas externas, sino en la decisión de la mente de emplear dichos factores como medios para alcanzar específicos objetivos. No es el trabajo el que por sí engendra el producto, sino el trabajo dirigido por la razón. Sólo la mente humana goza de poder para suprimir el malestar sentido por el hombre.
La metafísica materialista del marxismo yerra al interpretar estas cosas. Las célebres «fuerzas productivas» no son de índole material. La producción es un fenómeno ideológico, intelectual y espiritual. Es aquel método que el hombre, guiado por la razón, emplea para suprimir la incomodidad en el mayor grado posible. Lo que distingue nuestro mundo del de nuestros antepasados de hace mil o veinte mil años no es ninguna diferencia material, sino algo espiritual. Los cambios objetivos registrados son fruto de operaciones anímicas.
La producción consiste en manipular las cosas que el hombre encuentra dadas, siguiendo los planes que la razón traza. Tales planes —recetas, fórmulas, ideologías— constituyen lo fundamental; vienen a transmutar los factores originales —humanos y no humanos— en medios. El hombre produce gracias a su inteligencia; determina los fines y emplea los medios idóneos para alcanzarlos. Por eso es totalmente errónea la idea popular de que la economía tiene por objeto ocuparse de los presupuestos materiales de la vida. La acción humana es una manifestación de la mente. En este sentido, la praxeología puede ser denominada ciencia moral (Geisteszwissenschaft).
Naturalmente, no sabemos qué es la mente, por lo mismo que ignoramos lo que son realmente el movimiento, la vida o la electricidad. Mente es simplemente la palabra utilizada para designar aquel ignoto factor que ha permitido a los hombres llevar a cabo todas sus realizaciones: las teorías y los poemas, las catedrales y las sinfonías, los automóviles y los aviones. (von Mises, 1966)