3. El poder
La sociedad es producto de la acción humana. La acción humana se guía por ideologías. Por tanto, la sociedad y cualquier orden concreto de las relaciones sociales son fruto de ideologías. Éstas, contrariamente a lo que el marxismo afirma, no son producto de una determinada situación social. Cierto es que los pensamientos y las ideas humanas no son obra de individuos aislados. El pensar triunfa solamente a través de la cooperación de quienes piensan. La labor mental no podría progresar si el interesado tuviera que iniciar todo razonamiento desde el origen. El pensamiento humano avanza porque cada pensador se ve apoyado en sus esfuerzos por la labor que realizaron anteriores generaciones, las cuales forjaron los instrumentos del pensar, es decir, los conceptos y las terminologías, y plantearon los problemas.
Todo orden social fue pensado y proyectado antes de ser puesto en práctica. Esta precedencia temporal y lógica del factor ideológico no supone afirmar que los hombres formulen de antemano completos sistemas sociales como hacen los autores de utopías. Lo que se piensa y debe pensarse antes no es el acoplamiento de las acciones individuales en un sistema social ordenado, sino las acciones de los individuos con respecto a sus semejantes y la de los diversos grupos ya formados con respecto a los demás. Antes de que un hombre ayude a otro a cortar un árbol, dicha operación ha de ser pensada. Antes de que tenga lugar un acto de trueque, ha de concebirse la idea de la recíproca ventaja derivada del intercambio de bienes y servicios. No es preciso que los interesados comprendan que esa mutualidad origina lazos comunes y da lugar a un sistema social. El individuo ni planea ni actúa pensando en la creación de una sociedad. Pero su conducta y la correspondiente conducta de los demás producen los cuerpos sociales.
Toda institución social es fruto de ideologías previamente formuladas. Dentro de una cierta organización social pueden surgir nuevas ideologías, sobreponerse a las anteriormente mantenidas y transformar así el sistema. La sociedad es siempre fruto de ideologías temporal y lógicamente anteriores. La acción está siempre dirigida por ideas; realiza lo que previamente ha diseñado el pensamiento.
Si hipostatizamos o antropomorfizamos la noción de ideología, podemos decir que las ideologías ejercen poder sobre los hombres. Poder es facultad o capacidad de orientar la acción. El poder, por lo general, sólo se atribuye a un hombre o a un grupo de hombres. En este sentido, poder equivale a capacidad para ordenar la actuación ajena. Quien disfruta de poder debe su fuerza a una ideología. Únicamente las ideologías pueden conferir a un individuo poder para influir en la conducta y decisiones de terceros. El hombre, para erigirse en jefe, ha de apoyarse en una ideología que obligue a los demás a serle dóciles y sumisos. El poder, por tanto, no es cosa material y tangible, sino un fenómeno moral y espiritual. El poder de la realeza se basaba en la aceptación de la ideología monárquica por parte de los súbditos.
Quien se sirve de su poder para manejar el estado, es decir, el aparato social de coerción y compulsión, gobierna. Gobernar es ejercer poder sobre el cuerpo político. El gobierno se basa siempre en el poder, en la capacidad de ordenar ajenas actuaciones.
Se puede, ciertamente, gobernar mediante la opresión violenta del pueblo disconforme. Lo típico del estado y del gobierno es, desde luego, gozar de atributos bastantes para aplicar coacción violenta o amenazar con la misma a quienes no quieran de buen grado someterse. Pero incluso esa violenta opresión también se funda en algo de orden ideológico. Quien pretenda servirse de la violencia habrá de estar respaldado por la voluntaria cooperación de algunos. Un individuo que sólo contara consigo mismo nunca podría gobernar mediante la fuerza física1. El tirano precisa del apoyo ideológico de determinado grupo para someter a los restantes; ha de disponer de un círculo de partidarios que voluntariamente le obedezcan. Esa espontánea sumisión le proporciona el arma necesaria para someter a los demás. La duración de su imperio depende de la relación numérica de los dos grupos, el que le apoya voluntariamente y el que es sometido por la fuerza. Aunque el déspota logre gobernar temporalmente gracias a una minoría, si ésta está armada y la mayoría no, a la larga la minoría no puede mantener sometida a la mayoría. Los oprimidos se rebelarán y rechazarán el yugo.
Un sistema duradero de gobierno debe basarse siempre en una ideología que la mayoría acepte. Son esencialmente de orden ideológico, moral y espiritual los factores «reales» y las «fuerzas efectivas» en que se apoya el gobierno y que éste, en definitiva, utiliza para someter por la violencia a la minoría disidente. Los gobernantes que olvidaron tan básico principio político y, confiando en la supuesta invencibilidad de sus fuerzas, menospreciaron el espíritu y las ideas acabaron siendo derrocadas por el empuje de sus adversarios. Muchas obras de política y de historia conciben erróneamente el poder como una «realidad» ajena a las ideologías. El término Realpolitik sólo tiene sentido cuando se emplea para calificar la política que se atiene a las ideologías comúnmente aceptadas, en contraste con la que pretende basarse en ideologías escasamente compartidas, las cuales, por tanto, no sirven para fundamentar un sistema duradero de gobierno.
La mentalidad de quien concibe el poder como una fuerza física y «real» que permite imponerse y considera la acción violenta como el verdadero fundamento del gobernar es similar a la de los mandos subalternos colocados al frente de las secciones del ejército o de la policía. A tales subordinados no se les encomiendan más que concretas tareas dentro del marco de la ideología imperante. Los jefes ponen a sus órdenes tropas que no sólo están equipadas, armadas y organizadas para el combate, sino que se hallan además imbuidas de un espíritu que las impulsa a obedecer las órdenes recibidas. Los aludidos subalternos consideran esa disposición moral de la tropa como algo natural, por cuanto a ellos mismos les anima idéntico espíritu y no pueden ni imaginar una ideología diferente. El poder de una ideología estriba precisamente en eso, en inducir a la gente a someterse a sus dictados sin vacilaciones ni escrúpulos.
El planteamiento es totalmente distinto para el jefe del gobierno. Debe cuidarse de mantener la moral de las fuerzas armadas y la lealtad del resto de la población, pues tales factores morales constituyen los únicos elementos «reales» con que en definitiva cuenta para mantenerse. Su poder se esfumaría tan pronto como desapareciera la ideología que lo sustenta.
Una minoría puede a veces conquistar el poder mediante una capacidad militar superior, instaurando así un gobierno antimayoritario. Pero semejante situación sólo puede ser transitoria. Si los victoriosos conquistadores no aciertan pronto a sustituir el mando que amparó la violencia por un gobierno que se apoye en el asenso ideológico de los gobernados, sucumbirán en ulteriores pugnas. Siempre triunfaron las minorías que lograron imponer un sistema duradero de gobierno legitimando su supremacía, o bien ateniéndose a las ideologías de los vencidos, o bien transformando éstas. Donde no se produjo ni una ni otra mutación ideológica la mayoría oprimida acabó avasallando a la minoría dominante, recurriendo a la lucha abierta o apoyándose en la callada pero inexorable presión de las fuerzas ideológicas2.
La mayor parte de las grandes conquistas históricas perduraron porque los invasores se aliaron con aquellas clases de la nación derrotada que estaban respaldadas por la ideología dominante, alcanzando así la consideración de gobernantes legítimos. Tal fue el sistema seguido por los tártaros en Rusia, por los turcos en los principados del Danubio y en la mayor parte de Hungría y Transilvania y por británicos y holandeses en las Indias Orientales. Un puñado de ingleses podía gobernar a varios cientos de millones de hindúes porque los príncipes y los grandes terratenientes indígenas vieron en el dominio imperial un medio de preservar sus privilegios, por lo cual prestaron a la corona victoriana el apoyo que la ideología generalmente aceptada en la India les ofrecía a ellos mismos. El imperio británico pervivió allí mientras la opinión pública prestó aquiescencia al orden social tradicional. La Pax Britannica salvaguardaba los privilegios de príncipes y terratenientes y protegía a las masas de las penalidades que las guerras entre los principados y las internas pugnas sucesorias hubiérales impuesto. En la actualidad, ideas subversivas, provenientes del exterior, han acabado con el predominio británico, amenazando el mantenimiento en el país de su ancestral orden social.
Hay minorías triunfantes que a veces deben el éxito a su superioridad técnica. Pero ello no altera el problema. No es posible a la larga impedir que los miembros de la mayoría disfruten también de las mejores armas. Lo que sostuvo a los ingleses en la India no fue el armamento de sus tropas, sino puros factores ideológicos3.
La opinión pública de un país puede hallarse ideológicamente tan dividida que ningún grupo resulte ser suficientemente amplio para asegurar un gobierno duradero. En tal caso, surge la anarquía; las revoluciones y las luchas civiles se hacen permanentes.
El tradicionalismo como ideología
El tradicionalismo es una ideología que considera justo y conveniente mantenerse fiel a las valoraciones, costumbres y procedimientos que, efectiva o supuestamente, adoptaron los antepasados. No es preciso que dichos antepasados lo sean en sentido biológico o puedan así estimarse; a veces, merecen tal consideración los anteriores habitantes del país, los previos seguidores de un mismo credo religioso o, incluso, quienes de siempre ejercieron cierta función. Las distintas variedades de tradicionalismo determinan en cada caso quiénes merecen la consideración de antepasados, así como el contenido del cuerpo de enseñanzas legado. La ideología en cuestión destaca a ciertos antecesores, mientras que a otros los relega al olvido; incluso califica de antepasados, en ciertas ocasiones, a gentes sin relación alguna con sus supuestos descendientes. Y más de una vez estima «tradicional» una doctrina de origen reciente contraria a las ideologías efectivamente mantenidas por los originarios.
Para justificar las ideas tradicionales se alegan sus excelentes resultados en el pasado. Que tal afirmación sea correcta es otra cuestión. La investigación posterior ha demostrado a veces los errores de las afirmaciones tradicionalistas. Ello, sin embargo, no siempre ha sido suficiente para echar por tierra la doctrina tradicional. Pues el tradicionalismo no se fundamenta en hechos históricos reales, sino en la opinión acerca de los mismos, aunque errónea, y en la voluntad de creer en cosas a las que se atribuye la autoridad de antiguos orígenes.
Footnotes
Un gángster podrá dominar a un individuo desarmado o más débil, pero ello nada tiene que ver con la vida en sociedad. Es un acontecimiento antisocial aislado.↩︎
V. pp. 767-769.↩︎
Se alude ahora al mantenimiento del gobierno de las minorías europeas en países no europeos. Sobre las posibilidades de una agresión asiática a Occidente, v. pp. 789-791.↩︎