330 Economía
Acción humana
Teoría del mercado
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(von Mises, 1966)

18. Interpretación inflacionista de la historia

Asegura una doctrina muy popular que la progresiva disminución del poder adquisitivo del dinero ha jugado un papel decisivo en la historia. Se afirma que la humanidad no habría alcanzado su actual nivel de bienestar si la oferta de dinero no hubiera crecido más rápidamente que la demanda. El consiguiente descenso de su poder adquisitivo, se dice, condicionó el progreso económico. La intensificación de la división del trabajo y el continuo incremento de la acumulación de capital, fenómenos que han centuplicado la productividad laboral, sólo pueden aparecer allí donde haya alza continua de los precios. La inflación provoca prosperidad y riqueza; la deflación, malestar y decadencia económica1. Un repaso a la literatura política y un examen de las ideas que, durante siglos, han presidido la política monetaria y crediticia de las diferentes naciones demuestra que esta opinión ha sido siempre aceptada por casi todo el mundo. A pesar de las advertencias de los economistas, todavía hoy se basa en ella la filosofía económica de lord Keynes y sus discípulos de ambos hemisferios.

La popularidad del inflacionismo se debe en gran parte al arraigado odio hacia el prestamista. Se considera justa la inflación porque favorece a los deudores a expensas de los acreedores. La interpretación inflacionista de la historia que queremos examinar tiene, sin embargo, poco en común con su fundamento antiacreedor. Su afirmación básica, según la cual el «expansionismo» es la fuerza impulsora del progreso económico, mientras el «restriccionismo» constituye el peor de todos los males, se basa en otros argumentos.

Es evidente que los problemas que plantean las doctrinas inflacionistas no pueden resolverse acudiendo a la experiencia histórica. La trayectoria de los precios parece demostrar una continua tendencia alcista que sólo detuvo su curso durante algunos cortos periodos. Pero a esta conclusión sólo puede llegarse mediante la comprensión histórica. Es imposible abordar los problemas históricos con el rigor que la cataláctica exige. Fueron inútiles todos los intentos que algunos historiadores y estadísticos hicieron por concretar y medir, a lo largo de siglos, el poder adquisitivo de los metales nobles. Ya hemos destacado la imposibilidad de medir las magnitudes económicas, de todas las tentativas hechas en tal sentido, basándose en presupuestos totalmente falsos, en una completa ignorancia de los principios básicos, tanto de la historia como de la economía. En todo caso, lo que la historia, mediante sus típicos métodos, llega a decirnos en este caso es suficiente para permitirnos asegurar que el poder adquisitivo del dinero ha ido decreciendo a lo largo de los siglos. En ello todos convenimos.

Pero no es ésa la cuestión a examinar. El problema consiste en saber si el descenso del poder adquisitivo del dinero fue o no factor indispensable en la evolución que, partiendo de la miseria de las épocas primitivas, ha conducido a las más satisfactorias situaciones propias del moderno capitalismo occidental. A esta pregunta hay que responder al margen de la experiencia histórica, la cual puede ser y siempre ha sido interpretada del modo más dispar, hasta el punto de que a ella acuden tanto los partidarios como los enemigos de cualesquiera teorías e interpretaciones para demostrar lo acertado de sus afirmaciones mutuamente contradictorias e incompatibles. Lo que debemos aclarar es qué efectos tienen las variaciones del poder adquisitivo del dinero sobre la división del trabajo, la acumulación de capital y el progreso técnico.

Al tratar estos problemas, no podemos considerarnos satisfechos con la mera refutación de los argumentos que los inflacionistas aducen en defensa de sus tesis. Son tan absurdos tales alegatos que su impugnación es sumamente sencilla. La ciencia económica, desde sus comienzos, ha demostrado una y otra vez que sus afirmaciones sobre las supuestas bendiciones de la abundancia dineraria y los supuestos desastres inherentes a su escasez encierran crasos errores lógicos. Todos los intentos realizados por los apóstoles del inflacionismo y el expansionismo para refutar lo acertado de las enseñanzas de los economistas fracasaron lamentablemente.

La cuestión decisiva es la siguiente: ¿Se puede rebajar el tipo de interés permanentemente mediante la expansión crediticia? El asunto será cumplidamente examinado en el capítulo dedicado a estudiar la interdependencia entre la relación monetaria y el tipo de interés. En él expondremos las consecuencias que forzosamente acarrean los booms provocados a base de expansión crediticia.

A este punto de nuestra investigación debemos preguntarnos si por ventura no existirán otras razones que puedan aducirse en favor de la interpretación inflacionista de la historia. ¿No es, tal vez, posible que los partidarios del inflacionismo hayan pasado por alto argumentos válidos que abonen sus tesis? Debemos examinar la cuestión desde todos los ángulos posibles.

Imaginemos un mundo en el cual fuera ya inmutable la cantidad de dinero existente. La totalidad de la mercancía empleada para los servicios monetarios se habría obtenido en el primer momento histórico. Incrementar la cantidad de dinero existente resulta ya imposible, pues suponemos que esa sociedad desconoce por completo los medios fiduciarios. Todos los sustitutos monetarios —incluso la moneda fraccionaria— son certificados monetarios.

Bajo estos presupuestos, la intensificación de la división del trabajo, la evolución de la autosuficiencia económica de las familias, los poblados, las regiones y los países —hasta llegar al mercado mundial decimonónico—, la sucesiva acumulación de capitales y el progreso de los métodos técnicos de producción habrían por fuerza de provocar una permanente tendencia a la baja de los precios. ¿Es posible que tal alza del poder adquisitivo de la moneda hubiera impedido el desarrollo capitalista?

El hombre de negocios medio, desde luego, responderá afirmativamente. En efecto, no puede vislumbrar un planteamiento distinto, pues vive y actúa dentro de un mundo en el cual parece que lo normal, lo necesario y lo beneficioso es la continua baja del poder adquisitivo del dinero. Para él, van de la mano los conceptos de precios en alza y de beneficios, de un lado, y los de pérdidas y precios en descenso, de otro. El que también se pueda operar a la baja y el que así se hayan hecho grandes fortunas en modo alguno perturba su dogmatismo. No se trata en tales casos, dice, más que de meras operaciones especulativas, realizadas por gente que se beneficia aprovechando la caída de los precios de mercancías que ya anteriormente fueron producidas. Pero las innovaciones creadoras, las nuevas inversiones y la aplicación de métodos técnicos progresivos sólo son posibles al amparo de precios futuros en alza. Sólo allí donde los precios suben es posible el progreso económico.

Esta opinión es insostenible. En un mundo en que se registrara una continua alza del poder adquisitivo del dinero, la gente se habría acostumbrado a ese planteamiento, del mismo modo que nosotros nos hemos acomodado al continuo descenso de su poder adquisitivo. Las masas creen mejorar de posición cuando consiguen cualquier alza nominal de sus ingresos. Nos fijamos más en la subida nominal de los salarios y en el incremento monetario de la propia riqueza que en el efectivo aumento de las mercancías disponibles. En un mundo en que se registrara permanentemente un alza del poder adquisitivo del dinero, todos concentrarían su atención preferentemente en el descenso del coste de la vida. Ello haría evidente que el progreso económico consiste fundamentalmente en que todo el mundo disfrute de cantidades cada vez mayores de bienes económicos.

En el mundo real de los negocios carecen de interés las divagaciones sobre las tendencias seculares de los precios. No impresionan a empresarios ni a inversores. La opinión de éstos acerca de cómo evolucionarán los precios en las siguientes semanas, meses o, a lo más, años es exclusivamente lo que les impulsa a actuar. Además, jamás se interesan por la marcha general de todos los precios. Les preocupan sólo las posibles discrepancias que puedan registrarse entre los precios de los factores complementarios de producción y los previstos para los futuros productos. Ningún empresario se embarca en un determinado proyecto de producción porque crea que los precios, es decir, los precios de todos los bienes y servicios, vayan a subir. Acomete el negocio en cuestión únicamente porque entrevé que puede obtener unas ganancias a causa de los diferentes precios que registran bienes de distinto orden. En un mundo con una tendencia secular a la caída de los precios, tales oportunidades de lucro aparecerían por lo mismo que surgen en un mundo en que la tendencia secular es el alza de los precios. Prever una general y progresiva subida de todos los precios ni intensifica la producción ni mejora el nivel de vida. Antes al contrario, induce a la gente a la conocida «huida hacia valores reales», desatando el pánico y provocando el colapso del sistema monetario.

Si se generaliza la opinión de que los precios de todas las mercancías van a descender, el tipo de interés del mercado para créditos a corto plazo igualmente se contrae en la correspondiente prima negativa2. El empresario que tomare fondos a crédito se guardaría así del quebranto que tal baja de precios implicaría. Del mismo modo, en el caso de un alza de precios, el prestamista queda a cubierto gracias a la aparición de una prima positiva que compensa el descenso del poder adquisitivo del dinero.

Si existiera una permanente tendencia al alza del poder adquisitivo del dinero, los hombres de negocios y los capitalistas deberían seguir reglas intuitivas distintas de las que prevalecen en nuestro mundo, donde se observa la permanente baja del poder adquisitivo del dinero. Pero no por ello cambiaría sustancialmente la gestión de los asuntos económicos. No variaría el afán de la gente por lograr una mejora de su bienestar material mediante la acertada ordenación de la producción. El sistema económico sería actuado por los mismos factores que hoy lo impulsan; a saber, el afán de lucro de audaces promotores y el deseo del público de procurarse las mercancías capaces de producir la máxima satisfacción al menor coste.

Estas observaciones no significan que defendamos una política deflacionista. Se pretende simplemente refutar siempre vivas fábulas inflacionistas. Se desea demostrar la falsedad de la doctrina de Lord Keynes según la cual la «presión contraccionista» es la causa que provoca la pobreza y la miseria, la crisis económica y el paro. Pues no es cierto que «una presión deflacionaria (…) habría impedido el desarrollo de la industria moderna». Ni tampoco es verdad que la expansión crediticia produzca el «milagro (…) de transformar las piedras en pan»3.

La economía no recomienda la política inflacionaria ni tampoco la deflacionaria. Jamás alienta a los gobiernos a inmiscuirse en el funcionamiento del medio de intercambio que libremente el mercado haya adoptado. Se limita simplemente a proclamar las siguientes verdades:

1. No abogan por el bien común, el bienestar general ni los intereses generales de la nación aquellos gobernantes que adoptan medidas inflacionistas o deflacionistas. Tales políticos, cuando así proceden, simplemente favorecen a determinados grupos, con daño para el resto mayoritario de la población.

2. No es posible saber de antemano quiénes, ni en qué medida, serán beneficiados por una cierta actuación inflacionaria o deflacionaria. Los efectos dependerán del conjunto de circunstancias concurrentes y también, en gran medida, de la velocidad que se imprima al movimiento inflacionario o deflacionario, siendo incluso posible que esos efectos varíen de signo a lo largo de la operación.

3. La expansión monetaria provoca siempre mala inversión de capital y sobreconsumo. No enriquece, sino que empobrece, a la nación. Estas cuestiones serán detenidamente examinadas en el capítulo XX.

4. Una continuada política inflacionaria acabará provocando la crisis y la desarticulación del sistema monetario.

5. La política deflacionaria resulta onerosa para el erario público e impopular entre las masas. La política inflacionaria, en cambio, incrementa los ingresos fiscales y es jubilosamente acogida por los ignorantes. El peligro deflacionario es en la práctica despreciable, mientras que el peligro inflacionario es gravísimo.

Footnotes

  1. V. el estudio crítico de Marianne von Herzfeld, en «Die Geschichte als Funktion der Geldbewegung», Archiv für Sozialwissenschaft, XVI, pp. 654-686, y las obras citadas en el propio trabajo.↩︎

  2. V. 643-647.↩︎

  3. Expresiones tomadas de International Clearing Union, Text of a Paper Containing Proposals by British Experts for an International Clearing Union, 8 de abril de 1943 (publicado por la agencia oficial del gobierno británico British Information Services), p. 12.↩︎