6. Variaciones del poder adquisitivo del dinero provenientes del lado monetario y del lado de las mercancías
Las variaciones del poder adquisitivo del dinero, es decir, las mutaciones registradas por la razón de intercambio entre la moneda de un lado y los bienes económicos de otro, pueden proceder tanto del lado del dinero como del lado de las mercancías. Los cambios de circunstancias que las provocan pueden proceder tanto de la demanda y oferta de dinero como de la demanda y oferta de los demás bienes y servicios. Conviene, pues, distinguir entre variaciones en el poder adquisitivo de origen monetario (cash-induced changes) y variaciones de origen material (goods-induced changes).
Estas últimas pueden deberse a mutaciones de la oferta o de la demanda de determinados bienes y servicios. Sin embargo, un alza o una baja general de todos los bienes y servicios o de la mayor parte de ellos ha de ser forzosamente de origen monetario.
Examinemos ahora las consecuencias sociales y económicas provocadas por los cambios del poder adquisitivo del dinero, suponiendo: primero, que el mismo sólo puede emplearse como tal —es decir, como medio de intercambio—, y no en cualquier otro cometido; segundo, que sólo existe intercambio entre bienes presentes, no intercambiándose éstos contra bienes futuros; tercero, que de momento nos despreocupamos de los efectos que las variaciones del poder adquisitivo provocan en el cálculo monetario.
Bajo estos presupuestos, los efectos de las mutaciones del poder adquisitivo de origen monetario simplemente hacen variar la riqueza personal de los distintos individuos. Unos prosperan, mientras otros se empobrecen; unos atienden mejor sus necesidades, mientras otros lo hacen de modo más imperfecto; a las ganancias de unos corresponden las pérdidas de otros. Pero sería erróneo deducir de esto que la satisfacción total sigue invariada; que, no variando las disponibilidades totales, la satisfacción general o la felicidad colectiva pueden aumentar o disminuir por los cambios en la distribución de la riqueza. Pues el concepto de satisfacción o felicidad total es un concepto vacío. No hay módulo alguno que permita comparar entre sí el diferente grado de satisfacción o felicidad alcanzado por diversos individuos.
Los cambios de origen monetario registrados por el poder adquisitivo pueden inducir indirectamente a que se incremente la acumulación de capital o a que aumente el consumo del mismo. Depende de las circunstancias cuál sea el sentido de dichos efectos secundarios, así como su intensidad. Abordaremos más adelante tan importantes cuestiones1.
Los cambios de poder adquisitivo de la moneda provenientes del lado de las mercancías no son a veces más que un efecto provocado por variaciones de la demanda, que de unos bienes pasa a centrarse en otros. Si aquéllos obedecen al aumento o disminución de los bienes disponibles, en modo alguno se limitan a meras transferencias de riqueza de unas personas a otras. No implican que lo que Pedro gana lo pierda Juan. Tal vez algunos se enriquezcan, pero sin empobrecimiento de nadie, y viceversa.
Podemos describir este hecho del siguiente modo: Sean A y B dos sistemas independientes entre los cuales no existe relación alguna. En ambos se utiliza una misma clase de dinero que no puede emplearse en ningún cometido no monetario. Suponemos, como primer caso, que A y B se diferencian entre sí sólo porque en B las existencias de dinero son nm, representando m las de A; asimismo suponemos que por cada tesorería, c, y por cada crédito dinerario, d, existente en A, corresponde una tesorería nc y un crédito nd en B; A y B, por lo demás, son iguales. Como caso segundo, suponemos que A y B se diferencian entre sí simplemente porque en B las existencias totales de una cierta mercancía, r, son np, representando p las existencias de dicha mercancía en A; igualmente suponemos que por cada stock, v, de dicha mercancía r existente en A, en B se dispone de otro cuya cuantía es nv. En ambos casos n se supone mayor que la unidad. Si en el caso primero preguntamos a cualquier persona del sistema A si está dispuesta a hacer el más mínimo sacrificio por trasladarse a B, la respuesta unánime habría de ser negativa. Sin embargo, en el caso segundo, todos los propietarios de r y todos aquéllos que no posean dicha mercancía, pero aspiren a poseerla —es decir, una persona al menos— responderán a la cuestión en sentido afirmativo.
Los servicios que el dinero proporciona vienen condicionados por el poder adquisitivo del mismo. Nadie pretende poseer específico número de monedas o determinado saldo dinerario; lo que se pretende es disponer de un cierto poder adquisitivo. Comoquiera que el propio funcionamiento del mercado tiende a fijar el poder adquisitivo del dinero a aquel nivel al cual la oferta y la demanda del mismo se igualan, nunca puede haber ni exceso ni falta de dinero. Sea grande o pequeña la total cantidad de dinero existente, todas y cada una de las personas operantes disfrutan plenamente de las ventajas que pueden derivarse del cambio indirecto y de la existencia del dinero. Los cambios del poder adquisitivo monetario lo que indudablemente hacen es variar la distribución de la riqueza entre los diversos miembros de la sociedad. Desde el punto de vista de quienes piensan derivar una ganancia personal de los cambios, tal vez resulten insuficientes o excesivas las existencias dinerarias; tal afán de lucro posiblemente tienda a imponer medidas que provoquen variaciones de origen monetario en el poder adquisitivo del dinero. Sin embargo, los servicios que el dinero proporciona no pueden ser ni mejorados ni empeorados variando las existencias monetarias. Las tesorerías de determinadas personas posiblemente sean excesivas o insuficientes. Es posible que esta circunstancia pueda remediarse incrementando o disminuyendo el consumo o la inversión. (No debemos, desde luego, caer en aquel error tan común de confundir la demanda de dinero para su tenencia a la vista con el deseo de todo el mundo de ver incrementada la propia riqueza). Sea cual fuere la cuantía de las existencias dinerarias, son éstas siempre suficientes para que todos disfruten de los servicios que el dinero puede procurar y efectivamente rinde.
Desde este punto de vista, podrían calificarse de ruinosos todos los gastos efectuados para incrementar la cantidad de dinero. El hecho de que se empleen como moneda cosas que podrían rendir otros servicios útiles, apartándolas así de estos otros empleos, puede considerarse como una arbitraria reducción del siempre limitado potencial con que el hombre cuenta para atender sus necesidades. Adam Smith y Ricardo, en este sentido, argüían que se podían reducir los costes de la producción de dinero emitiendo éste exclusivamente en forma de papel moneda. Pero para el conocedor de la historia económica el problema presenta otras facetas. Ante las lamentables situaciones provocadas por las grandes inflaciones ingeniadas a base de papel moneda, es forzoso concluir que los gastos inherentes a la producción aurífera son un mal en verdad de escasa monta. Es vano replicar que aquellas catástrofes fueron producidas por haber las autoridades aprovechado torpemente el poder que el dinero crediticio y el papel moneda ponían en sus manos; otros más sabios gobernantes, indudablemente, habrían adoptado mejores políticas. Tal modo de argumentar olvida que, no pudiendo jamás ser el dinero neutral ni gozar de plena estabilidad adquisitiva, la determinación por el estado de las existencias dinerarias en modo alguno puede hacerse de modo imparcial y objetivo, ni es posible distribuir equitativamente sus efectos entre todos los miembros de la sociedad. Las medidas que el gobernante adopte para trastrocar el poder adquisitivo del dinero dependen siempre de sus juicios valorativos. Tales actuaciones, invariablemente, favorecen los intereses de unas personas a costa de otras; jamás patrocinan eso que suele denominarse bien común o bienestar público. En el campo de la política monetaria no hay consideraciones científicas.
El que se adopte uno u otro bien como medio de intercambio no es nunca indiferente. Están en juego los cambios de origen monetario en el poder adquisitivo. El problema estriba en decidir la voluntad que en esta materia deba prevalecer: la de la gente comprando y vendiendo en el mercado, o la del gobierno. El mercado, en un proceso de selección a lo largo de siglos, acabó concediendo valor monetario únicamente al oro y la plata. Durante doscientos años, las autoridades han venido interfiriendo en la elección de moneda realizada por el mercado. Ni siquiera los más apasionados dirigistas osarán afirmar que esta interferencia ha sido positiva.
Inflación y deflación; inflacionismo y deflacionismo
Los conceptos de inflación y deflación no son praxeológicos. No fueron elaborados por economistas, sino por el lenguaje popular del pueblo y los políticos. Reflejan el tan difundido error de suponer que el dinero es neutral e invariable su poder adquisitivo y que una moneda sana debe gozar de esos dos atributos. Partiendo de tales supuestos, la palabra inflación se emplea para designar los cambios de origen dinerario que dan lugar a una baja del poder adquisitivo de la moneda, mientras que el término deflación se utiliza para significar cambios igualmente monetarios que incrementan su poder adquisitivo.
Quienes emplean esta terminología no advierten que el poder adquisitivo jamás permanece invariable y, consecuentemente, que siempre hay inflación o deflación. Pasan por alto las obligadas y permanentes fluctuaciones del valor del dinero mientras son de escasa cuantía y reservan los términos en cuestión para aquellos casos en que el cambio del poder adquisitivo es notable. Ahora bien, puesto que decidir cuándo es elevado el cambio en el poder adquisitivo depende de un juicio personal de relevancia, es evidente que los términos inflación y deflación carecen de la precisión categorial propia de los conceptos praxeológicos, económicos y catalácticos. Su aplicación es correcta en materia histórica o política. La cataláctica es libre de recurrir a ellos sólo cuando trata de aplicar sus teoremas a la interpretación de acontecimientos de historia económica y de los programas políticos. Por lo demás, se puede recurrir a ellos al tratar de temas estrictamente catalácticos, siempre y cuando su empleo no induzca a confusión y evite la pedante pesadez de la exposición. A este respecto conviene observar que todo lo que la cataláctica predica de la inflación y la deflación —es decir, de los grandes cambios de origen monetario en el poder adquisitivo de la moneda— es igualmente aplicable cuando se trata de cambios más pequeños, si bien las consecuencias de éstos, como es natural, no son tan considerables como las de aquéllos.
Los términos inflacionismo y deflacionismo, inflacionista y deflacionista, se aplican a aquellos programas políticos que abogan por la inflación o la deflación, es decir, por las grandes variaciones del poder adquisitivo de origen monetario.
Esa revolución semántica, tan típica de nuestra época, ha modificado también el significado de los vocablos inflación y deflación. Son muchos los que hoy denominan inflación o deflación no al señalado incremento o reducción de las existencias monetarias, sino a la inexorable consecuencia de dichos cambios; es decir, la general tendencia al alza o a la baja de salarios y precios. Tal forma de expresarse no es inocua. Desempeña un papel importante en el fomento de las tendencias populares que abogan por la inflación.
Ante todo, no disponemos hoy de un término que exprese lo que antes solía significar la inflación. Es imposible luchar contra una política que carece de nombre. Cuando el estadista o el estudioso pretenden impugnar la supuesta conveniencia de emitir adicionales y fabulosas sumas dinerarias, se encuentran con que no pueden recurrir a una terminología comúnmente conocida y aceptada. Tienen que recurrir entonces a un detallado análisis y descripción de esta política, perdiéndose en mil precisiones y distingos, y repetir este fastidioso procedimiento a cada paso. Esa carencia de un término preciso hace que las medidas en cuestión parezcan al hombre común cosa natural y normal. El mal se propaga por ello de modo fantástico.
El segundo inconveniente es que quienes se lanzan a esa vana y de antemano perdida lucha contra las inevitables consecuencias de la inflación —el alza de los precios— pueden presentarse como declarados enemigos de ésta. Mientras que en realidad sólo combaten contra los síntomas, pueden presumir farisaicamente de estar luchando contra la causa de tantos sinsabores. Cuando lo que sucede es que su ignorancia les impide captar la relación de causalidad entre la creación de dinero adicional y la elevación de los precios, sus actuaciones sólo sirven para empeorar aún más las cosas. Como ejemplo conspicuo en este sentido merece citarse el caso de los subsidios que los gobiernos de Gran Bretaña, Canadá y Estados Unidos concedieron a los agricultores. Los precios máximos redujeron la oferta de las mercancías afectadas, ya que las pérdidas forzaron al fabricante marginal a abandonar la producción. Para evitarlo, los gobernantes otorgaron subsidios a los agricultores cuyos costes eran más elevados. Dichos subsidios se financiaban a base de incrementar la cantidad de dinero existente. Si los consumidores hubieran pagado mayores precios por los productos en cuestión, no habría aparecido ningún efecto inflacionario. Habrían dedicado a dicho gasto mayores sumas del dinero existente. Como se ve en este caso, confundir la inflación propiamente dicha con sus consecuencias puede provocar en la práctica todavía mayores inflaciones.
Es evidente que estas nuevas connotaciones de los términos inflación y deflación generan confusión y desorientan a la gente, por lo que es preciso rechazarlas sin contemplaciones.
Footnotes
V. cap. XX.↩︎