330 Economía
Acción humana
Teoría del mercado
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(von Mises, 1966)

2. La preferencia temporal como requisito esencial de la acción

La respuesta a esta cuestión es que el hombre no valora los diferentes periodos de satisfacción exclusivamente por su respectiva magnitud. Su elección para suprimir un futuro malestar se basa en las categorías del más pronto y del más tarde. No contemplamos el tiempo como una sustancia homogénea cuya mayor o menor extensión sea el único factor importante. No es simplemente un más o un menos dimensional, sino que es un fluir irreversible cuyas porciones son diferentes según se hallen más cerca o más lejos del momento en que se efectúa la valoración y se adopta la decisión. La satisfacción de una necesidad en el futuro más próximo —permaneciendo iguales las demás circunstancia— se prefiere a la que puede obtenerse en un futuro más distante. Los bienes presentes tienen para él mayor valor que los bienes futuros.

La preferencia temporal es una categoría de la acción humana. No es concebible ningún tipo de acción en que la satisfacción más próxima no sea preferida —invariadas las restantes circunstancias— a la satisfacción más lejana. El propio acto de satisfacer un deseo implica que la gratificación presente se prefiere a la satisfacción ulterior. Quien hoy consume cierto bien (no perecedero), en vez de posponer tal consumo hasta un posterior e indefinido momento, proclama bien alto que valora en más la satisfacción presente que la futura. Si el interesado no prefiriera la satisfacción temporalmente más cercana a la más lejana, jamás llegaría a consumir, dejando perennemente insatisfechas sus necesidades. No haría más que acumular bienes que luego nunca llegaría a consumir ni a disfrutar. No consumiría hoy, desde luego, pero tampoco consumiría mañana, ya que ese mañana volvería a enfrentarle con la posibilidad de aplazar una vez más el disfrute.

La preferencia temporal condiciona no sólo el primer paso, sino también toda ulterior aproximación hacia la satisfacción de necesidades. En cuanto queda atendida la necesidad a, que en nuestra escala valorativa ocupa el lugar 1, es preciso optar entre atender la necesidad b, que ocupa el lugar 2, o la necesidad futura c, a la que —en ausencia de la preferencia temporal— se le habría asignado el lugar 1. Si se prefiere b a c, la elección evidentemente implica una preferencia temporal. La consciente satisfacción de necesidades por fuerza tiene que guiarse por una preferencia de la más próxima en el tiempo frente a la más alejada. Las condiciones en que se desenvuelve el hombre moderno del mundo capitalista son muy distintas de aquéllas en que sus primitivos antepasados tenían que vivir y obrar. Gracias a la cuidadosa previsión de nuestros mayores, estamos hoy ampliamente abastecidos de productos intermedios (bienes de capital o factores de producción producidos), así como de bienes de consumo. Nuestras actividades apuntan a aprovisionar periodos más alejados por cuanto somos los afortunados herederos de un pasado que, poco a poco, fue ampliando los periodos de provisión, legándonos los medios necesarios para poder dilatar el periodo de espera. Al actuar nos interesamos por periodos cada vez más largos, confiando que podremos atender nuestras necesidades durante todo el periodo de producción. Contamos con un ininterrumpido suministro de bienes de consumo; disponemos no sólo de un stock de mercancías dispuestas para el consumo, sino además de factores de producción con los cuales nuestro incansable esfuerzo genera continuamente nuevos bienes de consumo. El observador superficial piensa que, al disponer de esa creciente «corriente de renta», no valoramos ya de modo diferente los bienes presentes y los futuros. Afirma que sincronizamos las satisfacciones de tal suerte que el elemento temporal carece de importancia. Por lo tanto, continúa, no tiene sentido referirse a la preferencia temporal en la interpretación de este nuestro mundo actual.

El error básico de esta extendida opinión proviene, como tantos otros errores, de una torpe interpretación de la construcción imaginaria de una economía en giro uniforme. Dentro de esta construcción no existe el cambio; los acontecimientos se suceden invariablemente los unos a los otros. Por lo que en la economía de giro uniforme no se puede variar la distribución de los distintos bienes atendiendo las necesidades de periodos futuros más próximos o más remotos. Nadie desea cambiar nada, pues —por definición— la distribución existente es la que mejor permite atender las necesidades, hallándose todos convencidos de que no hay ninguna otra más satisfactoria. Nadie prefiere adelantar su consumo reduciendo el de un futuro más remoto, o viceversa, pues la manera en que ahora tiene distribuidas las cosas le satisface al sujeto más que cualquier otro imaginable o factible.

La distinción praxeológica entre capital y renta es una categoría lógica basada en el diferente valor que tiene el satisfacer necesidades en periodos distintos del futuro. En la construcción imaginaria de la economía de giro uniforme se supone que la renta se consume en su totalidad (aunque no más que la renta), de tal suerte que el capital permanece invariable. Se logra así distribuir equilibradamente los diferentes bienes entre la satisfacción de las necesidades correspondientes a periodos distintos del futuro. Podemos describir esta situación diciendo que nadie desea consumir hoy la renta de mañana. Precisamente formulamos la construcción imaginaria de la economía de giro uniforme de tal suerte que en ella se cumpla esa condición. Pero, con la misma apodíctica certeza, podemos afirmar que en una economía de giro uniforme nadie desea disfrutar de ningún bien en cantidad superior a aquélla de que dispone en el momento. En una economía de giro uniforme resultan ciertas estas afirmaciones precisamente porque se hallan implícitas en la propia definición de semejante construcción imaginaria. Pero carecen totalmente de sentido si se aplican a una economía en la que hay cambio, que es la única que realmente existe. Tan pronto como se produce un cambio en los datos, los individuos se hallan ante la necesidad de optar entre varios modos de satisfacer las necesidades en el mismo periodo y en periodos diferentes. Todo nuevo bien disponible puede ser consumido en el momento o invertido en futura producción. Sea dedicado a uno u otro fin, es evidente que la opción siempre será fruto de sopesar las respectivas ventajas que se espera obtener de atender las necesidades de unas u otras épocas del futuro. En el mundo de la realidad, nos vemos obligados a elegir entre satisfacer necesidades de unos u otros periodos temporales. Hay quienes consumen cuanto ganan, otros que incluso consumen el capital acumulado; sin que falten personas que ahorran parte de sus rentas aumentando la cifra del propio capital.

Aquéllos que dudan de la universal vigencia de la preferencia temporal jamás pueden explicar por qué la persona que dispone de cien dólares no los invierte, siendo así que tal suma, dentro de un año, se transformará en ciento cuatro dólares. Es evidente que el interesado, cuando consume esa cantidad, se guía por un juicio valorativo por el cual prefiere cien dólares hoy que ciento cuatro dólares dentro de un año. Y, aun en el caso de que prefiera invertir esos cien dólares, ello no implica que valore más la satisfacción posterior que la presente. Al contrario, de ese modo patentiza que da menos valor a poseer hoy cien dólares que a los ciento cuatro dólares de que dispondrá dentro de un año. Cada centavo gastado hoy, precisamente en una economía capitalista cuyas instituciones permiten invertir hasta las menores sumas, demuestra que la satisfacción presente vale más que la satisfacción futura.

El teorema de la preferencia temporal puede demostrarse por una doble vía. En primer lugar, conviene examinar el caso del simple ahorro en el que la gente tiene que optar entre consumir al presente una cierta cantidad de bienes o consumirlos más tarde. En segundo lugar, tenemos el caso del ahorro capitalista en el que el interesado opta entre el consumo inmediato de una cierta cantidad de bienes y el posterior consumo de una cantidad mayor de los mismos bienes u otros que —independientemente de la diferencia temporal— valen más. En ambos casos, la demostración es convincente. Ningún otro supuesto es pensable.

Se puede justificar psicológicamente el fenómeno de la preferencia temporal. Tanto la impaciencia como el malestar que la espera provoca son ciertamente fenómenos psicológicos. Podemos explicarlos por la limitación temporal de la vida humana, el nacimiento de la persona, su crecimiento, madurez e inevitable decadencia y muerte. Cada cosa tiene, a lo largo de la vida del hombre, su momento oportuno y también su demasiado pronto y su demasiado tarde. Sin embargo, el problema praxeológico no guarda ninguna relación con estas cuestiones psicológicas.

No se trata simplemente de comprender; es preciso, además, concebir. Debemos concebir que quien no prefiriera la satisfacción más próxima a la más remota jamás llegará a consumir ni a disfrutar.

El problema praxeológico, por otra parte, tampoco debe ser confundido con el fisiológico. Quien quiera sobrevivir habrá, ante todo, de preocuparse de conservar la vida en el momento presente. De ahí que mantener la vida y dejar cubiertas las actuales necesidades vitales son presupuestos insoslayables para llegar a satisfacer necesidades futuras. Ello nos hace ver por qué cuando, en el más estricto sentido de la palabra, se trata meramente de sobrevivir, el interesado prefiera satisfacer las necesidades más inmediatas antes que las que sólo más tarde se presentarán. Ahora bien, lo que interesa es la acción como tal, no las motivaciones que la provocan. Por la misma razón que la economía no se ocupa de las causas que inducen al hombre a ingerir albúmina, hidratos de carbono o grasas, debemos desentendernos de por qué las necesidades vitales son imperativas y su satisfacción no admite demora alguna. Nos limitamos a constatar que el consumo y disfrute de algo suponen preferir la satisfacción presente a la ulterior. El conocimiento que esta percepción nos proporciona es un conocimiento que desborda el ámbito de las explicaciones fisiológicas que se nos puedan dar. Y es válido para cualquier satisfacción de necesidades, no sólo para las necesidades vitales de la mera supervivencia.

Convenía llamar la atención sobre este punto, pues la expresión utilizada por Böhm-Bawerk al hablar de «acumulación de medios de subsistencia válidos para una subsistencia ulterior» puede fácilmente inducir a error. Estos stocks, entre otros cometidos, tienen el de satisfacer nuestras más elementales necesidades vitales y así permitirnos sobrevivir. Pero es que, fuera de eso, deben ser lo suficientemente amplios como para atender, durante el periodo de espera, todos aquellos otros deseos y apetitos considerados más importantes que los más abundantes frutos materiales producidos por los procesos que exigen una mayor inversión temporal.

Aseguraba Böhm-Bawerk que sólo es posible una ampliación del periodo de producción si «se dispone de bienes actuales en cantidad suficiente para salvar ese ampliado periodo comprendido entre la iniciación del trabajo y la recolección de su fruto»1. La expresión «cantidad suficiente» necesita aclaración. No significa una cantidad suficiente para el mero mantenimiento. La cantidad en cuestión debe ser suficientemente amplia para satisfacer, durante el periodo de espera, todas aquellas necesidades cuya satisfacción sea preferible a los beneficios que una dilatación aún mayor del periodo de producción proporcionaría. Si la cuantía de ese acopio es inferior, resultará más ventajoso reducir el periodo de producción; la mayor cantidad o mejor calidad de los productos que pueden obtenerse gracias a la ampliación del periodo de producción no compensa las restricciones impuestas por tan dilatado periodo de espera. El que esa cantidad sea o no suficiente no depende de circunstancias fisiológicas o de cualquier otro hecho ponderable con arreglo a métodos técnicos o fisiológicos. El hablar, en sentido metafórico, de «salvar» (overbridge) posiblemente induzca a error, pues sugiere la idea de superar un vacío, de tender un puente, cuya obra sí plantea al supuesto constructor un concreto y objetivo problema. La cantidad en cuestión la valora la gente, y sus juicios subjetivos son los que deciden si es suficiente o no.

Incluso en un mundo hipotético en el que la naturaleza proporcionara a todos libremente lo necesario para la supervivencia biológica (en el más estricto sentido de la palabra), donde no escaseara la alimentación, donde la acción humana no hubiera de preocuparse por cubrir las necesidades más elementales, el fenómeno de la preferencia temporal estaría presente como guía de la acción humana2.

Observaciones sobre la evolución de la teoría de la preferencia temporal

Parecería lógico suponer que el simple hecho de que el interés se gradúe de acuerdo con periodos temporales debería haber orientado la atención de los economistas, preocupados por desarrollar la teoría del interés, al papel que desempeña el factor tiempo. Sin embargo, era ésta una tarea difícil para los economistas clásicos debido a su defectuosa doctrina del valor y sus erróneas ideas sobre los costes.

La ciencia económica debe la teoría de la preferencia temporal a William Stanley Jevons y su elaboración, fundamentalmente, a Eugen von Böhm-Bawerk. Böhm-Bawerk fue el primero que planteó correctamente el problema, el primero que desenmascaró los errores de las teorías de la productividad y el primero que resaltó la importancia del periodo de producción. Sin embargo, no logró superar plenamente todos los obstáculos con que se tropieza al tratar del interés. Su demostración de la validez universal de la preferencia temporal resultaba imperfecta por basarla en consideraciones psicológicas. En efecto, de nada sirve la psicología cuando se trata de determinar la exactitud de teoremas praxeológicos. Podrá, ciertamente, decimos que en determinadas o incluso en muchas ocasiones influyen determinadas consideraciones personales. Pero lo que no puede demostrarnos la psicología es que toda acción humana se halla necesariamente dominada por un determinado elemento categorial que, sin excepción alguna, se halla presente en todo supuesto de acción3.

El segundo defecto del razonamiento de Böhm-Bawerk es su errónea concepción del periodo de producción. No se percató plenamente de que el periodo de producción es una categoría praxeológica y de que el papel que desempeña en la acción consiste enteramente en la elección que el hombre que actúa realiza entre periodos de producción más largos o más cortos. La amplitud del tiempo empleado en el pasado para la producción de bienes de capital hoy disponibles no cuenta en absoluto. Dichos bienes se valoran exclusivamente por su utilidad para satisfacer futuras necesidades. El «tiempo medio de producción» es una expresión vacía. La acción viene regulada por el hecho de que, al optar entre las diversas formas de suprimir el futuro malestar, resulta obligado tener presente la mayor o menor duración del periodo de espera en cada supuesto.

Por estos dos errores, Böhm-Bawerk, en la elaboración de su teoría, no logró librarse del todo de los errores de los planteamientos basados en la productividad que, por lo demás, él refutó tan brillantemente en su historia crítica de las doctrinas sobre el capital y el interés.

Estas observaciones no pretenden en modo alguno disminuir los imperecederos méritos de las contribuciones de Böhm-Bawerk. Formuló las bases que permitieron a otros economistas —entre ellos especialmente Knut Wicksell, Frank Albert Fetter e Irving Fisher— perfeccionar la teoría de la preferencia temporal.

Suele exponerse la teoría de la preferencia temporal diciendo que el hombre valora en más el bien presente que el futuro. Ante esta expresión, algunos economistas se han visto desorientados por el hecho de que en algunos casos el empleo actual de una cosa vale menos que su uso posterior. El problema que estas aparentes excepciones suscitan se debe tan sólo a una errónea formulación del tema.

Existen goces que no pueden disfrutarse simultáneamente. No es posible, al mismo tiempo, asistir a la representación de Carmen y de Hamlet. Al adquirir la entrada, es preciso decidirse por una u otra. El interesado se ve igualmente forzado a optar, aun cuando le regalen las invitaciones, si es que se trata de la misma sesión. Tal vez ante la entrada que rechace piense: «No me interesa en este momento» o «Si pudiera disponer de ella más tarde…»4. Ahora bien, ello no significa que el actor valore los bienes futuros en más que los presentes. Porque la opción no se plantea entre bienes futuros y bienes presentes. Se trata simplemente de decidir entre dos placeres que no pueden disfrutarse al mismo tiempo. Tal es el dilema que toda elección plantea. Dadas las circunstancias concurrentes, tal vez en este momento prefiera Hamlet a Carmen. Sin embargo, el cambio de circunstancias en un cierto futuro puede inducirle a adoptar la decisión contraria.

La segunda aparente excepción nos la brindan los bienes perecederos. Abundan éstos, a veces, en ciertas épocas del año y escasean en otras. Pero la diferencia que existe entre el hielo en invierno y el hielo en verano nada tiene que ver con la distinción entre bienes futuros y bienes presentes. La diferencia entre uno y otro tipo de hielo es la misma que se plantea entre un bien que, aun en el caso de no ser consumido, pierde su específica utilidad y otro bien que exige diferente método de producción. El hielo invernal sólo puede emplearse en el verano si previamente ha sido sometido a un especial proceso de conservación. Con respecto al hielo estival, el invernal, aun en el mejor de los casos, no pasa de ser uno de los factores complementarios que se necesitan para producirlo. No es posible incrementar la cantidad de hielo disponible en verano simplemente restringiendo el consumo durante el invierno. Estamos, en realidad, ante dos mercancías totalmente distintas.

Tampoco el caso del avaro viene a contradecir la universal validez de la preferencia temporal. El avaro, al gastar una mísera parte de sus disponibilidades para seguir malviviendo, prefiere igualmente disfrutar cierta satisfacción en el inmediato futuro a disfrutarla en un futuro más lejano. El caso extremo del avaro que se niega hasta el mínimo alimenticio indispensable representa el agotamiento patológico del impulso vital, como sucede con el sujeto que deja de comer por miedo a los microbios, que prefiere suicidarse antes que afrontar determinado peligro o que no duerme por el temor a los imprecisos riesgos que durante el sueño pueda correr.

Footnotes

  1. V. Böhm-Bawerk, Kleinere Abhandlungen über Kapital und Zins, vol. II, en Gesammelte Schriften, editado por F. X. Weiss, Viena 1926, p. 169.↩︎

  2. La preferencia temporal no es un fenómeno exclusivamente humano, sino una circunstancia típica del proceder de todos los seres vivientes. La diferencia estriba en que, para el hombre, la preferencia temporal no resulta inexorable, ni meramente instintivo el alargamiento del periodo de provisión, como sucede con aquellos animales que acumulan alimentos, sino que es fruto de un proceso de valoración.↩︎

  3. Un detallado análisis crítico de este aspecto del pensamiento de Böhm-Bawerk puede hallarse en Mises, Nationalökonomie, pp. 439-443 [tr. inglesa de Percy L. Greaves, Mises Made Easier, Free Market Books, Nueva York 1974, pp. 150-157].↩︎

  4. V. F. A. Fetter, Economic Principles, Nueva York 1923,I, p. 239.↩︎