330 Economía
Acción humana
Acción en el marco de la sociedad
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(von Mises, 1966)

7. La gran sociedad

No todas las relaciones interhumanas son relaciones sociales. Cuando los hombres se acometen mutuamente en guerras de exterminio total, cuando luchan entre sí tan despiadadamente como si se tratara de destruir animales feroces o plantas dañinas, entre las partes combatientes existe efecto recíproco y relación mutua, pero no hay sociedad. La sociedad implica acción concertada y cooperativa en la que cada uno considera el provecho ajeno como medio para alcanzar el propio.

Guerras de exterminio sin piedad fueron las luchas que entre sí mantenían las hordas y tribus primitivas por los aguaderos, los lugares de pesca, los terrenos de caza, los pastos y el botín. Se trataba de conflictos totales. Del mismo tipo fueron, en el siglo XIX, los primeros encuentros de los europeos con los aborígenes de territorios recién descubiertos. Pero ya en épocas primitivas, muy anteriores a los tiempos de los que poseemos información histórica, comenzó a germinar otro modo de proceder. La gente ni siquiera al combatir llegaba a olvidar del todo las relaciones sociales previamente establecidas; incluso en las pugnas contra pueblos con quienes antes no habían existido contactos, los combatientes comenzaban a darse cuenta de que, pese a la transitoria oposición del momento, era posible entre seres humanos llegar posteriormente a fórmulas de avenencia y cooperación. Se pretendía perjudicar al enemigo; pero, sin embargo, los actos de hostilidad ya no eran plenamente crueles y despiadados. Al combatir con hombres —a diferencia de cuando luchaban contra las bestias— los beligerantes pensaban que había en la pugna ciertos límites que convenía no sobrepasar. Por encima del odio implacable, la furia destructiva y el afán de aniquilamiento flotaba un sentimiento societario. Nacía la idea de que el adversario debía ser considerado como potencial asociado en una cooperación futura, circunstancia ésta que no convenía olvidar en la gestión bélica. La guerra dejó de considerarse como la relación interhumana normal. La gente comenzaba a advertir que la cooperación pacífica constituía el medio mejor para triunfar en la lucha por la supervivencia. Puede incluso afirmarse que comprendió que era más ventajoso esclavizar al vencido que matarlo, por cuanto, aun durante la lucha, pensaba ya en el mañana, en la paz. Puede decirse que la esclavitud fue un primer paso hacia la cooperación.

La formulación de la idea de que ni siquiera en guerra todos los actos son permisibles y de que hay acciones bélicas lícitas y otras ilícitas, así como leyes, es decir, relaciones sociales, que deben prevalecer por encima de las naciones, incluso de aquéllas que de momento se enfrentan, acabó estableciendo la Gran Sociedad que incluye a todos los hombres y a todas las naciones. De este modo las diversas asociaciones de carácter regional fueron fundiéndose en una sola sociedad ecuménica.

El combatiente que no hace la guerra salvajemente, al modo de las bestias, sino a tenor de ciertas normas bélicas «humanas» y sociales, renuncia a utilizar ciertos medios destructivos, con miras a alcanzar concesiones análogas del adversario. En la medida en que estas normas son respetadas, existen entre los contendientes relaciones sociales. Pero los actos hostiles sí constituyen actuaciones no sólo asociales, sino antisociales. Es un error definir el concepto de «relaciones sociales» de tal suerte que se incluya entre las mismas actos tendentes al aniquilamiento del oponente y a la frustración de sus aspiraciones1. Mientras las únicas relaciones existentes entre los individuos persigan el perjudicarse mutuamente, ni hay sociedad ni relaciones sociales.

La sociedad no es una mera interacción. Hay interacción —influencia recíproca— entre todas las partes del universo: entre el lobo y la oveja devorada; entre el microbio y el hombre a quien mata; entre la piedra que cae y el objeto sobre el que choca. La sociedad, al contrario, implica siempre la actuación cooperativa con miras a que todos los partícipes puedan alcanzar sus propios fines.

Footnotes

  1. Tal pretende Leopold von Wiese, Allgemeine Soziologie, cap. I, pp. 10 ss, Múnich 1924.↩︎