3. El problema del cálculo económico
El hombre que actúa utiliza los conocimientos que las ciencias naturales le brindan para elaborar la tecnología, es decir, la ciencia aplicada de la acción posible en el mundo externo. La tecnología nos dice qué cosas, si las deseamos, pueden ser conseguidas; y también nos informa sobre si hemos de proceder al efecto. La tecnología se perfeccionó gracias al progreso de las ciencias naturales; también podemos invertir la afirmación y decir que el deseo de mejorar los diversos métodos tecnológicos impulsó el progreso de las ciencias naturales. El carácter cuantitativo de las ciencias naturales dio lugar a que también la tecnología fuera cuantitativa. En definitiva, la técnica moderna está hecha de conocimientos prácticos con los cuales se pretende predecir en forma cuantitativa el resultado de la acción. La gente calcula, con bastante precisión, según las diversas técnicas, el efecto que la actuación contemplada ha de provocar, así como la posibilidad de orientar la acción de tal suerte que pueda producir el fruto apetecido.
Sin embargo, la mera información proporcionada por la tecnología bastaría para realizar el cálculo únicamente si todos los medios de producción —tanto materiales como humanos— fueran perfectamente sustituibles según determinados ratios, o si cada factor de producción fuera absolutamente específico. En el primer caso, los medios de producción, todos y cada uno, de acuerdo evidentemente con una cierta proporcionalidad cuantitativa, serían idóneos para alcanzar cualquier fin que el hombre pudiera apetecer; ello equivaldría a la existencia de una sola clase de medios, es decir, un solo tipo de bienes de orden superior. En el segundo supuesto, cada uno de los medios existentes serviría únicamente para conseguir un determinado fin; en tal caso, la gente atribuiría al conjunto de factores complementarios necesarios para la producción de un bien del orden primero idéntico valor al asignado a este último. (Pasamos por alto, de momento, la influencia del factor tiempo). Sin embargo, lo cierto es que ninguno de los dos planteamientos contemplados se da en el mundo real en el que el hombre actúa. Los medios económicos que manejamos pueden ser sustituidos unos por otros, pero sólo en cierto grado; es decir, para la consecución de los diversos fines apetecidos los medios son más bien específicos. Pero en su mayoría no son absolutamente específicos, ya que muchos son idóneos para provocar efectos diversos. El que existan distintas clases de medios, o sea, que algunos, para la consecución de ciertos fines, resulten los más idóneos, no siendo tan convenientes cuando se trata de otros objetivos y hasta de que nada sirvan cuando se pretende provocar terceros efectos, hace imperativo ordenar y administrar el uso de cada uno de ellos. Es decir, el que los distintos medios tengan diferentes utilizaciones obliga al hombre a dedicar cada uno a aquel cometido para el cual resulte más idóneo. En este terreno, de nada sirve el cálculo en especie que la tecnología maneja; porque la tecnología opera con cosas y fenómenos materiales que pueden ser objeto de ponderación o medida y conoce la relación de causa/efecto entre dichas realidades. En cambio, las diversas técnicas no nos proporcionan ninguna información acerca de la importancia específica de cada uno de estos diferentes medios. La tecnología no nos habla más que del valor de uso objetivo. Aborda los problemas como pudiera hacerlo un imparcial observador que contemplara simplemente fenómenos físicos, químicos o biológicos. Nunca se enfrenta con las cuestiones atinentes al valor de uso subjetivo, es decir, con el problema humano por excelencia; no se plantea, por eso, los dilemas que el hombre que actúa tiene que resolver. Olvida la cuestión económica fundamental, la de decidir en qué cometidos conviene emplear mejor los medios existentes para que no quede insatisfecha ninguna necesidad más urgentemente sentida por haber sido aquéllos invertidos —es decir, malgastados— en atender otra de menor interés. Para resolver tales incógnitas, de nada sirve la técnica con sus conocidos sistemas de cálculo y medida. Porque la tecnología nos ilustra acerca de cómo deben emplearse unos determinados bienes que pueden combinarse con arreglo a distintas fórmulas para provocar cierto efecto, así como de los diversos medios a que se puede recurrir para alcanzar un fin apetecido, pero jamás indica cuál sea el procedimiento específico al que el hombre deba recurrir entre los múltiples que permiten la consecución del deseado objetivo. Al individuo que actúa lo que le interesa saber es cómo ha de emplear los medios disponibles en orden a cubrir del modo más cumplido —es decir, de la manera más económica— sus múltiples necesidades. Pero lo malo es que la tecnología no nos ilustra más que sobre las relaciones de causalidad existentes entre los diversos factores del mundo externo. En este sentido puede decirnos, por ejemplo, que 7 a + 3 b + 5 c + … + xn producirán 8 p. Ahora bien, aun dando por conocido el valor que el hombre, al actuar, pueda atribuir a los diversos bienes del orden primero, los métodos tecnológicos no brindan información alguna acerca de cuál sea, entre la variedad infinita de fórmulas posibles, el procedimiento que mejor permita conseguirlos, es decir, que más cumplidamente permita conquistar los objetivos deseados. Los tratados de ingeniería nos dirán, por ejemplo, cómo debe construirse un puente de determinada capacidad de carga entre dos puntos preestablecidos; pero lo que jamás podrá resolver es si la construcción del puente no apartará mano de obra y factores materiales de producción de otras aplicaciones de más urgente necesidad. Nunca nos aclarará si, en definitiva, conviene o no construir el puente; dónde deba concretamente tenderse; qué capacidad de carga haya de darse al mismo y cuál sea, entre los múltiples sistemas de construcción, el que más convenga adoptar. El cómputo tecnológico permite comparar entre sí medios diversos sólo en tanto en cuanto, para la consecución de un determinado fin, pueden sustituirse los unos por los otros. Pero la acción humana se ve constreñida a comparar entre sí todos los medios, por dispares que sean, y, además, con independencia de si pueden ser intercambiados entre sí en relación con la prestación de un determinado servicio.
De poco le servirían al hombre que actúa la tecnología y sus enseñanzas, si no pudiera complementar los planes y proyectos técnicos injertando en ellos los precios monetarios de los distintos bienes y servicios. Los documentados estudios ingenieriles no tendrían más que un interés puramente teórico si no existiera una unidad común que permitiera comparar costes y rendimientos. El altivo investigador encerrado en la torre de marfil de su laboratorio desdeña esta clase de minucias; él se interesa sólo por las relaciones de causalidad que ligan entre sí diversas partes del universo. El hombre práctico, sin embargo, que desea elevar el nivel de vida suprimiendo el malestar de la gente en el mayor grado posible tiene en cambio gran interés por dilucidar si sus proyectos conseguirán al final hacer a las masas menos desgraciadas y si el método adoptado es, en tal sentido, el mejor. Lo que desea saber es si la obra constituirá o no una mejora en comparación con la situación anterior; si las ventajas que la misma reportará serán mayores que las que cabría derivar de aquellos otros proyectos, técnicamente realizables, que sin embargo no podrán ya realizarse por haberse dedicado los recursos disponibles al cometido en cuestión. Sólo recurriendo a los precios monetarios, efectuando los oportunos cálculos y comparaciones, se pueden resolver tales incógnitas.
El dinero se nos aparece, pues, como ineludible instrumento del cálculo económico. No implica ello proclamar una función más del dinero. El dinero, desde luego, no es otra cosa que un medio de intercambio comúnmente aceptado. Ahora bien, precisamente en tanto en cuanto constituye medio general de intercambio, de tal suerte que la mayor parte de los bienes y servicios pueden comprarse y venderse en el mercado por dinero, puede la gente servirse de las expresiones monetarias para calcular. Los tipos de cambio que entre el dinero y los diversos bienes y servicios registró ayer el mercado, así como los que se supone que registrará mañana, son las herramientas mentales merced a las cuales resulta posible planificar el futuro económico. Donde no hay precios tampoco puede haber expresiones de índole económica ni nada que se les parezca; existirían sólo múltiples relaciones cuantitativas entre causas y efectos materiales. En ese mundo sería imposible determinar la acción más idónea para suprimir el malestar humano en el mayor grado posible.
No es necesario detenerse a examinar las circunstancias de la economía doméstica de los primitivos campesinos autárquicos. Se ocupaban sólo de procesos de producción muy elementales. No necesitaban recurrir al cálculo económico, pues si, por ejemplo, precisaban camisas, procedían a cultivar el cáñamo y seguidamente lo hilaban, tejían y cosían. Podían fácilmente, sin cálculo alguno, contrastar si el producto terminado les compensaba del trabajo invertido. Pero nuestra civilización no puede regresar a semejantes situaciones.