330 Economía
Acción humana
Teoría del mercado
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(von Mises, 1966)

3. La cuantía del tipo de interés

En el ahorro común, así como en el ahorro capitalista practicado por sujetos económicos aislados, el distinto valor otorgado a satisfacer más pronto una necesidad o a atenderla más tarde queda reflejado en la proporción en que la gente prefiere proveer antes al futuro más próximo que al más distante. En la economía de mercado —siempre que se den las circunstancias propias de la construcción imaginaria de una economía de giro uniforme— el tipo del interés originario es igual a la razón existente entre una determinada suma de dinero hoy disponible y otra suma futura considerada equivalente a la primera.

El tipo del interés originario orienta las actividades inversoras de los empresarios. Determina el periodo de espera y el periodo de producción en cada rama industrial.

La gente a menudo se pregunta qué tipos de interés —los «elevados» o los «reducidos»— estimulan más el ahorro y la acumulación de capital. El interrogante carece de sentido. Cuanto menor sea el descuento atribuido a los bienes futuros, menor será el tipo del interés originario. La gente no ahorra más porque se eleve el tipo del interés originario ni éste desciende por el aumento del ahorro. Las variaciones registradas por los tipos originarios de interés, así como los cambios en la cuantía del ahorro —invariadas las restantes circunstancias, en especial los factores institucionales—, son dos caras de un mismo fenómeno. La desaparición del interés originario implicaría la desaparición del consumo. Un incremento verdaderamente inmoderado del interés originario provocaría la abolición del ahorro y de toda previsión del futuro.

La cuantía de los bienes de capital disponibles para nada influye ni en el tipo del interés originario ni en la suma del ahorro ulterior. Incluso las más amplias existencias de capital no tienen por qué implicar necesariamente ni una baja en el tipo de interés ni una disminución de la tendencia al ahorro. Esa mayor cuantía del capital acumulado y de la cuota de capital invertido por individuo, que es nota característica de las naciones económicamente más avanzadas, no desata forzosamente una tendencia a la baja del interés originario ni induce a la gente a reducir su ahorro. Son muchas las personas que, en estos asuntos, se confunden al comparar meramente los tipos de interés tal como aparecen en el mercado de capitales. Estos tipos brutos no reflejan exclusivamente la cuantía del interés originario, sino que contienen, como veremos más adelante, otros elementos cuya concurrencia aclara por qué los intereses brutos suelen ser, por lo general, más elevados en las naciones pobres que en las ricas.

Suele decirse que —en igualdad de circunstancias— cuanto mejor suministrados estén los individuos para el futuro inmediato, mejor proveerán a las necesidades del futuro más alejado. En consecuencia, se afirma, la cuantía total del ahorro practicado y del capital acumulado en el ámbito de una economía depende de que los individuos se hallen distribuidos en grupos de ingresos diversos. Según esta tesis, en una sociedad con gran igualdad económica habrá siempre menos actividad ahorradora que en una sociedad con mayor desigualdad. La observación contiene una brizna de verdad. Sin embargo, estas afirmaciones se refieren a hechos psicológicos y, por tal razón, carecen de la necesaria y universal validez de las conclusiones praxeológicas. Es más, entre esas otras circunstancias que se suponen invariadas, se encuentran las valoraciones de múltiples personas, es decir, sus subjetivos juicios de valor formulados al ponderar los pros y los contras de proceder al consumo inmediato o a la posposición del mismo. Habrá muchos individuos que reaccionarán tal como presumen las afirmaciones mencionadas; pero también habrá otros que actuarán de modo distinto. El labriego francés —por lo general, de moderados medios— fue comúnmente considerado durante el siglo XIX persona mezquina y avarienta en sus gastos; los ricos aristócratas, así como los herederos de las grandes fortunas de origen comercial e industrial, se caracterizaron, en cambio, por su vida dispendiosa.

Así pues, no se puede formular ningún teorema praxeológico que relacione la cantidad total de capital existente en la nación o poseído individualmente por la gente, de un lado, con la cuantía del ahorro o del capital consumido y el nivel del tipo de interés, de otro. La asignación de medios siempre escasos a la provisión de épocas futuras diversamente alejadas está regida por juicios de valor y, de manera indirecta, por todos aquellos factores que integran la individualidad del sujeto actuante.