330 Economía
Acción humana
Teoría del mercado
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(von Mises, 1966)

17. Los medios secundarios de intercambio

El uso del dinero no borra la diferencia entre los diversos bienes no monetarios en lo que respecta a la facilidad de su respectiva colocación en el mercado. En la economía monetaria hay una diferencia sustancial entre la colocabilidad del dinero y la de los restantes bienes económicos. Ello no obstante, las diversas cosas comprendidas en este último grupo se diferencian notablemente entre sí por lo que a dicha colocabilidad se refiere. Para algunas de ellas resulta fácil hallar rápidamente un comprador dispuesto a pagar el mayor precio que pueda exigirse dadas las circunstancias concurrentes. Otras, en cambio, son más difíciles de colocar. Una obligación industrial de primera categoría es más fácil de vender que una casa ubicada en la calle principal de la localidad; por lo mismo, un abrigo de piel usado se coloca mejor que el autógrafo de un político del siglo XVIII. No se trata ya de comparar la relativa colocabilidad de los diversos bienes mercantiles con la perfecta colocabilidad del dinero. Pretendemos sólo parangonar entre sí la colocabilidad de unas y otras mercaderías. Podemos, pues, hablar de una colocabilidad secundaria de los bienes mercantiles.

Quien posee bienes de una alta colocabilidad secundaria puede restringir su tenencia dineraria. Puede confiar en que, cuando precise incrementar su tesorería, podrá fácilmente vender esos bienes de alta colocabilidad secundaria sin demora y por el precio máximo que por los mismos se pueda exigir. De ahí que el mayor o menor saldo de caja retenido por una persona natural o jurídica dependa de que se pueda o no disponer de bienes de notable colocabilidad secundaria. Podemos reducir nuestra tesorería y, consecuentemente, los costes implícitos en su mantenimiento cuando disponemos de bienes capaces por sí de producir renta propia y, además, de alta colocabilidad secundaria.

Como consecuencia de lo anterior, surge en el mercado una específica demanda de tales bienes, pues hay gente que desea adquirirlos con miras a reducir los costes inherentes a la tenencia de numerario. Los precios de esos bienes están determinados, en cierta proporción, por la demanda; de no existir ésta, aquéllos valdrían menos. Los bienes en cuestión son, como si dijéramos, medios secundarios de intercambio, y su valor de cambio es la resultante de dos clases de demanda: la que contempla los servicios que como medios secundarios de intercambio pueden desempeñar y la que busca los demás servicios que los mismos pueden proporcionar.

El coste de la tenencia de numerario equivale al interés que la correspondiente suma habría proporcionado si se hubiera invertido. El de la tenencia de medios secundarios de intercambio, por el contrario, es igual a la diferencia entre la productividad de los correspondientes bienes y la que cabría derivar de otros de menor colocabilidad que, por este motivo, no pueden emplearse como medios secundarios de intercambio.

Desde época inmemorial, las joyas han sido utilizadas como medios secundarios de intercambio. Los más usuales actualmente son los siguientes:

1. Créditos contra bancos, banqueros e instituciones de ahorro que, sin ser sustitutos monetarios1, venzan a diario o puedan ser cobrados con corto preaviso.

2. Valores de renta fija con amplio mercado que permita vender en cualquier momento pequeños paquetes sin afectar la cotización.

3. Por último, determinadas acciones especialmente acreditadas e incluso determinadas mercancías.

Frente a las ventajas que supone la reducción de los costes inherentes a la tenencia de numerario, hay que contar, desde luego, en estos casos, con determinados azares. La venta de valores, y aún más la de mercancías, tal vez sólo sea posible con pérdida. Este peligro desaparece cuando se trata de saldos bancarios, pues por lo general resulta despreciable el peligro de insolvencia del banquero. Por eso, los créditos con interés contra bancos y banqueros, cobrables con corto preaviso, constituyen hoy en día los medios secundarios de intercambio más comúnmente aceptados.

No debemos confundir los medios secundarios de intercambio con los sustitutos monetarios. Estos últimos se dan y se toman como si fueran dinero efectivo en las operaciones mercantiles. Los medios secundarios de intercambio, por el contrario, deben ser primero canjeados por dinero o por sustitutos monetarios cuando el sujeto pretende emplearlos para —de un modo indirecto— efectuar pagos o incrementar su tesorería.

Los valores utilizados como medios secundarios de intercambio tienen, consecuentemente, mercado más amplio, pagándose por ellos precios mejores que por los demás. De ahí que la rentabilidad de los mismos sea menor que la de aquellos otros valores no utilizados como medios secundarios de intercambio. La deuda pública y los bonos del Tesoro, cuando gozan de la condición de medios secundarios de intercambio, pueden emitirse en condiciones menos onerosas para el erario que las que es preciso ofrecer para colocar otros valores. Las entidades deudoras tienen, por ello, interés en organizar el mercado de sus títulos en forma tal que se otorgue a los mismos esa condición, pudiendo recurrir a ellos quienes busquen medios secundarios de intercambio. Les interesa permitir a cualquier tenedor vender estos últimos o emplearlos como garantía de créditos sin entorpecimiento alguno. Al anunciar las correspondientes emisiones se advierte al público de tales ventajas.

Los bancos y banqueros, por la misma razón, también procuran que sus cuentas se consideren medios secundarios de intercambio. Ofrecen interesantes condiciones a los depositantes. Compiten entre sí acortando el tiempo de preaviso necesario para la devolución. Llegan a veces incluso a pagar intereses sobre dinero que puede ser retirado a la vista y sin preaviso alguno. No es raro que algunos bancos se excedan en esta rivalidad, poniendo en peligro su propia solvencia.

Las circunstancias políticas de las últimas décadas han incrementado el valor de aquellos depósitos y saldos bancarios que podemos considerar medios secundarios de intercambio. Los gobernantes de casi todos los países han declarado la guerra a los capitalistas. Pretenden expoliar a éstos a través de medidas fiscales y monetarias. Los capitalistas, por su parte, procuran defenderse manteniendo parte de sus riquezas en forma de fondos líquidos que les permitan eludir oportunamente tales actos confiscatorios. Colocan su dinero en los bancos de aquellos países donde el peligro de confiscación o de devaluación parece menor. Tan pronto como cambian las perspectivas, transfieren sus cuentas a otras zonas que, de momento al menos, resultan más seguras. A esos fondos se refiere la gente cuando habla de «dinero caliente» (hot money).

Los graves problemas que origina ese dinero caliente son consecuencia del sistema imperante de reserva única. Para facilitar la expansión crediticia de la banca central, los gobiernos europeos, desde hace mucho tiempo, impusieron la concentración de las reservas auríferas nacionales en el banco de emisión. Los demás bancos (la banca privada, es decir, aquellas instituciones que no tienen privilegios especiales y no pueden emitir papel moneda) limitan sus saldos de caja a las sumas que precisan para sus transacciones diarias. Jamás conservan en caja reserva bastante para hacer frente a todas sus obligaciones de vencimiento diario. No estiman necesario hacer coincidir el monto de aquélla con el de sus créditos, pudiendo así hacer siempre frente, sin auxilio de nadie, a las posibles exigencias de sus acreedores. Confían, simplemente, en el banco central. Cuando los depositantes pretenden detraer sumas superiores a las «normales», la banca solicita los correspondientes fondos del banco emisor. Un banco privado considera satisfactoria su liquidez cuando dispone de una suma suficiente de garantías contra las cuales la banca oficial está dispuesta a prestar dinero o de efectos idóneos para el redescuento2.

Cuando comenzó la afluencia de «dinero caliente», los bancos privados de los países en que se depositaba temporalmente no veían peligro alguno en manejar tales fondos del modo usual. Incrementaban la concesión de préstamos comerciales. Cerraban los ojos a las consecuencias, pese a que sabían que tales fondos serían detraídos tan pronto como se suscitaran dudas acerca de la política fiscal y monetaria nacional. La falta de liquidez de tales instituciones era manifiesta; de un lado, existían sumas enormes que los clientes podían retirar casi sin preaviso, compensadas sólo por créditos que, en cambio, los prestatarios no habían de devolver sino una vez cumplido cierto plazo. El único método seguro para manejar dicho dinero caliente era, pues, conservar una reserva de oro y divisas lo suficientemente grande como para devolver la totalidad del dinero recibido en cualquier momento. Naturalmente, este método habría obligado a los bancos a exigir a sus clientes una determinada comisión por la simple guarda de sus fondos.

El desastre se produjo, por lo que respecta a los bancos suizos, aquel día de septiembre de 1936 en que Francia devaluó el franco. Los depositantes se asustaron; temieron que Suiza siguiera el ejemplo francés. Todo inducía a pensar que los interesados pretenderían transferir inmediatamente sus fondos a Londres, a Nueva York o incluso a París, plaza esta última que, por lo menos durante algunas semanas, ofrecía menores riesgos de nueva devaluación. Pero los bancos comerciales suizos no podían, sin el auxilio del banco oficial, devolver en el acto las cantidades recibidas. Habían prestado ese dinero a las empresas, muchas de las cuales incluso estaban situadas en países que mediante el control de los cambios extranjeros habían bloqueado dichos saldos. No existía otra salida que conseguir los fondos del banco nacional. La solvencia de la banca privada suiza quedaría de esta suerte a salvo; pero, una vez así pagados, los depositantes exigirían inmediatamente del banco nacional la redención en oro o divisas de los billetes recibidos. Si el banco nacional no atendía tal requerimiento, su actitud equivalía en la práctica a abandonar el patrón oro y a devaluar el franco suizo. Por el contrario, la redención de los billetes implicaba para el banco central desprenderse de la mayor parte de sus reservas. Ello habría desatado el pánico. Los propios ciudadanos suizos también reclamarían las correspondientes entregas de oro y divisas extranjeras. Esto habría supuesto la quiebra del sistema.

La única alternativa para el Banco Nacional Suizo era no prestar ayuda alguna a los banqueros privados; pero entonces habrían suspendido pagos las instituciones crediticias más famosas.

El gobierno, pues, no tenía opción. Sólo podía evitar la catástrofe siguiendo el ejemplo francés, devaluando su propia moneda. Y la situación no admitía espera.

Al comenzar la guerra, en septiembre de 1939, Gran Bretaña se halló más o menos en la misma posición. La City de Londres había sido en su día el centro bancario del mundo. Hacía tiempo que había perdido esa preeminencia. Sin embargo, eran muchos los extranjeros y ciudadanos de los dominios que, en vísperas de la conflagración bélica, aún mantenían cuentas a corto plazo en la banca inglesa. Aparte estaban las grandes cuentas acreditadas por los bancos centrales del área de la esterlina. Si el gobierno británico no hubiera bloqueado tales cuentas, interviniendo el mercado de divisas, la insolvencia de la banca inglesa habría quedado evidenciada. Dicha intervención estatal fue una tácita moratoria concedida a los bancos. Evitó a éstos la vergüenza de tener que confesar abiertamente su incapacidad para atender las obligaciones que libremente habían contraído.

Footnotes

  1. Por ejemplo, cuentas cobrables a la vista contra las cuales no se puedan, sin embargo, librar cheques.↩︎

  2. Todo esto se refiere al sistema bancario europeo. En América, el planteamiento técnico es algo distinto, aunque desde el punto de vista económico resulta idéntico.↩︎