330 Economía
Acción humana
Teoría del mercado
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(von Mises, 1966)

2. El interés originario

El interés originario es igual a la razón existente entre el valor atribuido a satisfacer una necesidad en el inmediato futuro y el valor atribuido a dicha satisfacción en épocas temporalmente más distantes. Dentro de la economía de mercado, el interés originario se manifiesta en el descuento de bienes futuros por bienes presentes. Se trata de una razón entre precios de mercancías, no de un precio en sí. Dicha razón tiende en el mercado a una cifra uniforme cualesquiera que sean las mercancías de que se trate.

El interés originario no es «el precio pagado por los servicios del capital»1. La mayor productividad de los métodos de producción que consumen periodos de tiempo más amplios, a la que Böhm-Bawerk y posteriores economistas apelaron para explicar el interés, en realidad no nos explica el fenómeno. Al contrario, es el fenómeno del interés originario el que explica por qué el hombre recurre a métodos productivos que consumen menos tiempo, pese a que hay otros sistemas de mayor inversión temporal cuya productividad, por unidad de inversión, resulta superior. Es más: únicamente el fenómeno del interés originario explica por qué se puede comprar y vender parcelas de tierra a precios ciertos. Si los servicios futuros de un terreno se valoraran igual que los presentes, ningún precio específico sería suficientemente elevado para inducir a su propietario a venderlo. La tierra no podría ser objeto de compraventa por sumas dinerarias ciertas ni tampoco se la podría intercambiar por bienes que sólo reportaran determinados servicios. Un terreno sólo podría intercambiarse por otro terreno. El precio de un edificio que durante un periodo de diez años pudiera producir una renta anual de cien dólares se cifraría (independientemente del solar) en mil dólares al comenzar ese periodo; en novecientos al iniciarse el segundo año, y así sucesivamente.

El interés originario no es un precio que el mercado determina sobre la base de la oferta y la demanda de capital o de bienes de capital. Su cuantía no depende de la demanda u oferta. Al contrario, es el interés originario el que determina tanto la demanda como la oferta de capital y bienes de capital. Indica qué porción de los bienes existentes deberá consumirse en el inmediato futuro y cuál convendrá reservar para aprovisionar periodos más remotos. La gente ahorra y acumula capital no porque haya interés. No es éste ni el impulso que hace ahorrar ni la compensación o premio otorgado a quien renuncia al inmediato consumo. Es la razón entre el valor otorgado a los bienes presentes y el reconocido a los futuros.

El mercado crediticio no determina el tipo de interés. Acomoda el interés de los préstamos a la cuantía del interés originario, según resulta del descuento de bienes futuros.

El interés originario es una categoría de la acción humana. Aparece en toda evaluación de bienes externos al hombre y jamás podrá esfumarse. Si reapareciera aquella situación que se dio al finalizar el primer milenio de la era cristiana, en la cual había un general convencimiento del inminente fin del mundo, la gente dejaría de preocuparse por la provisión de las necesidades terrenales del futuro. Los factores de producción perderían todo valor y carecerían de importancia para el hombre. Pero no desaparecería el descuento de bienes futuros por presentes, sino que aumentaría considerablemente. Por otra parte, la desaparición del interés originario significaría que la gente dejaría de interesarse por satisfacer sus más inmediatas necesidades; significaría que preferirían disfrutar de dos manzanas dentro de mil o diez mil años en lugar de disfrutar de una manzana hoy, mañana, dentro de un año o diez años.

No es ni siquiera pensable un mundo en el que el fenómeno del interés originario no exista como elemento inexorable de todo tipo de acción. Exista o no división del trabajo y cooperación social; esté organizada la sociedad sobre la base del control privado o público de los medios de producción, el interés originario se halla siempre presente. En la república socialista desempeña la misma función que en la economía de mercado.

Böhm-Bawerk desenmascaró definitivamente las falacias de las ingenuas explicaciones del interés basadas en la productividad, es decir, la idea de que el interés es la expresión de la productividad física de los factores de producción. Y, sin embargo, Böhm-Bawerk, hasta cierto punto, basó su propia teoría en la productividad. Al referirse a la superioridad técnica de los métodos de producción de mayor complejidad (consumidores de más tiempo), evita ciertamente los aspectos más burdos de la teoría de la productividad. Pero de hecho vuelve, aunque en forma más sutil, a las explicaciones basadas en este principio. Los economistas posteriores que, dejando de lado la idea de la preferencia temporal, se basan en los conceptos de productividad de la teoría de Böhm-Bawerk se ven obligados a admitir que el interés originario desaparecería si los hombres un día llegaran a aquel estado en el cual ninguna ulterior ampliación del periodo de producción incrementaría la productividad2. Tal suposición es totalmente errónea. El interés originario no puede desaparecer en tanto haya escasez y, consecuentemente, acción.

Mientras nuestro mundo no se transforme en el país de Jauja, el hombre habrá de hacer frente a la escasez y, por tanto, habrá de economizar; será preciso optar entre satisfacer antes o después las necesidades, pues no se puede dejar atendidas plenamente ni las presentes ni las futuras. Variar la utilización de los factores de producción, dedicando algunos de ellos en vez de a atender necesidades temporalmente más próximas, a la satisfacción de otras más alejadas, forzosamente tiene que restringir el número de apetencias cubiertas en determinado momento, para incrementarlo en otro. Si rechazamos esta afirmación, nos veremos sumergidos en insolubles contradicciones. Podemos imaginar que un día nuestros conocimientos técnicos lleguen a la máxima perfección y que los mortales no puedan superar ese nivel de sabiduría. Ningún proceso que amplíe la producción por unidad de inversión cabría ya inventar. Pero si suponemos que algunos factores de producción son escasos, forzosamente habremos de concluir que no todos los procesos de mayor productividad —independientemente del tiempo por ellos absorbido— están siendo plenamente utilizados y que, si se aplican ciertos sistemas de menor productividad por unidad de inversión, es simplemente en razón a que sus frutos se cosechan en un lapso de tiempo menor. La escasez de factores de producción significa que nos hallamos en una situación en que podemos trazar planes destinados a satisfacer nuestras necesidades cuya realización no es posible debido a la insuficiente cantidad de medios disponibles. Es precisamente la inviabilidad de tales proyectos la que constituye el elemento de escasez. Confunden a los modernos defensores del planteamiento basado en la productividad las connotaciones de la expresión de Böhm-Bawerk complejos métodos de producción (roundabout methods of production) y la idea de progreso técnico que la misma sugiere. Sin embargo, si hay escasez, siempre habrá algún proceso técnico capaz de mejorar nuestro bienestar a base de ampliar el periodo de producción en algunas ramas de la industria, con independencia de que el estado del conocimiento técnico haya cambiado o no. Si hay escasez de medios, si la correlación praxeológica entre medios y fines sigue existiendo, habrá que concluir forzosamente que existen necesidades insatisfechas por lo que se refiere tanto al futuro próximo como al más remoto. Siempre habrá bienes a los que renunciamos porque su producción exige demasiado tiempo y tal dilación temporal nos impide satisfacer otras necesidades más urgentes. Si no aprovisionamos más ampliamente el futuro es precisamente porque preferimos atender las necesidades de un momento temporalmente más próximo, en vez de las de otro más alejado. La razón que resulta de esta valoración es el interés originario.

En semejante mundo de plenos conocimientos técnicos un promotor traza un plan A que prevé la construcción de un hotel en un paraje pintoresco, pero de difícil acceso, que exige construir la correspondiente carretera. Al examinar la viabilidad del plan, el interesado se percata de que los medios disponibles no son suficientes para su ejecución. Cuando calcula la rentabilidad del proyecto, advierte que la cuantía de los ingresos previstos no es suficiente para cubrir los costes del trabajo y de los materiales empleados y atender el pago de los intereses del capital invertido. En consecuencia, renuncia al proyecto A prefiriendo otro, que denominaremos B. Con arreglo a este segundo, el hotel se ubicará en un lugar menos pintoresco, pero más accesible, donde, o bien son menores los costes de la construcción, o bien puede terminarse la obra en un plazo más breve. Si no se tomara en consideración el interés del capital empleado, se podría caer en el error de suponer que las circunstancias del mercado —bienes de capital existentes y valoraciones de la gente— permitirían llevar a la práctica el plan A. Su ejecución, sin embargo, implicaría detraer factores de producción escasos de diferentes empleos que habrían permitido atender deseos considerados más urgentes por los consumidores. Estaríamos ante una mala inversión, una dilapidación de los medios disponibles.

La ampliación del periodo de producción permite obtener más cantidad de producto por unidad de inversión o disponer de bienes que en un periodo de tiempo más corto no pueden fabricarse. Pero el interés no deriva de imputar el valor de esas riquezas adicionales a los bienes de capital precisos para ampliar el periodo de producción. Si tal se afirmara, se caería en los errores más evidentes de las teorías de la productividad ya definitivamente refutados por Böhm-Bawerk. La contribución de los factores complementarios de producción al resultado del proceso es la razón de que sean considerados valiosos; ello explica los precios que por ellos se pagan, precios que comprenden el valor total de esa contribución. No existe residuo útil que tales precios no hayan cubierto y en el que pudiera ampararse el interés.

Se ha dicho que en la construcción imaginaria de una economía de giro uniforme el interés desaparecería3. Sin embargo, es fácil demostrar que esta afirmación es incompatible con los supuestos en que se basa dicha construcción.

Comencemos distinguiendo dos clases de ahorro: el común y el capitalista. El primero consiste meramente en acumular bienes de consumo con vistas a consumirlos más tarde. El ahorro capitalista, por el contrario, consiste en reunir mercancías destinadas a perfeccionar los procesos productivos. El objetivo que persigue el ahorro común es proveer al consumo de mañana; se trata simplemente de aplazar el consumo. Más pronto o más tarde, esos bienes acumulados serán consumidos y desaparecerán. El ahorro capitalista, en cambio, pretende reforzar la productividad de la actividad humana. Acumula a tal fin bienes de capital para invertirlos en ulteriores producciones, por lo que no son simplemente reservas para posterior consumo. El beneficio que el ahorro común reporta consiste en poder consumir mañana bienes que otrora no lo fueron y que se reservaron precisamente para tal empleo. Las ventajas del ahorro capitalista consisten en incrementar la cantidad de bienes producidos o en obtener mercancías que sin ese ahorro no habrían podido ser fabricadas. Al imaginar una economía de giro uniforme (estática), los economistas se desentienden del problema relativo a la acumulación de capital. Los bienes de capital son una cifra dada e invariable; pues, por definición, las circunstancias de ese mercado no registran ningún cambio. No hay acumulación de nuevos capitales mediante el ahorro ni tampoco aquéllos se reducen por razón de un exceso de consumo sobre ingresos netos, es decir, sobre la diferencia resultante entre la producción y las reinversiones exigidas por el mantenimiento del capital. Pasemos, pues, a demostrar que tales presupuestos son incompatibles con la idea de la desaparición del interés.

Podemos, en nuestra argumentación, dejar de lado el ahorro común. En efecto, mediante éste se pretende aprovisionar épocas futuras que el interesado piensa podrán hallarse menos abastecidas. Ahora bien, uno de los presupuestos fundamentales que caracterizan a la construcción imaginaria que nos ocupa es que el futuro no difiere en absoluto del presente, que los actores son plenamente conscientes de este hecho y obran en consecuencia. En el marco de referencia no hay lugar, pues, para el ahorro común.

No sucede lo mismo con el ahorro capitalista, el aumento del fondo de bienes de capital acumulados. Bajo la economía de giro uniforme no hay ahorro y acumulación de adicionales bienes de capital, ni tampoco consumo de los bienes de capital existentes. Ambos fenómenos vendrían a variar las circunstancias del planteamiento, lo cual perturbaría el giro uniforme típico de esa construcción imaginaria. Ahora bien, la magnitud del ahorro y acumulación de capital realizada en el pasado —es decir, durante el periodo anterior al establecimiento de la economía de giro uniforme— se correspondía con la cuantía del tipo de interés. Si —imperante ya la economía de giro uniforme— los poseedores de los bienes de capital dejaran de percibir interés, se alterarían las normas que venían regulando la distribución de los existentes bienes de capital entre futuras necesidades diversamente alejadas del momento presente. Esa nueva situación exigiría una nueva redistribución. Tampoco en la economía de giro uniforme desaparece la diferencia en la valoración de las satisfacciones disfrutadas en futuros más o menos distantes. También en este imaginario modelo la gente atribuye más valor a una manzana disponible hoy que a una manzana disponible dentro de diez o de cien años. Si el capitalista no percibe interés, la equivalencia entre satisfacer necesidades en momentos futuros diferentemente alejados del presente quedaría alterada. El que un capitalista mantenga acumulada una cifra de 100 000 dólares se halla condicionado por la circunstancia de que 100 000 dólares actuales equivalen a 105 000 mil dólares disponibles dentro de doce meses. Esos 5000 dólares tienen para el capitalista mayor valor que las ventajas a derivar del inmediato consumo de una parte de esta suma. Si se suprime el pago de intereses, se provoca el consumo del capital.

Éste es el fallo fundamental del sistema estático tal como lo describe Schumpeter. No basta con suponer que el equipo de capital de ese sistema ha sido acumulado en el pasado, que actualmente es utilizable en la medida de su previa acumulación y que se mantiene inalterado en toda su cuantía. Es necesario, además, indicar qué fuerzas son las que mantienen su permanencia. Si eliminamos al capitalista que recibe intereses, provocamos la aparición del capitalista que consume capital. No hay entonces motivo alguno que pueda inducir al poseedor de bienes de capital a no consumirlos inmediatamente. Con arreglo a las bases implícitas en la construcción imaginaria de condiciones estáticas (la economía de giro uniforme) no hay por qué acumular reservas para cuando vengan tiempos peores. Pero, aun cuando —con manifiesta incoherencia lógica— admitiéramos que una parte de los bienes se destinara a la constitución de tales reservas, quedando consecuentemente detraída del inmediato consumo, por fuerza habremos de concluir que se consumirá capital en aquella medida en que el ahorro capitalista supere al ahorro común4.

Si no hubiera interés originario, los bienes de capital jamás serían dedicados al consumo inmediato y, consecuentemente, el capital nunca disminuiría. Al contrario, en esas condiciones no habría consumo, sino exclusivamente ahorro, acumulación de capital e inversión. Lo que provocaría reducción del capital no sería la imposible desaparición del interés originario, sino la abolición del pago de interés a los capitalistas. Consumirían éstos sus bienes de capital y su capital precisamente porque hay interés originario y se prefiere atender necesidades presentes a otras futuras.

De ahí la imposibilidad de abolir el interés mediante instituciones, leyes o manipulaciones bancarias. Quien desee «suprimir» el interés habrá primero de convencer a la gente para que no valore en menos una manzana disponible dentro de cien años que la que hoy pueden tener a su disposición. Lo único que se puede abolir mediante leyes y decretos es el derecho del capitalista a cobrar interés. Pero tales disposiciones provocarían el consumo de capital y rápidamente reconducirían a la gente a su originaria y natural pobreza.

Footnotes

  1. Ésta es la popular definición del interés que ofrecen, por ejemplo, Ely, Adams, Lorenz y Young, Outlines of Economics, 3.a ed., Nueva York 1920, p. 493.↩︎

  2. V. Hayek, «The Mythology of Capital», The Quarterly Journal of Economics, I (1936), pp. 223 ss. Es cierto que el profesor Hayek ha cambiado posteriormente su modo de pensar (v. su artículo «Time-Preference and Productivity, a Reconsideration», Economica, XII, pp. 22-25,1945) [tr. esp. como apéndice V de La teoría pura del capital, Aguilar, Madrid 1946, pp. 423-428]. Pero la idea criticada en el texto sigue siendo ampliamente defendida por los economistas.↩︎

  3. V. J. Schumpeter, The Theory of Economic Development, trad. de R. Opie, Cambridge 1934, pp. 34-46, 54 [tr. esp., FCE, 3.a ed., México 1963].↩︎

  4. V. Robbins, «On a Certain Ambiguity in the Conception of Stationary Equilibrium», The Economic Journal, XL (1930), pp. 211 ss.↩︎