2. El trueque como ficción de la teoría elemental del valor y los precios
La elaboración de la ciencia económica depende heurísticamente en tal medida del proceso lógico de cálculo que los economistas han sido incapaces de plantear correctamente el fundamental problema que implican los métodos del cálculo económico. Tendían a considerar el cálculo como una cosa natural, ignorando que no se trata de una realidad dada sino que resulta de una serie de fenómenos más elementales que conviene distinguir. No lograron desentrañar su íntima esencia. Le consideraron como una categoría de toda acción humana, ignorando el hecho de que es sólo una categoría inherente a la acción que se desenvuelve en especiales condiciones. Sabían perfectamente que el cambio interpersonal, y por tanto el intercambio de mercado efectuado a través de un medio común de cambio —la moneda, y por tanto los precios—, son rasgos característicos de cierta organización económica de la sociedad que no se dio entre las civilizaciones primitivas y que incluso puede desaparecer en la futura evolución histórica1. Pero no comprendieron que sólo a través de los precios monetarios es posible el cálculo económico. De ahí que la mayor parte de sus trabajos resulten hoy en día poco aprovechables. Aun los escritos de los más eminentes economistas adolecen en cierto grado de esas imperfecciones originadas en su errónea visión del cálculo económico.
La moderna teoría del valor y de los precios nos permite advertir cómo la elección personal de cada uno, es decir, el que se prefieran ciertas cosas y se rechacen otras, da lugar a los precios de mercado en el mundo del cambio interpersonal2. Estas magistrales exposiciones no son del todo satisfactorias en ciertos aspectos de detalle y, además, un léxico imperfecto viene a veces a desfigurar su contenido. Pero son esencialmente irrefutables. La labor de completarlas y mejorarlas en aquellos aspectos que precisan de enmienda debe consistir en la reestructuración lógica del pensamiento básico de sus autores, nunca en la simple recusación de tan fecundos hallazgos.
Para llegar a reducir los complejos fenómenos de mercado a la universal y simple categoría de preferir a a b, la teoría elemental del valor y de los precios se ve obligada a recurrir a ciertas construcciones imaginarias. Estas construcciones, sin correspondencia alguna en el mundo de la realidad, son herramientas indispensables del pensar. Ningún otro método nos permite comprender tan perfectamente la realidad. Ahora bien, uno de los problemas más importantes de la ciencia consiste en saber eludir los errores que se pueden cometer cuando esos modelos se utilizan de modo imprudente.
La teoría elemental del valor y de los precios, a parte de otras construcciones imaginarias que trataremos más adelante3, recurre a un modelo de mercado en el que todas las transacciones se realizarían en intercambio directo. En tal planteamiento, el dinero no existe; unos bienes y servicios son trocados por otros bienes y servicios. Esta construcción imaginaria es necesaria. Se puede prescindir de la función de intermediación que desempeña el dinero en orden a comprender que en definitiva son siempre cosas del orden primero las que se intercambian por otras de igual índole. El dinero no es otra cosa que un medio de cambio interpersonal. En todo caso, es preciso evitar cuidadosamente los errores a que fácilmente puede dar lugar esta construcción del mercado como intercambio directo.
Una grave equivocación que tiene su origen y su fuerza en la errónea interpretación de esa imaginaria construcción es dar por supuesto que el medio de intercambio es un factor puramente neutral. Según esta tesis, lo único que diferencia el cambio directo del indirecto sería la utilización del dinero. La interpolación de la moneda en la transacción en nada afectaría a las bases fundamentales de la operación. No se ignoraba que la historia ha registrado profundas mutaciones en el poder adquisitivo del dinero, ni tampoco que tales fluctuaciones han provocado frecuentemente graves convulsiones en todo el sistema de intercambios. Pero se pensaba que estos fenómenos eran casos excepcionales provocados por medidas inadecuadas; sólo la moneda «mala» podía dar lugar a tales desarreglos. Por lo demás, se malinterpretaron tanto las causas como los efectos de estas perturbaciones. Se admitía tácitamente que los cambios del poder adquisitivo de la moneda afectan por igual y al mismo tiempo a los precios de todos los bienes y servicios. Es, por supuesto, la conclusión lógica de la fábula de la neutralidad del dinero. Se llegó incluso a sostener que toda la teoría de la cataláctica podía elaborarse bajo el supuesto de que sólo existe el cambio directo. Una vez logrado esto, para completar el sistema bastaría con introducir «simplemente» los términos monetarios en el conjunto de teoremas relativos al cambio directo. Se consideraba esta complementación del sistema cataláctico como algo de escasa trascendencia, pues parecía que no habría de variar sustancialmente ninguno de los puntos fundamentales del pensamiento económico. La tarea esencial de la economía se concebía como el estudio del cambio directo. Aparte de tal examen, lo más que podía interesar era el estudio de los problemas suscitados por la moneda «mala».
Siguiendo estas tesis, los economistas se desentendieron tranquilamente del cambio indirecto, abordando de modo demasiado superficial los problemas monetarios, que consideraban mero apéndice escasamente relacionado con sus estudios básicos. Al filo de los siglos XIX y XX, las cuestiones del cambio indirecto quedaron relegadas a un segundo plano. Había tratados de economía que sólo de pasada abordaban el tema de la moneda; y hubo textos sobre moneda y banca que ni siquiera pretendían integrar las diversas cuestiones en el conjunto de un preciso sistema cataláctico. En las universidades anglosajonas existían cátedras distintas de economía y de moneda y banca; y en la mayor parte de las universidades alemanas los problemas monetarios ni siquiera se examinaban4. Pero con el paso del tiempo los economistas advirtieron que algunos de los más trascendentales y abstrusos problemas catalácticos surgían precisamente en la esfera del cambio indirecto y que por tanto resultaba incompleta toda teoría económica que descuidara dicha materia. El que los investigadores comenzaran a preocuparse por temas tales como el de la proporcionalidad entre el «tipo natural» y el «tipo monetario» de interés; el que se concediera cada vez mayor importancia a la teoría monetaria del ciclo económico y el que se rechazaran ya por doquier las doctrinas que suponían la simultaneidad y la uniformidad de las mutaciones registradas por la capacidad adquisitiva del dinero, todo ello evidenciaba bien a las claras que había aparecido una nueva tendencia en el pensamiento económico. Esas nuevas ideas no eran en realidad sino la continuación de la obra gloriosamente iniciada por David Hume, la escuela monetaria inglesa, John Stuart Mill y Cairnes.
Aún más pernicioso fue un segundo error, igualmente provocado por el poco riguroso manejo de aquella imaginaria construcción que se limita a contemplar un mercado que sólo conoce el cambio directo.
Una inveterada y grave equivocación era el suponer que los bienes o servicios objeto de intercambio tienen el mismo valor. Se consideraba el valor como una cualidad objetiva, intrínseca, inherente a las cosas, y no como una mera expresión de la distinta intensidad con que se desea conseguirlas. Se suponía que, mediante un acto de medición, se establecía el valor de los bienes y servicios y se procedía luego a intercambiarlos por otros bienes y servicios de igual valor. Esta falsa base de partida hizo estéril el pensamiento económico de Aristóteles, así como el de todos aquéllos que, durante casi dos mil años, tenían por definitivas las ideas aristotélicas. Perturbó gravemente la gran obra de los economistas clásicos y vino a privar de todo interés científico los trabajos de sus sucesores, en especial los de Marx y las escuelas marxistas. La economía moderna, por el contrario, se basa en la idea de que el trueque surge precisamente a causa del distinto valor que las partes atribuyen a los objetos intercambiados. La gente compra y vende, única y exclusivamente, porque valora en menos lo que da que lo que recibe. De ahí que sea vano todo intento de medir el valor. El acto de intercambio no va precedido de ningún proceso que implique medir el valor. Si un individuo atribuye el mismo valor a dos cosas, no tiene por qué intercambiar la una por la otra. Ahora bien, si se las valora de forma distinta, lo más que se puede afirmar es que una de ellas, a, se valora en más, es decir, se prefiere a b. El valor y las valoraciones son expresiones intensivas, no extensivas. De ahí que no puedan ser objeto de comprensión mental mediante los números cardinales.
Sin embargo, estaba tan arraigada la falsa idea de que los valores no sólo son mensurables sino que además son efectivamente medidos al concertarse toda transacción económica, que incluso algunos eminentes economistas cayeron en semejante falacia. Friedrich von Wieser e Irving Fisher, por ejemplo, admitían la posibilidad de medir el valor y atribuían a la economía la función de explicar cómo se practica esa medición5. Los economistas de segunda fila, por lo general, sin dar mayor importancia al asunto, suponían tranquilamente que el dinero sirve para «medir el valor».
Conviene ahora recordar que valorar no significa más que preferir a a b y que sólo existe —lógica, epistemológica, psicológica y praxeológicamente hablando— una forma de preferir. En este orden de ideas, en la misma posición se encuentran el enamorado que prefiere una mujer a las demás, el hombre que prefiere un cierto amigo a los restantes, el coleccionista que prefiere determinado cuadro y el consumidor que prefiere el pan a las golosinas. En definitiva, preferir equivale siempre a querer o desear a más que b. Por lo mismo que no se puede ponderar ni medir la atracción sexual, la amistad, la simpatía o el placer estético, tampoco resulta posible calcular numéricamente el valor de los bienes. Cuando alguien intercambia dos libras de mantequilla por una camisa, lo más que de dicho acto se puede predicar es que el actor —en el momento de convenir la transacción y en las específicas circunstancias de aquel instante— prefiere una camisa a dos libras de mantequilla. Naturalmente, en cada acto de preferir es distinta la intensidad psíquica del sentimiento subjetivo en que el mismo se basa. El ansia por alcanzar un cierto fin puede ser mayor o menor; la vehemencia del deseo predetermina la cuantía de ese beneficio o provecho, de orden psíquico, que la acción, cuando es idónea para provocar el efecto apetecido, proporciona al individuo que actúa. Pero las cuantías psíquicas sólo pueden sentirse. Son de índole estrictamente personal y no es posible, por medios semánticos, expresar su intensidad ni informar a nadie acerca de su íntima condición.
No existe ningún método válido para construir una unidad de valor. Recordemos que dos unidades de un bien homogéneo son necesariamente valoradas de manera diferente. El valor atribuido a la unidad número n es siempre inferior al de la unidad número n-1.
En el mercado aparecen los precios monetarios. El cálculo económico se efectúa a base de los mismos. Las diversas cantidades de bienes y servicios entran en este cálculo con el total de la moneda que se emplea —o en perspectiva puede emplearse— para comprarlas y venderlas en el mercado. Es erróneo suponer que puedan calcular el individuo autárquico y autosuficiente o el director de la república socialista donde no existe un mercado para los factores de producción. Ninguna fórmula permite, partiendo del cálculo monetario típico de la economía de mercado, llegar a calcular en un sistema económico donde el mercado no exista.
Footnotes
La Escuela Histórica Alemana reconocía este hecho al proclamar que la propiedad privada de los medios de producción, el intercambio de mercado y el dinero son «categorías históricas».↩︎
V. especialmente Eugen von Böhm-Bawerk, Kapital und Kapitalzins, parte II, lib. III; [trad. esp.: Teoría positiva del capital, Ediciones Aosta, Madrid 1998].↩︎
V. infra, pp. 288-312.↩︎
Es indudable que influencias políticas contribuyeron a que se descuidara el examen de los problemas relativos al cambio indirecto. No se quería abandonar aquellas tesis según las cuales las crisis son un mal típico del sistema capitalista de producción; la gente se resistía a admitir que tales percances son fruto exclusivo de los manejos de esos bien conocidos arbitristas que pretenden rebajar el tipo de interés mediante la expansión crediticia. Los profesores de economía más de moda consideraban «poco científico» explicar la depresión como fenómeno provocado «exclusivamente» por acaecimientos ocurridos en la esfera del dinero y del crédito. Hubo incluso quienes estudiaron la historia de los ciclos sin aludir siquiera a las cuestiones monetarias. Véase, por ejemplo, Ernest von Bergmann, Geschichte der nationalökonomischen Krisentheorien, Stuttgart 1895.↩︎
Un análisis crítico y una refutación del argumento de Fisher puede verse en Mises, The Theory of Money and Credit, trad. inglesa por H. E. Batson, pp. 42-44, Londres 1934 [tr. esp.: Teoría del dinero y del crédito, Unión Editorial, Madrid 1997]. En el mismo sentido, por lo que respecta al argumento de Wieser, v. Mises, Nationalökonomie, pp. 192-194, Ginebra 1940.↩︎
V. Friedrich von Wieser, Der natürliche Wert, p. 60, núm. 3, Viena 1889.↩︎