330 Economía
Acción humana
Teoría del mercado
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(von Mises, 1966)

15. Las cotizaciones interlocales

Supongamos, en primer lugar, que existe una sola clase de dinero. Bajo tal supuesto, con el poder adquisitivo de dicha valuta en diversos lugares sucede lo mismo que con los precios de las mercancías. El precio final del algodón en Liverpool no puede exceder el precio del mismo artículo en Houston más que en una suma igual al coste del transporte. En cuanto el precio de Liverpool supere esa cifra, los comerciantes se dedicarán a enviar algodón a dicha plaza, provocando la baja del precio, que de esta suerte ha de tender hacia el mencionado precio final. El precio en Nueva York de una orden para pagar en Amsterdam cierta cantidad de guilders no puede ser superior al coste de la acuñación de las monedas, su transporte, seguro e intereses durante el periodo correspondiente. En cuanto se supere dicho punto —punto de exportación del oro (gold export point)— resulta lucrativo enviar oro de Nueva York a Amsterdam. Tales envíos rebajan la cotización del guilder en Nueva York a una cifra inferior al punto de exportación del oro. Las cotizaciones del dinero y las de las mercaderías se diferencian sólo en que generalmente estas últimas varían en una sola dirección, de donde hay un exceso de producción hacia donde hay un exceso de consumo. El algodón se envía de Houston a Liverpool, no de Liverpool a Houston. El precio del mismo en Houston es inferior al de Liverpool en una suma igual al coste del transporte. El dinero, en cambio, se mueve ora hacia aquí, ora hacia allá.

Quienes pretenden explicar las fluctuaciones de las cotizaciones interlocales y los envíos de dinero de unas a otras plazas recurriendo a las rúbricas no monetarias de la balanza de pagos caen en el error de atribuir al dinero una posición excepcional. No ven que, por lo que a las cotizaciones interlocales se refiere, no existe diferencia alguna entre el dinero y las demás mercancías. Si ha de existir un comercio de algodón entre Houston y Liverpool, es necesario que los precios de dicho producto en una y otra plaza no se diferencie en una suma mayor que la correspondiente a los gastos de transporte. Por lo mismo que hay una afluencia de algodón desde el sur de los Estados Unidos hacia Europa, el oro fluye de países como Sudáfrica, productor de ese precioso metal, hacia Europa.

Dejemos a un lado el comercio triangular y el caso de las naciones productoras de oro y supongamos que aquellas personas naturales o jurídicas que, bajo tal patrón, comercian entre sí no desean variar la cuantía de sus respectivas tesorerías. Sus compras y ventas, sin embargo, originan créditos que exigen pagos interlocales. Ahora bien, de acuerdo con nuestros presupuestos, tales pagos interlocales deben ser equivalentes entre sí. Lo que los habitantes de A deben a los habitantes de B coincide con lo que estos últimos deben a los primeros. De ahí que puedan ahorrarse los gastos de transporte de las sumas en cuestión. Tales créditos y deudas pueden compensarse mediante el oportuno clearing. Es una cuestión puramente técnica el que dicha compensación se efectúe mediante una oficina compensatoria (clearing house) interlocal o mediante las transacciones efectuadas en determinado mercado de divisas. En todo caso, las sumas que la persona residente en A (o en B) ha de abonar por una orden de pago cobrable en B (o en A) nunca pueden sobrepasar los límites marcados por los costes del transporte. Dicho precio no puede, independientemente del nominal, exceder la cuantía de los gastos de transporte (gold export point) ni tampoco puede ser inferior a los aludidos gastos de transporte (gold import point).

Puede suceder que —invariadas las restantes circunstancias— aparezca una momentánea discrepancia entre lo adeudado por A a B y lo acreditado por B a A. En tal caso, un transporte interlocal de dinero sólo puede evitarse arbitrando la correspondiente operación crediticia. El importador que desde A ha de efectuar un abono en B y sólo encuentra en la Bolsa de divisas órdenes de pago contra los residentes en B de vencimiento a noventa días puede ahorrarse los gastos de transporte del oro correspondiente si obtiene un crédito durante esos noventa días en B por el importe en cuestión. Los comerciantes en monedas extranjeras recurrirán a esa solución siempre y cuando el coste de los créditos en B no supere al de los mismos en A en más del doble del precio del transporte del oro. Si el coste de dicho transporte es 1/ 8 por 100, tales personas estarán dispuestas a pagar, por un crédito de tres meses, hasta un 1 por 100 (anual) más de interés sobre aquél al cual, en ausencia de tales pagos interlocales, se contratarían créditos entre A y B.

Podemos expresar estos hechos también diciendo que el saldo diario de la balanza de pagos existente entre A y B determina el nivel al cual, siempre dentro de los límites marcados por el punto de exportación de oro (gold export point) y el punto de importación de oro (gold import point), queda fijada la cotización de la moneda extranjera. Ahora bien, en tal caso es preciso agregar que lo anterior es cierto sólo mientras ni los residentes en A ni los de B pretendan variar la cuantía de sus tesorerías. Sólo porque se da esta última circunstancia se puede evitar la transferencia de efectivo manteniendo las cotizaciones entre los límites marcados por los dos puntos del oro. Si los habitantes de A desean restringir su tenencia de numerario y los de B aumentarla, habrá que transportar oro de A a B, llegando el coste de la transferencia telegráfica de A a B a coincidir en A con el punto de exportación del oro. En este supuesto, se envía oro de A a B por lo mismo que regularmente se exporta algodón de los Estados Unidos a Europa. El coste de las transferencias telegráficas a B se iguala con el punto de exportación de oro precisamente porque los habitantes de A están vendiendo oro a los de B, en modo alguno porque su balanza de pagos sea desfavorable.

Todo esto es válido en el caso de cualesquiera pagos concertados entre diferentes lugares. No implica diferencia alguna el que las localidades pertenezcan a una misma nación o a dos distintos estados soberanos. La interferencia gubernamental, sin embargo, ha venido a variar seriamente el planteamiento. En todos los estados modernos existen instituciones a través de las cuales es posible efectuar pagos interlocales, dentro de la misma nación, a la par. Los gastos necesarios para trasladar dinero de un lugar a otro son soportados por el erario público, por el banco central o por alguna otra institución pública, como son las cajas de ahorro postales, existentes en diversos estados europeos. Ya no existe hoy un mercado de transferencias interlocales dentro de cada país. No se le carga a la gente más por una orden de pago interlocal que por otra puramente local; aun en los casos en que tal coste no sea el mismo, la diferencia entre uno y otro supuesto es de lo más exigua y no guarda relación alguna con las fluctuaciones de las transferencias dinerarias interlocales efectuadas en el país. Tales interferencias estatales han venido a hacer más diferentes los pagos internos y los exteriores. Los primeros se efectúan a la par, mientras que los segundos, como decíamos, fluctúan dentro de los límites marcados por los puntos del oro.

Cuando dos o más monedas se emplean como medios de intercambio, su mutua razón de intercambio depende del respectivo poder adquisitivo. Aparece una proporción entre los precios finales de las diversas mercancías expresados en una u otra moneda. La razón final de intercambio entre las diferentes monedas es función de su distinto poder adquisitivo. En cuanto el precio de cualquiera de dichas monedas se aparta de esa razón, surge la posibilidad de realizar, mediante las correspondientes compraventas, lucrativas operaciones, y los propios comerciantes que se lanzan a aprovechar tal oportunidad hacen desaparecer la diferencia en cuestión. La teoría de la cotización monetaria internacional basada en la paridad del poder adquisitivo simplemente implica la concreta aplicación de los teoremas generales de la determinación de los precios al caso especial de la coexistencia de varias clases de dinero.

No tiene importancia que las diversas monedas coexistan en una misma área geográfica o que, por el contrario, el uso de cada una de ellas quede restringido a determinada zona. En cualquier caso, la mutua razón de intercambio tiende hacia un valor final al cual resulta indiferente el comprar o el vender con una u otra moneda. Los gastos que puedan gravar las transferencias interlocales, como es natural, deberán ser en cada caso agregados o deducidos de los correspondientes precios.

Las variaciones del poder adquisitivo no afectan simultáneamente a todos los bienes y servicios. Examinemos, una vez más, el supuesto de —tanta trascendencia práctica— de una inflación desatada sólo en un determinado país. El nuevo dinero, crediticio o fiat, comienza por afectar a determinadas mercancías y servicios. Los precios de los restantes bienes se mantienen al principio a su anterior nivel. La razón de intercambio entre la moneda nacional y las monedas extranjeras se determina en la Bolsa de divisas, institución de mercado que opera con arreglo a los usos y costumbres que rigen los centros de contratación de valores mobiliarios. Quienes operan en este mercado gozan de mayor perspicacia que el resto de la gente para adivinar los cambios futuros. De ahí que la Bolsa de las divisas refleje la nueva relación monetaria antes que la acusen los precios de muchas mercancías y servicios. Tan pronto como esa inflación interna comienza a afectar a los precios de algunas mercancías y, desde luego, mucho antes de que la misma haya consumado sus efectos sobre la mayoría de los precios de bienes y servicios, el valor de las divisas extranjeras comienza a subir hasta alcanzar la cifra que corresponda al nivel de los salarios y precios internos.

Este hecho ha sido interpretado erróneamente. No se advirtió que el alza de las divisas simplemente anticipa el movimiento ascendente de los precios interiores. Se creía que la subida de la moneda extranjera es consecuencia de una desfavorable balanza de pagos. Ha aumentado la demanda de divisas, aseguraban, por el deterioro de la balanza comercial o a causa de las siniestras maquinaciones urdidas por especuladores sin patriotismo. El mayor coste de la moneda extranjera hace que suba en el país el precio de los productos importados. El precio de las mercancías nacionales, consecuentemente, también ha de subir, ya que, en otro caso, la baratura de las mismas induciría a los comerciantes a retirarlas del mercado interior para venderlas con prima en el extranjero.

Los errores que este popular modo de razonar encierra son fáciles de evidenciar. Si la actividad inflacionaria no hubiera incrementado los ingresos nominales de los consumidores nacionales, la gente, al elevarse el coste de las divisas, se habría visto obligada a restringir su consumo de productos nacionales o extranjeros. En el primer caso, las exportaciones se habrían ampliado, mientras que en el segundo se habrían restringido las importaciones. Y así, la balanza comercial pronto habría de mostrar un saldo de ésos que los mercantilistas califican de favorables.

El mercantilismo, al final, se ve forzado a reconocer la lógica de la anterior argumentación. Sin embargo, ésta —rearguyen— sólo se cumple cuando las circunstancias comerciales son normales. No es aplicable a países obligados a importar determinadas mercancías, tales como alimentos de primera necesidad o materias primas. La importación de dichos bienes no puede restringirse por debajo de un cierto mínimo. Hay que traerlos del extranjero, por caros que resulten. Cuando no se puede producir las necesarias divisas mediante las oportunas exportaciones, la balanza comercial arroja saldo desfavorable y el coste de la moneda extranjera es cada vez mayor.

Esta idea no es menos ilusoria que las demás ideas mercantilistas. Por urgente y vital que sea la demanda de una persona o un grupo por determinados bienes, en el mercado sólo pueden satisfacerla pagando su precio libre. El austríaco que desea comprar trigo de Canadá no tiene más remedio que pagar su precio de mercado en dólares canadienses. Deberá procurarse tales dólares exportando bienes directamente a Canadá o a algún otro país. No incrementa la cuantía de las existencias de dólares canadienses al pagar mayores precios (en schillings, la moneda nacional austriaca) por aquéllos. Es más, nunca podrá pagar esos mayores precios (en schillings) por el trigo importado si sus ingresos (en schillings) permanecen invariados. Sólo si el gobierno austríaco se lanza a una política inflacionaria, incrementando el número de schillings en manos de sus súbditos, pueden los austríacos continuar comprando las mismas cantidades de trigo que antes consumían sin reducir otros gastos. En ausencia de tal inflación, cualquier alza del precio de los bienes importados forzosamente ha de provocar una reducción del consumo de esas mismas o de otras mercancías. Se pone así en marcha el proceso de reajuste al que antes nos referimos.

No debe atribuirse a una supuesta escasez de dinero el que una persona carezca de numerario bastante para comprar pan a su vecino el panadero. El interesado se encuentra en esa situación simplemente porque no supo proporcionarse las necesarias sumas vendiendo a los demás aquellos bienes o servicios por los cuales éstos estaban dispuestos a pagar. Lo mismo sucede en el comercio internacional. Un país puede hallarse en la desagradable posición de no poder vender al extranjero todas aquellas mercancías que necesitaría exportar para adquirir los alimentos que sus ciudadanos desean. Pero ello no significa que escaseen las divisas extranjeras, sino que los residentes son pobres. Y, por supuesto, la inflación interna no es un medio idóneo para remediar esta pobreza.

Tampoco la especulación influye para nada en la determinación de los cambios extranjeros. Los especuladores simplemente se anticipan a las previstas variaciones. Ahora bien, si se equivocan, si erróneamente suponen que ha comenzado la inflación, la realidad no coincidirá entonces con sus previsiones y las pérdidas sancionarán su equivocación.

La doctrina según la cual las cotizaciones extranjeras dependen de la balanza de pagos se basa en la incorrecta generalización de un caso particular. Cuando en dos lugares, A y B, se emplea una misma clase de dinero y quienes allí residen no desean variar la cuantía de sus saldos de tesorería, el total pagado durante un cierto lapso de tiempo por los habitantes de A a los de B coincide con lo abonado por estos últimos a aquéllos, de tal suerte que los desembolsos pueden compensarse sin necesidad de transportar dinero de A a B ni de B a A. En A el coste de una transferencia telegráfica a B no puede superar una cifra ligeramente inferior al punto de exportación de oro, ni tampoco se puede reducir por debajo de un margen escasamente superior al punto de importación de oro, y viceversa. Dentro de tales líneas, el saldo diario que arroja la balanza de pagos determina la cotización diaria de la divisa extranjera. Pero esto sucede simplemente porque ni la gente de A ni la de B desea variar su tenencia de numerario. Cuando los habitantes de A pretenden reducir sus tesorerías y los de B incrementarlas, se envía dinero de A a B y sube el coste en A de la transferencia telegráfica a B hasta coincidir con el punto de exportación del oro. Dicho transporte dinerario, sin embargo, no acontece porque la balanza de pagos de A sea desfavorable. Lo que los mercantilistas denominan balanza de pagos desfavorable es el resultado provocado por una deliberada disminución de las tesorerías de los residentes en A y un voluntario incremento de las de los habitantes de B. Si en A nadie quisiera reducir su tenencia de numerario, la salida monetaria en cuestión jamás podría tener lugar.

La diferencia entre el comercio del dinero y el de los restantes bienes económicos es la siguiente: por lo general, estos últimos se mueven en una sola dirección; a saber, de los lugares donde hay un sobrante de producción a aquellos otros en los que hay un excedente de consumo. De ahí que el precio de una cierta mercancía suela ser inferior allí donde existe ese excedente de producción al que rige donde hay un excedente de consumo, en una cifra igual al coste del transporte. No sucede lo mismo con el dinero, si dejamos aparte el caso de los países productores de oro y el de aquellos cuyos ciudadanos deliberadamente desean variar su tenencia de numerario. El dinero circula hoy hacia aquí y mañana hacia allá. Los países unas veces importan dinero y otras lo exportan. La nación que lo exporta se transforma muy pronto en importadora precisamente a causa de sus anteriores exportaciones. Sólo por eso la mecánica del mercado de divisas permite evitar los gastos que supondría el efectivo transporte de dinero.