1. La perspectiva en la valoración de los periodos temporales
El hombre que actúa distingue el tiempo anterior a la satisfacción de una necesidad y el tiempo durante el cual la necesidad queda satisfecha.
La acción aspira siempre a suprimir un futuro malestar, que bien puede referirse al instante inmediatamente siguiente. Entre el momento en que la acción se inicia y aquél en que se alcanza el fin deseado hay un cierto lapso de tiempo que viene a ser como el periodo de maduración; la semilla sembrada por la acción, finalmente, fructifica. La agricultura nos brinda, en este sentido, claros ejemplos. Entre el laboreo de la tierra y la madurez del fruto transcurre un considerable lapso temporal. El mejoramiento de la calidad del vino a lo largo del tiempo es otro ejemplo. Hay casos, sin embargo, en los que ese periodo de maduración es tan corto que podemos decir que el fruto se obtiene instantáneamente.
En tanto la acción se sirve del trabajo, se ve afectada por el tiempo laboral. La ejecución de toda obra absorbe un tiempo. En algunos casos, como decíamos, ese lapso temporal es tan breve que puede decirse que la ejecución no requiere tiempo alguno.
Sólo en raras ocasiones basta una simple, indivisible y única actuación para conseguir el objetivo deseado. Por lo general, el actor debe dar más de un paso hasta alcanzar la meta ambicionada. Se va acercando gradualmente a la misma. Cada uno de estos pasos, agregados a los ya anteriormente dados, vuelve a plantear al interesado la disyuntiva entre si le conviene o no seguir marchando hacia el objetivo que en su día se fijara. Muchas veces, el fin perseguido se halla tan alejado que sólo una dedicación invariable permite su consecución. Para alcanzar estas metas se requiere un actuar constante, siempre orientado hacia el objetivo deseado. A la total inversión temporal requerida, es decir, el tiempo exigido por el trabajo más el necesario de maduración, podemos calificarla de periodo de producción. Ese periodo de producción unas veces es dilatado y otras muy breve. Y puede incluso ser tan corto que en la práctica pueda despreciarse.
El incremento en la satisfacción que produce la consecución del fin deseado está temporalmente limitado. El fruto cosechado sólo proporciona servicios durante un cierto periodo que podemos llamar periodo de duración de la utilidad. En determinados bienes, la duración de la utilidad es menor, mientras resulta mayor en otros, a los cuales comúnmente denominamos bienes duraderos. Por eso, el hombre, al actuar, debe valorar el periodo de producción y también el de duración de la utilidad del producto. Al examinar los inconvenientes de un determinado proyecto, debe sopesar no sólo la cantidad de trabajo y de factores materiales a invertir, sino además la magnitud del periodo de producción. Y, al analizar las ventajas del mismo, habrá de considerar la duración de la utilidad del producto en cuestión. Desde luego, cuanto más duradero sea un bien, mayor será la cantidad de servicios que puede proporcionar. Pero si estos servicios no pueden disfrutarse cumulativamente en un mismo momento sino que se extienden por partes a lo largo de un cierto periodo de tiempo, el factor temporal, como veremos, desempeña un papel especial en la valoración de los mismos. No es lo mismo disfrutar en cierto instante de n unidades de una cosa específica que aprovechar las mismas a lo largo de un periodo de n días, disponiendo sólo de una de ellas cada jornada.
Conviene notar que el periodo de producción, así como el de duración de la utilidad, son categorías de la acción humana y no meros conceptos elaborados por filósofos, economistas o historiadores a modo de instrumentos mentales para interpretar mejor los acontecimientos. Son elementos esenciales presentes en todo razonamiento que preceda u oriente el actuar del hombre. Conviene resaltar este hecho, ya que Böhm-Bawerk, a quien la economía debe el descubrimiento del papel que desempeña el periodo de producción, no comprendió esa diferencia.
El hombre que actúa no contempla su propia condición con los ojos de un historiador. No le interesa cómo se originó la presente situación.
Lo único que quiere es emplear del mejor modo posible los medios de que hoy dispone para suprimir en el mayor grado posible un futuro malestar. El pasado no le importa. Tiene a su disposición determinados factores materiales de producción. Se desentiende de si dichos factores son regalo de la naturaleza o, por el contrario, fruto de procesos productivos realizados en el pasado. No tiene importancia para él saber qué cuantía de factores naturales, es decir, de trabajo y de factores materiales originarios, fue preciso invertir para su obtención y cuánto tiempo absorbieron estos procesos de producción. Valora los medios disponibles en razón exclusivamente de los servicios que entiende podrán proporcionarle en el futuro. El periodo de producción y la perdurabilidad de la utilidad son para él categorías en la planificación de su acción futura, no conceptos de retrospección académica o investigación histórica. Desempeñan un papel en la medida en que el actor debe optar entre periodos de producción de diferente longitud y entre producir bienes de mayor o de menor perdurabilidad.
La acción no se interesa por el futuro en general, sino siempre por una definida y limitada porción del mismo. Ese fragmento está limitado, por un lado, por el instante en que la acción se inicia; cuál será el otro límite temporal, depende de la decisión y elección adoptada por el actor. Hay gente que sólo se preocupa por el instante inmediato. Pero también hay quienes extienden su solícito desvelo hasta abarcar épocas más allá de su propia vida. Esa fracción del futuro a la que el actor, en una determinada acción, desea atender en cierto modo y en cierta medida podemos denominarla periodo de provisión. Al igual que el hombre, al actuar, opta entre atender en cierta época futura unas y no otras necesidades, también decide entre atender más pronto o más tarde específicas apetencias propias. Toda elección implica también elegir un periodo de provisión. También determina implícitamente el periodo de provisión al decidir cómo emplear los distintos medios disponibles para superar una insatisfacción. En la economía de mercado, la demanda de los consumidores determina igualmente la extensión de ese periodo.
Existen varios métodos para dilatar el periodo de provisión:
1. La acumulación de mayores provisiones de bienes destinados al futuro consumo.
2. La producción de bienes más duraderos.
3. La producción de bienes que requieran un periodo de producción más dilatado.
4. La elección de métodos de producción que empleen más tiempo para la producción de unos bienes que igualmente podrían producirse en un lapso de tiempo más corto.
Los dos primeros métodos no exigen mayor comentario. El tercero y el cuarto, en cambio, merecen un examen más detenido.
En el mundo de la vida y de la acción humana es indudable que los procesos de producción más cortos no bastan por sí solos para suprimir todo el malestar. Aunque produzcamos todos los bienes que esos procesos de mayor brevedad puedan proporcionar, subsisten necesidades todavía insatisfechas, de tal suerte que pervive el incentivo a una ulterior actuación. Comoquiera que el hombre, al actuar, prefiere siempre aquellos procesos que, en igualdad de circunstancias, permiten disponer de los bienes deseados en el más corto espacio de tiempo posible1, esas ulteriores actuaciones que después son puestas en marcha forzosamente han de ser de aquéllas que precisan consumir más tiempo. Es claro que se adoptan los procesos que exigen mayor inversión temporal porque la satisfacción que proporcionan se valora más que el inconveniente de tener que esperar para obtener dicho fruto. Böhm-Bawerk habla de la superior productividad de los medios indirectos de producción (roundabout ways of production) que exigen un mayor consumo de tiempo. Más exacto sería destacar simplemente la mayor productividad material de los procesos productivos que exigen más tiempo. Porque esa mayor productividad no consiste siempre en que con esos procesos se obtenga —con una misma inversión de factores de producción— superior cantidad de productos. La mayor productividad consiste más frecuentemente en que los procesos en cuestión permiten lograr bienes que no podían conseguirse en periodos de producción más cortos. En tales casos, no podemos calificar a esos procesos de procesos indirectos, sino que son precisamente la vía más corta y rápida hacia la meta deseada. Para incrementar las capturas pesqueras, no tenemos más remedio que abandonar la caña y recurrir al uso de redes y embarcaciones. Para producir aspirina, no hay ningún otro sistema ni mejor ni más corto ni más barato que el adoptado por los laboratorios farmacéuticos. Dejando a un lado el error o la posible ignorancia, es indudable que el método efectivamente seguido es siempre el más rápido y el de mayor productividad. Porque si tales sistemas no fueran comúnmente estimados como los más apropiados, es decir, como los que mejor permiten alcanzar el fin deseado, es claro que no los adoptaría la gente.
La ampliación del periodo de provisión mediante la mera acumulación de bienes de consumo responde al deseo de proveer por adelantado para un periodo de tiempo más largo. Lo mismo hacemos cuando producimos bienes cuya durabilidad es mayor en proporción al mayor empleo de los factores de producción que es preciso invertir2. Pero si pretendemos alcanzar metas temporalmente aún más lejanas, resulta obligado alargar el periodo de producción. El objetivo no puede alcanzarse en un periodo de producción más breve.
Posponer un acto de consumo significa que el individuo prefiere la satisfacción que el futuro consumo le proporcionará a la satisfacción que le proporciona el consumo inmediato. Optar por un periodo de producción más largo significa que el actor valora el producto del proceso que sólo más tarde fructificará en más que el proporcionado por otro método que consuma menor tiempo. En tales deliberaciones y en las elecciones resultantes el periodo de producción se nos presenta como un tiempo de espera. La gran contribución de Jevons y Böhm-Bawerk consistió en poner de relieve el papel que ese tiempo de espera desempeña.
Si el hombre, al actuar, no valorara la magnitud del periodo de espera, jamás desdeñaría meta alguna simplemente por estar demasiado alejada en el orden temporal. Ante la alternativa de optar entre dos sistemas de producción que, con una misma inversión, proporcionaran resultados distintos, se inclinaría siempre por aquél que produjera una cantidad mayor o una calidad mejor, aunque ello exigiera alargar el periodo de producción. Se estimaría interesante cualquier incremento de la inversión siempre y cuando representara un aumento más que proporcional en la durabilidad del bien en cuestión. Pero precisamente porque la gente, según vemos, jamás procede así, resulta evidente que para el hombre no tienen el mismo valor periodos igualmente dilatados de satisfacción, pero diferentemente alejados del momento en que el actor toma su decisión. En igualdad de circunstancias, satisfacer más pronto una necesidad se prefiere a satisfacerla más tarde; esperar es un coste.
Este hecho se hallaba ya implícito en la afirmación con que abríamos el presente capítulo según la cual el hombre distingue el tiempo anterior a la satisfacción de una necesidad y el tiempo durante el cual la necesidad queda satisfecha. Si es cierto que el elemento temporal desempeña un papel en la vida del hombre, no hay duda de que jamás podrá éste valorar igualmente periodos de satisfacción más próximos y más alejados aunque sean de igual duración. La igualdad de valoración significaría que a la gente no le importa alcanzar el fruto apetecido más pronto o más tarde. Ello equivaldría a una eliminación total del elemento temporal en el proceso de valoración.
El que los bienes de mayor durabilidad sean más estimados que aquellos otros cuya durabilidad es menor no implica por sí solo una consideración del tiempo. La techumbre que protege el edificio contra las inclemencias del tiempo durante diez años tiene mayor valor que la que sólo rinde el mismo servicio durante cinco años. La cuantía del servicio prestado es diferente en uno y otro caso. Pero la cuestión que aquí se nos plantea es si el actor, al optar, concede el mismo valor a un bien determinado cuando pueda disfrutarlo enseguida o cuando, por el contrario, se ve forzado a demorar su disfrute.