4. El «mejorismo» y la idea de progreso
Las ideas de avance y retroceso sólo cobran sentido en el marco de un sistema teleológico de pensar. En tal supuesto tiene sentido decir que se progresa al aproximarse a la meta deseada, considerando retroceso el movimiento contrario. Tales conceptos, si no hacen referencia a una acción determinada y a un objetivo definido, resultan vacuos y desprovistos de sentido.
Uno de los defectos de la filosofía decimonónica consistió en su errónea interpretación del sentido del cambio cósmico y en haber injertado en la teoría de la evolución biológica la idea de progreso. Contemplando situaciones pasadas, cabe emplear acertadamente los conceptos de desarrollo y evolución, de modo objetivo, si por evolución entendemos el proceso seguido por las situaciones pretéritas hasta llegar a las presentes. Ahora bien, es preciso guardarse del error de confundir el cambio con el mejoramiento y la evolución con la marcha hacia más elevadas formas de vida. Tampoco resulta permisible sustituir el antropocentrismo religioso y el característico de las antiguas doctrinas metafísicas por un antropocentrismo pseudofilosófico.
Pero la praxeología no tiene por qué analizar de modo crítico tales filosofías. Su cometido consiste en refutar los errores que las vigentes ideologías plantean.
La filosofía social del siglo XVIII suponía que la humanidad había, al fin, alcanzado la edad de la razón. Mientras anteriormente predominaban los errores teológicos y metafísicos, en adelante prevalecería la razón. Los pueblos irían librándose, cada vez en mayor grado, de las cadenas de la superstición y la tradición, fijando su atención en el continuo mejoramiento de las instituciones sociales. Cada nueva generación aportaría lo suyo a la gran tarea. Con el tiempo la sociedad se hallaría integrada cada vez en mayor proporción por hombres libres deseosos de proporcionar la máxima felicidad al mayor número posible. Siempre podría producirse algún retroceso temporal. Pero acabaría triunfando la buena causa respaldada por la razón. Se consideraba la gente dichosa por haber nacido en el Siglo de la Ilustración que, mediante el descubrimiento de las leyes que rigen la conducta racional, abría posibilidades insospechadas a un constante progreso humano. Sólo sentían el haber de morir antes de que en la práctica se produjeran todos los beneficiosos efectos de la nueva filosofía. «Desearía —dijo Bentham a Philarète Chasles— que se me otorgara el privilegio de vivir los años que me restan, al final de cada uno de los siglos que seguirán a mi muerte; así podría ver los efectos provocados por mis escritos»1.
Todas estas esperanzas se fundaban en la firme convicción, característica de la época, de que las masas son normalmente buenas y razonables. Los estamentos superiores, los privilegiados aristócratas, que todo lo tenían, eran en cambio de condición perversa. El hombre común, especialmente el campesino y el obrero, era ensalzado románticamente, considerándosele como un ser de noble carácter, incapaz de caer en el error. Los filósofos, por tanto, confiaban en que la democracia, el gobierno por el pueblo, traería consigo la perfección social.
Este prejuicio era un error fatal de los humanitarios, los filósofos y los liberales. Los hombres no son infalibles, sino que con frecuencia se equivocan. No es cierto que los más tengan siempre razón, ni que invariablemente conozcan los medios idóneos para alcanzar los fines deseados. «La fe en el hombre común» no tiene mejor fundamento que la antigua creencia en los dones sobrenaturales de reyes, sacerdotes y nobles. La democracia garantiza un gobierno acorde con los deseos y planes de la mayoría; lo que, en cambio, no puede impedir es que la propia mayoría sea víctima de ideas erróneas y que, consecuentemente, adopte medidas equivocadas que no sólo sean inapropiadas para alcanzar los fines deseados, sino que además resulten desastrosas. Las mayorías pueden fácilmente equivocarse y destruir la civilización. Para que triunfe la buena causa no basta con que sea razonable y útil. Sólo si los hombres son tales que acaban adoptando normas de conducta razonables e idóneas para conseguir los fines por ellos mismos ambicionados, podrá nuestra civilización progresar; y únicamente entonces quedarán atendidos por la sociedad y el estado los deseos de los hombres en la medida de lo posible, bien entendido que éstos jamás podrán llegar a ser enteramente felices en sentido metafísico. El futuro, siempre incierto para los mortales, revelará si esas condiciones acabarán por darse.
No tienen lugar en un sistema de praxeología el «mejorismo» y el fatalismo optimista. El hombre es libre en el sentido de que cada día ha de optar y preferir entre acogerse a aquellas normas de conducta que llevan al éxito o a aquellas otras que abocan al desastre, a la descomposición social y a la barbarie.
El término progreso carece de sentido aplicado a eventos cósmicos o a concepciones generales del mundo. Desconocemos cuáles sean los planes del primer motor del universo. Pero es distinto cuando se usa en el marco de una doctrina ideológica. La inmensa mayoría de la humanidad quisiera disponer de más abundantes y mejores alimentos, vestidos, habitaciones y mil otros bienes materiales. No es porque los economistas sean unos burdos materialistas por lo que consideran que la elevación del nivel de vida de las masas supone progreso y mejora social. Al hablar así se limitan a proclamar que la gente siente ardientes deseos de ver mejoradas sus condiciones de vida. Por ello juzgan y ponderan las distintas fórmulas sociales posibles según su idoneidad para alcanzar los objetivos deseados. Quien considere cosa baladí el descenso de la mortalidad infantil, la progresiva supresión del hambre y de las enfermedades, que arroje la primera piedra contra el materialismo de los economistas.
El único criterio para enjuiciar la acción humana es si resulta o no capaz de conseguir los fines que el hombre persigue con su actuar.
Footnotes
Philarète Chasles, Études sur les hommes et les moeurs du XIXe siècle, p. 89, París 1849.↩︎