8. El instinto de agresión y destrucción
Se ha dicho que el hombre es una bestia agresiva cuyos innatos instintos le impulsan a la lucha, a la matanza y a la destrucción. La civilización, al crear una humanitaria laxitud innatural que aparta al hombre de sus antecedentes zoológicos, pretende acallar esos impulsos y apetencias. Ha transformado al hombre en un ser escuálido y decadente, que se avergüenza de su animalidad y pretende vanamente tildar de humanismo verdadero a su evidente degradación. Para impedir una mayor degeneración de la especie, es preciso liberarla de los perniciosos efectos de la civilización. Pues la civilización no es más que una hábil estratagema inventada por seres inferiores. Éstos son tan débiles que son incapaces de vencer a los héroes fuertes; demasiado cobardes para soportar su propia aniquilación, castigo que tienen bien merecido, impidiéndoles su perezosa insolencia servir como esclavos a los superiores. Por ello recurrieron a la argucia; invirtieron los eternos criterios de valor, absolutamente fijados por las inmutables leyes del universo; arbitraron unos preceptos morales según los cuales resultaba virtud su propia inferioridad y vicio la superioridad de los nobles héroes. Es preciso desarticular esta rebelión moral de los siervos trastrocando todos los valores. Hay que repudiar totalmente la ética de los esclavos, fruto vergonzante del resentimiento de los más cobardes; en su lugar habrá de implantarse la ética de los fuertes o, mejor aún, deberá ser suprimida toda cortapisa ética. El hombre tiene que resultar digno heredero de sus mayores, los nobles brutos de épocas pasadas.
Se suele denominar estas doctrinas darwinismo social o sociológico. No es el caso de decidir aquí si esta terminología es o no apropiada. En todo caso, no hay duda de que es un grave error calificar de evolutivas y biológicas unas filosofías que alegremente osan afirmar que la historia entera de la humanidad, desde que el hombre comenzó a alzarse por encima de la existencia puramente animal de sus antepasados no humanos, es tan sólo un vasto proceso de progresiva degeneración y decadencia. La biología no proporciona otro criterio para valorar las mutaciones producidas en los seres vivos que el de si permiten o no al sujeto adaptarse mejor al medio ambiente y aprovechar sus oportunidades en la lucha por la vida. Desde este punto de vista, es indudable que la civilización ha de considerarse como un beneficio, no como una calamidad. Ha impedido, por lo pronto, la derrota del hombre en su lucha contra los demás seres vivos, ya sean los grandes animales feroces o los perniciosos microbios; ha multiplicado los medios de subsistencia; ha incrementado la talla humana, la agilidad y habilidad del hombre y ha prolongado la duración media de la vida; le ha permitido dominar incontestado la tierra; ha sido posible multiplicar las cifras de población y elevar el nivel de vida a un grado totalmente impensable para los toscos moradores de las cavernas. Cierto es que tal evolución hizo perder al hombre ciertas mañas y habilidades que, si bien en determinadas épocas eran útiles para luchar por la vida, más tarde, cambiadas las circunstancias, perdieron toda utilidad. En cambio, se fomentaron otras capacidades y destrezas imprescindibles para la vida en sociedad. Ningún criterio biológico y evolutivo tiene por qué ocuparse de dichas mutaciones. Para el hombre primitivo, la dureza física y la combatividad le proporcionaban igual utilidad que la aritmética y la gramática al hombre moderno. Es totalmente arbitrario y manifiestamente contradictorio con cualquier norma biológica de valoración considerar naturales y conformes con la condición humana únicamente aquellas cualidades que convenían al hombre primitivo, vilipendiando como signos de degeneración y decadencia biológica las destrezas y habilidades que el hombre civilizado precisa imperiosamente. Recomendar al hombre que recupere las condiciones físicas e intelectuales de sus antepasados prehistóricos es tan descabellado como conminarle a que vuelva a andar a cuatro manos o a que de nuevo se deje crecer el rabo.
Es digno de notar que quienes más se exaltaron en ensalzar los salvajes impulsos de nuestros bárbaros antepasados fueron gentes tan enclenques que nunca habrían podido adaptarse a las exigencias de aquella «vida arriesgada». Nietzsche, aun antes de su colapso mental, era tan enfermizo que sólo resistía el clima de Engadin y el de algunos valles italianos. No hubiese podido escribir si la sociedad civilizada no hubiera protegido sus delicados nervios de la rudeza natural de la vida. Los defensores de la violencia editaron sus libros precisamente al amparo de aquella «seguridad burguesa» que tanto vilipendiaban y despreciaban. Gozaron de libertad para publicar sus incendiarias prédicas porque el propio liberalismo que ridiculizaban salvaguardaba la libertad de prensa. Se habrían desesperado si se hubieran visto privados de las facilidades de la civilización tan escarnecida por su filosofía. ¡Qué espectáculo el del tímido Georges Sorel cuando, en su elogio de la brutalidad, llega a acusar al moderno sistema pedagógico de debilitar las innatas tendencias violentas1!
Se puede admitir que para el hombre primitivo era innata la propensión a matar y a destruir, así como el amor a la crueldad. También, a efectos dialécticos, se puede aceptar que, durante las primeras edades, las tendencias agresivas y homicidas abogaran en favor de la conservación de la vida. Hubo un tiempo en que el hombre fue una bestia brutal. (No hace al caso averiguar si el hombre prehistórico era carnívoro o herbívoro). Ahora bien, no debe olvidarse que físicamente el hombre era un animal débil, de tal suerte que no habría podido vencer a las fieras carniceras, de no haber contado con un arma peculiar, con la razón. El que el hombre sea un ser racional, que no cede fatalmente a toda apetencia, que ordena su conducta con racional deliberación, desde un punto de vista zoológico no puede estimarse antinatural. Conducta racional significa que el hombre, ante la imposibilidad de satisfacer todos sus impulsos, deseos y apetencias, renuncia a los que considera menos urgentes. Para no perturbar el mecanismo de la cooperación social, el individuo ha de abstenerse de dar satisfacción a aquellas apetencias que impedirían la aparición de las instituciones sociales. Esa renuncia, indudablemente, duele. Pero es que el hombre está eligiendo. Prefiere dejar insatisfechos ciertos deseos incompatibles con la vida social, para satisfacer otros que únicamente, o al menos sólo de modo más perfecto, pueden ser atendidos bajo el signo de la división del trabajo. Así emprendió la raza humana el camino que conduce a la civilización, a la cooperación social y a la riqueza.
Ahora bien, dicha elección ni es irrevocable ni definitiva. La decisión adoptada por los padres no prejuzga cuál será la de los hijos. Éstos pueden libremente preferir otra. A diario se pueden trastrocar las escalas valorativas y preferir la barbarie a la civilización o, como dicen algunos, anteponer el alma a la inteligencia, los mitos a la razón y la violencia a la paz. Pero es necesario optar. No se puede disfrutar a un tiempo de cosas incompatibles entre sí.
La ciencia, desde su neutralidad valorativa, no condena a los apóstoles del evangelio de la violencia por elogiar el frenesí del asesinato y los deleites del sadismo. Los juicios de valor son siempre subjetivos y la sociedad liberal concede a cualquiera derecho a expresar libremente sus sentimientos. La civilización no ha enervado la originaria tendencia a la agresión, a la ferocidad y a la crueldad características del hombre primitivo. En muchos individuos civilizados aquellos impulsos sólo están adormecidos y resurgen violentamente tan pronto como fallan los frenos con que la civilización los domeña. Basta, a este respecto, recordar los indecibles horrores de los campos de concentración nazis. Los periódicos continuamente nos informan de crímenes abominables que atestiguan de la dormida tendencia a la bestialidad ínsita en el hombre. Las novelas y películas más populares son aquéllas que se ocupan de violencias y episodios sangrientos. Las corridas de toros y las peleas de gallos siguen atrayendo a multitudes.
Si un escritor afirma que la chusma ansia la sangre e incluso que él mismo también, tal vez esté en lo cierto, igual que si asegura que el hombre primitivo se complacía en matar. Pero comete un grave error si cree que la satisfacción de tan sádicos impulsos no pone en peligro la propia existencia de la sociedad; si afirma que la civilización «verdadera» y la sociedad «conveniente» consisten en dar rienda suelta a las tendencias violentas, homicidas y crueles de la gente; o si proclama que la represión de dichos impulsos brutales perjudica el progreso de la humanidad, de tal suerte que suplantar el humanitarismo por la barbarie impediría la degeneración de la raza humana. La división social del trabajo y la cooperación se fundan en la posibilidad de solucionar pacíficamente los conflictos. No es la guerra, como Heráclito decía, sino la paz el origen de todas las relaciones sociales. El hombre, además de los instintos sanguinarios, abriga otras apetencias igualmente innatas. Si quiere satisfacer éstas, habrá de reprimir sus tendencias homicidas. Quien desee conservar la propia vida y salud en condiciones óptimas y durante el tiempo más dilatado posible deberá admitir que respetando la vida y salud de los demás atiende mejor sus propias aspiraciones que mediante la conducta opuesta. Podrá lamentar que nuestro mundo sea así. Pero, por más lágrimas que derrame, no alterará la severa realidad.
De nada sirve criticar esta afirmación aludiendo a la irracionalidad. Ningún impulso instintivo puede ser analizado de modo racional, ya que la razón se ocupa sólo de los medios idóneos para alcanzar los fines deseados, pero no de los fines últimos en sí. El hombre se distingue de los restantes animales en que no cede a los impulsos instintivos si no es con un cierto grado de voluntariedad. Se sirve de la razón para, entre deseos incompatibles, optar por unos u otros.
No puede decirse a las masas: Dad rienda suelta a vuestros afanes homicidas porque así vuestra actuación será genuinamente humana y mediante ella incrementaréis vuestro bienestar personal. Al contrario, conviene advertirles: Si dais satisfacción a vuestros deseos sanguinarios, habréis de renunciar a la satisfacción de otras muchas apetencias. Deseáis comer, beber, vivir en buenas casas, cubrir vuestra desnudez y mil cosas más, las cuales sólo a través de la sociedad podéis alcanzar. No se puede tenerlo todo; es preciso elegir. Podrá resultar atractiva la vida arriesgada; también habrá quienes gusten de las locuras sádicas; pero lo cierto es que tales placeres resultan incompatibles con aquella seguridad y abundancia material de la que nadie en modo alguno quiere prescindir.
La praxeología como ciencia no debe discutir el derecho del individuo a elegir y a proceder en consecuencia. Es el hombre que actúa, no el teórico, quien en definitiva decide. La función de la ciencia, por lo que a la vida y a la acción atañe, no estriba en formular preferencias valorativas, sino en exponer las circunstancias reales a las cuales forzosamente el hombre ha de atemperar sus actos, limitándose simplemente a resaltar los efectos que las diversas actuaciones posibles han de provocar. La teoría ofrece al individuo cuanta información pueda precisar para decidir con pleno conocimiento de causa. Viene a formular, como si dijéramos, un presupuesto, una cuenta de beneficios y costes. No cumpliría la ciencia su cometido si en esa cuenta omitiera alguna de las rúbricas que pueden influir en la elección y decisión finales.
Falsas interpretaciones de la moderna ciencia natural, especialmente del darwinismo
Algunos modernos antiliberales, tanto de derecha como de izquierda, pretenden amparar sus tesis en interpretaciones erróneas de los últimos descubrimientos efectuados por la ciencia biológica.
1. Los hombres no son iguales. El liberalismo del siglo XVIII, lo mismo que el moderno igualitarismo, partía de aquella «evidente verdad» según la cual «todos los hombres fueron creados iguales, y gozan de ciertos derechos inalienables». Ante tal afirmación, los defensores de la filosofía biológica social aseguran que la ciencia natural ha demostrado ya, de modo irrefutable, que los hombres no son iguales entre sí. La contemplación de la realidad tal cual es prohíbe especular en torno a unos imaginarios derechos naturales del hombre. Porque la naturaleza es insensible y no se preocupa ni de la vida ni de la felicidad de los mortales; al contrario, es un regular y férreo imperativo. Es un disparate metafísico pretender aunar la resbaladiza y vaga noción de libertad con las absolutas e inexorables leyes del orden cósmico. De este modo cae por su base la idea fundamental del liberalismo.
Es cierto que el movimiento liberal y democrático de los siglos XVIII y XIX apeló enérgicamente a la idea de ley natural y a los imprescriptibles derechos del hombre. Tales ideas, elaboradas originariamente por los pensadores clásicos y por la teología hebraica, fueron absorbidas por la filosofía cristiana. Algunas sectas anticatólicas basaron en ellas sus programas políticos. Una larga teoría de eminentes filósofos también las defendieron. Se popularizaron y llegaron a constituir el más firme sostén del movimiento democrático. Aun hoy en día hay muchos que las defienden, pasando por alto el hecho indudable de que Dios o la Naturaleza crea desiguales a los hombres; mientras unos nacen sanos y fuertes, otros son víctimas de deformidades y lacras. Según ellos, todas las diferencias entre los hombres no son sino fruto de la educación, de las oportunidades personales y de las instituciones sociales.
Las enseñanzas de la filosofía utilitaria y de la economía política clásica nada tienen que ver con la teoría de los derechos naturales. Lo único que les interesa es la utilidad social. Recomiendan la democracia, la propiedad privada, la tolerancia y la libertad no porque sean instituciones naturales y justas, sino porque resultan beneficiosas. La idea básica de la filosofía ricardiana es la de que la cooperación social y la división del trabajo que se perfecciona entre gentes superiores y más eficientes en cualquier sentido, de un lado, y de otro, gentes inferiores y de menor eficiencia igualmente en cualquier aspecto, beneficia a todos los intervinientes. El radical Bentham gritaba: «Derechos naturales, puro dislate; derechos naturales e imprescriptibles, vacua retórica»2. En su opinión, «el único fin del gobierno debería estribar en proporcionar la mayor felicidad al mayor número posible de ciudadanos»3. De acuerdo con lo anterior, Bentham, al investigar qué debe estimarse bueno y procedente, se desentiende de toda idea preconcebida acerca de los planes y proyectos de Dios o de la Naturaleza, incognoscibles siempre; prefiere limitarse a estudiar qué cosas fomentan en mayor grado el bienestar y la felicidad del hombre. Malthus demostró cómo la naturaleza, que restringe los medios de subsistencia precisados por la humanidad, no reconoce derecho natural alguno a la existencia; demostró que si se hubiera dejado llevar por el natural impulso a la procreación, el hombre nunca habría logrado liberarse del espectro del hambre. Proclamó, igualmente, que la civilización y el bienestar sólo pueden prosperar en tanto en cuanto el individuo logra dominar mediante un freno moral sus instintos genésicos. El utilitarismo no se opone al gobierno arbitrario y a la concesión de privilegios personales porque resulten contrarios a la ley natural, sino porque restringen la prosperidad de la gente. Preconiza la igualdad de todos ante la ley, no porque los hombres sean entre sí iguales, sino por entender que tal política beneficia a la comunidad. La biología moderna, al demostrar la inconsistencia de conceptos tan ilusorios como el de la igualdad de todos los hombres, no viene más que a repetir lo que el utilitarismo liberal y democrático proclamó, y ciertamente con mayor fuerza argumental. Es indudable que ninguna doctrina biológica podrá jamás desvirtuar lo que la filosofía utilitaria predica acerca de la conveniencia social que en sí encierran la democracia, la propiedad privada, la libertad y la igualdad ante la ley.
La actual preponderancia de doctrinas que abogan por la desintegración social y el conflicto armado no debe atribuirse a una supuesta adaptación de la filosofía social a los últimos descubrimientos de la ciencia biológica, sino al hecho de haber sido casi universalmente repudiada la filosofía utilitaria y la teoría económica. Se ha suplantado con una filosofía que predica la lucha irreconciliable de clases y el conflicto internacional armado la ideología «ortodoxa» que pregonaba la armonía entre los intereses rectamente entendidos, es decir, los intereses, a la larga, de todos, ya se tratara de individuos, de grupos sociales o de naciones. Los hombres se combaten ferozmente porque están convencidos de que sólo mediante el exterminio y la liquidación de sus adversarios pueden personalmente prosperar.
2. Implicaciones sociales del darwinismo. Asegura el darwinismo social que la teoría de la evolución, según la formuló Darwin, vino a demostrar que la naturaleza en modo alguno brinda paz o asegura respeto para la vida y el bienestar de nadie. La naturaleza presupone la pugna y el despiadado aniquilamiento de los más débiles que fracasan en la lucha por la vida. Los planes liberales, que pretenden implantar una paz eterna, tanto en el interior como en el exterior, son fruto de un racionalismo ilusorio en contradicción evidente con el orden natural.
El concepto de lucha por la existencia, que Darwin tomó de Malthus sirviéndose de él en la formulación de su teoría, ha de entenderse en un sentido metafórico. Mediante tal expresión se afirma simplemente que el ser vivo opone resistencia esforzada a cuanto pueda perjudicar su existencia. Esa activa resistencia, para ser útil, ha de conjugarse con las circunstancias ambientales bajo las cuales opera el interesado. La lucha por la vida no implica recurrir siempre a una guerra de exterminio como la que el hombre mantiene contra los microbios nocivos. Sirviéndose de la razón, el individuo advierte que como mejor cuida de su bienestar personal es recurriendo a la cooperación social y a la división del trabajo. Éstas son las armas principales con que cuenta en la lucha por la existencia. Pero sólo en un ambiente de paz puede recurrirse a ellas. Las guerras y las revoluciones son perjudiciales para el hombre en su lucha por la vida precisamente porque rompen el aparato de la cooperación social.
3. La razón y la conducta racional considerada antinatural. La teología cristiana condenó las funciones animales del cuerpo humano y concibió el «alma» como algo ajeno a los fenómenos biológicos. En una reacción excesiva contra dicha filosofía, algunos modernos tienden a despreciar todo aquello en que el hombre se diferencia de los demás animales. Estas nuevas ideas consideran que la razón humana es inferior a los instintos e impulsos animales; no es natural y por consiguiente es mala. Los términos racionalismo y conducta racional han cobrado así un sentido peyorativo. El hombre perfecto, el hombre verdadero, es un ser que prefiere atenerse a sus instintos primarios más que a su razón.
Lo cierto, sin embargo, es que la razón, el rasgo humano más genuino, es un fenómeno igualmente biológico. No es ni más ni menos natural que cualquier otra circunstancia típica de la especie homo sapiens como, por ejemplo, el caminar erecto o el carecer de pelaje.