330 Economía
Acción humana
Teoría del mercado
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(von Mises, 1966)

5. El problema de Hume y Mill y la fuerza impulsora del dinero

¿Se puede pensar en una situación en que las variaciones del poder adquisitivo del dinero afecten al mismo tiempo y en el mismo grado a todas las mercancías y servicios proporcionalmente a los cambios registrados en la demanda o la oferta dineraria? En otras palabras, ¿es posible que el dinero sea neutro en un sistema económico que no sea el de la imaginaria construcción de la economía de giro uniforme? Esta interesante cuestión podemos calificarla como el problema de Hume y Mill.

Ni Hume ni Mill se atrevieron a contestar afirmativamente a la interrogante1. ¿Se le puede dar una respuesta categóricamente negativa?

Imaginemos dos economías, A y B, de giro uniforme. Ambos sistemas son independientes y no guardan relación alguna entre sí. Se diferencian únicamente en que por cada suma dineraria m existente en A hay en B una cantidad nm, siendo n mayor o menor que 1; suponemos que en ninguno de los dos sistemas hay pagos aplazados y que el dinero en ambos no tiene más utilización que la puramente dineraria, resultando imposible dar al mismo ningún otro empleo. Por lo tanto, los precios en uno y otro sistema guardan entre sí la proporción 1 : n. ¿Cabe imaginar que las condiciones reinantes en A puedan ser de golpe variadas, haciéndolas coincidentes por entero con las de B?

Es claro que la interrogante debe resolverse negativamente. Quien pretenda contestarla afirmativamente habrá de suponer que un deus ex machina aborda en el mismo instante a cada individuo, incrementa o disminuye su tesorería, multiplicando su saldo por n, y le informa que en adelante deberá multiplicar por n todos los precios que emplee en sus apreciaciones y cálculos. Ello no puede suceder sin una milagrosa intervención.

Ya hemos dicho que en la construcción imaginaria de una economía de giro uniforme la idea misma del dinero se desvanece y éste se transforma en insustancial mecanismo calculatorio, íntimamente contradictorio y carente de todo sentido2. Es imposible asignar función alguna al cambio indirecto, a los medios de intercambio y al dinero dentro de una construcción imaginaria cuya nota característica es precisamente la invariabilidad y rigidez de las circunstancias concurrentes.

Cuando el futuro deja de ser incierto, se desvanece la necesidad de todo saldo de numerario. Y comoquiera que el dinero ha de ser poseído en metálico por la gente, es evidente que la moneda como tal desaparece. El uso de los medios de intercambio y la tenencia de numerario son fenómenos impuestos por la variabilidad de las circunstancias económicas. Es más, el dinero en sí mismo es un factor provocador de cambios; es incompatible con la regularidad típica de la economía de giro uniforme.

Todo cambio registrado por la relación monetaria —aparte de sus efectos sobre los pagos aplazados— varía las circunstancias personales de los diversos miembros de la sociedad. Unos se enriquecen, mientras otros se empobrecen. Puede suceder que las variaciones registradas por la demanda y la oferta dineraria coincidan con otros cambios de sentido contrario, sustancialmente coetáneos y de análoga importancia; posiblemente tales movimientos den lugar a que la estructura general de los precios no registre ningún cambio notable. Pero, aun en tal supuesto, no dejan de aparecer las consecuencias individuales a que antes nos referimos. Todo cambio de la relación monetaria pone en marcha un peculiar proceso que provoca efectos particulares. Cuando un movimiento inflacionario coincide con otro deflacionario o cuando a una inflación sigue una deflación, de suerte que al final los precios no varían mucho, las consecuencias sociales de ambos movimientos no se neutralizan. A las consecuencias sociales de una inflación se añaden las de una deflación. No hay por qué suponer que todos ni siquiera la mayor parte de quienes fueron favorecidos por la primera han de ser perjudicados por la segunda, y viceversa.

El dinero no es ni un numéraire abstracto ni una medida del valor o de los precios, sino un simple bien económico que como tal se valora y aprecia por sus propios méritos, es decir, por los servicios que el hombre piensa derivar de su tenencia. En el mercado siempre hay cambio y movimiento, y el dinero aparece porque se dan esos cambios. La moneda es un factor que genera cambios, no porque «circula», sino en razón a que se atesora. La gente conserva dinero en caja únicamente por el hecho de prever cambios cuyo carácter y magnitud se considera en cada momento incapaz de predecir.

El dinero sólo es concebible dentro de una economía cambiante y al mismo tiempo es un elemento de ulteriores cambios. Toda variación de las circunstancias económicas actúa sobre el dinero, que a su vez comienza a operar como fuerza provocadora de nuevas variaciones. Cualquier alteración de las razones de intercambio entre los diversos bienes no monetarios provoca cambios en la producción y en la comúnmente denominada distribución, así como en la propia relación monetaria, todo lo cual da lugar a ulteriores mutaciones. Nada puede acontecer en el campo de los bienes objeto de compraventa que no afecte al mundo monetario; y, a la inversa, cuanto sucede en éste influye en el de las mercancías.

Considerar neutral el dinero es tan erróneo como creer en la plena estabilidad de su poder adquisitivo. Una moneda privada de la típica fuerza impulsora del dinero, contrariamente a lo que supone la gente, en modo alguno sería una moneda perfecta; al contrario, dejaría de ser dinero.

Es un error muy extendido suponer que la moneda ideal sería neutral y estaría dotada de un poder adquisitivo invariable. Muchos creen que tal es el objetivo que la política monetaria debería perseguir. Se comprende la popularidad de esta idea porque representa la lógica reacción contra la aún más extendida filosofía inflacionista. Pero se trata de una reacción excesiva, es contradictoria y confusa, y ha provocado graves daños por el decidido respaldo que ha recibido del erróneo razonamiento de muchos filósofos y economistas.

Se equivocan estos pensadores suponiendo que el reposo es un estado más perfecto que el movimiento. La idea de perfección implica que se ha alcanzado una situación que excluye todo cambio, ya que cualquier cambio supone necesariamente un empeoramiento. Lo mejor que, en su opinión, puede predicarse del movimiento es que tiende hacia una situación perfecta, la cual, una vez alcanzada, impondría el reposo, ya que toda ulterior actuación daría lugar a una situación menos favorable. El movimiento se considera prueba de desequilibrio, de imperfecta satisfacción, manifestación evidente de inquietud y malestar. Mientras semejantes ideas se limiten a proclamar que la acción aspira siempre a suprimir la incomodidad y, en última instancia, a alcanzar la satisfacción plena, no carecen de fundamento. Pero no hay que olvidar que el estado de reposo y equilibrio aparece no sólo cuando se ha alcanzado la satisfacción perfecta, cuando el interesado es totalmente feliz, sino también en situaciones manifiestamente insatisfactorias si el sujeto ignora cómo podría mejorar de estado. La ausencia de acción no sólo es consecuencia del perfecto bienestar, sino también obligado corolario de la incapacidad de prosperar. Lo mismo puede significar desesperanza que felicidad.

En nuestro universo real, donde hay acción y cambio incesante, en un sistema económico que jamás puede inmovilizarse, ni la neutralidad del dinero ni la estabilidad de su poder adquisitivo resultan lógicamente admisibles. Una moneda realmente neutral y estable sólo podría aparecer en un mundo sin acción.

No es, por tanto, ni extraño ni vicioso que, donde todo es cambiante, el dinero ni sea neutral ni invariable su poder adquisitivo. Todos los planes que pretenden hacer neutro y estable el dinero son contradictorios. El dinero es un elemento de acción y, por tanto, generador de cambio. Las variaciones experimentadas por la relación monetaria, es decir, por la relación entre la demanda y la oferta de dinero, influyen en la razón de intercambio imperante entre el dinero, de un lado, y todos los bienes vendibles, de otro. Pero esas variaciones no afectan al mismo tiempo ni en la misma proporción a los precios de los diversos bienes y servicios. De ahí que afecten de forma diferente a la riqueza de los distintos individuos.

Footnotes

  1. V. Mises, Theory of Money and Credit, pp. 140-142.↩︎

  2. V. pp. 303-304.↩︎