330 Economía
Acción humana
Teoría del mercado
Author

(von Mises, 1966)

2. El método de las construcciones imaginarias

El sistema de investigación típico de la economía es aquél que se basa en construcciones imaginarias.

Tal procedimiento constituye el genuino método praxeológico. Ha sido especialmente elaborado y perfeccionado en el marco de los estudios económicos, debiéndose ello a que la economía es la parte de la praxeología hasta ahora más adelantada. Quien pretenda exponer una opinión sobre los problemas comúnmente considerados económicos debe utilizar este procedimiento. Naturalmente, recurrir a tales construcciones imaginarias no es prerrogativa exclusiva del profesional dedicado a la investigación científica. A él recurre igualmente el profano cuando trata de los mismos problemas. Sin embargo, mientras las construcciones de éste resultan vagas e imprecisas, el economista procura que las suyas sean formuladas con la máxima diligencia, atención y justeza, analizando críticamente todos los supuestos y circunstancias de las mismas.

Una construcción imaginaria es una imagen conceptual de una secuencia de hechos que se desarrollan lógicamente a partir de los elementos de la acción empleada en su realización. Es fruto por tanto de la deducción, derivando por eso de la categoría fundamental del actuar, es decir, del preferir y rechazar. El economista, al configurar su construcción imaginaria, no se preocupa de si refleja o no exacta y precisamente la realidad que se propone examinar. No le interesa averiguar si el orden imaginado puede existir y funcionar en el mundo real, pues incluso construcciones imaginarias inadmisibles, contradictorias y de imposible realización práctica pueden ser útiles y hasta indispensables para comprender mejor la realidad, siempre y cuando se sepa manejarlas con el debido tino.

El método de las construcciones imaginarias se justifica por sus resultados. La praxeología no puede, a diferencia de las ciencias naturales, basar sus enseñanzas en experimentos de laboratorio ni en el conocimiento sensorial de la realidad externa. De ahí que tenga que desarrollar unos métodos completamente distintos de los empleados por la física o la biología. Se equivocaría gravemente quien pretendiera buscar en el campo de las ciencias naturales algo similar a las construcciones imaginarias. Las construcciones imaginarias de la praxeología nunca pueden ser contrastadas con la experiencia de cosas externas ni valoradas a la luz de esa experiencia. Su función estriba en auxiliar al hombre precisamente cuando quiere abordar investigaciones en las que no puede recurrir a los sentidos. Al contrastar con la realidad las construcciones imaginarias no se puede plantear la cuestión de si se ajustan a los conocimientos experimentales o si reflejan convenientemente los datos empíricos. Lo único que se precisa confirmar es si los presupuestos de la construcción coinciden con las condiciones de las acciones que se quiere enjuiciar.

El sistema consiste, fundamentalmente, en abstraer de una determinada acción algunas de las circunstancias que en ella concurren. Entonces podemos captar las consecuencias hipotéticas de la ausencia de estas condiciones y concebir los efectos de su existencia. Concebimos así la categoría de acción construyendo la imagen de una situación en la que la acción no existe, bien porque el individuo se halla ya plenamente satisfecho y no siente malestar alguno, o bien porque desconoce cualquier procedimiento que le permita incrementar su bienestar (estado de satisfacción). Del mismo modo, concebimos la noción de interés originario formulando una construcción imaginaria en la que no se distingue entre satisfacciones en periodos de tiempo iguales en su duración pero distintas en relación con su distancia del momento de la acción.

El método de las construcciones imaginarias es imprescindible en praxeología; es el único método de la investigación praxeológica y económica. Es, ciertamente, un método difícil de manejar, ya que lleva fácilmente a silogismos falaces. Conduce a lo largo de una afilada arista a cuyos lados se abren los abismos de lo absurdo y lo disparatado, y sólo una rigurosa autocrítica puede evitar caer en tales abismos.