330 Economía
Acción humana
Teoría del mercado
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(von Mises, 1966)

4. Periodo de producción, periodo de espera y periodo de provisión

Si quisiéramos calcular la duración del periodo de producción empleado en la fabricación de los diversos bienes hoy existentes, deberíamos retrotraer nuestro análisis a la época en que el hombre comenzó a explotar los factores originarios de producción. Así situados, tendríamos que averiguar cuándo se invirtieron por primera vez recursos naturales y trabajo en procesos que —aparte de contribuir a la producción de otros artículos— coadyuvaron también, de un modo u otro, a la producción del bien actual que nos interesa. La solución de la cuestión planteada exigiría resolver previamente el insoluble problema de la imputación física. Porque sería preciso aclarar y cifrar cuantitativamente la parte que en la obra conjunta corresponde a cada uno de los diversos materiales, herramientas y aportaciones laborales que, directa o indirectamente, intervinieron en la producción. Nuestra investigación nos llevaría al momento en que gentes que hasta entonces habían vivido estrictamente al día comenzaron a acumular capitales. No son meras dificultades de orden práctico las que nos impiden llevar adelante este análisis histórico. La imposibilidad de resolver el problema de la imputación física nos impide por entero la investigación.

Pero ni el hombre que actúa ni tampoco el teórico de la ciencia económica tienen interés alguno en saber cuánto tiempo se invirtió en el pasado en la producción de los bienes hoy existentes. Por otra parte, de nada les servirían dichos datos aunque pudieran conocerlos. El problema con que el hombre, al actuar, se enfrenta consiste en averiguar cómo puede aprovechar mejor los bienes de que efectivamente dispone en la actualidad. Toma sus decisiones con miras a emplear cada una de las partes integrantes de ese fondo en forma tal que sea atendida la más urgente de las necesidades todavía no cubiertas. Para alcanzar ese fin, precisa conocer la duración del periodo de espera que implica la consecución de los diversos objetivos entre los cuales ha de optar. Ningún interés encierra para él, como ya anteriormente se dijo y conviene ahora repetir, la historia de los diversos bienes de capital disponibles. El hombre que actúa calcula invariablemente el periodo de espera y el periodo de producción a partir del hoy en adelante. Por lo mismo que a nada conduciría saber cuánto trabajo y qué cantidad de factores materiales de producción se invirtió en la producción de los bienes actualmente disponibles, ninguna falta hace averiguar el tiempo consumido en la producción de los mismos. Las cosas se valoran, única y exclusivamente, por los servicios que pueden proporcionar para atender futuras necesidades. No interesan ni los sacrificios realizados en el pasado ni el tiempo invertido en su fabricación. Tales datos pertenecen a un pasado ya muerto.

Es necesario observar que todas las categorías económicas están relacionadas con la acción humana y carecen de correlación directa con las propiedades físicas de las cosas. La ciencia económica no trata de mercancías y servicios, sino de acciones humanas y preferencias. El concepto praxeológico del tiempo no coincide con el de la física o la biología. Se refiere exclusivamente a ese más pronto o a ese más tarde que efectivamente influye en los juicios de valor de quien actúa. La distinción entre bienes de capital y bienes de consumo no implica una rígida diferenciación basada en condiciones físicas o psicológicas. Depende de la postura adoptada por los interesados y de las elecciones que hayan efectuado. Cualquier bien puede calificarse unas veces de consumo y otras de capital. Un conjunto de alimentos dispuestos para su inmediata utilización deberá ser considerado como capital por el individuo que va a emplearlo en su propio sustento y en el de sus operarios durante un cierto periodo de producción y espera.

La puesta en marcha de procesos con un más dilatado periodo de producción y, por tanto, superior periodo de espera exige incrementar la cantidad de bienes de capital disponible. Si pretendemos alcanzar objetivos temporalmente más distantes, por fuerza habremos de acogernos a periodos de producción más dilatados; pues no resulta posible alcanzar los fines deseados en menores periodos de producción. Y, en cuanto nos propongamos acudir a sistemas de mayor productividad por unidad de inversión, no tendremos más remedio que ampliar los correspondientes periodos de producción. Pues los métodos de más reducida productividad fueron ya aplicados puramente porque su periodo de producción resultaba menor. Pero esto no quiere decir que toda utilización de los nuevos bienes de capital acumulados, gracias al adicional ahorro ahora disponible, tiene que implicar la puesta en marcha de procesos con periodo de producción —contado desde el día de hoy hasta la disponibilidad del producto— mayor que todos los métodos adoptados hasta el momento. Porque es posible que la gente, al ver ya satisfechas sus más urgentes necesidades, desee ahora bienes que pueden fabricarse en un tiempo comparativamente más corto; y hasta el momento nadie había producido tales bienes, no porque se considerara excesivo su periodo de producción, sino porque los oportunos factores se empleaban en otras producciones estimadas más urgentes.

Si queremos afirmar que todo incremento en la cantidad de bienes de capital existente implica ampliar el periodo de producción y el tiempo de espera, habremos de razonar como sigue. Si a representa los bienes ya anteriormente producidos y b los obtenidos gracias a los nuevos procesos puestos en marcha merced al incremento de bienes de capital, no hay duda de que la gente tendrá que esperar más tiempo para disponer de a y b del que aguardaba cuando se trataba sólo de a. Para producir a y b fue preciso adquirir los bienes de capital exigidos por la producción de a y también los necesarios para fabricar b. Si, en cambio, se hubieran consumido los medios de subsistencia ahorrados para permitir a los trabajadores producir b, no hay duda de que habrían resultado desatendidas determinadas necesidades.

Los economistas contrarios a la llamada Escuela Austriaca suelen presuponer, al abordar el problema del capital, que el método productivo efectivamente adoptado depende exclusivamente del progreso técnico alcanzado. Los economistas «austríacos», por el contrario, demuestran que es la cuantía de bienes de capital disponibles el factor que predetermina el empleo de uno y no otro sistema de producción, entre los múltiples conocidos1. Lo acertado de la postura «austriaca» puede demostrarse fácilmente si se analiza el problema de la escasez de capital.

Contemplemos la situación en un país con escasez de capital. Veamos, por ejemplo, el caso de Rumania hacia el año 1860. Lo que allí faltaba, desde luego, no eran conocimientos técnicos. Los progresos realizados en los más avanzados países de Occidente no eran un secreto para nadie. Estaban en innumerables libros y se enseñaban en muchas escuelas. La élite de la juventud rumana había recibido acerca del particular la más amplia información en las facultades de ciencias de Austria, Suiza y Francia. Cientos de especialistas extranjeros estaban dispuestos a aplicar en Rumania sus conocimientos y habilidades. El país precisaba tan sólo de los bienes de capital necesarios para transformar y adaptar a las técnicas occidentales sus atrasados sistemas de producción, de transporte y comunicación. Si la ayuda proporcionada a los rumanos por los progresivos pueblos de Occidente no hubiera consistido más que en enseñanzas técnicas, Rumania habría precisado muchísimos años para alcanzar el nivel de vida occidental. Habría tenido que comenzar por ahorrar, para disponer de trabajadores y de factores materiales de producción apropiados a los procesos productivos de más larga duración. Sólo así habría sido posible producir las herramientas precisas para montar las industrias que después fabricarían las máquinas necesarias para crear y hacer funcionar factorías, explotaciones agrícolas, minas, ferrocarriles, telégrafos y edificios verdaderamente modernos. Décadas y décadas tendrían que haber transcurrido hasta que los rumanos compensaran el tiempo perdido. Sólo restringiendo al estricto mínimo fisiológico el consumo ordinario se habría podido acelerar el necesario proceso.

Pero la situación evolucionó de distinta manera. El Occidente capitalista prestó a los países atrasados los bienes de capital precisos para una instantánea transformación de gran parte de sus vetustos métodos de producción. Ahorráronse así mucho tiempo dichas naciones, las cuales rápidamente pudieron multiplicar la productividad del trabajo. Por lo que a los rumanos se refiere, tal proceder les permitió disfrutar desde ese momento de las ventajas de las más modernas técnicas. Para ellos fue igual que si hubieran comenzado mucho antes a ahorrar y acumular bienes de capital.

Escasez de capital significa estar más alejados del objetivo apetecido de lo que se estaría si dicho fin se hubiera comenzado a perseguir antes. A causa de ese tardío comienzo, faltan los productos intermedios, aunque se disponga de los factores naturales con los cuales aquéllos serán producidos. Penuria de capital, en definitiva, es escasez de tiempo; consecuencia provocada por el hecho de haber comenzado tarde a buscar el fin deseado. Sin recurrir al elemento temporal, al más pronto y al más tarde, resulta imposible explicar las ventajas que los bienes de capital proporcionan y las dificultades que surgen de la escasez de los mismos2.

Disponer de bienes de capital equivale a hallarse más cerca de la meta ansiada. Cualquier incremento en la cantidad disponible de bienes de capital permite alcanzar fines temporalmente más remotos sin necesidad de restringir el consumo. Una reducción de bienes de capital, en cambio, obliga o bien a renunciar a objetivos que anteriormente podían alcanzarse o bien a reducir el consumo. Poseer bienes de capital, en igualdad de circunstancias3, es ganancia de tiempo. Dado un cierto nivel de progreso técnico, el capitalista puede alcanzar determinada meta más pronto que quien no posee bienes de capital, sin restringir el consumo ni aumentar la inversión de trabajo y de naturales factores materiales de producción. El primero lleva una delantera de tiempo. El rival que disponga de menor cantidad de bienes de capital sólo restringiendo su consumo puede compensar tal superioridad.

Las ventajas que los pueblos de Occidente gozan se deben a que hace ya mucho tiempo adoptaron medidas políticas e institucionales que favorecían un tranquilo y sustancialmente ininterrumpido progreso del proceso ahorrativo, de la acumulación de capitales y de la inversión de los mismos en gran escala. Por eso, ya a mediados del siglo XIX los países occidentales habían logrado un nivel de vida muy superior al de otras razas y naciones más pobres que no habían sabido aún reemplazar la filosofía del militarismo expoliador por la del capitalismo. Abandonados a su destino y sin auxilio del capital extranjero, esos pueblos atrasados habrían necesitado muchísimo más tiempo para mejorar sus sistemas de producción, transporte y comunicación.

No es posible comprender los acontecimientos mundiales y las relaciones de Oriente y Occidente durante los últimos siglos si no se tiene en cuenta la importancia de esas masivas transferencias de capital. Occidente no sólo proporcionó a Oriente enseñanzas técnicas y terapéuticas, sino además los bienes de capital precisos para la inmediata aplicación práctica de esos conocimientos. Gracias al capital extranjero, las naciones de la Europa oriental, de Asia y de África han podido disfrutar de los beneficios de la industria moderna más pronto de lo que lo hubieran hecho en otro caso. En cierto grado, quedaron eximidas de la necesidad de restringir el consumo y acumular un fondo suficientemente amplio de bienes de capital. Tal es la verdad que se esconde tras esa supuesta explotación capitalista de los pueblos atrasados, tan lamentada por el marxismo y por los nacionalismos indígenas. La riqueza de las naciones más adelantadas sirvió para fecundar comunidades económicamente atrasadas.

Desde luego, los beneficios fueron mutuos. Lo que impelía a los capitalistas occidentales a efectuar esas inversiones extranjeras era la demanda de los consumidores. En efecto, exigían éstos bienes que en Occidente no podían ser producidos y también reclamaban rebajas de precios en mercancías cuyos costes allí iban continuamente incrementándose. Si hubieran sido otros los deseos de los consumidores occidentales o si hubieran existido insalvables obstáculos a la exportación de capitales, nada de esto se habría producido. Habría habido una ampliación longitudinal de la producción doméstica, en vez de esa lateral expansión extranjera que efectivamente tuvo lugar.

No compete a la cataláctica sino a la historia ponderar las consecuencias que tuvo la internacionalización del mercado de capitales, su desenvolvimiento y su posterior desmembración a causa de las medidas expoliatorias adoptadas por los países receptores de esos capitales. La ciencia económica se limita a exponer los efectos que derivan del hecho de que las disponibilidades de bienes de capital sean mayores o menores. Comparemos entre sí dos mercados aislados que, respectivamente, denominaremos A y B. Ambos son iguales en lo referente a tamaño y población, conocimientos científicos y recursos naturales. Se diferencian sólo en la cantidad de bienes de capital existentes en uno y otro, siendo mayor la de A. Tal planteamiento implica que en A se siguen sistemas de mayor productividad por unidad de inversión que en B. No es posible aplicar en B dichos procedimientos por causa de aquella comparativa escasez de bienes de capital. En efecto, implantarlos exigiría restringir el consumo. Múltiples operaciones se practican manualmente en B, mientras que en A son realizadas mediante máquinas economizadoras de trabajo. Los bienes producidos en A son de mayor durabilidad, no pudiendo ser los mismos fabricados en B, pese a que dicha superior durabilidad se logra con un incremento menor que proporcional de la inversión. La productividad del trabajo y, por tanto, los salarios y el nivel de vida de los trabajadores son en A superiores a los de B4.

Prolongación del periodo de provisión más allá de la presunta vida del actor

Los juicios de valor que determinan la elección entre abastecer un futuro más o menos próximo reflejan nuestra presente valoración, no la futura. Estos juicios ponderan la importancia que hoy se otorga a la satisfacción conseguida en un futuro más próximo frente al de la satisfacción temporalmente más alejada.

El malestar que el hombre pretende suprimir con su acción en la medida de lo posible es siempre un malestar actual, o sea, incomodidad sentida en el momento mismo de la acción, pero provocada por un estado futuro previsto. Al actor le disgustan hoy las circunstancias que determinados periodos del mañana presentarán y trata de variarlas mediante una acción deliberada.

Cuando la acción se orienta primordialmente a favorecer a los demás constituyendo ese tipo de obra que comúnmente se califica de altruista, el malestar que el actor pretende suprimir es el que hoy siente a causa de la situación en que otras personas han de hallarse en determinado futuro. Al preocuparse de los demás, busca alivio a su propia y personal incomodidad.

Por todo ello, no debe sorprendernos que el hombre, al actuar, desee frecuentemente ampliar el periodo de provisión hasta más allá del límite de su propia vida.

Algunas aplicaciones de la teoría de la preferencia temporal

Cualquier aspecto de la ciencia económica puede ser objeto de falsa exposición o interpretación por quienes pretenden excusar o justificar las erróneas doctrinas que respaldan sus credos políticos. A fin de evitar en lo posible tan abusivo proceder, parece oportuno agregar algunas notas aclaratorias a la anterior exégesis de la teoría de la preferencia temporal.

Hay quienes abiertamente niegan que existan entre los hombres diferencias en lo que atañe a sus innatas características heredadas5. En opinión de tales teóricos, la única diferencia existente entre los blancos de la civilización occidental y los esquimales estriba en que estos últimos están más atrasados que los primeros en su marcha hacia la moderna civilización industrial. Esta diferencia meramente temporal de unos cuantos miles de años carece a todas luces de importancia frente a los cientos de milenios que tardó el hombre en evolucionar desde la simiesca condición de sus antepasados hasta alcanzar el actual estado de homo sapiens. No existe, pues, prueba que demuestre la existencia de diferencias raciales entre los diversos especímenes humanos.

La praxeología y la economía son ajenas a esta controversia. Conviene, no obstante, adoptar medidas precautorias para evitar que semejante espíritu partidista involucre a nuestra ciencia en ese conflicto de ideas contrapuestas. Si quienes rechazan fanáticamente las enseñanzas de la moderna genética no fueran tan ignorantes en economía, desde luego que intentarían recurrir a la teoría de la preferencia temporal para defender su postura. Resaltarían que la superioridad de las naciones de Occidente consiste exclusivamente en que comenzaron antes a ahorrar y a acumular bienes de capital. Y justificarían esta diferencia temporal por factores meramente accidentales, como un medio ambiente más favorable.

Frente a tan falsa interpretación, conviene subrayar que esa delantera temporal de Occidente estuvo condicionada por factores ideológicos que no cabe reducir a mera influencia ambiental. Eso que denominamos civilización ha sido una progresión desde la cooperación en virtud de vínculos hegemónicos hasta llegar a la cooperación basada en lazos contractuales. Si bien en muchos pueblos y razas este progreso pronto se paralizó, otros, en cambio, continuaron avanzando. La gloria de Occidente estriba en que supo domeñar, mejor que el resto de la humanidad, el espíritu militarista y expoliatorio, logrando así implantar las instituciones sociales imprescindibles para que el ahorro y la inversión en gran escala pudieran prosperar. Ni siquiera Marx se atrevió a negar que la iniciativa privada y la propiedad particular de los medios de producción fueron etapas necesarias en el progreso que llevó al hombre desde su primitiva pobreza al más satisfactorio estado de Europa occidental y Norteamérica en el siglo XIX. En las Indias Orientales, en China, en Japón y en los países mahometanos lo que faltaba eran instituciones que garantizasen los derechos del individuo. El gobierno arbitrario de pachás, kadís, rajás, mandarines y daimios no favorecía la acumulación de capital en gran escala. Las garantías legales que otorgaban al particular amparo efectivo contra la expoliación y la confiscación fueron las bases que fundamentaron el progreso económico sin precedentes del mundo occidental. Pero estas normas no fueron fruto de la casualidad, ni de accidentes históricos ni de ambientación geográfica alguna, sino fruto de la razón.

No podemos saber cuál habría sido el curso de la historia de Asia y Africa si tales continentes no hubieran tenido influencia occidental. La realidad es que algunos de esos pueblos estuvieron sometidos al gobierno europeo, mientras otros —como China y Japón— se vieron obligados por la coacción de fuerzas navales extranjeras a abrir sus fronteras. De lejos llegaron a esos países los triunfos de la industria occidental. Gustosamente se beneficiaron del capital extranjero que les era prestado o que definitivamente se invertía en sus territorios. Pero se resistían a asimilar la filosofía del capitalismo. Y sólo superficialmente, aún hoy, se han europeizado.

Nos hallamos sumidos en un proceso revolucionario que pronto acabará con todo tipo de colonialismo. Dicha revolución no se limita a aquellas zonas que estuvieron sometidas a la dominación inglesa, francesa u holandesa. Otras naciones, que para nada vieron infringida su soberanía política y que, a pesar de todo, se beneficiaron en gran medida del capital extranjero, están ahora obsesionadas por librarse de eso que llaman el yugo de los capitalistas extranjeros. Expolian a los inversores de ultramar mediante fórmulas diversas: tributación discriminatoria, recusación de deudas, confiscación abierta, intervención de divisas. Nos hallamos en vísperas de una completa desintegración del mercado internacional de capitales. Están claros los efectos económicos que tal evento provocará; las repercusiones políticas, en cambio, resultan impredecibles.

Al objeto de valorar las consecuencias políticas de la descomposición del mercado internacional de capitales, conviene recordar los resultados que produjo su internacionalización. Gracias a las circunstancias imperantes durante la segunda mitad del siglo XIX, carecía de importancia el que un país dispusiera o no del necesario capital para explotar convenientemente sus propios recursos. Todos eran libres de acceder a las riquezas naturales de cualquier parte del mundo. La acción de capitalistas y promotores no se veía entorpecida por fronteras nacionales cuando buscaban las mejores oportunidades de inversión. En lo que respecta a la inversión para la mejor utilización de los recursos naturales conocidos, la mayor parte de la superficie de la tierra podía considerarse integrada en un sistema de mercado de ámbito mundial. Es cierto que para ello había sido preciso implantar regímenes coloniales en algunas zonas, como las Indias Orientales británicas y holandesas y Malaya, y que probablemente los gobernantes autóctonos de tales lugares no habrían sabido implantar el régimen institucional exigido por la importación de capital. En cambio, los países de la Europa oriental y meridional, así como los del hemisferio occidental, se integraron libremente en el mercado internacional de capitales.

A las inversiones y créditos extranjeros atribuyen los marxistas el afán guerrero de conquista y expansión colonial. La realidad es que la internacionalización del mercado de capitales, así como la libertad económica y migratoria, eran fenómenos que iban suprimiendo los incentivos de guerra y conquista. No importaba ya al hombre cuáles fueran las fronteras políticas de su país. No existían éstas para el empresario y el inversor. Las naciones que antes de la Primera Guerra Mundial practicaban en mayor grado el préstamo y la inversión en el extranjero se distinguieron precisamente por su pacifista y «decadente» liberalismo. De las típicamente agresoras, ni Rusia, ni Italia, ni Japón eran exportadoras de capital, sino que necesitaban importarlo para desarrollar sus propios recursos naturales. Las aventuras imperialistas de Alemania no contaron con el apoyo de la gran industria y la alta finanza del país6.

La supresión del mercado internacional de capitales modifica por completo este planteamiento. Desaparece el libre acceso a los recursos naturales. Si los gobernantes socialistas de cualquiera de las naciones económicamente atrasadas carecen del capital preciso para desarrollar las riquezas naturales del país, ningún remedio podrán hallar. Si ese sistema hubiera existido hace cien años, habría impedido explotar los campos petrolíferos de México, Venezuela o Irán, crear las plantaciones de caucho de Malaya, o los platanares de Centroamérica. Es, además, ilusorio pensar que los países más avanzados soportarán indefinidamente semejante situación. Recurrirán al único camino que les puede proporcionar acceso a las materias primas que tanto necesitan: la conquista armada. La guerra es la única alternativa a la ausencia de la libre inversión extranjera tal como se realiza mediante el mercado mundial de capitales.

La entrada de capital extranjero en nada perjudicó a las naciones receptoras. Capital europeo aceleró el maravilloso desarrollo económico de los Estados Unidos y los dominios británicos. Gracias también a tal capital extranjero, la América latina y los países asiáticos disponen hoy de elementos de producción y de transporte que no hubieran podido disfrutar en ausencia de dicha ayuda. En esas zonas, tanto los salarios como la productividad agrícola son más elevados de lo que serían sin el concurso de ese capital extranjero. El afán con que casi todas las naciones del mundo reclaman la «ayuda extranjera» basta para demostrar la inanidad de todas las fábulas urdidas por marxistas y nacionalistas.

Sin embargo, el ansia de importar factores de producción no basta para restablecer el mercado internacional de capitales. La inversión y el préstamo extranjeros sólo son posibles si las naciones deudoras, sincera e incondicionalmente, defienden la propiedad privada y renuncian a toda posible confiscación de las riquezas del capitalista extranjero. Fueron precisamente esas expropiaciones las que destruyeron el mercado internacional de capitales.

Los préstamos intergubernamentales no pueden sustituir el funcionamiento de un mercado internacional de capitales. Si esos préstamos se conceden en términos comerciales, presuponen y exigen, lo mismo que los privados, pleno respeto del derecho de propiedad. Si, por el contrario, se otorgan —como es lo más frecuente— a título de subvención, sin preocuparse de la devolución de principal ni de intereses, tales operaciones coartan la soberanía del deudor. Esos «préstamos» no son más que una parte del precio a pagar por asistencia militar en guerras subsiguientes. Consideraciones militares de este tipo ya eran barajadas por las potencias europeas durante los años en que preparaban los tremendos conflictos bélicos de nuestro siglo. Un caso típico lo constituyen las enormes sumas prestadas por los capitalistas franceses, bajo la presión del gobierno de la Tercera República, a la Rusia imperial. Los zares emplearon en armamento tales sumas, en vez de dedicarlas a la mejora del sistema ruso de producción. Dichas cantidades no fueron invertidas, sino, en su mayor parte, consumidas.

Footnotes

  1. V. F. A. Hayek, The Pure Theory of Capital, Londres 1941, p. 48 [tr. esp. de Antonio Sánchez Arbós, Aguilar, Madrid 1946]. Es ciertamente peligroso aplicar apelativos nacionalistas a determinados modos de pensar. Como bien hace notar Hayek (p. 47, n. 1), los economistas clásicos ingleses, a partir de Ricardo y, sobre todo, J. S. Mill (este último, seguramente, por influencia de J. Rae), fueron, en determinados aspectos, más «austríacos» que sus modernos sucesores anglosajones.↩︎

  2. V. W. S. Jevons, The Theory of Political Economy, 4.a ed., Londres 1924, pp. 224-229.↩︎

  3. Lo cual implica también identidad en la disponibilidad de factores naturales.↩︎

  4. V. John B. Clark, Essentials of Economic Theory, Nueva York 1907, pp. 133 ss.↩︎

  5. Acerca del ataque marxista contra la genética, v. T. D. Lysenko, Heredity and Variability, Nueva York 1945. Una opinión crítica sobre tal controversia la proporciona J. R. Baker, Science and the Planned State, Nueva York 1945, pp. 71-76.↩︎

  6. V. Mises, Omnipotent Government, New Haven 1944, p. 99 [2.a edic. española, Unión Editorial, Madrid 2002].↩︎