330 Economía
Acción humana
Acción en el marco de la sociedad
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(von Mises, 1966)

2. Concepción del mundo e ideología

Las teorías que orientan la acción son con frecuencia imperfectas e insatisfactorias. Incluso llegan a ser contradictorias, resultando difícil ordenarlas en un sistema global y coherente.

Si ordenamos los diversos teoremas y teorías que guían la conducta de ciertos individuos y grupos como un conjunto coherente y tratamos de incluirlas en un sistema, es decir en un cuerpo global de conocimientos, podemos hablar de concepción del mundo o Weltanschauung. Una concepción del mundo es, en cuanto teoría, una interpretación global de todos los fenómenos y, en cuanto norma rectora de la acción, una opinión acerca de los medios más idóneos para suprimir la incomodidad en la mayor medida posible. Es, por un lado, una explicación racional de cuanto existe y, por otro, una técnica, tomando ambos conceptos en su sentido más amplio. La religión, la metafísica y la filosofía aspiran a ofrecer una visión del mundo. Interpretan el universo e indican a los hombres cómo deben proceder.

El concepto de ideología es más restringido que el de visión del mundo. Las ideologías surgen en el campo de la acción humana y de la cooperación social, desentendiéndose de los problemas que pretenden resolver la metafísica, la religión, las ciencias naturales o las técnicas de éstas derivadas. Una ideología es el conjunto de doctrinas relativas a la conducta individual y las relaciones sociales. Tanto las concepciones del mundo como las ideologías trascienden los límites impuestos al estudio puramente neutral y académico de las cosas tales como son. Son no sólo teorías científicas, sino también doctrinas sobre la forma de comportarse, es decir, sobre los fines últimos a que el hombre debe aspirar en su peregrinar por la tierra.

El ascetismo enseña que, para superar las penas y alcanzar la paz, la alegría y la felicidad plena, el hombre no tiene más remedio que renunciar a los bienes terrenales y liberarse de todo afán mundano. Es preciso apartarse de los placeres materiales, soportar con mansedumbre las contrariedades de este valle de lágrimas y prepararse devotamente para la vida ultraterrena. Ahora bien, es tan escaso el número de quienes, a lo largo de la historia, han seguido firme y lealmente las doctrinas ascéticas, que hoy sólo podemos ofrecer un puñado de nombres. Parece como si esa total pasividad que reclama el ascetismo fuera contraria a la propia naturaleza humana. Predomina el empuje vital. De ahí que los principios ascéticos hayan sido con frecuencia adulterados. Hasta los más santos ermitaños hicieron concesiones a la vida y a los placeres terrenales en pugna con la rigidez de sus principios. Pero tan pronto como el asceta acepta cualquier concesión a los intereses terrenales y sustituye los ideales puramente vegetativos por las cosas de este mundo, por más incompatible que esa conducta sea con la doctrina que profesa, tiende un puente sobre el abismo que le separa de quienes se ven atraídos por la vida sensual. En ese momento tiene algo común con el resto de los mortales.

Las ideas humanas sobre temas que ni el razonamiento ni la experiencia proporciona algún conocimiento pueden ser tan radicalmente distintos que no se pueda alcanzar ningún acuerdo. En estos campos en los que ni el razonamiento lógico ni la experiencia sensorial pueden coartar las libres ensoñaciones de la mente el hombre puede dar rienda suelta a su individualidad y subjetividad. Nada hay más personal que las ideas e imágenes sobre lo trascendente. El lenguaje no puede expresar lo inefable; nunca se sabe si el oyente da a las palabras el mismo significado que el orador. En lo tocante al más allá no es posible la transacción. Las guerras religiosas son las más terribles porque la reconciliación entre los litigantes resulta impensable.

Por el contrario, en los asuntos puramente terrenales ejerce una influencia decisiva la natural afinidad de todos los hombres y la identidad de sus necesidades biológicas en lo que respecta a la conservación de la vida. La mayor productividad de la cooperación humana bajo el signo de la división del trabajo hace que la sociedad constituya para todos el instrumento fundamental en orden a la consecución de los fines propios de cada uno, cualesquiera que éstos sean. El mantenimiento de la cooperación social y su progresiva intensificación interesa a todos. De ahí que la visión del mundo o la ideología que no predique la estricta e incondicional observancia de la vida ascética y anacorética deba proclamar forzosamente que la sociedad es el instrumento más idóneo para conseguir los objetivos que el hombre persigue en lo terrenal. Pero entonces surge automáticamente una base común sobre la que es posible resolver los problemas secundarios y los detalles de la organización social. Por mucho que las distintas ideologías puedan resultar contradictorias entre sí, siempre coincidirán en una cosa, a saber, en la conveniencia de mantener la cooperación social.

Esta circunstancia pasa frecuentemente inadvertida, ya que la gente, al analizar filosofías e ideologías, se fija más en lo que éstas predican acerca de los problemas trascendentes e incognoscibles que en lo que afirman respecto a las actividades terrenales. Las distintas partes de un mismo sistema ideológico se hallan frecuentemente separadas por abismos insalvables. Ahora bien, lo único que realmente interesa al hombre que actúa son las normas que regulan su acción, no las doctrinas puramente académicas que no pueden aplicarse a la conducta en el marco de la cooperación social. Podemos dejar de lado la filosofía del ascetismo duro e inquebrantable, ya que por su propia rigidez resulta inaplicable en la práctica. Todas las demás ideologías, al admitir la conveniencia de las preocupaciones terrenas, se ven obligadas a reconocer, de una forma u otra, que la división del trabajo es más fecunda que la actuación aislada. Por consiguiente, se ven en la necesidad de proclamar la conveniencia de la cooperación social.

Ni la praxeología ni la economía política pueden abordar los aspectos trascendentes y metafísicos de cualquier doctrina. A la inversa, tampoco sirve de nada el recurrir a dogmas o credos metafísicos o religiosos para invalidar los teoremas y doctrinas que el razonamiento praxeológico formula acerca de la cooperación social. Cualquier filosofía que reconozca la conveniencia de que existan lazos sociales entre los hombres queda situada, por lo que se refiere a los problemas atinentes a la actuación social, en un terreno en el que no se puede recurrir a convicciones personales o a profesiones de fe que no puedan ser sometidas a un riguroso examen mediante métodos racionales.

Este hecho fundamental se olvida con frecuencia. La gente cree que las diferencias en la concepción del mundo crean conflictos irreconciliables. Se cree que los antagonismos básicos entre grupos que se inspiran en diferentes visiones del mundo no pueden arreglarse mediante el compromiso, ya que derivan de los más profundos entresijos del alma humana y reflejan la comunión innata del hombre con fuerzas sobrenaturales y eternas. De ahí que no pueda haber cooperación entre gentes a quienes separan opuestas concepciones del mundo.

Ahora bien, si examinamos los programas de los diferentes partidos —los publicados y formalmente proclamados y los que en la práctica aplican al llegar al poder—, podremos descubrir fácilmente la falacia de esta interpretación. Es indudable que todos los partidos políticos aspiran hoy a conseguir el bienestar y la prosperidad material de sus seguidores. Todos prometen mejorar su situación económica. Sobre este punto no hay diferencia entre la Iglesia Católica y las confesiones protestantes; entre el cristianismo y las religiones no cristianas; entre los defensores de la libertad económica y los partidarios de las distintas sectas del materialismo marxista; entre nacionalistas e internacionalistas; entre quienes se apoyan en el racismo y quienes prefieren la convivencia interracial. Cierto es que muchos de estos grupos creen que sólo acabando con los demás podrán ellos medrar, recomendando en consecuencia el aniquilamiento previo o la esclavización del disidente. Ahora bien, esa violenta opresión del oponente no es para quienes la aconsejan un fin último, sino tan sólo un medio, en su opinión idóneo, para alcanzar el objetivo deseado: la prosperidad de los propios seguidores. Si estos partidos comprendieran que tal política jamás puede alcanzar los resultados apetecidos, no hay duda de que modificarían sus programas.

Las ampulosas declaraciones que los hombres han formulado en torno a lo incognoscible e inasequible para la mente humana, en torno a cosmologías, concepciones del mundo, religiones, misticismos, metafísicas y fantasías conceptuales difieren ampliamente unas de otras. Pero la esencia práctica de estas ideologías, es decir sus enseñanzas sobre los fines que deben alcanzarse en la vida terrenal y los medios para conseguirlos, muestran una gran uniformidad. Existen, desde luego, diferencias y antagonismos por lo que se refiere a los fines y los medios. Pero por lo que respecta a los fines, esas disparidades de criterio no son inconciliables ni impiden la cooperación ni el compromiso en la esfera de la acción social; y en lo tocante a medios y sistemas, tales diferencias son sólo de carácter técnico, por lo cual se las puede someter a examen racional. Cuando en el calor de la disputa uno de los bandos declara: «No podemos proseguir la discusión, pues se han planteado cuestiones que afectan a nuestros principios básicos y en tal materia no cabe la transacción; es imperativo que cada uno sea fiel a sus ideales, cueste lo que cueste», basta con mirar las cosas un poco más detenidamente para advertir de inmediato que las diferencias suscitadas no son tan serias como esa declaración pretende. En efecto, para los partidos que propugnan el bienestar material de los suyos y que, por consiguiente, defienden la necesidad de la cooperación social, las disparidades que pueden suscitarse en torno a la mejor organización social y la más conveniente actuación humana no atañen a principios ideológicos ni a doctrinas generales; se trata, por el contrario, de cuestiones simplemente técnicas, sobre las que el acuerdo no es difícil. Ningún partido proclama la desintegración social, la anarquía y la vuelta a la barbarie primitiva frente a una solución armónica, aun cuando ésta pueda implicar el sacrificio de ciertos detalles ideológicos.

En los programas políticos estas cuestiones técnicas tienen, indudablemente, gran importancia. El partido puede haberse comprometido a utilizar ciertos medios, a aplicar determinados métodos de acción, rechazando por inoportuna toda otra política. Al hablar de partido entendemos aquella unidad que agrupa a cuantos creen en la conveniencia de emplear unos mismos sistemas de acción común. Lo que distingue a unos ciudadanos de otros y plasma los partidos políticos es la elección de los medios. Para el partido en cuanto tal los medios elegidos son esenciales. El partido tiene sus días contados si se demuestra la esterilidad de los medios que preconiza. Los jefes, cuyo prestigio y porvenir político está íntimamente ligado al programa en cuestión, advierten los peligros de permitir una discusión amplia y sin trabas de sus sistemas, prefiriendo atribuir a éstos el carácter de fines últimos indiscutibles en cuanto basados en la inmodificable doctrina general. Pero para las masas, en cuya representación pretenden aquéllos actuar, para los votantes, a quienes los mismos desean atraer y cuyos sufragios mendigan, el planteamiento es radicalmente distinto. Estas personas no pueden ver inconveniente alguno en que se someta a detallado análisis el programa en cuestión, pues a fin de cuentas tal programa no es más que un conjunto de propuestas sobre los medios más apropiados para alcanzar el fin que a todos interesa: el bienestar terrenal.

Lo que divide a aquellos partidos que hoy se presentan como partidos ideológicos, es decir partidos centrados en decisiones filosóficas básicas sobre los fines últimos, es sólo una aparente discrepancia en lo que respecta a estos fines últimos. Los antagonismos surgen cuando se plantean cuestiones religiosas, o bien problemas de relaciones internacionales, referentes a la propiedad de los medios de producción o a la organización política. Pero es fácil demostrar que tales antagonismos se refieren exclusivamente a los medios a emplear, nunca a los fines últimos.

Comencemos con el problema de la organización política de una nación. Hay partidarios de la democracia, otros de la monarquía hereditaria, no faltan quienes prefieren el gobierno de «los mejores» o recomiendan la dictadura cesarista1. Es cierto que estos programas buscan con frecuencia justificación en instituciones divinas, en eternas leyes universales, en el orden natural, en la inevitable evolución histórica y en otros conceptos de tipo trascendente. Pero tales afirmaciones son puramente retóricas. Cuando se dirigen al electorado, recurren a otros argumentos. Afánanse por demostrar que su sistema es el más eficaz para lograr los objetivos a que todos aspiran. Resaltan los logros conseguidos en épocas pasadas o en otros países; atacan los programas ajenos por haber fracasado en la consecución de estos objetivos ambicionados. Recurren al razonamiento puro y a la experiencia histórica para demostrar la superioridad de sus propuestas y la futilidad de las de sus adversarios. Su argumento principal es siempre: el sistema político que defendemos os hará más prósperos y felices.

En el campo de la organización económica de la sociedad existen los liberales, que defienden la propiedad privada de los medios de producción; los socialistas, que abogan por la propiedad pública de los mismos; y los intervencionistas, partidarios de un tercer sistema equidistante, en su opinión, tanto del socialismo como del capitalismo. También aquí hay mucha palabrería sobre los principios filosóficos. La gente habla de la verdadera libertad, de la igualdad y de la justicia social, de los derechos del individuo, de la comunidad, de la solidaridad y de la hermandad entre todos los hombres. Pero cada partido pretende demostrar mediante el raciocinio y la experiencia histórica que sólo el sistema que él propugna logrará hacer prósperos y felices a los ciudadanos. Aseguran a las masas que la realización de su programa elevará el nivel general de vida en mayor grado que los proyectos que defienden los demás partidos. Insisten en la oportunidad y utilidad de sus propios planes. Es claro que no difieren en cuanto a los fines, sino sólo en lo atinente a los medios. Tanto unos como otros aspiran al máximo bienestar material posible para todos.

Los nacionalistas aseguran que existe un conflicto irreconciliable entre los intereses de las diversas naciones, mientras que, por el contrario, los intereses rectamente entendidos de todos los ciudadanos dentro de la propia nación pueden perfectamente armonizarse. Un país sólo puede prosperar a costa de los demás; y el particular únicamente progresa cuando su nación predomina. Los liberales no opinan lo mismo. Aseguran que los intereses de las distintas naciones se armonizan entre sí no menos que los de los distintos grupos, estamentos y clases de cada nación. Creen que la pacífica cooperación internacional es un medio más idóneo que el conflicto armado para alcanzar la meta a la cual todos aspiran: la riqueza y bienestar nacional. No propugnan la paz y la libertad comercial porque deseen traicionar a su país y favorecer al extranjero, como suponen los nacionalistas. Muy al contrario, precisamente porque quieren enriquecer a la patria, aconsejan recurrir a la paz y al libre cambio. Lo que separa a los librecambistas de los nacionalistas no es, pues, el objetivo perseguido, sino los medios propuestos para alcanzarlo.

Las discrepancias religiosas no pueden solucionarse recurriendo al razonamiento. Los conflictos religiosos son por esencia implacables e insolubles. Ahora bien, en cuanto una comunidad religiosa aborda el campo de la acción política y los problemas de la organización social, tiene que ocuparse de intereses terrenales, aunque ello a veces pueda entrar en conflicto con los dogmas y artículos de fe. Ninguna religión se aventuró jamás a decir francamente a sus feligreses: la realización de nuestros planes os empobrecerá y rebajará vuestro nivel de vida.

Quienes de verdad quieren abrazar una vida de austeridad y pobreza huyen de la escena política y se refugian en retiros monásticos. Pero las iglesias y comunidades religiosas que aspiran al proselitismo y desean influir en la conducta política y social de sus fieles no condenan lo que en el mundo resulta atractivo. Cuando se enfrentan con los problemas materiales del peregrinar terrenal, en poco difieren de los demás partidos políticos. Insisten más en las ventajas tangibles que los creyentes tienen reservadas que en las bienaventuranzas del más allá.

Sólo una doctrina general cuyos seguidores renunciaran a toda actividad terrenal podría pasar por alto el que la cooperación social es el gran medio para la consecución de todos los fines humanos. Puesto que el hombre es un animal social, que sólo prospera dentro de la sociedad, todas las ideologías se ven en la necesidad de reconocer la importancia de la cooperación humana. De ahí que los partidos quieran siempre hallar la organización social más perfecta y que mejor sirva al deseo del hombre de alcanzar el máximo bienestar material posible. Todos esos diversos modos de pensar vienen así a coincidir en un terreno común. No son, pues, doctrinas generales ni cuestiones trascendentes inabordables por el análisis racional lo que a tales grupos separa, sino cuestiones de vías y medios. Las discrepancias ideológicas pueden analizarse con los métodos científicos de la praxeología y de la economía.

La lucha contra el error

El examen crítico de los sistemas filosóficos formulados por los grandes pensadores de la humanidad ha revelado a menudo fallos y grietas en la impresionante estructura de estas al parecer consecuentes y coherentes construcciones intelectuales. Incluso el genio, al esbozar doctrinas generales, falla a veces, no pudiendo evitar contradicciones y falsos silogismos.

Las ideologías comúnmente aceptadas por la opinión pública adolecen aún en mayor grado de esas imperfecciones de la mente humana. Con harta frecuencia, son una ecléctica yuxtaposición de ideas totalmente incompatibles entre sí. No resisten el más somero análisis. Su inconsistencia resulta insalvable, hallándose de antemano condenado al fracaso todo intento de combinar las diversas partes que los forman para ordenar un sistema lógico coherente.

No faltan autores que pretenden justificar las íntimas contradicciones de las ideologías en boga resaltando la utilidad de las fórmulas transaccionales, por deficientes que, desde un punto de vista lógico, pudieran parecer, ya que permiten el pacífico desenvolvimiento de las relaciones humanas, apoyándose en la extendida pero errónea creencia según la cual ni la vida ni la realidad serían en sí «lógicas». Un sistema lógicamente contradictorio, afirman, puede demostrar su utilidad al acreditar que funciona de modo satisfactorio, en tanto que un sistema lógicamente perfecto podría provocar resultados desastrosos. No hace falta refutar, una vez más, tan patentes errores. El pensamiento lógico y la vida real en modo alguno son órbitas separadas. La lógica es el único medio del que el hombre dispone para resolver los problemas que la realidad le plantea. Lo que es contradictorio en teoría no lo es menos en la práctica. Ninguna ideología inconsecuente puede proporcionar solución satisfactoria, o sea, operante, a las cuestiones que la vida plantea. Los razonamientos contradictorios sólo sirven para enmascarar los auténticos problemas, impidiendo que la gente pueda adoptar a tiempo apropiadas conductas que permitan resolverlos. A veces se puede retrasar la aparición del insoslayable conflicto, pero, al disimular y encubrir los males, éstos se agravan y hacen más difícil su solución final. Se multiplica el malestar, se intensifican los odios y se imposibilitan las soluciones pacíficas. Es un grave error considerar inofensivas e incluso beneficiosas las contradicciones ideológicas.

El objetivo principal de la praxeología y de la economía consiste en reemplazar por ideologías correctas y coherentes las contradictorias creencias del eclecticismo popular. Sólo recurriendo a los medios que la razón brinda se puede impedir la desintegración social y garantizar el constante mejoramiento de las condiciones de vida. El hombre debe examinar con el máximo rigor los problemas que se le plantean hasta el punto más allá del cual la mente ya no pueda proceder. No debemos jamás conformarnos con las soluciones sugeridas por pasadas generaciones, ni ceder en la lucha por el más perfecto conocimiento que permita eliminar el error en el mayor grado posible. Hay que divulgar la verdad y desenmascarar sin descanso las doctrinas falaces.

Los problemas en cuestión son de orden puramente intelectual y como tales deben ser abordados. Es inadmisible pretender escamotearlos, transfiriéndolos al terreno de la moral o limitándose a vilipendiar, como seres indeseables, a los defensores de ideologías contrarias a la propia. De nada sirve insistir, una y otra vez, en la bondad de lo que nosotros defendemos y en la nocividad de lo que propugnan nuestros opositores. El problema consiste precisamente en eso, en determinar qué cosas deben estimarse buenas y cuáles nocivas. El rígido dogmatismo de las sectas religiosas y del marxismo provoca conflictos insolubles. Tal dogmatismo condena de antemano al disidente, tachándole de malhechor; niega la buena fe del contrincante y exige de él sumisión incondicional. Allí donde tal actitud prevalezca resulta imposible la cooperación social.

No es más constructiva la tendencia, actualmente tan en boga, de motejar de pobre orate a todo el que defienda una ideología distinta de la propia. Los psiquiatras son incapaces de precisar la frontera entre la locura y la cordura. Sería ridículo para el profano pretender intervenir en tan grave cuestión médica. Además, si el mero hecho de sustentar puntos de vista equivocados y el proceder en consecuencia ha de estimarse signo de incapacidad mental, sería realmente difícil hallar un individuo al que se le pueda considerar cuerdo y normal. Según esto, habría que considerar locas a las generaciones pasadas porque sus ideas acerca de las ciencias naturales, y consiguientemente sus técnicas, diferían de las nuestras. Por la misma razón tendrían que considerarnos a nosotros dementes las generaciones venideras. El hombre es frecuentemente víctima del error. Si el equivocarse fuera el rasgo distintivo de la incapacidad mental, entonces todos debiéramos considerarnos lunáticos.

El que un hombre no coincida con la opinión mayoritaria de sus contemporáneos tampoco autoriza a calificarlo de demente. ¿Acaso eran tales Copérnico, Galileo o Lavoisier? Es propio del curso normal de la historia el que sean concebidas nuevas ideas, contrarias a las a la sazón prevalentes. Algunas de estas ideas serán luego incorporadas al conjunto de conocimientos aceptados como verdaderos por la opinión pública. ¿Es admisible considerar «cuerdos» solamente a aquellos hombres-masa que nunca tuvieron una idea propia y negar dicha consideración a todo innovador?

La actitud adoptada por algunos psiquiatras contemporáneos es realmente imperdonable. Ignoran por completo las doctrinas praxeológicas y económicas. Sus conocimientos acerca de las modernas ideologías son sólo superficiales e incontrastados. Ello no les impide calificar, con la mayor despreocupación, de paranoicos a los defensores de esas nuevas ideologías.

Hay personas a las que se califica comúnmente de arbitristas monetarios; ofrecen fórmulas para hacer felices a todos mediante manipulaciones dineradas. Se trata, desde luego, de puras fantasías. Pero la verdad es que tales fórmulas vienen a ser consecuente aplicación de las ideologías monetarias que la opinión pública contemporánea suscribe y que aceptan en sus programas prácticamente todos los gobiernos. Las objeciones opuestas por los economistas a esos errores ideológicos ni las administraciones públicas ni los partidos políticos ni los grandes rotativos las toman en cuenta.

Los profanos en materia económica consideran la expansión del crédito y el aumento de la cantidad de dinero circulante medios eficaces para reducir de modo permanente el tipo de interés por debajo del nivel que alcanzaría en un mercado crediticio y de capitales no interferido. La idea es totalmente errónea2. A pesar de ello, inspira la política monetaria y crediticia de casi todos los gobiernos contemporáneos. Ahora bien, una vez dada por buena tan perniciosa ideología, nada cabe objetar a los planes que Pierre Joseph Proudhon, Ernest Solvay, Clifford Hugh Douglas y huestes de otros falsos reformadores han venido proponiendo. Tales arbitristas simplemente son más consecuentes con las premisas que el resto de sus contemporáneos. Aspiran a reducir el tipo de interés a cero y a suprimir así, de una vez para siempre, la «escasez de capital». Quien pretenda refutarles deberá primero demostrar lo infundado de las teorías en que se basa toda la política monetaria y crediticia de los grandes estados modernos.

Los psiquiatras tal vez objeten que lo que caracteriza al loco es precisamente la carencia de moderación, el ir siempre a los extremos. Mientras el individuo normal es suficientemente juicioso como para refrenarse, el vesánico no se detiene ante ningún límite. Pero este argumento carece de base. Los conceptos esgrimidos en favor de la tesis según la cual el tipo de interés, mediante la expansión crediticia, puede ser reducido del cinco o el cuatro por ciento al tres o al dos por ciento militan igualmente en favor de su reducción a cero. Los arbitristas monetarios tienen ciertamente razón desde el punto de vista de las falacias monetarias hoy en día más extendidas.

Hay psiquiatras que aseguran que eran dementes aquellos alemanes que se adhirieron al nazismo y quisieran curarles mediante procedimientos terapéuticos. De nuevo nos hallamos ante el mismo problema. Las doctrinas del nazismo son erróneas, pero en lo esencial coinciden con las ideologías socialistas y nacionalistas que la opinión pública de los demás pueblos aprueba. Lo que caracterizó a los nazis fue el aplicar, de modo consecuente, tales principios a las condiciones particulares de Alemania. Como sucede en todas las demás naciones modernas, los nazis preferían la regulación estatal de la vida mercantil y la autosuficiencia económica, es decir, la autarquía nacional. Lo típico de su política consistió en no querer consentir los perjuicios que había de acarrearles la adopción del mismo sistema por otras naciones. No estaban dispuestos —decían— a quedar «aprisionados» para siempre en un territorio relativamente superpoblado cuyas condiciones naturales daban lugar a que allí la productividad del trabajo resultara inferior a la de otros países. Creyeron que sus grandes cifras de población, una favorable situación estratégica y la proverbial fuerza y valor de sus instituciones armadas les deparaban buena ocasión para remediar mediante la agresión aquellos males que deploraban.

Ahora bien, quien acepte como verdadera la ideología del nacionalismo y del socialismo considerándola adecuada para su propia nación, nada podrá oponer a las conclusiones que de esos mismos idearios derivaron los nazis. El único camino que para refutar el nazismo les queda a las naciones extranjeras admiradoras de aquellos dos principios es el de recurrir a la guerra para aplastar por medios bélicos a cualquier Hitler y a sus seguidores. Mientras las ideologías del socialismo y del nacionalismo dominen la opinión pública mundial, los alemanes u otros pueblos, en cuanto se les presente la ocasión, intentarán de nuevo recurrir a la agresión y a la conquista. La mentalidad agresiva sólo quedará desarraigada cuando sean públicamente refutados los errores ideológicos en que se basa. No es ésta tarea de psiquiatras, sino de economistas3.

El hombre sólo dispone de un instrumento para combatir el error: la razón.

Footnotes

  1. El cesarismo se encama hoy en las dictaduras bolchevique, fascista y nazi.↩︎

  2. V. cap. XX.↩︎

  3. V. Mises, Omnipotent Government, pp. 221-228, 129-131, 135-150, New Haven 1944 [tr. esp. de Pedro Elgoibar, Unión Editorial, Madrid 2002].↩︎