3. La economía pura de mercado
En la imaginaria construcción de una economía pura o de mercado no interferido suponemos que se practica la división del trabajo y que rige la propiedad privada (el control) de los medios de producción; que existe, por tanto, intercambio mercantil de bienes y servicios. Se supone, igualmente, que el funcionamiento del mercado no es perturbado por factores institucionales. Se da, finalmente, por admitido que el gobierno, es decir, el aparato social de compulsión y coerción, estará presto a amparar la buena marcha del sistema, absteniéndose, por un lado, de actuaciones que puedan desarticularlo y protegiéndolo, por otro, contra posibles ataques de terceros. El mercado goza, así, de plena libertad; ningún agente ajeno al mismo interfiere los precios, los salarios, ni los tipos de interés. Partiendo de tales presupuestos, la economía trata de averiguar los efectos de semejante organización. Sólo más tarde, cuando ya ha quedado debidamente expuesto cuanto se puede inferir del análisis de esa construcción imaginaria, pasa el economista a examinar las cuestiones que suscita la interferencia del gobierno o de otras organizaciones capaces de recurrir a la fuerza y a la intimidación en el funcionamiento del mercado.
Es sorprendente que este procedimiento, lógicamente impecable, y el único que permite abordar los problemas planteados, pueda haber sido objetivo de ataques tan apasionados. Se le ha tachado de adoptar una postura favorable a la política económica liberal, estigmatizada a su vez como reaccionaria, imperialista, manchesteriana, negativista, etc. Se niega que del análisis de construcciones imaginarias se pueda derivar ilustración alguna que permita comprender mejor la realidad. Sin embargo, tan ardorosos críticos caen en abierta contradicción cuando recurren al mismo método para exponer sus propias opiniones. Al abogar por salarios mínimos, describen las pretendidas condiciones insatisfactorias de un libre mercado laboral y cuando proponen protecciones tarifarias también describen las desastrosas consecuencias que, en su opinión, provoca el mercado libre. Lo cierto es que para valorar cualquier medida tendente a limitar el libre juego de los elementos que integran un mercado no interferido es necesario examinar ante todo aquellas situaciones que produciría la libertad económica.
Es cierto que los economistas han llegado en sus investigaciones a la conclusión de que los objetivos que la mayoría de la gente, es más, prácticamente todos, se afanan por conquistar mediante la inversión de trabajo y esfuerzo y a través de la política económica como mejor pueden alcanzarse es implantando un mercado libre cuyo funcionamiento no se vea perturbado por la interferencia estatal. Pero esto no es un juicio preconcebido derivado de un análisis insuficiente de los efectos que la interferencia del gobierno produce en el funcionamiento del mercado. Al contrario, es el resultado de un riguroso e imparcial estudio del intervencionismo en todas sus facetas.
También es cierto que los economistas clásicos y sus continuadores solían calificar de «natural» el sistema basado en una libre economía de mercado y de «artificial» y «perturbador» el intervenido por el gobierno. Pero esta terminología era también fruto de su cuidadoso análisis de los problemas del intervencionismo. Al expresarse así, no hacían más que atemperar su dicción a los usos semánticos de una época que propendía a calificar de contraria a la naturaleza toda situación social tenida por indeseable.
El teísmo y el deísmo del siglo de la Ilustración veían reflejados en la regularidad de los fenómenos naturales los mandatos de la Providencia. Por eso, cuando aquellos filósofos advirtieron análoga regularidad en el mundo de la acción humana y de la evolución social, tendieron a interpretar dicha realidad como una manifestación más del paternal tutelaje ejercido por el Creador del universo. En tal sentido, hubo economistas que adoptaron la doctrina de la armonía preestablecida1. La filosofía social en que se basaba el despotismo paternalista insistía en el origen divino de la autoridad de los reyes y autócratas destinados a gobernar los pueblos. Los liberales, por su parte, replicaban que el libre funcionamiento del mercado, en el cual el consumidor —todo ciudadano— es soberano, provoca resultados mejores que los de órdenes emanadas de ungidos gobernantes. Contemplad el funcionamiento del mercado —decían— y veréis en él la mano de Dios.
Al tiempo que formulaban la imaginaria construcción de una economía de mercado pura, los economistas clásicos elaboraron su contrafigura lógica, la imaginaria construcción de una comunidad socialista. En el proceso heurístico que, finalmente, permitió descubrir la mecánica de la economía de mercado, este imaginario orden socialista gozó incluso de prioridad lógica. Preocupaba a los economistas el problema referente a si el sastre disfrutaría de pan y zapatos en el supuesto de que no hubiera mandato gubernativo alguno que obligara al panadero y al zapatero atender sus respectivos cometidos. Parecía que debía imponerse una intervención autoritaria para constreñir a cada profesional a que sirviera a sus conciudadanos. Por eso, los economistas se sorprendían al advertir que tales medidas coactivas en modo alguno eran necesarias. Cuando contrastaban la producción con el lucro, el interés privado con el público, el egoísmo con el altruismo, aquellos pensadores utilizaban tácitamente la imaginaria construcción de un sistema socialista. Precisamente su sorpresa ante la, digamos, «automática» regulación del mercado surgía porque advertían que mediante un sistema de producción «anárquico» se podía atender las necesidades de la gente de modo más cumplido que recurriendo a cualquier ordenación de un omnipotente gobierno centralizado. El socialismo, como sistema basado en la división del trabajo que una autoridad planificadora por entero gobierna y dirige, no fue idea de los reformadores utópicos. Éstos tendían más bien a predicar la autárquica coexistencia de reducidas entidades económicas; en tal sentido, recuérdese el phalanstère de Fourier. Si el radicalismo reformista recurrió al socialismo, fue porque se acogió a la idea —implícita en las teorías expuestas por los economistas clásicos— de una economía dirigida por un gobierno de ámbito nacional o mundial.
La maximización de los beneficios
Suele decirse que los economistas, al abordar los problemas de la economía de mercado, parten de un supuesto irreal, imaginando que la gente se afana exclusivamente por procurarse la máxima satisfacción personal. Dichos teóricos —se asegura— basan sus lucubraciones en un ser imaginario, totalmente egoísta y racional, que sólo se interesaría por su ganancia personal. Ese homo oeconomicus tal vez sirva para retratar a los especuladores y a jugadores de Bolsa; pero la gente, en su inmensa mayoría, es bien diferente. El estudio de la conducta de ese ser imaginario de nada sirve cuando lo que se pretende es aprehender la realidad tal cual es.
No es necesario refutar una vez más el confusionismo, error e inexactitud de esta afirmación, pues las falacias que contiene fueron ya examinadas en las partes primera y segunda de este libro. Conviene ahora, sin embargo, centrar nuestra atención en el problema relativo a la maximización de los beneficios.
La praxeología en general, y concretamente la economía, al enfrentarse con los móviles de la acción humana, se limita a afirmar que el hombre, mediante la acción, pretende suprimir su malestar. Sus acciones en la órbita del mercado se concretan en compras y ventas. Cuanto la economía predica de la oferta y la demanda es aplicable a cualquier tipo de oferta y de demanda, sin que la validez de estas afirmaciones quede limitada a determinadas ofertas y demandas debidas a circunstancias especiales que requieran especial examen o definición. No es preciso establecer ningún presupuesto especial para afirmar que el individuo, en la disyuntiva de percibir más o percibir menos por cierta mercancía que pretenda vender, preferirá siempre, ceteris paribus, cobrar el precio mayor. Para el vendedor, percibir esa cantidad superior supone una mejor satisfacción de sus necesidades. Lo mismo, mutatis mutandis, sucede con el comprador. La cantidad que éste se ahorra al comprar más barato le permite invertir mayores sumas en apetencias que en otro caso quedarían insatisfechas. Comprar en el mercado más barato y vender en el más caro —inmodificadas las restantes circunstancias— es una conducta cuya explicación en modo alguno exige ponderar particulares motivaciones o impulsos morales en el actor. Dicho proceder es el único natural y obligado en todo intercambio.
El hombre, en el mundo de los negocios, es un servidor de los consumidores, quedando obligado a atender los deseos de éstos. No puede entregarse a sus propios caprichos y antojos. Los gustos y fantasías del cliente son la norma suprema para él, siempre y cuando el adquirente esté dispuesto a pagar el precio correspondiente. El hombre de negocios ha de acomodar fatalmente su conducta a la demanda de los consumidores. Si la clientela es incapaz de apreciar la belleza y prefiere el producto tosco y vulgar, aun contrariando sus propios gustos, aquél habrá de producir precisamente lo que los compradores prefieran2. Si los consumidores no están dispuestos a pagar más por los productos nacionales que por los extranjeros, el comerciante se ve en la necesidad de surtirse de estos últimos si son más baratos que los autóctonos. El patrono no puede hacer caridad a costa de la clientela. No puede pagar salarios superiores a los del mercado si los compradores, por su parte, no están dispuestos a abonar precios proporcionalmente mayores por aquellas mercancías que se producen pagando esos incrementados salarios.
El planteamiento es totalmente distinto cuando se trata de gastar los propios ingresos. En tal caso, el interesado puede proceder como mejor le parezca. Si le place, puede hacer donativos y limosnas. Nada le impide que, dejándose llevar por teorías y prejuicios diversos, discrimine contra bienes de determinado origen o procedencia y prefiera adquirir productos que técnicamente son peores o más caros. Lo normal, sin embargo, es que el comprador no favorezca caritativamente al vendedor. Pero alguna vez ocurre. La frontera que separa la compraventa mercantil de bienes y servicios de la donación limosnera a veces es difícil de trazar. Quien hace una adquisición en una tómbola de caridad combina generalmente una compra comercial con un acto de caridad. Quien entrega unos céntimos en la calle al músico ciego no pretende pagar con ello la dudosa labor musical; se limita a hacer caridad.
El hombre, al actuar, procede como ser unitario. El comerciante, exclusivo propietario de cierta empresa, puede en ocasiones difuminar la frontera entre lo que es negocio y lo que es liberalidad. Si desea socorrer a un amigo en situación apurada, tal vez, por delicadeza, arbitre alguna fórmula que evite a este último la vergüenza de vivir de la bondad ajena. En este sentido, puede ofrecerle un cargo en sus oficinas, aun cuando no precise de tal auxilio o pueda contratarlo a menor precio en el mercado. En tal supuesto, el correspondiente salario, formalmente, es un coste más del proceso industrial. Pero en realidad es una inversión efectuada por el propietario de parte de sus ingresos. En puridad estamos ante un gasto de consumo, no un coste de producción para aumentar el beneficio3.
La tendencia a tomar en consideración sólo lo tangible, ponderable y visible, descuidando todo lo demás, induce a torpes errores. El consumidor no compra alimentos o calorías exclusivamente. No pretende devorar como mero animal; quiere comer como ser racional. Hay muchas personas a quienes la comida satisface tanto más cuanto mejor presentada y más gustosa sea, cuanto mejor dispuesta esté la mesa y cuanto más agradable sea el ambiente. A estas cosas no les dan importancia aquéllos que se ocupan exclusivamente de los aspectos químicos del proceso digestivo4. Ahora bien, el que dichas circunstancias tengan notoria importancia en la determinación de los precios de la alimentación resulta perfectamente compatible con nuestra anterior afirmación de que los hombres prefieren, ceteris paribus, comprar en el mercado más barato. Cuando el comprador, al elegir entre dos cosas que la química y la técnica reputan iguales, opta por la más cara, indudablemente tiene sus motivos para proceder así. Salvo que se equivoque, al actuar de tal suerte lo que hace es pagar unos servicios que la química y la tecnología, con sus métodos específicos de investigación, son incapaces de apreciar. Tal vez, personalmente, consideremos ridícula la vanidad de quien paga mayores precios acudiendo a un bar de lujo, simplemente por tomarse el mismo cóctel al lado de un duque y codeándose con la mejor sociedad. Lo que no puede afirmarse es que tal persona no está mejorando su propia satisfacción al proceder así.
El hombre actúa siempre para acrecentar su satisfacción personal. En este sentido —y en ningún otro— cabe emplear el término egoísmo y decir que la acción es siempre y necesariamente egoísta. Incluso las actuaciones que directamente tienden a mejorar la condición ajena son, en definitiva, egoístas, pues el actor deriva mayor satisfacción de ver comer a los demás que de comer él mismo. Contemplar gente hambrienta le produce malestar.
Cierto es que muchos piensan de otro modo y prefieren llenar el propio estómago antes que el ajeno. Pero esto nada tiene que ver con la economía; es un simple dato de experiencia histórica. La economía se interesa por toda acción, independientemente de que ésta responda al hambre del actor o a su deseo de aplacar la de los demás.
Si por maximización de los beneficios entendemos que el hombre, en las transacciones de mercado, aspira a incrementar todo lo posible la propia ventaja, incurrimos en un circunloquio pleonástico y perifrástico, pues simplemente repetimos lo que ya se halla implícito en la propia categoría de acción. Pero si, en cambio, pretendemos dar a tal expresión cualquier otro significado, inmediatamente caemos en el error.
Hay economistas que creen que compete a la economía determinar cómo puede todo el mundo, o al menos la mayoría, alcanzar la máxima satisfacción posible. Olvidan que no existe mecanismo alguno que permita medir el respectivo estado de satisfacción alcanzado por cada uno de los componentes de la sociedad. Interpretan erróneamente el carácter de los juicios formulados acerca de la comparativa felicidad de personas diversas. Creen estar sentando hechos, cuando no hacen más que expresar arbitrarios juicios de valor. Naturalmente, se puede decir que es justo robar al rico para dar al pobre; pero el calificar algo de justo o injusto implica un previo y subjetivo juicio de valor que como tal es siempre puramente personal, sin que pueda ser verificado o refutado. La economía jamás pretende emitir juicios de valor. La ciencia aspira tan sólo a averiguar los efectos que determinados modos de actuar producen necesariamente.
Las necesidades fisiológicas —se ha dicho— en todos los hombres son idénticas; tal identidad, por tanto, brinda una pauta que permite apreciar en qué grado se hallan objetivamente satisfechas. Quienes emiten tales opiniones y recomiendan seguir esos criterios en la acción de gobierno pretenden tratar a los hombres como el ganadero trata a sus reses. Se equivocan al no advertir que no existe ningún principio universal que pueda servir de guía para decidir una alimentación que fuera conveniente para todos. El que al respecto se sigan unos u otros principios dependerá íntegramente de los objetivos que se persigan. El ganadero no alimenta las vacas para hacerlas más o menos felices, sino para alcanzar determinados objetivos. Puede ser que quiera incrementar la producción de leche o de carne, o tal vez busque otras cosas. ¿Qué tipo de personas querrán producir esos criadores de hombres? ¿Atletas o matemáticos? ¿Guerreros o jornaleros? Quien pretenda criar y alimentar hombres con arreglo a un patrón preestablecido en verdad desea arrogarse poderes despóticos y servirse, como medios, de sus conciudadanos para alcanzar sus propios fines, que indudablemente diferirán de los preferidos por aquéllos.
Mediante sus subjetivos juicios de valor, el individuo distingue entre aquello que le produce más satisfacción y lo que le satisface menos. En cambio, el juicio de valor emitido por una persona con respecto a la satisfacción de un tercero nada dice acerca de la real satisfacción personal de este último. Tales juicios no hacen más que proclamar cuál es el estado en que quien los formula quisiera ver al tercero. Esos reformadores que aseguran perseguir la máxima satisfacción general no hacen más que expresar la situación ajena que mejor conviene a sus propios intereses.
Footnotes
Esta preestablecida armonía del mercado libre no debe, sin embargo, confundirse con la teoría de la armonía de los intereses sociales rectamente entendidos que se produce bajo un sistema de mercado, si bien hay cierta analogía entre ambas ideas. V. pp. 793-803.↩︎
Un pintor, por ejemplo, es puro comerciante cuando se preocupa de producir los cuadros que le proporcionarán mayores ingresos. Cuando, en cambio, no se subordina al gusto del público comprador y, haciendo caso omiso de todas las desagradables consecuencias que su proceder pueda irrogarle, se guía exclusivamente por sus propios ideales, entonces es un artista, un genio creador. V. supra pp. 166-168.↩︎
Las instituciones legales, frecuentemente, fomentan ese confusionismo entre gastos productivos y gastos de consumo. Todo gasto que pueda lucir en la correspondiente cuenta de resultados disminuye el beneficio neto y por consiguiente la carga fiscal. Si el tipo de gravamen, por ejemplo, es del 50 por 100 sobre el beneficio neto, cuando el empresario invierte parte del mismo en obras caritativas, siendo éstas deducibles, de su propio bolsillo contribuye sólo con la mitad del importe. La otra mitad la paga el fisco.↩︎
La fisiología nutritiva tampoco, desde luego, desprecia tales detalles.↩︎