330 Economía
Acción humana
Teoría del mercado
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(von Mises, 1966)

5. La convertibilidad de los bienes de capital

Los bienes de capital son etapas intermedias en el camino hacia un cierto objetivo. Si durante el periodo de producción varía el fin perseguido, tales productos intermedios posiblemente resulten inservibles para la consecución del nuevo fin. Algunos de esos factores de producción resultarán totalmente inutilizables y las inversiones efectuadas para su producción deberán conceptuarse como pura pérdida. Otros, en cambio, podrán emplearse en el nuevo proyecto previa la oportuna adaptación; los costes de tal acomodación podían haberse evitado si desde un principio se hubiera perseguido el actual objetivo. Una tercera partida de esos bienes de capital podrá emplearse en el nuevo proyecto; sin embargo, si cuando fueron producidos se hubiera sabido que iban a emplearse de modo distinto, en su lugar se habría podido fabricar otros bienes económicos igualmente idóneos para rendir el servicio ahora requerido. Por último, algunos de los bienes en cuestión podrán aprovecharse en el segundo proyecto tan perfectamente como en el primero.

No sería preciso aludir a estos hechos tan evidentes, si no fuera por la necesidad de refutar errores muy extendidos. No existe capital en forma abstracta o ideal independiente de los correspondientes y específicos bienes de capital en que aquél se materializa. Si de momento pasamos por alto (ya examinaremos después el asunto) la cuestión que la tenencia de numerario plantea en relación con la composición del capital, advertiremos que, invariablemente, el capital toma cuerpo en bienes de capital y que es afectado por cuanto acontece a estos bienes. El valor de un cierto capital depende del valor de los bienes de capital que lo integran. El equivalente monetario de determinado capital viene dado por la suma de los equivalentes monetarios de las diversas partes integrantes de ese conjunto al cual aludimos al hablar en abstracto de capital. No existe nada que pueda considerarse capital «libre». El capital se presenta siempre bajo la forma de específicos bienes de capital. Dichos bienes de capital resultan perfectamente utilizables para determinados fines, menos aprovechables para otros cometidos, y totalmente inservibles en el caso de que se busquen terceros objetivos. Cada unidad de capital, consecuentemente, resulta, de uno u otro modo, capital fijo, es decir, capital destinado a un cierto proceso de producción. La distinción que efectúa el hombre de negocios entre capital fijo y capital circulante es simplemente de grado, no de esencia. Todo lo que se puede predicar del capital fijo puede igualmente decirse, si bien en grado menor, del capital circulante. Todos los bienes de capital tienen un carácter más o menos específico. Desde luego, es altamente improbable que muchos de ellos se hagan, por un cambio de necesidades o proyectos, radicalmente inútiles.

A medida que cada proceso de producción se va aproximando a su objetivo final, más estrechamente unidos y relacionados resultan los productos intermedios y la mercancía deseada. El lingote de hierro es de condición menos específica que los tubos de ese mismo metal, los cuales, a su vez, lo son menos que las piezas de maquinaria hechas con él. La variación de un proceso de producción se hace cada vez más difícil cuanto en mayor grado ha progresado y más cerca, consecuentemente, se halla de su terminación, que, en definitiva, es la producción de los bienes de consumo.

Al contemplar, desde su inicio, el proceso de acumulación de capital, fácilmente se comprende que no puede existir capital libre. El capital sólo existe materializado en bienes más o menos específicos. Al cambiar las necesidades o las ideas acerca de los métodos para remediar el malestar, varía el valor de los bienes de capital. Sólo se pueden producir nuevos bienes de capital si se logra que el consumo sea inferior a la producción. Ese capital adicional, desde el momento mismo de su aparición, se halla materializado en concretos bienes de capital. Tales mercancías habían sido ya producidas antes de convertirse —por constituir excedente de producción sobre consumo— en bienes de capital. Más adelante examinaremos el papel que en estas cuestiones desempeña el dinero. De momento baste destacar que ni siquiera el capitalista con un capital exclusivamente integrado por dinero o títulos que le dan derecho a las correspondientes sumas dinerarias posee un capital libre. Sus riquezas se hallan materializadas en dinero, se ven afectadas por las variaciones del poder adquisitivo de la moneda y, además —en la medida en que estén representadas por títulos que dan derecho a específicas sumas dinerarias—, por la solvencia del deudor.

Conviene sustituir la equívoca distinción entre capital fijo y capital libre o circulante por el concepto de la convertibilidad de los bienes de capital. La convertibilidad de los bienes de capital consiste en la posibilidad de ser utilizados cuando varían las circunstancias de la producción. La convertibilidad puede ser mayor o menor. Nunca es perfecta, pues ningún bien goza de adaptabilidad a todo posible cambio. Hay factores absolutamente específicos que carecen por entero de convertibilidad. Comoquiera que la conversión de los bienes de capital del destino originariamente pensado a otro distinto se hace necesaria precisamente por la aparición de imprevistos cambios de circunstancias, no es posible hablar de convertibilidad, en términos generales, sin indicar las variaciones ocurridas o que se supone vayan a producirse. Un cambio de situación radical podría dar lugar a que bienes de capital anteriormente considerados fácilmente convertibles resulten inconvertibles o convertibles sólo con grandes dificultades.

Es claro que, en la práctica, el problema de la convertibilidad tiene mayor importancia cuando se trata de bienes cuyo destino consiste en rendir servicios durante un cierto lapso temporal que en el caso de mercancías fungibles. La inutilizada capacidad de instalaciones, medios de transporte y aparatos proyectados en su día para un empleo más dilatado es de mayor gravedad que la desperdiciada al desechar materiales y tejidos pasados de moda o bienes perecederos. El problema de la convertibilidad afecta particularmente al capital y a los bienes de capital, ya que la moderna contabilidad pone las cosas en seguida de manifiesto. En realidad, es cuestión que también afecta a los bienes de consumo que el particular puede haber adquirido para su uso personal. Si varían las circunstancias que indujeron al interesado a adquirirlos, surge el problema de la convertibilidad con todas sus consecuencias.

Capitalistas y empresarios en su calidad de poseedores de capital nunca son enteramente libres. No pueden tomar ninguna decisión ni practicar actuación alguna como si fuera ésa la primera que va a obligarles. Están siempre de antemano comprometidos de una u otra manera. Sus riquezas nunca se hallan excluidas del proceso social de producción, sino que están invertidas en determinados cometidos. Si poseen numerario, habrán efectuado, según sea la disposición del mercado, una buena o mala «inversión»; pero siempre se tratará de una inversión. O bien han dejado pasar el momento oportuno para comprar los factores de producción que antes o después habrán de adquirir, o no ha llegado todavía la ocasión de adquirirlos. En el primer caso, al retener el numerario, hicieron una mala operación: fallaron una oportunidad. En el segundo, por el contrario, procedieron acertadamente.

Capitalistas y empresarios, al comprar factores de producción específicos y determinados, los valoran exclusivamente en atención a la futura situación del mercado por ellos anticipada. Pagan precios de acuerdo con las futuras circunstancias, según ellos personalmente hoy las valoran. Los errores otrora cometidos en la producción de los bienes de capital actualmente disponibles no recaen sobre los posibles compradores; perjudican exclusivamente al vendedor. El empresario, al comprar bienes de capital destinados a futuras producciones, se desentiende del pasado. Su actividad empresarial no es afectada por pretéritas variaciones ocurridas en la valoración y los precios de los factores que él ahora adquiere. Sólo en este sentido puede decirse que el poseedor de metálico disfruta de riquezas líquidas y es, por tanto, libre.