330 Economía
Acción humana
Teoría del mercado
Author

(von Mises, 1966)

3. Demanda y oferta de dinero

Se diferencian entre sí notablemente las diversas mercancías y servicios en lo que respecta a su mercabilidad. Hay bienes para los cuales es fácil hallar comprador dispuesto a pagar el mayor precio que, dadas las circunstancias, pueda exigirse por ellos, o al menos a efectuar un desembolso tan sólo ligeramente inferior a dicho precio máximo. Existen otros bienes, en cambio, para los cuales resulta difícil hallar rápidamente comprador, aun en el caso de que el vendedor esté dispuesto a contentarse con un precio notablemente inferior al que podría obtener si tropezara con otro posible interesado cuya demanda fuera mayor. Esta distinta mercabilidad de los diversos bienes es lo que origina el cambio indirecto. Quien no puede procurarse inmediatamente los bienes que precisa para el consumo o la producción, o quien todavía no sabe con exactitud qué mercancía necesitará en un futuro incierto, incrementa la posibilidad de dejar satisfactoriamente atendidas en el futuro sus apetencias si canjea los bienes de difícil salida que a la sazón posee por otros de colocación más sencilla. También es posible que las condiciones materiales de la mercancía que posee (la escasa perdurabilidad de la misma, los gastos exigidos por su almacenaje u otras consideraciones análogas) le hagan prohibitiva la espera. El temor de que un cambio en la demanda reduzca el valor del bien en cuestión puede igualmente inducir al interesado a no demorar el trueque. En cualquiera de estos supuestos, la postura del sujeto mejora si, mediante el oportuno intercambio, obtiene otra mercancía que en su día le será más fácil colocar, aunque con el bien en cuestión no pueda satisfacer directamente ninguna de sus presentes necesidades.

Se denominan medios de intercambio aquellos bienes que se adquieren no para consumirlos ni para emplearlos en actividades productivas propias, sino precisamente para intercambiarlos por otras mercancías que efectivamente se piensa consumir o utilizar en ulterior producción.

El dinero es un medio de intercambio. Es la bien de más fácil colocación; la gente lo desea porque piensa utilizarlo en ulteriores trueques interpersonales. Es dinero aquello que con carácter generalizado se ofrece y acepta como medio de intercambio. He aquí la única función del dinero. Cualesquiera otras funciones generalmente atribuidas al mismo no son más que aspectos particulares de esa fundamental y única función, la de ser medio de intercambio1.

Los medios de intercambio son bienes económicos. Son escasos; hay demanda para ellos. La gente en el mercado desea adquirirlos, está dispuesta a entregar a cambio bienes y servicios diversos. Los medios de intercambio tienen efectivo valor de intercambio. La gente sacrifica otras cosas por hacerlos suyos; se pagan «precios» por ellos. La peculiaridad de tales precios estriba en que no pueden ser expresados en términos dinerarios. Al tratar de los bienes y servicios que son objeto de compraventa hablamos de su precio en dinero. Del dinero, en cambio, predicamos su poder adquisitivo con respecto a las mercancías generalmente contratadas.

Hay demanda de medios de intercambio porque la gente pretende hacer acopio de ellos. Todo aquél que opera en la sociedad de mercado desea poseer cierta cantidad de dinero, una suma de metálico en el bolsillo o un saldo de numerario a su favor. El sujeto, a veces, quiere disponer de mayor tesorería; en otras ocasiones, por el contrario, prefiere restringirla; en casos excepcionales puede incluso renunciar a toda tenencia de numerario. Normalmente, la gente desea no sólo poseer diversos bienes económicos; quiere además tener dinero. Este saldo monetario no es un simple residuo, un mero excedente de riqueza no gastada. En modo alguno es un resto que involuntariamente queda en poder del interesado después de practicar sus compras y ventas. Su cuantía depende de una determinada demanda de dinero. Y como sucede con todos los demás bienes, son los cambios registrados en la demanda y en las existencias dinerarias los que alteran la razón de intercambio entre el dinero y los demás bienes.

Cada unidad monetaria se halla en posesión de uno de los miembros de la economía de mercado. El dinero pasa de unas manos a otras en proceso permanente y sin solución de continuidad. No hay momento alguno durante el cual el dinero no sea de nadie, de ninguna persona o entidad, y se halle simplemente «en circulación»2. No hay motivo para distinguir entre dinero «activo» y dinero «ocioso». Tampoco lo hay para distinguir entre dinero circulante y dinero atesorado. Lo que suele denominarse atesoramiento no es más que un saldo de metálico superior —según la opinión de quien enjuicia— al considerado normal y conveniente. Sin embargo, el atesorar no es más que una pura tenencia de metálico. El metálico atesorado sigue siendo dinero y en tal situación sus servicios son idénticos a los que procura cuando el encaje es menor, considerándose entonces «normal». Quien atesora procede así porque determinadas circunstancias le inducen a pensar que le conviene acumular más metálico del que en otro momento retendría, del que terceras personas a la sazón conservan en caja, o del que el economista que analiza el caso considera apropiado. Semejante actuación influye en la demanda de dinero lo mismo que le influye cualquier otra demanda «normal».

A muchos economistas les repugna hablar de demanda y oferta cuando se trata de la del dinero para mera tenencia del mismo, pues temen que tales expresiones pueden provocar confusión al coincidir con las que se utilizan en banca. Es cierto que ante la demanda y la oferta de crédito a corto plazo suele hablarse de demanda y oferta de dinero. En este sentido, el mercado del crédito a corto plazo se denomina comúnmente mercado dinerario. Se dice que el dinero escasea cuando el interés de los créditos a corto plazo tiende al alza y, en cambio, que abunda cuando dicho interés tiende a la baja. Esta terminología está tan firmemente establecida que sería vano pretender cambiarla. Sin embargo, ha contribuido a la propagación de algunos graves errores. Ha dado lugar, en efecto, a que se confunda dinero y capital y ha inducido al público a creer que incrementar las existencias dinerarias podía provocar una permanente reducción de la tasa de interés. Pero son tan crasos y evidentes los errores en cuestión que resulta difícil creer que esta terminología pueda actualmente confundir a nadie. El economista, al menos, no puede desorientarse en cuestiones tan fundamentales como éstas.

Otros sostienen que no debe hablarse de demanda y de oferta de dinero porque los objetivos que persiguen quienes demandan dinero son distintos de los que buscan quienes demandan mercancías. En definitiva, se asegura, estas últimas se demandan con miras a hacerlas objeto de consumo, mientras que el dinero lo demanda el interesado simplemente para volver a desprenderse de él en ulteriores actos de intercambio. La objeción es a todas luces infundada. Un medio de intercambio, en última instancia, sólo puede utilizarse desprendiéndose de él. Sin embargo, la gente, antes de desprenderse de ellos, comienza por acumular una cierta cantidad de los mismos, para luego, en momento oportuno, poder realizar las correspondientes compras. La gente no atiende sus personales necesidades en el instante preciso en que se desprende de los diversos bienes y servicios que lleva al mercado, sino que aguarda voluntaria o necesariamente la aparición de las circunstancias más propicias para efectuar sus compras, y precisamente por ello no intercambia directamente sus mercancías y sólo lo hace indirectamente, intercalando en el canje un medio de intercambio. El que no se desgaste el dinero por el uso, de tal suerte que suele rendir sus típicos servicios durante tiempo prácticamente ilimitado, es un factor importante en la configuración de su oferta. Pero ello no modifica el hecho de que la apreciación del dinero deba examinarse del mismo modo que demás bienes: según la demanda desatada por todos aquéllos que desean poseer determinadas sumas dinerarias.

Los economistas han tratado de precisar los factores que en el conjunto del sistema económico incrementan o restringen la demanda de dinero. Estos factores son: la configuración de la población; el grado en que las agrupaciones familiares atiendan sus necesidades mediante producción propia o bien trabajen para proveer ajenas necesidades, acudiendo al mercado con sus mercancías vendibles y comprando en él los artículos de consumo; la distribución de la actividad mercantil, así como las épocas en que normalmente se liquiden las operaciones; y la existencia de organismos de compensación, al estilo de las clearing houses, para la mutua cancelación de créditos y débitos. Todos estos factores influyen ciertamente en la demanda de dinero y en la cuantía de los saldos dinerarios que las distintas personas jurídicas o naturales efectivamente retienen en caja. Pero su influencia es sólo indirecta a través del papel que desempeñan en la consideración de la gente respecto a la determinación de los saldos de tesorería que consideran oportunos. Lo que decide la cuestión son siempre los juicios de valor de los interesados. Los diferentes actores deciden qué tesorería consideran la más adecuada. Toman sus decisiones dejando de adquirir mercancías, valores y créditos o vendiendo tales activos patrimoniales, en un caso, y operando a la inversa, en otro. Por lo que respecta al dinero, el planteamiento no difiere del de todos los demás bienes y servicios. La demanda de dinero depende de la conducta que adopten quienes desean adquirirlo para tenerlo a la vista.

Otra objeción formulada contra la noción de demanda de dinero es la siguiente: la utilidad marginal de la unidad monetaria decrece mucho más lentamente que la de otras mercancías; en realidad su descenso es tan lento que apenas se tiene en cuenta. Nadie estima totalmente satisfecha su demanda de dinero; nadie renuncia a un incremento del propio ingreso dinerario, siempre y cuando el correspondiente sacrificio no sea excesivo. La demanda de dinero puede, pues, considerarse ilimitada. Pero la existencia de una demanda ilimitada es una idea contradictoria. Se trata de un puro sofisma. Se confunde la demanda de dinero para su tenencia a la vista con el deseo de incrementar la propia riqueza expresada en términos monetarios. Quien afirma que su sed de dinero jamás puede ser saciada no dice que nunca considerará bastante su tesorería. Lo que de verdad quiere significar es que en ningún caso se considerará excesivamente rico. Si percibe nuevos ingresos dinerarios, evidentemente no los destinará a incrementar el saldo de caja y bancos; en todo caso, dedicará a dicho cometido una parte tan sólo de las sumas en cuestión. El resto lo empleará en bienes de consumo inmediato o en inversiones. Nadie conserva en su poder dinero por cantidad superior al metálico que efectivamente desea tener.

La idea de que la razón de intercambio entre el dinero, de un lado, y todas las mercancías y servicios vendibles, de otro, depende —igual que sucede con las mutuas razones de intercambio entre los diversos bienes vendibles— de la demanda y la oferta es la esencia de la teoría cuantitativa del dinero. Esta teoría es fundamentalmente una aplicación de la teoría general de la oferta y la demanda al caso especial del dinero. Su mérito consistió en explicar el poder adquisitivo del dinero recurriendo a los mismos razonamientos que explican todas las demás razones de intercambio. Su error fue adoptar una interpretación holística, considerando la total cantidad de dinero existente en el sistema económico y desentendiéndose de las específicas actuaciones de las personas naturales y jurídicas que en él operan. Este falso punto de partida dio lugar a que se cayera en el vicio de suponer que existe una proporcionalidad entre los precios y las variaciones de la cantidad de dinero existente. Sus primitivos críticos no lograron refutar los errores inherentes a la teoría cuantitativa y sustituirla por otra más convincente. En vez de combatir esos errores, se dedicaron a criticar el indudable núcleo de verdad que encerraba. Pretendieron demostrar que no existe relación causal alguna entre los movimientos de los precios y las variaciones de la cantidad total de dinero. Esta obsesiva pretensión les hizo perderse en un laberinto de errores, contradicciones y estupideces. La moderna teoría monetaria sigue los derroteros abiertos por la teoría cuantitativa tradicional por cuanto entiende que las mutaciones de la capacidad adquisitiva del dinero deben examinarse a la luz de los mismos principios aplicados al analizar todos los demás fenómenos de mercado, asegurando igualmente que existe una relación de causalidad entre los cambios registrados por la demanda y la oferta de dinero, de un lado, y el poder adquisitivo del mismo, de otro. En este sentido, podemos considerar la moderna teoría del dinero simplemente como una variante mejorada de la antigua teoría cuantitativa.

La importancia epistemológica de la teoría de Carl Menger sobre el origen del dinero

Carl Menger no sólo concibió una irrefutable teoría praxeológica acerca del origen del dinero, sino que comprendió la importancia de su teoría para el esclarecimiento de los principios fundamentales de la praxeología y sus métodos de investigación3.

Algunos autores han intentado explicar el origen del dinero por decreto o convención. Una decisión del gobernante o un acuerdo entre los ciudadanos, de modo deliberado y consciente, habría implantado el cambio indirecto y creado el dinero. El principal fallo de esta doctrina no radica en la suposición de que los hombres de épocas que desconocían el cambio indirecto y el dinero pudieran llegar a proyectar un nuevo orden económico totalmente distinto de las condiciones reales de su propia época y comprendieran la importancia de semejante plan. Tampoco en el hecho de que la historia no brinde confirmación alguna de tal supuesto. Hay razones de mayor peso para rechazarla.

Si admitimos que los interesados mejoran sus respectivas posiciones a medida que van sustituyendo el cambio directo por el indirecto, empleando preferentemente como medios de intercambio bienes de colocación más fácil, no hay por qué recurrir además, para explicar el origen del cambio indirecto, a una imposición autoritaria o a un expreso pacto entre ciudadanos. Quien mediante un cambio directo no puede procurarse aquello que desea, incrementa sus posibilidades de hallar posteriormente el bien apetecido si se procura mercancías de más fácil colocación en el mercado. Ante este hecho, es innecesario apelar a interferencias gubernamentales ni a convenciones entre los ciudadanos para explicar la aparición del cambio indirecto. Los más perspicaces serían los primeros en advertir la conveniencia de recurrir a este procedimiento, imitando más tarde su conducta los de menores luces. Resulta mucho más plausible suponer que esas inmediatas ventajas del cambio indirecto fueron percibidas por los propios interesados que imaginar que hubo un ser genial capaz de organizar mentalmente toda una sociedad traficando con dinero y —en el caso de aceptar la doctrina de la convención— de explicarla luego convincentemente al resto de la población.

Si rechazamos que los individuos descubrieron la utilidad del cambio indirecto, que evita tener que esperar una oportunidad para el cambio directo, y, por consideración al argumento, admitimos que las autoridades o una convención introdujo el dinero, surgen nuevas dificultades. En efecto, habrá que investigar qué clase de medidas serían aplicadas para inducir a la gente a adoptar un sistema cuya utilidad no comprendía, el cual, además, resultaba harto más complicado que el simple cambio directo. Si pensamos en su imposición coactiva, habremos de indagar seguidamente cuándo y por qué dejó el cambio indirecto y el uso del dinero de resultar penoso, o al menos indiferente, al comprender la gente las ventajas del nuevo mecanismo.

La investigación praxeológica retrotrae todos los fenómenos a las actuaciones individuales. Si el cambio indirecto facilita las transacciones y la gente es capaz de comprender estas ventajas, es indudable que, más pronto o más tarde, aquél y el dinero harán su aparición. La experiencia nos dice que estos presupuestos se dieron en el pasado y se siguen dando en la actualidad. En ausencia de los mismos, por el contrario, no puede explicarse por qué la humanidad se decidió a adoptar el cambio indirecto y el dinero, ni por qué después ya nunca ha abandonado el uno ni el otro.

En realidad, el problema histórico del origen del cambio indirecto y del dinero no interesa a la praxeología. Lo único relevante a nuestros efectos es que el cambio indirecto y el dinero existen porque las condiciones de su existencia se dieron en el pasado y siguen dándose actualmente. En tal caso, la praxeología no tiene necesidad de recurrir a la hipótesis de que el cambio indirecto fue implantado por un decreto autoritario o por un acuerdo de los individuos. Los partidarios de la acción estatal, si así lo prefieren, pueden continuar atribuyendo al gobierno la «invención» del dinero, por escaso que sea el fundamento de semejante tesis. Lo que a nosotros nos importa es que los individuos adquieren un cierto bien no para consumirlo ni para dedicarlo a ulterior producción, sino pensando que en el futuro se desprenderán del mismo para realizar un nuevo acto de intercambio. Cuando la gente procede así con respecto a determinado bien, éste adquiere la categoría de medio de intercambio, y tan pronto comienza a ser comúnmente utilizado como tal, se transforma en dinero. Los teoremas de la teoría cataláctica sobre los medios de intercambio y el dinero demuestran los servicios que determinado bien proporciona como medio de intercambio. Aun dando por cierto que el cambio indirecto y el dinero fueran introducidos por la autoridad o en virtud de una convención, no hay duda de que sólo una determinada conducta de gentes que entre sí comercian puede dar efectiva existencia al cambio indirecto y al dinero.

La historia podrá ilustrarnos acerca de cuándo y dónde comenzaron a utilizarse los medios de intercambio y de cómo fue reduciéndose el número de bienes empleados a tal fin. Puesto que la frontera entre el amplio concepto de medio de intercambio y el más restringido de dinero no es clara y precisa sino gradual, no es posible determinar con precisión cuándo y dónde los simples medios de intercambio se transformaron en dinero. Estamos ante un típico problema de comprensión histórica. Ello no obstante, según antes se hacía notar, la frontera entre el cambio directo y el indirecto es clara e indubitable, y además todo lo que la cataláctica predica de los medios de intercambio es aplicable categóricamente a cualesquiera bienes que sean demandados y adquiridos como tales medios.

En la medida en que la afirmación de que el cambio indirecto y el dinero fueron implantados por decreto o por convención se refiere a hechos históricos, es tarea de los historiadores demostrar su falsedad. Mientras no pretenda ser más que una afirmación histórica, carece de importancia para la teoría cataláctica del dinero y la explicación praxeológica de la aparición del cambio indirecto. Pero si lo que pretende es analizar la actuación humana y los eventos sociales, habrá que rechazarla, ya que nada predica de la acción. Nada de ella nos dice cuando se limita a proclamar que un buen día los gobernantes o los ciudadanos reunidos en asamblea concibieron de pronto la feliz idea de que sería provechoso comenzar a intercambiar indirectamente recurriendo a un medio de intercambio de uso común. Con ello no se hace más que eludir y retrotraer el problema.

Conviene advertir que nada añade a la comprensión científica de la acción humana y de los fenómenos sociales afirmar que se trata de creaciones del estado, de un jefe carismático o de la inspiración que un día tuvo la gente. Y menos aún pueden tales declaraciones refutar las enseñanzas de una teoría que demuestra que tales fenómenos deben considerarse «producto no intencionado, resultado no planeado ni buscado deliberadamente de los esfuerzos llevados a cabo específicamente por los miembros de una sociedad»4.

Footnotes

  1. V. Mises, The Theory of Money and Credit, Londres y Nueva York 1934, pp. 34-37. [trad. esp.: Teoría del dinero y del crédito, Unión Editorial, Madrid 1997].↩︎

  2. El dinero puede estar transportándose de un lugar a otro, ya sea en trenes, en barcos o en aviones. Pero, aun en tales supuestos, siempre es de alguien.↩︎

  3. V. las obras de Carl Menger, Grundsätze der Volkswirtschaftslehre (Viena, 1871; ed. esp.: Principios de economía política, Unión Editorial, Madrid 1983), pp. 250 y ss; ibíd. (2.a ed., Viena 1923), pp. 241 y ss; Untersuchungen über die Methode der Sozialwissenschaften (Leipzig 1883), pp. 171 y ss [trad. esp. en El método de las ciencias sociales, Unión Editorial, Madrid 2006].↩︎

  4. V. Menger, Untersuchungen, p. 178.↩︎