4. El interés originario en la economía cambiante
Hasta ahora hemos abordado el estudio del interés originario suponiendo que las operaciones mercantiles se efectúan mediante dinero neutro (neutral money); que el ahorro, la acumulación de capital y la fijación de los tipos de interés se practica libremente, sin obstáculos de orden institucional; y que todo el proceso económico se desenvuelve dentro del marco de una economía de giro uniforme. En el capítulo siguiente eliminaremos los dos primeros presupuestos. Ahora nos ocuparemos del interés originario en una economía cambiante.
Quien pretenda atender futuras necesidades deberá prever con acierto en qué consistirán éstas el día de mañana. Si el interesado yerra en tal previsión, sus verdaderas necesidades futuras o no serán atendidas o lo serán sólo imperfectamente. No existe un ahorro, como si dijéramos, abstracto, aplicable a toda clase de necesidades, inmune a los cambios de circunstancias y valoraciones. De ahí que en una economía cambiante el interés originario jamás puede aparecer en forma pura y sin mezcla alguna. Sólo en el marco de la economía de giro uniforme el interés originario cierra su ciclo por el simple transcurso del tiempo; por el decurso del mismo y a medida que progresa el proceso de producción, se va añadiendo cada vez más valor a los factores complementarios de producción: al concluir el proceso, el paso del tiempo ha hecho que quede incluido en el precio la totalidad de la cuota correspondiente al interés originario. En la economía cambiante, por el contrario, durante el periodo de producción tienen lugar al mismo tiempo otras variaciones en las evaluaciones. Hay bienes que se estiman más que antes; otros, en cambio, menos. Tales alteraciones constituyen la base de las ganancias y las pérdidas empresariales. Sólo aquellos empresarios que supieron prever acertadamente la futura situación del mercado consiguen, al vender sus productos, cosechar un excedente de ingresos sobre los costes de producción (en los que se comprende el interés originario neto). El empresario que erró en la anticipación del futuro logrará, en el mejor de los casos, vender sus mercancías a precios que no cubren la totalidad de sus gastos más el interés del capital invertido.
El interés no es un precio, como tampoco lo son la pérdida ni la ganancia empresarial; se trata de magnitudes que pueden ser separadas, mediante el oportuno cálculo, del precio total alcanzado por los productos, siempre y cuando la operación haya sido lucrativa. La diferencia entre el precio de venta de la mercancía y la suma de los costes (excluido el interés del capital invertido) ocasionados por su producción es lo que los economistas clásicos ingleses denominaban beneficio1. La economía moderna, en cambio, ve en dicha magnitud un conjunto formado por diferentes conceptos catalácticos. En ese excedente de ingresos sobre gastos, denominado beneficio por los economistas clásicos, se comprende el valor del trabajo con que el propio empresario ha contribuido al proceso productivo, el interés del capital invertido y, finalmente, el beneficio empresarial en sentido propio. Si los rendimientos de las ventas no llegan a producir este excedente de ingresos, el empresario no sólo se ve privado de beneficio propiamente dicho, sino también de la retribución que el mercado hubiera otorgado a su trabajo personal, así como de los intereses del capital que dedicó a la empresa.
El distinguir entre los beneficios brutos (en el sentido que los clásicos los entendían), salario propio, interés y beneficio empresarial no es un simple capricho de la investigación económica. Tal distinción tomó cuerpo en la práctica mercantil al perfeccionarse los sistemas de contabilidad y cálculo, con plena independencia de los estudios de los economistas. El hombre de negocios perspicaz no concede virtualidad práctica alguna al confuso y enmarañado concepto de beneficio defendido por los clásicos. Entre los costes de producción sabe que debe incluir el potencial precio de mercado de su trabajo personal, los intereses efectivamente pagados en razón a créditos obtenidos y, asimismo, los eventuales intereses que, de acuerdo con las condiciones del mercado, podía haber devengado si hubiera prestado a terceras personas el capital propio invertido en el negocio. Sólo si los ingresos superan la cuantía de todos estos costes puede el empresario considerar que ha obtenido auténtico beneficio2.
Separar el salario empresarial de los demás conceptos incluidos en el concepto de beneficio de los economistas clásicos no presenta especial problema. Más difícil es separar el beneficio empresarial del interés originario. En la economía cambiante, los intereses pactados en las operaciones crediticias constituyen siempre un conglomerado, del cual es preciso deducir el interés originario puro mediante un particular método de cálculo y distribución analítica. Como ya vimos anteriormente, todo crédito, independientemente de las variaciones que el poder adquisitivo del dinero pueda experimentar, es siempre una especulación empresarial que puede ocasionar la pérdida total, o al menos parcial, de la cantidad prestada. El interés efectivamente convenido y pagado comprende, por tanto, interés originario y, además, beneficio empresarial.
Este hecho perturbó durante mucho tiempo todos los intentos de articular una teoría científica del interés. Sólo la formulación de la construcción imaginaria de la economía de giro uniforme permitió, finalmente, distinguir con precisión el interés originario y la ganancia o pérdida empresarial.
Footnotes
V. R. Whately, Elements of Logic, 9.a ed., Londres 1948, pp. 354 ss; E. Cannan, A History of the Theories of Production and Distribution in English Political Economy from 1776 to 1848, 3.a ed., Londres 1924, pp. 189 ss [tr. esp., FCE, México 1948].↩︎
La confusión que actualmente se pretende crear en tomo a los conceptos económicos contribuye a oscurecer esta distinción. Así, en Estados Unidos, los dividendos que pagan las compañías la gente los califica como «beneficio».↩︎