4. La determinación del poder adquisitivo del dinero
Tan pronto como un bien económico comienza a ser demandado, no sólo por quienes desean emplearlo para el consumo o para la producción, sino además por terceras personas que tan sólo pretenden retenerlo en su poder como medio de intercambio para luego desprenderse del mismo, aumenta la demanda. Ha aparecido un nuevo aprovechamiento de la mercancía de referencia y ello desata una demanda adicional. Como sucede con cualquier otro bien económico, esa supletoria demanda provoca un alza del valor de cambio de la mercancía; es decir, por la adquisición de dicho objeto el mercado está dispuesto ahora a entregar mayor número de otros bienes que antes. La cantidad de mercancías que pueden obtenerse por un medio de intercambio, o sea, el «precio» de este último expresado en bienes y servicios diversos, es parcialmente función de aquella demanda provocada por quienes desean adquirirlo como tal medio de intercambio. Si esa mercancía se deja de emplear como medio de intercambio, esa específica demanda adicional desaparece, bajando, concomitantemente, su «precio».
Así, la demanda de todo medio de intercambio viene a ser la resultante de dos demandas parciales: la de quienes desean emplearlo para el consumo o la producción y la de quienes pretenden utilizarlo como tal medio de intercambio1. En relación con el moderno dinero metálico, se habla de su demanda industrial y de su demanda monetaria. El valor de cambio (el poder adquisitivo) de un medio de intercambio es, pues, la resultante del efecto acumulado de esas dos demandas parciales.
La magnitud de esa demanda del medio de intercambio que aparece en razón a los servicios que como tal medio de intercambio pueda proporcionar depende, a su vez, del valor de cambio que el propio dinero tenga en el mercado. Este hecho plantea un problema que muchos economistas consideraron hasta tal punto insoluble que ni siquiera se atrevieron a investigarlo seriamente. Resulta ilógico, decían, explicar el poder adquisitivo del dinero aludiendo a la demanda de numerario y, al tiempo, basar esta última en el propio poder adquisitivo de la moneda.
El problema, sin embargo, es sólo aparente. Ese poder adquisitivo que decimos depende de la específica demanda monetaria no es el mismo poder adquisitivo cuya magnitud determina esta específica demanda. Lo que pretendemos averiguar es qué determina el poder adquisitivo que el dinero tendrá en el futuro inmediato, en el instante más próximo. Tal poder adquisitivo depende del que el dinero tuvo en el pasado inmediato, en el instante que acaba de transcurrir. Son dos magnitudes distintas. Es erróneo objetar a nuestro teorema, que podemos denominar teorema regresivo, que cae en un círculo vicioso2.
Pero ello, aseguran los críticos, equivale a retrotraer el problema. Lo que se trata de explicar es cómo se determina ese poder adquisitivo de ayer. Porque si, en efecto, pretendemos del mismo modo explicar este último acudiendo al poder adquisitivo de anteayer, y así sucesivamente, no hacemos más que caer en un regressus in infinitum. Tal modo de razonar en modo alguno resuelve el problema. Sin embargo, lo que esos críticos pasan por alto es que ese proceso regresivo no prosigue sin fin. Llega a un punto en el que el razonamiento queda completo y resueltas todas las incógnitas. En efecto, si recorremos hacia atrás, paso a paso, ese proceso seguido por el poder adquisitivo, llegamos finalmente a aquel instante en que el bien en cuestión comenzó a utilizarse como medio de intercambio. Alcanzado ese punto, su poder adquisitivo es función exclusivamente de la demanda no monetaria —industrial— desatada por quienes pretenden utilizar la mercancía en función distinta de la propia de medio de intercambio.
Pero, prosiguen los críticos, esto significa explicar la porción de poder adquisitivo del dinero generada por los servicios que proporciona como medio de intercambio acudiendo a los servicios que reporta en cometidos industriales. El verdadero problema, aclarar el origen del específico componente monetario del valor de cambio del dinero, queda sin resolver. Pero también aquí se equivocan los críticos. La parte del valor del dinero que procede de sus servicios como medio de intercambio queda plenamente justificada por esos servicios monetarios y la consecuente demanda que de ellos se produce. Dos hechos no pueden ser negados y nadie jamás los ha puesto en duda. En primer lugar, que la demanda de todo medio de intercambio depende de consideraciones relativas a su valor de cambio, el cual es función tanto de los servicios monetarios como industriales que puede prestar. En segundo lugar, que el valor de cambio de un bien que todavía no ha sido demandado a título de medio de intercambio depende exclusivamente de la demanda del mismo por gentes que desean emplearlo con fines industriales, es decir, para el consumo o para la producción. Pues bien, el teorema regresivo aspira a explicar la primera aparición de una demanda monetaria para un bien que previamente ha sido buscado exclusivamente con fines industriales, demanda que aparece influida por el valor de cambio asignado a la sazón a dicho bien por esos servicios no monetarios que el mismo proporciona. Desde luego, esto no implica basar el valor de cambio específicamente monetario de un medio de intercambio en su valor de cambio de carácter industrial.
Finalmente, se ha objetado al teorema regresivo que aborda el asunto desde un punto de vista histórico, no teórico. También esta crítica carece de fundamento. Explicar un acontecimiento históricamente significa mostrar cómo fue provocado por fuerzas y factores actuantes en un lugar y en una fecha determinados. Estas fuerzas y factores individuales representan los elementos últimos de la interpretación. Son datos últimos y, como tales, no admiten ulterior análisis ni disección. Explicar el fenómeno de modo teórico, en cambio, implica retrotraer su aparición a la presencia de normas generales implícitas ya en el sistema teórico. El teorema regresivo cumple con esta condición. Hace depender el específico valor de cambio de un medio de intercambio de su función como tal medio y de los mismos teoremas con que la teoría general cataláctica explica el proceso valorativo y la formación de los precios. Deduce un caso especial de la ilustración proporcionada por otra teoría más universal. Demuestra por qué el fenómeno en cuestión debe producirse si son ciertos los principios generales que regulan los demás fenómenos. No dice nuestro teorema: esto sucedió en tal época y en tal lugar, sino: esto sucederá siempre que se den las condiciones precisas. En cuanto un bien que no ha sido anteriormente demandado como medio de intercambio comienza a buscarse con tal fin, se producirán los mismos efectos; ninguna mercancía puede emplearse como medio de intercambio si, antes de ser utilizada como tal, no tenía ya valor de cambio por razón de otros posibles empleos. Y todas las afirmaciones implícitas en el teorema regresivo se enuncian apodícticamente desde el apriorismo praxeológico. Las cosas deben suceder así. No es concebible ninguna otra situación en que las cosas sucederían de modo diferente.
El poder adquisitivo del dinero, al igual que los precios de todos los demás bienes y servicios económicos, depende de la oferta y la demanda. Puesto que la acción aspira siempre a ordenar más satisfactoriamente las circunstancias futuras, quien considere adquirir o desprenderse de dinero será, evidentemente, el primer interesado en el futuro poder adquisitivo de la moneda y la futura estructura de los precios. Pero sólo partiendo del poder adquisitivo del pasado inmediato puede el interesado formarse una idea del que en el futuro tendrá la moneda. Es este hecho el que diferencia radicalmente la determinación del poder adquisitivo del dinero de la determinación de las mutuas razones de intercambio que entre los demás bienes y servicios económicos puedan darse. Con respecto a estos últimos, el actor sólo se preocupa por su importancia para satisfacer futuras necesidades. Cuando una mercancía anteriormente desconocida aparece en venta —como sucedió, por ejemplo, con los aparatos de radio hace algunas décadas— el único problema que a la sazón se plantea es si el placer que el nuevo artefacto proporcionará resulta mayor o menor que el que se espera de aquellos otros bienes a los cuales hay que renunciar para adquirir el objeto en cuestión. El conocimiento de los precios del pasado sólo permite al comprador disfrutar de los llamados márgenes del consumidor. Si no se preocupara por aprovechar esos márgenes, podría incluso ordenar sus adquisiciones sin fijarse para nada en los precios registrados ayer por el mercado, es decir, en esos precios que comúnmente denominamos precios actuales. Podría formular juicios valorativos sin necesidad de valorar las cosas. Como ya se mencionó anteriormente, si se extinguiera la memoria de todos los precios pasados, no por ello se impediría la aparición de nuevas razones de intercambio entre los diversos bienes económicos. En cambio, si desapareciera todo recuerdo del poder adquisitivo del dinero, el proceso que llevó a la aparición del cambio indirecto y de los medios de intercambio tendría que reiniciarse desde el principio. Sería preciso comenzar de nuevo recurriendo a determinados bienes más fácilmente colocables que los demás. La demanda de dichas mercancías aumentaría, con lo cual se agregaría a su valor de cambio generado por el uso industrial (no monetario) un componente específico derivado de esa nueva utilización como medio de intercambio. Tratándose del dinero, los juicios de valor sólo son posibles si se basan en la tasación de la moneda. La aparición de una nueva clase de dinero presupone que el objeto en que se materializa goce ya anteriormente de valor de cambio a causa de su utilidad para el consumo o la producción. Ni el comprador ni el vendedor pueden estimar determinada unidad monetaria si no conocen su valor de cambio —su poder adquisitivo— en el inmediato pasado.
La relación entre la demanda y la oferta de dinero, que podemos denominar relación monetaria, determina la magnitud de su poder adquisitivo. La relación monetaria de hoy, modelada sobre la base de la capacidad adquisitiva de ayer, determina la capacidad adquisitiva de hoy. Quien desea incrementar su tesorería restringe las adquisiciones e incrementa las ventas, desatando así una tendencia a la baja en los precios. Quien, por el contrario, prefiere reducir su tesorería amplía las compras —ya sea para el consumo, ya sea para la producción o inversión— y restringe las ventas, provocando así una tendencia al alza de los precios.
Cualquier variación de las existencias dinerarias forzosamente ha de modificar la distribución de los bienes económicos entre las diversas personas y entidades. La cantidad de dinero disponible en el mercado sólo puede aumentar o disminuir mediante el previo incremento o restricción de las tesorerías de determinados miembros individuales. Podemos imaginar, si así lo preferimos, que cada individuo recibe una parte de ese dinero adicional en el momento mismo en que éste accede al mercado, o bien participa en la reducción de la cantidad de moneda. Pero en cualquier caso la conclusión final es siempre la misma; a saber, que las variaciones de precios provocadas por las variaciones de la cantidad de dinero disponible nunca pueden afectar al mismo tiempo y en la misma proporción a los precios de todas las diversas mercancías y servicios.
Supongamos, por ejemplo, que el gobierno emite una cierta cantidad adicional de papel moneda. Las autoridades proceden así porque pretenden adquirir mercancías y servicios o pagar deudas o abonar intereses por las ya contraídas. Cualquiera que sea el destino que se dé a ese dinero, el hecho es que el erario público aparece en el mercado con una adicional demanda de bienes y servicios: ahora puede comprar más cosas que antes. Suben los precios de las mercancías que el estado busca. Si el gobierno hubiera financiado sus adquisiciones mediante impuestos, los contribuyentes se habrían visto obligados a restringir las suyas, de tal suerte que mientras los precios de los bienes adquiridos por el gobierno propendían a subir, los de otras mercancías tendían a bajar. Esta caída de los precios de los artículos adquiridos por los contribuyentes no se produce, sin embargo, cuando el gobierno incrementa su capacidad adquisitiva sin reducir las sumas dinerarias poseídas por los particulares. Los precios de algunos bienes —los que compra el gobierno— suben inmediatamente, mientras hay otros precios que de momento no varían. Pero el proceso prosigue. Los vendedores de los bienes que el gobierno demanda se ven a su vez capacitados para incrementar las compras. Los precios de las cosas que éstos adquieren ahora en mayor cantidad comienzan también a subir. El boom se va extendiendo paulatinamente de unos sectores a otros, hasta que, al final, todos los precios y salarios resultan incrementados. Pero esta alza general en modo alguno es sincrónica para las diversas mercancías y servicios.
Si bien a medida que el incremento dinerario produce sus efectos todos los precios suben, no se incrementan en la misma proporción los de unos y otros bienes y servicios. Ello es natural, pues el proceso afectó a los diversos individuos de distinto modo. Mientras el proceso se desarrollaba, hubo quienes se beneficiaban al percibir precios ya incrementados por lo que vendían, mientras pagaban por lo que compraban todavía a precios reducidos o que no habían aún subido en la misma proporción. Había otros, por el contrario, en la desgraciada postura de vender bienes o servicios cuyos precios todavía no habían subido o no lo habían hecho en el mismo grado que aquello que compraban. La progresiva alza de los precios, para los primeros, era un evidente privilegio; para los segundos, en cambio, una desastrosa calamidad. Los deudores, por su lado, se beneficiaban a costa de los acreedores. Cuando el proceso, finalmente, se detiene, la riqueza de las diversas personas ha sido afectada diferentemente y en distinta proporción. Unos son más ricos y otros más pobres. Las circunstancias del mercado ya no son las mismas de antes. El nuevo planteamiento lleva consigo variaciones en la intensidad de la demanda de los distintos bienes. Ha variado la proporción mutua que antes existía entre los precios de las diversas mercancías y servicios. Ha mudado la estructura de los precios, con independencia de que, en términos monetarios, todos ellos se hayan incrementado. Los precios finales a que ahora tiende el mercado, una vez han quedado consumados todos los efectos propios del incremento dinerario, en modo alguno son los de antes simplemente multiplicados por un mismo multiplicador.
Ignorar este hecho fundamental es el vicio principal de que adolecen la antigua teoría cuantitativa y la ecuación de intercambio de los economistas matemáticos. Las variaciones de la oferta de dinero forzosamente han de provocar cambios en otros muchos campos. Después de un incremento, o una reducción, de las existencias dinerarias, el mercado queda trastrocado, sin que el efecto de la variación se limite al alza o la baja de los precios y al incremento o reducción de las tesorerías de los individuos. También han cambiado las mutuas razones de intercambio entre los distintos bienes y servicios que, si deseamos recurrir a una metáfora, se describen mejor con la imagen de una convulsión de precios que recurriendo a esa equívoca expresión que nos habla de simple alza o baja del «nivel general de precios».
Podemos, de momento, dejar de lado los efectos referentes al cumplimiento de los contratos con pago aplazado. Más adelante nos ocuparemos de ello, así como de la influencia que tales acontecimientos monetarios tienen sobre el consumo y la producción, la inversión y la creación de capital, la acumulación y la liquidación del mismo. Pero, aun prescindiendo de estas cuestiones, jamás debemos olvidar que la variación de las existencias dinerarias afecta a los precios de manera desigual. El momento y la proporción en que los precios de las diversas mercancías y servicios serán influidos depende de las circunstancias de cada caso particular. Es más, durante una expansión monetaria (inflación), la primera reacción del mercado no tiene por qué significar subida de todos los precios. Porque también puede acontecer que algunos de ellos bajen al principio por tratarse de artículos fundamentalmente demandados por aquellos grupos cuyos intereses son perjudicados.
No son sólo los gobiernos los que, mediante la emisión de papel moneda, provocan cambios en la relación monetaria. Incrementar la producción de los metales preciosos que se emplean como dinero provoca efectos similares, si bien en este caso posiblemente no sean los mismos sectores de población los respectivamente beneficiados y perjudicados. También se incrementan los precios cuando, sin una correspondiente reducción de la cantidad de moneda existente, disminuye la demanda de dinero debido a una tendencia general a reducir la tenencia de numerario. El dinero gastado adicionalmente en razón a tal «desatesoramiento» provoca una tendencia al alza de los precios igual a la que genera el dinero proveniente de los yacimientos auríferos o al que sale de las fábricas de moneda. Por lo mismo, bajan los precios cuando se reducen las existencias dinerarias (a causa de una recogida de papel moneda, por ejemplo) o cuando la demanda monetaria se incrementa (porque la gente tiende a «atesorar», a incrementar los saldos de numerario). Sin embargo, el proceso es siempre desigual y escalonado, asimétrico y desproporcionado.
Podría objetarse, y efectivamente se ha objetado, que la producción normal de los yacimientos auríferos que llega al mercado implica incrementar las existencias dinerarias; sin embargo, ello no amplía las rentas y, menos aún, las riquezas de los propietarios de las minas. Estos últimos simplemente recogen unos ingresos «normales»; por tanto, al gastarlos no pueden perturbar ni el mercado ni la tendencia a la sazón prevalente hacia determinados precios finales y hacia la implantación del equilibrio de la economía de giro uniforme. Para esos propietarios, la producción anual de las minas no supone mayores riquezas y, por tanto, no les impele a ofrecer precios mayores. Mantendrán el mismo nivel de vida de siempre. Sus gastos no pueden, por tanto, revolucionar el mercado. Podemos, pues, concluir que la normal producción aurífera, si bien incrementa la cantidad de dinero disponible, no puede poner en marcha el proceso de depreciación. Es neutral respecto a los precios.
Frente a tal modo de razonar conviene observar que en una economía progresiva, en la que aumenta el censo de la población y se perfecciona cada vez más la división del trabajo, así como su corolario, la especialización industrial, la demanda dineraria tiende a aumentar. Nueva gente aparece en la escena y desea tener propias disponibilidades dinerarias. La autosuficiencia económica, es decir, la provisión familiar de las necesidades, va desapareciendo y la gente depende, cada vez en mayor grado, del mercado; ello, en términos generales, induce a que todo el mundo tienda a incrementar su tenencia de numerario. Por esta razón, la tendencia al alza de los precios debida a la denominada producción «normal» de oro tropieza en estos casos con otro movimiento contrario que apunta a la baja de los precios, originado por esa incrementada demanda de numerario. Pero esos dos procesos de signo contrario no se destruyen. Estamos ante movimientos que siguen cursos independientes, modificadores ambos de las concurrentes circunstancias sociales, capaces de enriquecer a unos y empobrecer a otros. Tales procesos, cada uno por su lado, afectan a los precios de los diversos bienes en épocas y grados distintos. Ciertamente, el alza de algunas mercancías ocasionada por uno de esos procesos puede ser finalmente compensada por la baja que el otro provoca. Tal vez suceda que, en última instancia, varios o incluso muchos de dichos precios retornen a su primitivo nivel. Pero esto no sucede porque hayan dejado de producirse los movimientos que ocasionan esos cambios en la relación monetaria. Ese resultado, en realidad, es el fruto provocado por el efecto común y coincidente de aquellos dos procesos independientes, cada uno de los cuales, por su parte, varía las condiciones del mercado y modifica el bienestar material de los diversos grupos e individuos. La nueva estructura de los precios tal vez no se diferencia mucho de la anterior; sin embargo, es hija de dos distintas series de cambios, cada uno de los cuales ha originado todas sus propias transformaciones sociales.
El que los propietarios de los yacimientos auríferos prevean regulares ingresos anuales provenientes del oro que producen en modo alguno puede enervar el efecto de este último sobre los precios. Dichos propietarios, a cambio de su producción aurífera, detraen del mercado los bienes y servicios por ellos requeridos para sus explotaciones mineras, así como aquellas otras mercancías que dedican al propio consumo o invierten en otras producciones. Si no hubieran extraído aquellas adicionales cantidades de oro, los precios no se habrían visto afectados por las mismas. A este respecto, es indiferente que los propietarios hayan previsto y capitalizado la rentabilidad de los yacimientos, acomodando su nivel de vida a una renta regular derivada de tales operaciones mineras. El nuevo oro, desde el momento mismo en que llega a las manos de los propietarios en cuestión, comienza a producir sus efectos sobre el gasto de los interesados, así como sobre el de aquellas terceras personas a cuyas tesorerías sucesivamente va accediendo. Si previendo determinados ingresos futuros, que luego no cristalizan, aquéllos proceden a efectuar gastos por anticipado, el caso es el mismo que el que se presenta en cualquier otro supuesto de financiación del consumo mediante crédito basado en previsiones que la realidad después no confirma.
Los cambios registrados por las tesorerías de personas diversas se compensan entre sí sólo cuando dichas variaciones se reproducen regularmente y están interconectadas por una reciprocidad causal. Los obreros y asalariados no suelen cobrar a diario, sino que sus servicios se les abonan en determinadas épocas por el trabajo realizado durante una o varias semanas. Tales personas no mantienen durante ese periodo los mismos saldos de tesorería; su tenencia de numerario va disminuyendo a medida que se acerca el día de la paga. Los comerciantes que les suministran ven cómo concomitantemente sus propias tesorerías van aumentando. Ambos procesos se condicionan mutuamente; existe una interdependencia causal que temporal y cuantitativamente viene a armonizarlos entre sí. Sin embargo, ni el tendero ni el cliente se dejan influir por tales fluctuaciones cíclicas. La respectiva tenencia de numerario, así como las correspondientes operaciones mercantiles y gastos de consumo, se ordenan considerando como un todo los periodos en cuestión.
Este fenómeno indujo a algunos economistas a pensar en la existencia de una circulación regular del dinero, pasando por alto los cambios registrados por la tesorería de los individuos. Sin embargo, se trata de una concatenación que únicamente se da en un campo limitado y preciso. Sólo cuando el incremento de la cifra de numerario poseído por determinado grupo de personas se halla, temporal y cuantitativamente, relacionado con la reducción de la tesorería de otro determinado grupo, durante un plazo que ambos consideran como un todo al ordenar su respectivo encaje, puede darse esa neutralización. Fuera de este campo es imposible que la misma aparezca.
Footnotes
Los problemas relativos a una moneda empleada exclusivamente como medio de intercambio, inutilizable en todo otro cometido, que pudiera generar esa supletoria demanda a la que nos estamos refiriendo, serán posteriormente examinados bajo el apartado 9.↩︎
El autor desarrolló por primera vez el teorema regresivo del poder adquisitivo del dinero en su libro Theory of Money and Credit, publicado en 1912 (pp. 97-123 de la traducción inglesa). El teorema ha sido criticado desde diversos puntos de vista. Algunas de dichas objeciones, especialmente las de B. M. Anderson, expuestas en su profunda obra The Value of Money, aparecida en 1917 (v. pp. 100 ss de la edición de 1936), merecen cuidadoso examen. La importancia de los problemas en cuestión obliga a ponderar también las objeciones de H. Ellis (German Monetary Theory 1905-1933, pp. 77 y ss, Cambridge 1934). En el texto se examinan detalladamente todas estas objeciones.↩︎