6. La influencia del pasado sobre la acción
A medida que progresa la acumulación de bienes de capital, mayores proporciones adquiere el problema de la convertibilidad. Los primitivos métodos aplicados por labriegos y artesanos podían ser más fácilmente acomodados a nuevos objetivos que los seguidos por el moderno capitalismo. Y, sin embargo, es precisamente el capitalismo moderno el que ha de abordar las más rápidas y radicales variaciones. En la actualidad, los progresos de los conocimientos técnicos y las mutaciones de la demanda de los consumidores que a diario se producen pronto hacen anticuados los planes de producción, suscitándose el problema de si se debe o no seguir adelante por la ruta iniciada.
Con frecuencia los hombres se entusiasman por las más revolucionarias innovaciones que provocan el arrumbamiento de posturas pasivas, indolentes y perezosas y el abandono de los criterios valorativos tradicionales por quienes hasta ayer fueron rutinarios esclavos, abriéndose inéditos caminos hacia nuevas metas. Los doctrinarios posiblemente querrán olvidar que todas nuestras actuaciones vienen condicionadas por disposiciones que en su día adoptaron nuestros antepasados; que nuestra civilización es fruto de una larga evolución y que no es posible su súbita transmutación. Por perentorio que sea el deseo de innovación, hay factores que domeñan ese espíritu revolucionario e impiden al hombre cualquier abandono precipitado de los cursos marcados por sus predecesores. Nuestras actuales riquezas son residuos de pasadas actividades y se hallan materializadas en específicos bienes de capital de limitada convertibilidad. La calidad y condición de los bienes de capital existentes induce a la gente a adoptar derroteros que no hubieran seguido si su elección no viniera condicionada por pretéritas actuaciones. Tanto los fines elegidos como los medios adoptados se hallan influidos por el pasado. Los bienes de capital nos imponen un cierto conservadurismo. Nos obligan a atemperar la actuación a las circunstancias generadas por nuestras pasadas acciones o bien por el pensar, optar y actuar de generaciones anteriores.
Podemos representamos cómo habríamos organizado todos los procesos de producción y consecuentemente fabricado todos los bienes de producción necesarios si hubiéramos contado en su día con nuestros actuales conocimientos geográficos, tecnológicos e higiénicos y nuestra moderna información acerca de la ubicación de los recursos naturales. Habríamos situado en distintos lugares los centros de producción. La población mundial se distribuiría de modo diferente; zonas hoy densamente pobladas, repletas de industrias y de explotaciones agrícolas, no estarían tan saturadas. Otros lugares contarían, en cambio, con más talleres y campos cultivados, así como con mayor número de habitantes. Las empresas de todo género utilizarían las más modernas máquinas y herramientas. Cada una tendría el tamaño apropiado para poder aprovechar del modo más económico posible su capacidad de producción. En ese mundo perfectamente planeado habría desaparecido el atraso técnico y no existiría ni capacidad productiva inutilizada ni trasiego innecesario de personas y mercancías. La productividad del esfuerzo humano sería muy superior a la de nuestra actual e imperfecta sociedad.
Las publicaciones socialistas están cuajadas de este tipo de utópicas fantasías. Llámense marxistas o socialistas no-marxistas, tecnócratas o simplemente planificadores, pretenden demostrar lo torpemente que están hoy las cosas y cuán felices podrían ser los hombres si a ellos se les invistiera de poderes dictatoriales. A causa de las deficiencias del sistema capitalista de producción, dicen, la humanidad se ve hoy privada de innumerables bienes que nuestros actuales conocimientos técnicos permitirían producir.
El error fundamental de este romanticismo racionalista es el desconocimiento del carácter de los bienes de capital disponibles y de su escasez. Los productos intermedios de que actualmente disponemos fueron fabricados en el pasado por nuestros antepasados y por nosotros mismos, de acuerdo con los fines a la sazón perseguidos y con arreglo a conocimientos técnicos distintos de los actuales. Cuando ahora pretendemos variar los fines y los métodos de producción tropezamos con el siguiente dilema: o bien dejamos inaprovechada una gran parte de los factores de capital disponibles y partimos de cero para producir el moderno utillaje, o bien adaptamos, en la medida de lo posible, nuestros procesos de producción al carácter específico de los bienes de capital disponibles. La elección, como sucede siempre en la economía de mercado, corresponde a los consumidores. La conducta de éstos, al comprar o dejar de comprar, zanja la cuestión. Los consumidores, al optar entre viviendas anticuadas y viviendas modernas dotadas del máximo confort, entre el ferrocarril y el automóvil, entre la luz de gas y la iluminación eléctrica, entre los tejidos de algodón y los de rayón, entre artículos de seda o nilón, deciden si se debe seguir utilizando los bienes de capital anteriormente acumulados o si, por el contrario, procede desecharlos definitivamente. Cuando un viejo edificio, que, sin embargo, todavía puede durar años, no es derribado y reemplazado por otro nuevo, en atención a que sus ocupantes no quieren pagar rentas superiores, prefiriendo atender otras necesidades en vez de disfrutar de vivienda más confortable, resulta obvio el influjo que sobre el presente consumo ejerce el pasado.
El que no se aplique instantáneamente todo adelanto técnico no debe sorprendernos en mayor grado que el que nadie deseche su automóvil o sus trajes en cuanto aparece un tejido o un modelo nuevos. La gente actúa en todos estos asuntos condicionada por la escasez de los bienes disponibles.
Supongamos que se inventa una máquina de mayor productividad que las hasta entonces empleadas. El que las industrias existentes, equipadas con maquinaria vieja, la desechen o no, depende del grado de superioridad de aquella herramienta moderna sobre el utillaje antiguo. Sólo si dicha superioridad es lo suficientemente grande como para compensar el gasto exigido por la sustitución, será desechado el equipo anterior todavía utilizable. Representemos por p el precio de la nueva maquinaria y por q la suma que vendiendo la antigua como chatarra cabe obtener; a será el primitivo coste unitario de producción y b el resultante después de sustituir un utillaje por otro, independientemente del precio de adquisición de los nuevos instrumentos. Supongamos que la ventaja de éstos consiste en que aprovechan mejor la materia prima y el trabajo empleado, sin incrementar la cantidad total producida, z, que queda invariada. La sustitución contemplada es ventajosa si la producción z (a-b) es tal que compensa el gasto p-q. En este ejemplo suponemos que la depreciación anual de la nueva máquina es igual que la de la antigua, evitándonos así entrar en el problema de las amortizaciones. Idéntico planteamiento presenta el problema referente al traslado de una industria ya existente de una ubicación menos favorable a otra mejor.
Retraso técnico e insuficiencia económica son cosas distintas que conviene no confundir. Es posible que determinado centro productor que, desde el punto de vista puramente técnico, resulta ampliamente superado pueda no obstante competir con otras plantas mejor equipadas o de ubicación más favorable. En todos estos asuntos el problema decisivo estriba en comparar las ventajas derivadas del utillaje técnicamente más perfecto o de la mejor situación con el adicional gasto exigido por la transformación contemplada. El resultado de esa comparación depende de la convertibilidad de los bienes de capital en cuestión.
Esa diferenciación entre perfección técnica y conveniencia económica, lejos de lo que ingenieros soñadores pudieran suponer, no es un problema que sólo surgiría en una organización capitalista. Es cierto que únicamente con el cálculo económico —practicado en la forma que sólo una economía de mercado permite— se pueden efectuar los cómputos precisos para valorar los datos que interesan. Una administración socialista no podría mediante fórmulas aritméticas dilucidar el problema. Ignoraría por completo si los proyectos ejecutados son o no el modo más apropiado de emplear los medios disponibles para satisfacer los objetivos que el propio mando económico considera más urgentes de las aún insatisfechas necesidades de la gente. Ahora bien, si el jerarca socialista pudiera llegar a calcular, procedería en un todo igual que el empresario que efectivamente computa. No malgastaría los factores de producción, siempre escasos, en la satisfacción de necesidades consideradas menos importantes, si tal satisfacción obliga a desatender otras estimadas más urgentes. No desecharía dispositivos de producción todavía aprovechables si con ello hace imposible incrementar la fabricación de bienes más urgentemente precisados.
Una exacta comprensión del problema de la convertibilidad nos permite advertir los errores de muchas falacias económicas. Tomemos, por ejemplo, el argumento de las industrias nacientes (infant industries), frecuentemente esgrimido en favor del proteccionismo. Sus defensores afirman que se precisa una protección transitoria para poder instalar industrias en lugares más favorables o, al menos, no peores que aquellas zonas donde están situadas las antiguas plantas competidoras. Esas viejas industrias han tomado la delantera gracias a su temprano establecimiento. Ahora se ven amparadas por factores meramente históricos, accidentales y a todas luces «injustificados». Tales ventajas imposibilitan el establecimiento de centros competidores en lugares donde el día de mañana se podrá producir más barato o, al menos, tan barato como en las antiguas ubicaciones. Al principio es ciertamente oneroso otorgar protección a una industria naciente; pero ese sacrificio será más que compensado por posteriores ganancias.
Sin embargo, la implantación de una industria naciente sólo tiene interés económico si la superioridad del nuevo emplazamiento es tal que compensa los inconvenientes que implica el abandonar los inconvertibles e intransportables bienes de capital afectos a las antiguas plantas. Si tal compensación no se da, la protección a las instalaciones de referencia es una pura pérdida aun en el supuesto de que sólo sea temporal y la nueva empresa pueda más tarde competir por sus propios medios. La tarifa viene a ser un subsidio que los consumidores soportan financiando la inversión de factores de producción siempre escasos en sustitución de unos bienes de capital todavía aprovechables que habrán de ser desechados. Además, esos factores escasos se detraen de otros empleos en que podían haberse producido bienes mayormente estimados por los consumidores. Se priva a estos últimos de la oportunidad de satisfacer ciertas necesidades debido a que los bienes de capital requeridos se destinaron a producir bienes de los que ya podían disponer sin tarifa alguna.
Existe una tendencia universal que induce a la industria a ubicarse en aquellos lugares donde las condiciones son más favorables. Bajo la economía de mercado, esa tendencia se ve limitada en la medida que impone la inconvertibilidad de los factores de producción ya producidos y siempre escasos. Naturalmente, este elemento histórico no otorga ninguna ventaja permanente a las viejas industrias; impide simplemente la dilapidación de riqueza que supondría el efectuar inversiones que, por un lado, dejan desaprovechada la capacidad productora existente y, por otro, reducen la cantidad de bienes de capital disponibles para atender necesidades de la gente todavía insatisfechas. Sin tarifas proteccionistas, la traslación de industrias tiene lugar sólo cuando los bienes de capital invertidos en las antiguas plantas se han desgastado o quedado anticuados a causa de progresos técnicos tan estupendos que obligan a reemplazar el primitivo utillaje por otro nuevo. La historia industrial de los Estados Unidos ofrece numerosos ejemplos de trasplante de industrias, dentro de las fronteras nacionales, sin necesidad de medidas oficiales proteccionistas de ningún género. El argumento de la industria naciente es tan especioso como cualquiera de los esgrimidos en favor del proteccionismo.
Otra falacia muy común se refiere a una supuesta eliminación de patentes útiles. Una patente es un monopolio legal otorgado, durante un determinado número de años, al autor de un nuevo invento. No interesa entrar ahora en la cuestión de si es o no una política acertada conceder tales privilegios a los inventores1. De momento debemos limitar nuestro análisis a la afirmación según la cual la «gran empresa» abusa de la legislación sobre patentes y escamotea al público ventajas que podrían derivarse del progreso técnico.
Cuando la administración otorga una patente a un inventor, no intenta averiguar su importancia económica. Los funcionarios se interesan sólo por la prioridad de la idea, ciñéndose en su examen a aspectos puramente técnicos. Con la misma imparcial escrupulosidad analizan un invento que revolucionará toda una industria que cualquier ridículo resorte de manifiesta inutilidad. De ahí que se conceda la protección legal de una patente a innumerables inventos carentes de todo valor. Los propietarios de dichas patentes tienden a atribuir a las mismas una importancia decisiva para el adelanto tecnológico y se hacen exageradas ilusiones acerca de los ingresos que el invento habría de proporcionarles. Desengañados, se dedican a criticar un sistema económico que según ellos roba a las masas los beneficios que el progreso científico pondría a su disposición.
Ya anteriormente examinamos las circunstancias que justifican reemplazar utillajes todavía aprovechables por equipo más moderno. Si no concurren tales circunstancias, dicha sustitución resulta antieconómica, tanto para la empresa privada en la economía de mercado como para el administrador socialista dentro del sistema totalitario. La maquinaria que se construya en adelante, lo mismo para nuevas instalaciones que para ampliar las existentes o reemplazar los equipos desgastados, se producirá con arreglo a las nuevas ideas. Pero los útiles disponibles y todavía aprovechables no pueden ser, sin más, desechados. Los nuevos métodos se van aplicando poco a poco. Las fábricas que siguen los antiguos sistemas, durante un cierto lapso de tiempo, todavía pueden soportar la competencia de las mejor equipadas. A quienes ponen en duda este hecho les convendría preguntarse si se desprenden ellos de sus aparatos de radio o sus aspiradoras tan pronto como sale a la venta un modelo más perfecto.
A este respecto es indiferente que el nuevo descubrimiento se halle o no amparado por una patente. La empresa que adquiere una patente, por ese solo hecho ya ha invertido dinero en el invento en cuestión. Si, pese a ello, la compañía no aplica ese método, es simplemente porque no interesa. De nada sirve que el monopolio oficialmente creado mediante la patente impida a los competidores aplicar el invento. Porque lo único que de verdad interesa es su superioridad sobre los antiguos procedimientos. Al hablar de superioridad, queremos significar una señalada reducción del coste unitario o una mejora en la calidad del producto que induzca a los compradores a pagar mayores precios. La ausencia de esa superioridad que haga provechosa la inversión es prueba evidente de que los consumidores prefieren adquirir otros bienes antes que disfrutar los beneficios derivados del nuevo invento. Y es a los consumidores a quienes corresponde decir la última palabra.
Al observador superficial frecuentemente le pasan inadvertidos estos hechos, pues le confunde la práctica de muchas grandes empresas de adquirir los derechos de toda patente relacionada con su rama industrial, independientemente de que tenga o no auténtica utilidad. Tal conducta viene dictada por diversas consideraciones:
1. A veces no es posible de momento dilucidar si el invento tiene o no interés económico.
2. La innovación carece de valor. La empresa, sin embargo, cree que podrá modificarla convenientemente haciéndola rentable.
3. Resulta antieconómico todavía aplicar la patente. No obstante, la compañía piensa servirse de ella más tarde al renovar su desgastado utillaje.
4. La entidad desea animar al inventor para que prosiga sus investigaciones, pese a que hasta el momento no hayan dado resultados prácticos.
5. La sociedad quiere enervar posibles reclamaciones de inventores quisquillosos y evitar los gastos, pérdida de tiempo y desgaste nervioso que los litigios siempre implican.
6. Se pretende, de un modo no muy disimulado en verdad, pagar favores o eludir represalias comprando patentes carentes de todo valor a funcionarios, ingenieros y personas con influencias en otras empresas u organismos a los que se quiere conquistar o conservar como clientes.
Si un invento es tan notablemente superior a los sistemas hasta entonces seguidos que deja anticuado el utillaje existente e impone la sustitución de la antigua maquinaria por otra nueva, la transformación se practicará independientemente de que el privilegio de la patente lo disfruten los poseedores de ese utillaje anticuado o una empresa independiente. Lo contrario implica suponer que no sólo el inventor y sus abogados, sino también todas las personas dedicadas a la industria en cuestión, así como las demás gentes deseosas de acceder a la misma en cuanto se les ofrezca una ocasión, son tan torpes que no se percatan de la enorme trascendencia de la innovación. El inventor vende por cuatro cuartos a la antigua y consolidada firma la patente precisamente porque nadie se interesa por su obra. Y resulta que hasta esa sociedad adquirente es demasiado obtusa para darse cuenta de los enormes beneficios que podría derivar de la aplicación del invento.
Es cierto que ningún adelanto técnico puede aplicarse si la gente no se percatan de su utilidad. Bajo un régimen socialista, la ignorancia, la tozudez de los funcionarios encargados del departamento competente bastaría para impedir la aplicación de sistemas de producción más económicos. Lo mismo sucede con los inventos aparecidos en sectores muy dependientes del poder público. Los ejemplos más destacados, en este sentido, nos los brinda la historia al testimoniar la incapacidad de eminentes estrategas para comprender la importancia bélica de muchos descubrimientos científicos. El gran Napoleón no se dio cuenta del auxilio que a su plan de invasión de Gran Bretaña podría haberle proporcionado la navegación a vapor; ni Foch ni el estado mayor alemán advirtieron, en los años que precedieron a la Primera Guerra Mundial, el gran papel reservado a la aviación militar, y son notorios los sinsabores que sufrió el general Billy Mitchell, el gran precursor de la fuerza aérea. Las cosas presentan un cariz totalmente contrario dentro de la órbita de la economía de mercado, en aquella medida en que la misma no se ve perturbada por la típica estrechez de miras burocrática. El mercado propende más a exagerar que a minimizar la virtualidad de las innovaciones. La historia del capitalismo moderno está cuajada de fallidos intentos de implantar inventos que luego se comprobó carecían de base. Caro han pagado muchos promotores su alegre optimismo. Más fundamento tendría el echar en cara al capitalismo su tendencia a sobrevalorar inventos vanos que el acusarle de nulificar útiles innovaciones, lo cual resulta totalmente inexacto. Es un hecho indubitable que se han perdido grandes sumas en la adquisición de patentes sin utilidad y en malogradas tentativas por aplicarlas.
Carece de sentido hablar de una supuesta prevención de la gran empresa moderna contra los adelantos técnicos. Son notorias las enormes sumas que las compañías importantes gastan en la investigación de procedimientos y mecanismos nuevos.
Quienes afirman que la empresa libre propende a anular los adelantos técnicos no deben suponer que han probado su afirmación simplemente destacando el gran número de patentes nunca aplicadas, o, en todo caso, utilizadas sólo después de mucho tiempo. Es indudable que numerosas patentes, tal vez la mayoría, carecen de todo interés práctico. Quienes pregonan esa supuesta supresión de útiles inventos no citan ni un solo caso de innovación que, desaprovechada en los países en que goza de patente, haya sido, en cambio, explotada por los soviets, que no respetan patente alguna.
La limitada convertibilidad de los bienes de capital desempeña un papel importante en la geografía humana. La actual distribución de centros industriales y residenciales sobre la superficie de la tierra viene determinada hasta cierto punto por factores históricos. El hecho de que se eligiera una determinada localización en un lejano pasado sigue teniendo actualidad. Es cierto que prevalece una tendencia universal a trasladarse hacia aquellas zonas que ofrecen las condiciones productivas más favorables. Pero esa tendencia queda coartada no sólo por factores institucionales, como las barreras migratorias. El elemento histórico desempeña también un papel importante. Existen bienes de capital de limitada convertibilidad invertidos en zonas cuya situación, desde el punto de vista de nuestros actuales conocimientos, ofrece oportunidades menos favorables. Su propia inmovilidad refrena la tendencia a situar las industrias, las explotaciones agrícolas y las viviendas humanas allí donde aconsejan los últimos descubrimientos de la geografía, la geología, la biología de plantas y animales, la climatología y otras ramas más de la ciencia. Frente a las ventajas del traslado a lugares de condiciones más propicias es preciso ponderar el inconveniente de desaprovechar bienes de capital todavía utilizables, pero de limitada convertibilidad y transportabilidad.
Vemos, pues, cómo influye en todas nuestras decisiones referentes a la producción y al consumo el grado de convertibilidad de los bienes de capital disponibles. Cuanto menor es la convertibilidad, tanto más hay que retrasar la aplicación de los adelantos técnicos. Pero sería absurdo calificar de ilógica o retrógrada esa dilación. Contrastar las ventajas y los inconvenientes previsibles al planear la acción es precisamente prueba de racionalidad. No es el hombre de negocios que sobriamente calcula sino el tecnócrata soñador quien debe ser acusado de no querer ver la realidad. Lo que en verdad retrasa el progreso técnico no es la imperfecta convertibilidad de los bienes de capital, sino su escasez. No somos suficientemente ricos para permitirnos el lujo de renunciar a los servicios que bienes de capital todavía aprovechables pueden proporcionarnos. La disponibilidad de una cierta cantidad de bienes de capital no coarta el progreso; al contrario, tales existencias son un presupuesto insoslayable de todo adelanto y mejora. La herencia que el pasado nos dejó, materializada en los bienes de capital hoy disponibles, constituye nuestra fortuna y el medio más eficaz de que disponemos para incrementar nuestro bienestar. Es cierto que estaríamos mejor si nuestros antepasados y también nosotros mismos hubiéramos previsto más acertadamente las condiciones bajo las cuales hoy tenemos que actuar. Reconocer este hecho explica muchos fenómenos de nuestro tiempo. Pero ello no nos autoriza a despreciar el pasado ni manifiesta ninguna imperfección inherente a la economía de mercado.
Footnotes
V. supra, p. 463, e infra, pp. 801-802.↩︎