7. La integración de las funciones catalácticas
Cuando los hombres, al abordar los problemas de sus propias acciones, y cuando la historia económica, la economía descriptiva y la estadística económica, al pretender reflejar las acciones humanas, hablan de empresarios, capitalistas, terratenientes, trabajadores o consumidores, manejan tipos ideales. El economista, en cambio, cuando emplea esos mismos términos, se refiere a categorías catalácticas. Los empresarios, capitalistas, terratenientes, trabajadores o consumidores de la teoría económica no son seres reales y vivientes como los que pueblan el mundo y aparecen en la historia. Son, por el contrario, meras personificaciones de las distintas funciones del mercado. El que tanto la gente que actúa como las diferentes ciencias históricas empleen conceptos económicos, forjando tipos ideales basados en categorías praxeológicas, en modo alguno empaña la radical distinción lógica entre los tipos ideales y los conceptos económicos. Éstos se refieren a funciones precisas; los tipos ideales, en cambio, a hechos históricos. El hombre, al vivir y actuar, por fuerza combina en sí funciones diversas. Nunca es exclusivamente consumidor, sino también empresario, terrateniente, capitalista, trabajador o persona mantenida por alguno de los anteriores. No sólo esto; las funciones de empresario, terrateniente, capitalista o trabajador pueden, y así ocurre frecuentemente, coincidir en un mismo individuo. La historia clasifica a la gente según los fines que cada uno persigue y los medios que emplea en la consecución de tales objetivos. La economía, por el contrario, al analizar la acción en la sociedad de mercado, prescinde de la meta perseguida por los interesados y aspira tan sólo a precisar sus diferentes categorías y funciones. Estamos, pues, ante dos distintas pretensiones. Su diferencia se percibe claramente al examinar el concepto cataláctico de empresario.
En la imaginaria construcción de una economía de giro uniforme no hay lugar para la actividad empresarial, precisamente porque en tal modelo no existe cambio alguno que pueda afectar a los precios. Al prescindir de esa supuesta invariabilidad, se advierte que cualquier mutación de las circunstancias forzosamente ha de influir en el actuar. Puesto que la acción aspira siempre a influir en una situación futura, que a veces se contrae al inmediato e inminente momento, se ve afectada por todo cambio equivocadamente previsto en los datos que se producen entre el comienzo y el final del periodo que se pretende atender (plazo de provisión)1. De ahí que el efecto de la acción sea siempre incierto. La acción es siempre especulación. Ello sucede no sólo en la economía de mercado, sino también en el supuesto de Robinson Crusoe —el imaginario actor aislado— como asimismo bajo una economía socialista. En la imaginaria construcción de un sistema de giro uniforme nadie es ni empresario ni especulador; por el contrario, en la economía verdadera y funcionante, sea la que fuere, quien actúa es siempre empresario y especulador; las personas que están al cuidado de los actores —los menores en una sociedad de mercado y las masas en una sociedad socialista—, aun cuando ni actúan ni especulan, se ven afectadas por los resultados de las especulaciones de los actores.
La economía, al hablar de empresarios, no se refiere a personas sino a una determinada función. Esta función no es patrimonio exclusivo de una clase o grupo; se halla presente en toda acción y acompaña a todo actor. Al incorporar esa función en una figura imaginaria, empleamos un recurso metodológico. El término empresario, tal como lo emplea la teoría cataláctica, significa: individuo actuante contemplado exclusivamente a la luz de la incertidumbre inherente a toda actividad. Al emplear este término no debe olvidarse que cualquier acción se halla siempre situada en el devenir temporal y que, por lo tanto, implica especulación. Los capitalistas, los terratenientes y los trabajadores, todos ellos, son necesariamente especuladores. También el consumidor especula cuando prevé anticipadamente sus futuras necesidades. Son muchos los errores que pueden cometerse en esa previsión del futuro.
Llevemos la imaginaria construcción del empresario puro hasta sus últimas consecuencias lógicas. Dicho empresario no posee capital alguno; el capital que emplea en sus actividades empresariales se lo han prestado los capitalistas. Ante la ley, dicho empresario posee, a título dominical, los diversos medios de producción que ha adquirido con ese préstamo. Pero en realidad no es propietario de nada, ya que frente a su activo existe un pasivo por el mismo importe. Si tiene éxito en sus operaciones, suyo será el beneficio neto; si fracasa, la pérdida habrá de ser soportada por los capitalistas prestamistas. Tal empresario, en realidad, viene a ser como un empleado de los capitalistas, que por cuenta de éstos especula, apropiándose del cien por cien de los beneficios netos, sin responder para nada de las pérdidas. El planteamiento sustancialmente no varía si se admite que una parte del capital es del empresario, que se limita a tomar prestado el resto. Cualesquiera que sean los términos concertados con sus acreedores, éstos han de soportar las pérdidas habidas, al menos en aquella proporción en que no puedan ser cubiertas con los fondos personales del empresario. El capitalista, por tanto, virtualmente, es siempre también empresario y especulador; corre el riesgo de perder sus fondos; no hay inversión alguna que pueda estimarse totalmente segura.
El campesino autárquico que cultiva la tierra para cubrir las necesidades de su familia, se ve afectado por los cambios que registre la feracidad agraria o el conjunto de las propias necesidades. En una economía de mercado, ese mismo campesino se ve afectado por cuantos cambios hagan variar la importancia de su explotación agrícola en lo que al abastecimiento del mercado se refiere. El campesino es claramente, aun en el sentido más común, un empresario. El propietario de medios de producción, ya sean éstos materiales o monetarios, jamás puede liberarse de la incertidumbre del futuro. La inversión de dinero o bienes materiales en la producción, es decir, el hacer provisión para el día de mañana, es una actividad empresarial.
Lo mismo ocurre, esencialmente, con el trabajador. Nace siendo dueño de determinadas habilidades; sus condiciones innatas son medios de producción muy idóneos para ciertas labores, de menor idoneidad para otras tareas y totalmente inservibles en unos terceros cometidos2. En el caso de que no haya nacido con la destreza necesaria para ejecutar determinadas tareas y la haya adquirido más tarde, dicho trabajador, por lo que se refiere al tiempo y gastos que ha tenido que invertir en tal adiestramiento, se halla en la misma posición que cualquier otro ahorrador. Ha efectuado una inversión con miras a sacar de la misma el correspondiente producto. El trabajador, en la medida en que su salario depende del precio que el mercado está dispuesto a pagar por su trabajo, es también empresario. El precio de la actividad laboral varía cuando se modifican las circunstancias concurrentes, del mismo modo que también varía el precio de los demás factores de producción.
Todo ello, para la ciencia económica, significa lo siguiente: empresario es el individuo que actúa con la mira puesta en las mutaciones que las circunstancias del mercado registran. Capitalistas y terratenientes son quienes proceden contemplando aquellos cambios de valor y precio que, aun permaneciendo invariadas todas las demás circunstancias del mercado, acontecen por el simple transcurso del tiempo, a causa de la distinta valoración que los bienes presentes tienen con respecto a los bienes futuros. Trabajador es el hombre que, como factor de producción, utiliza su propia capacidad laboral. De esta suerte quedan perfectamente integradas las diversas funciones: el empresario obtiene beneficio o sufre pérdidas; los propietarios de los factores de producción (tierras o bienes de capital) devengan interés originario; los trabajadores ganan salarios. De este modo elaboramos la imaginaria construcción de la distribución funcional, distinta de la efectiva distribución histórica3.
La ciencia económica, sin embargo, siempre empleó, y sigue empleando, el término «empresario» en un sentido distinto del que se le atribuye en la construcción imaginaria de la distribución funcional. Son empresarios aquellos individuos especialmente deseosos de sacar ventaja del hecho de acomodar la producción a las mutaciones del mercado sólo por ellos previstas, aquéllos que tienen una mayor iniciativa, un superior espíritu de aventura y una vista más penetrante que la mayoría, pioneros que impulsan y promueven el progreso económico. Este concepto de empresario es menos amplio que el empleado en la hipótesis de la distribución funcional; no comprende supuestos abarcados por esta última. Emplear un mismo vocablo para designar dos conceptos distintos puede generar confusión. Tal vez habría sido mejor emplear otra palabra para designar ese segundo concepto de empresario, como por ejemplo el término «promotor».
Cierto es que el concepto de empresario-promotor no puede definirse con rigor praxeológico. (En esto se asemeja al concepto de dinero, el cual —a diferencia del de medio de intercambio— tampoco admite definición de pleno rigor praxeológico4). Sin embargo, la economía no puede prescindir del promotor. En él se encarna una circunstancia que constituye una característica general de la naturaleza humana, que aparece en toda transacción mercantil y la marca profundamente. Nos referimos al hecho de que no todos los individuos reaccionan al cambio de condiciones con la misma rapidez ni del mismo modo. La desigualdad de los individuos, debida tanto a cualidades innatas como a las vicisitudes de la vida, reaparece también en esta materia. En el mercado hay quienes abren la marcha y también quienes se limitan a copiar lo que hacen sus conciudadanos más perspicaces. La capacidad de mando produce sus efectos tanto en el mercado como en cualquier otro aspecto de la actividad humana. La fuerza motora del mercado, el impulso que engendra la innovación y el progreso, procede del inquieto promotor, deseoso siempre de incrementar todo lo posible su beneficio personal.
No debe, sin embargo, permitirse que el equívoco significado del término dé lugar a confusión de ningún género en el estudio de la cataláctica. Siempre que pueda haber duda, se puede fácilmente desvanecerla empleando el término promotor en vez del de empresario.
La función empresarial en la economía estacionaria
Los mercados de futuro pueden liberar al promotor de una parte de su función empresarial. En la medida en que, a través de tales operaciones, se cubre de posibles pérdidas futuras, abdica de su condición empresarial en favor de la otra parte del contrato. Por ejemplo, el empresario textil que compra algodón y simultáneamente lo vende a plazo renuncia parcialmente a su función empresarial. Las posibles variaciones de precio que el algodón pueda experimentar durante el período en cuestión no le afectarán ya en forma de pérdidas o ganancias. Pero el interesado no renuncia por completo a la función empresarial; pese a su venta convenida a plazo, le afectará todo cambio que no se deba a variación del precio del algodón, registrado en cambio por el precio de los tejidos en general o de las específicas telas que él fabrique. Aun cuando sólo trabaje teniendo vendida de antemano por suma cierta su producción, seguirá actuando como empresario por lo que se refiere a los fondos invertidos en sus instalaciones fabriles.
Imaginemos una economía en la que todos los bienes y servicios pudieran contratarse mediante operaciones a plazo. En dicha construcción imaginaria la función empresarial quedaría netamente distinguida y separada de todas las demás funciones. Aparecería una clase formada por empresarios puros. Los precios de los mercados a plazo regularían todas las actividades productivas. Sólo quienes intervinieran en tales operaciones cosecharían ganancias o sufrirían pérdidas. El resto de la población estaría, como si dijéramos, asegurada contra la incertidumbre del futuro y gozaría en tal sentido de plena tranquilidad. Los elementos rectores de las diversas empresas, en definitiva, pasarían a ser meros asalariados, con ingresos fijados de antemano.
Si suponemos, además, que dicha economía es estacionaria y que hay una sola empresa que realiza todas las transacciones a plazo, no hay duda de que la suma total de las pérdidas se igualaría con la suma total de las ganancias. Bastaría con nacionalizar dicha única empresa para implantar un estado socialista sin pérdidas y sin ganancias, un sistema de inalterable seguridad y estabilidad. Ahora bien, llegamos a esta conclusión en razón a que, por definición, en la economía estacionaria el total de pérdidas y el total de beneficios se igualan. Por el contrario, bajo una economía en la que haya cambio, por fuerza ha de existir superávit de pérdidas o de ganancias.
No merece la pena dedicar más tiempo a estos bizantinismos que para nada amplían nuestro conocimiento. Convenía, sin embargo, prestar cierta atención a la materia, pues hemos abordado conceptos que a veces se esgrimen contra el sistema capitalista y que sirven de base a algunas de las ilusorias propuestas presentadas para instaurar el socialismo. No hay duda de que un modelo socialista es lógicamente compatible con las irrealizables construcciones imaginarias de una economía de giro uniforme o estacionaria. La grandilocuencia con que los economistas matemáticos abordan esas imaginarias hipótesis y los correspondientes estados de «equilibrio» hace que la gente olvide con frecuencia que tales construcciones no son más que entes irreales, íntimamente contradictorios, puras herramientas del pensar, carentes por sí mismos de interés práctico y que, desde luego, jamás podrían servir de modelo para organizar un mundo real poblado por hombres capaces de actuar.
Footnotes
V. pp. 575-577.↩︎
V. supra, pp. 160-162, el sentido en que debe estimarse el trabajo como factor de producción de índole no específica.↩︎
Conviene hacer notar que todo el mundo, el profano incluso, al enfrentarse con los problemas referentes a la determinación de las respectivas rentas, apela siempre a esa construcción imaginaria. No la inventaron, desde luego, los economistas; limitáronse éstos a purgarla de las imprecisiones de que adolecía el concepto vulgar de la misma. Para un análisis epistemológico de la distribución funcional, v. John Bates Clark, The Distribution of Wealth, p. 5, Nueva York 1908, y Eugen von Böhm-Bawerk, Gesammelte Schriften, ed. por F. X. Weiss, p. 299, Viena 1924. El término «distribución» no debe inducir a engaño; se comprende la utilización de tal concepto en esta materia al advertir la trascendencia que en la historia del pensamiento económico tuvo la construcción imaginaria de un estado socialista (v. supra, pp. 291-292). En la economía de mercado no hay fenómeno alguno que pueda considerarse distribución. Los bienes no son primero producidos y luego distribuidos, como sucedería bajo un orden socialista. La palabra «distribución», en la locución «distribución funcional», se emplea en el sentido que dicho vocablo tenía hace ciento cincuenta años. En el lenguaje moderno esa «distribución» pretende describir la dispersión de mercancías que realiza el comercio entre los consumidores.↩︎
V. infra, p. 595.↩︎