5. El estado de reposo y la economía de giro uniforme
Para abordar debidamente el estudio de la acción conviene observar que ésta apunta siempre hacia un estado que, una vez conseguido, vedaría toda ulterior actuación, bien por haber sido suprimido todo malestar, bien por no ser posible paliar en mayor grado el prevalente. La acción, por tanto, tiende al estado de reposo, a la supresión de la actividad.
La teoría de los precios estudia el cambio interpersonal teniendo siempre presente esta circunstancia. La gente seguirá intercambiando mercancías en el mercado hasta llegar al momento en que el intercambio se interrumpa y detenga al no haber nadie ya que crea que puede mejorar su bienestar mediante una ulterior actuación. En tales circunstancias, a los potenciales compradores dejarían de interesarles los precios solicitados por los potenciales vendedores, y lo mismo sucedería a la inversa. No podría efectuarse ninguna transacción. Surgiría, así, el estado de reposo. Tal estado de reposo, que podemos denominar estado natural de reposo, no es una mera construcción imaginaria. Aparece repetidamente. Cuando cierra la Bolsa, los agentes han cumplimentado cuantas órdenes cabía casar al vigente precio de mercado. Han dejado de vender y de comprar tan sólo aquellos potenciales vendedores y compradores que, respectivamente, estiman demasiado bajo o demasiado alto el precio del mercado1. Esto mismo es predicable de todo tipo de transacción. La economía de mercado, en su conjunto, es, por decirlo así, una gran lonja o casa de contratación. En cada instante se casan todas aquellas transacciones que los intervinientes están dispuestos a aceptar a los precios a la sazón vigentes. Sólo cuando varíen las respectivas valoraciones personales de las partes podrán realizarse nuevas operaciones.
Se ha dicho que este concepto del estado de reposo es insatisfactorio, puesto que se refiere sólo a la determinación del precio de unos bienes disponibles en cantidad limitada, sin pronunciarse acerca de los efectos que tales precios han de provocar en la actividad productiva. La objeción carece de base. Los teoremas implícitos en el estado natural de reposo resultan válidos y aplicables a todo tipo de transacción, sin excepción alguna. Cierto es que los compradores de factores de producción, a la vista de aquellas ventas, se lanzarán inmediatamente a producir, entrando de nuevo en el mercado con sus productos, impelidos por el deseo de comprar a su vez lo que necesitan para su propio consumo, así como para continuar los procesos de producción. Pero ello no invalida nuestro supuesto, el cual en modo alguno presupone que el estado de reposo haya de perdurar. La calma se desvanecerá tan pronto como varíen las momentáneas circunstancias que la produjeron.
El estado natural de reposo, según antes hacíamos notar, no es una construcción imaginaria, sino una descripción exacta de lo que con frecuencia sucede en todo mercado. A este respecto, difiere radicalmente de la otra construcción imaginaria que alude al estado final de reposo.
Al tratar del estado natural de reposo fijamos la atención exclusivamente en lo que ahora mismo está ocurriendo. Restringimos nuestro horizonte a lo que momentáneamente acaba de suceder, desentendiéndonos de lo que después, en el próximo instante, mañana o ulteriormente, acaecerá. Nos interesan sólo aquellos precios que se pagaron efectivamente en las distintas compraventas, es decir, nos ocupamos exclusivamente de los precios vigentes en un inmediato pretérito. No importa saber si los futuros precios serán iguales o distintos a los que observamos.
Pero ahora vamos a dar un paso más. Vamos a interesarnos por los factores que pueden desatar una tendencia a la variación de los precios. Queremos averiguar adonde lleva esta tendencia en tanto se vaya agotando su fuerza impulsora, dando lugar a un nuevo estado de reposo. Los economistas de antaño llamaron precio natural al precio en este futuro estado de reposo; hoy en día se emplea más a menudo el término precio estático. En orden a evitar asociaciones desorientadoras, es más conveniente hablar deprecio final, aludiendo, consiguientemente, a un estado final de reposo. Este estado final de reposo es una construcción imaginaria, en modo alguno una descripción de la realidad. Porque ese estado final de reposo nunca podrá ser alcanzado. Antes de que llegue a ser una realidad, surgirán forzosamente factores perturbadores. Pero no hay más remedio que recurrir a esa construcción imaginaria, ya que el mercado tiende en todo momento hacia un estado final de reposo. En cada instante subsiguiente pueden aparecer circunstancias que den lugar a que varíe. El mercado, orientado en cada momento hacia determinado estado final de reposo, jamás se aquieta.
El precio de mercado es un fenómeno real; es aquel tipo de cambio al que efectivamente se realizaron las operaciones. El precio final, en cambio, es un precio hipotético. Los precios de mercado son realidades históricas, por lo que es posible cifrarlos con exactitud numérica en dólares y centavos. El precio final, en cambio, sólo puede concebirse partiendo de las circunstancias necesarias para que el mismo aparezca. No puede ser cifrado ni en valor numérico expresado en términos monetarios ni en cantidades ciertas de otros bienes. Nunca aparece en el mercado. Los precios libres jamás coinciden con el precio final correspondiente a la estructura de mercado a la sazón prevalente. Ahora bien, la cataláctica fracasaría lamentablemente en sus intentos por resolver los problemas que suscita la determinación de los precios, si descuidase el análisis del precio final. Pues en la misma estructura mercantil que origina el precio de mercado están ya operando las fuerzas que, a través de sucesivos cambios, darían lugar, de no aparecer nuevas circunstancias, al precio final y al estado final de reposo. Quedaría indebidamente restringido nuestro análisis de la determinación de los precios si nos limitáramos a contemplar tan sólo los momentáneos precios de mercado y el estado natural de reposo, sin parar mientes en que, en el mercado, están ya operando factores que han de provocar sucesivos cambios de los precios, orientando el conjunto mercantil hacia distinto estado de reposo.
El fenómeno con que nos enfrentamos estriba en que las variaciones de las circunstancias determinadoras de los precios no producen de golpe todos sus efectos. Ha de transcurrir un cierto lapso de tiempo para que definitivamente su capacidad quede agotada. Desde que aparece un dato nuevo hasta que el mercado queda plenamente adaptado al mismo transcurre cierto lapso temporal. (Y, naturalmente, durante ese tiempo, comienzan a actuar nuevos factores). Al abordar los efectos propios de cualquier variación de aquellas circunstancias que influyen en el mercado, jamás debemos olvidar que contemplamos eventos sucesivamente encadenados, hechos que, eslabón tras eslabón, van apareciendo, efectos escalonados. Cuánto tiempo transcurrirá de una a otra situación, nadie puede predecirlo. Pero es indudable que entre una y otra ha de existir un cierto lapso temporal; periodo que a veces puede ser tan corto que en la práctica pueda despreciarse.
Se equivocaron frecuentemente los economistas al no advertir la importancia del factor tiempo. En este sentido, como ejemplo, podemos citar la controversia referente a los efectos provocados por las variaciones de la cantidad de dinero existente. Hubo estudiosos que se fijaron sólo en los efectos a largo plazo, es decir, en los precios finales y en el estado final de reposo. Otros, por el contrario, se limitaron a contemplar los efectos inmediatos, es decir, los precios subsiguientes al instante mismo de la variación de las circunstancias mercantiles. Ambos grupos planteaban mal el problema, resultando por ello viciadas sus conclusiones. Podríamos citar muchos otros ejemplos similares.
La construcción imaginaria del estado final de reposo sirve para percatarnos de esa evolución temporal de las circunstancias del mercado. En esto se diferencia de aquella otra construcción imaginaria que alude a la economía de giro uniforme, pues ésta se caracteriza por haber sido eliminado de la misma el factor tiempo, suponiéndose invariables las circunstancias de hecho concurrentes. (Es equivocado e induce a confusión denominar economía estática o economía en equilibrio estático a la construcción que nos ocupa, y es un grave error confundirla con la construcción imaginaria de la economía estacionaria)2. La economía de giro uniforme es un esquema ficticio en el cual los precios de mercado de todos los bienes y servicios coinciden con los precios finales. Los precios ya no varían; existe perfecta estabilidad. El mercado repite, una y otra vez, idénticas transacciones. Iguales cantidades de bienes de orden superior, siendo objeto de las mismas manipulaciones, llegan finalmente, en forma de bienes de consumo, a los consumidores que con ellos acaban. Las circunstancias de tal mercado jamás varían. Hoy es lo mismo que ayer y mañana será igual a hoy. El sistema está en movimiento constante, pero nunca cambia de aspecto. Evoluciona invariablemente en torno a un centro fijo; gira uniformemente. El estado natural de reposo de tal economía se perturba continuamente; sin embargo, reaparece de inmediato tal y como primeramente se presentó. Son constantes todas las circunstancias operantes, incluso aquéllas que ocasionan esos periódicos desarreglos del estado natural de reposo. Por tanto, los precios —llamados generalmente precios estáticos o de equilibrio— permanecen también constantes.
La nota típica de esta construcción imaginaria es el haberse eliminado el transcurso del tiempo y la alteración incesante de los fenómenos de mercado. Ni la oferta ni la demanda pueden variar en ese marco. Sólo son admisibles los cambios que no influyen sobre los precios. No es preciso suponer que ese mundo imaginario haya de estar poblado por hombres inmortales, que ni envejecen ni se reproducen. Por el contrario, podemos admitir que tales gentes nacen, crecen y, finalmente, mueren, siempre y cuando no se modifique ni la cifra de población total ni el número de individuos que integra cada grupo de la misma edad. En ese supuesto no variará la demanda de aquellos bienes cuyo consumo se efectúa sólo en determinadas épocas vitales, pese a que no serán las mismas personas las que provoquen la demanda.
Jamás existió en el mundo esa supuesta economía de giro uniforme. Sin embargo, para valorar mejor los problemas que suscita la mutabilidad de las circunstancias económicas y el cambio irregular e inconstante del mercado es preciso contrastar esas variaciones con un estado imaginario, del cual, hipotéticamente, las mismas han sido eliminadas. Por tanto, es erróneo suponer que la construcción imaginaria de una economía de giro uniforme no sirve en absoluto para abordar este nuestro mundo cambiante. Por lo mismo, carece de sentido recomendar a los economistas que prescindan de su supuestamente exclusivo interés por lo «estático» y concentren la atención en lo «dinámico». Ese método estático es precisamente el instrumento mental más adecuado para valorar el cambio. Si queremos analizar los complejos fenómenos que suscita la acción, es preciso comenzar valorando la ausencia de todo cambio, para introducir después en el estudio un factor capaz de provocar determinada mutación cuya importancia podremos entonces examinar cumplidamente, suponiendo invariadas las restantes circunstancias. También sería absurdo suponer que la imaginada economía de giro uniforme resultaría más útil para la investigación cuanto mejor coincidiera la realidad —a fin de cuentas, el verdadero objeto de nuestro examen— con esa construcción imaginaria en lo referente a la ausencia de cambio. El método estático, es decir, el que recurre al modelo de la economía de giro uniforme, es el único que permite abordar los cambios que nos interesan, careciendo a estos efectos de importancia el que tales mutaciones sean grandes o pequeñas, súbitas o lentas.
Las objeciones hasta ahora opuestas al uso de la construcción imaginaria de una economía de giro uniforme han fallado totalmente el blanco. Sus autores no han comprendido en qué aspectos esta construcción es problemática y por qué puede fácilmente inducir a errores y confusiones.
La acción es cambio; y el cambio implica secuencia temporal. En la economía de giro uniforme, sin embargo, se elimina tanto el cambio como la sucesión de los acontecimientos. Actuar equivale a optar, y el sujeto debe enfrentarse siempre con la incertidumbre del futuro. Pero en la economía de giro uniforme no cabe la opción, y el futuro deja de ser incierto, pues el mañana será igual al hoy conocido. En ese sistema no pueden aparecer individuos que escojan y prefieran y, tal vez, sean víctimas del error; estamos, por el contrario, ante un mundo de autómatas sin alma ni capacidad de pensar; no se trata de una sociedad humana, sino de termitas.
Tan insolubles contradicciones, no obstante, en modo alguno minimizan los excelentes servicios que el modelo presta cuando se trata de abordar únicamente los problemas para cuya solución no sólo es apropiado sino indispensable; es decir, los referentes a la relación entre los precios de los bienes y los de los factores necesarios para su producción y los que plantean la actuación empresarial y las correspondientes pérdidas y ganancias. Para poder comprender la función del empresario, así como lo que significan las pérdidas y las ganancias, imaginamos un orden del cual están ausentes. Esta construcción no es más que un mero instrumento mental. En modo alguno se trata de un supuesto posible ni realizable. Es más, no puede ni siquiera ser llevado a sus últimas consecuencias lógicas. Porque es imposible eliminar de una economía de mercado la figura del empresario. Los diferentes factores de producción no pueden asociarse espontáneamente para producir el bien de que se trate. A estos efectos, es imprescindible la intervención racional de personas que aspiran a alcanzar determinados fines en el deseo de mejorar el propio estado de satisfacción. Eliminado el empresario, desaparece la fuerza que mueve el mercado.
El modelo en cuestión adolece de otra deficiencia. En la construcción imaginaria de una economía de giro uniforme se supone la existencia de cambio indirecto y de moneda. Ahora bien, ¿qué clase de dinero podría existir en ese imaginario mundo? Bajo un régimen en el cual no hay cambio, la incertidumbre con respecto al futuro desaparece y consecuentemente nadie necesita disponer de efectivo. Todo el mundo sabe, con plena exactitud, la cantidad de dinero que precisará en cualquier fecha futura. Por tanto, la gente puede prestar la totalidad de sus fondos, siempre y cuando los créditos venzan para la fecha en que los interesados precisarán del numerario. Supongamos que sólo hay moneda de oro y que existe un único banco central. Al ir progresando la economía hacia el giro uniforme, todo el mundo, tanto las personas individuales como las jurídicas, iría reduciendo poco a poco sus saldos de numerario; las cantidades de oro así liberadas afluirían hacia inversiones no monetarias (industriales). Cuando, finalmente, se alcanzara el estado de equilibrio típico de la economía de giro uniforme, ya nadie conservaría dinero en caja, el oro dejaría de emplearse a efectos monetarios. La gente simplemente ostentaría créditos contra el banco central, créditos cuyos vencimientos vendrían sucesivamente a coincidir, en cuantía y época, con los de las obligaciones que los interesados tuvieran que afrontar. El banco, por su parte, tampoco necesitaría conservar reservas dinerarias, ya que las sumas totales que a diario habría que pagar coincidirían exactamente con las cantidades en él ingresadas. Todas las transacciones podrían practicarse mediante meras transferencias, sin necesidad de utilizar metálico alguno. El «dinero», en tal caso, dejaría de utilizarse como medio de intercambio; ya no sería dinero; sería simple numéraire, etérea e indeterminada unidad contable de carácter vago e indefinible, carácter que la fantasía de algunos economistas y la ignorancia de muchos profanos atribuye erróneamente al dinero. La interposición entre comprador y vendedor de ese tipo de expresiones numéricas para nada influiría en la esencia de la operación; el dinero en cuestión sería neutro con respecto a las actividades económicas de la gente. Pero un dinero neutro carece de sentido y hasta resulta inconcebible3. Si en esta materia se recurriera a la torpe terminología que actualmente suele emplearse en muchos escritos económicos, diríamos que el dinero es, por fuerza, un «factor dinámico»; en un sistema «estático», el dinero se esfuma. Una economía de mercado sin dinero es por fuerza una idea contradictoria.
La imaginaria construcción de una economía de giro uniforme es un concepto límite. En semejante sistema también la acción desaparece. El lugar que ocupa el consciente actuar del individuo racional deseoso de suprimir su propio malestar viene a ser ocupado por reacciones automáticas. Tan arbitrario modelo sólo puede emplearse sobre la base de no olvidar nunca lo que mediante el mismo pretendemos conseguir. Debemos tener siempre presente que queremos, ante todo, percatarnos de la tendencia de toda acción a instaurar una economía de giro uniforme, tendencia que jamás podrá alcanzar tal objetivo mientras operemos en un universo que no sea totalmente rígido e inmutable, es decir, en un universo que, lejos de estar muerto, viva. Pretendemos también advertir las diferencias que hay entre un mundo viviente, en el que hay acción, y un mundo yerto, y ello sólo podemos aprehenderlo mediante el argumentum a contrario que nos brinda la imagen de una economía invariable. Tal contrastación nos enseña que el enfrentarse con las condiciones inciertas de un futuro siempre desconocido —o sea, la especulación— es característico de todo tipo de actuar; que la pérdida o la ganancia son elementos característicos de la acción, imposibles de suprimir mediante arbitrismos de cualquier género. El procedimiento de aquellos economistas que han asimilado estas fundamentales ideas podríamos calificarlo de método lógico frente a la técnica del que podríamos llamar método matemático.
Los economistas de este segundo grupo no quieren ocuparse de esas actuaciones que, en el imaginario e impracticable supuesto de que ya no aparecieran nuevos datos, instaurarían una economía de giro uniforme. Pretenden hacer caso omiso del especulador individual que no desea implantar una economía de rotación uniforme, sino que aspira a lucrarse actuando como mejor le convenga para conquistar el objetivo siempre perseguido por la acción, suprimir el malestar en el mayor grado posible. Fijan exclusivamente su atención en aquel imaginario estado de equilibrio que el conjunto de todas esas actuaciones individuales engendraría si no se produjera ningún cambio ulterior en las circunstancias concurrentes. Tal imaginario equilibrio lo describen mediante series simultáneas de ecuaciones diferenciales. No advierten que, en tal situación, ya no hay acción, sino simple sucesión de acontecimientos provocados por una fuerza mítica. Dedican todos sus esfuerzos a reflejar mediante símbolos matemáticos diversos «equilibrios», es decir, situaciones en reposo, ausencia de acción. Discurren sobre el equilibrio como si se tratara de una realidad efectiva, olvidando que es un concepto límite, simple herramienta mental. En definitiva, su labor no es más que vana manipulación de símbolos matemáticos, inútil pasatiempo que no proporciona conocimiento alguno4.