330 Economía
Acción humana
Teoría del mercado
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(von Mises, 1966)

1. Trabajo introversivo y trabajo extroversivo

El hombre se somete a la fatiga del trabajo, es decir, renuncia al ocio, por distintas razones.

Trabaja a veces para dar fuerza, vigor y agilidad a su mente o cuerpo. La fatiga no es un precio que se pague por la consecución del resultado, pues es precisamente lo que el sujeto busca. Los ejemplos más típicos de esta clase de actividad nos los brinda, de un lado, el deporte puro, cuando se practica sin perseguir la recompensa material o el aplauso popular, y, de otro, la búsqueda de la verdad y del saber en sí, o sea, no por mejorar la propia capacidad o habilidad en cometidos orientados hacia otros objetivos personales1.

Tal vez se someta el hombre a la fatiga laboral por servir a Dios. Renuncia al descanso para agradar al Señor; le recompensa pensar que disfrutará un día de la felicidad eterna, mientras en este mundo le gratifica saber que está cumpliendo fielmente sus obligaciones religiosas. (En el caso de que el sujeto sirva a Dios con miras a conquistar bienes terrenos —el pan cotidiano, el triunfo en los negocios—, su conducta no se diferencia sustancialmente de la de quienes buscan a través del trabajo gratificaciones mundanas. El que la filosofía del actor sea o no correcta y el que sus previsiones lleguen o no a materializarse carece de importancia en relación con la conceptuación cataláctica que tal modo de actuar merece)2.

Puede también trabajar para evitar otros males mayores. Puede, en efecto, trabajar para olvidar, para eludir tristes pensamientos, para no aburrirse; el trabajo es entonces como una refinada forma de juego. Tan depurada distracción no debe confundirse con los pasatiempos infantiles en que los niños buscan exclusivamente su propio deleite. (Incluso en los juegos infantiles cabe distinguir clases. Los niños son lo suficientemente complicados como para inventar también complejas diversiones).

Finalmente, puede trabajar porque valore en más el fruto del trabajo que el placer del ocio, del no someterse a la fatiga laboral.

El trabajo al que se refieren los apartados 1, 2 y 3 se realiza porque la fatiga del trabajo en sí satisface, independientemente del fruto generado. El interesado lucha y se esfuerza no por alcanzar determinado premio al final de la etapa, sino porque el mero hecho de cubrirla le gratifica. El montañero no quiere simplemente alcanzar la cúspide; quiere escalarla. Rechaza el funicular; aunque en él llegaría arriba más pronto, con menor esfuerzo e incluso —habida cuenta de lo que el necesario guía le cobrará— por menos dinero. El cansancio de la ascensión, por sí mismo, no le satisface; es trabajo fatigoso. El superar tal fatiga es lo que le gratifica. Una ascensión de mayor comodidad no le agradaría más, sino menos.

Podemos calificar de introversivo el trabajo de los apartados 1, 2 y 3 y de extroversivo el descrito bajo el apartado 4. Hay casos en que un trabajo introversivo —como subproducto, podríamos decir— provoca efectos por conseguir los cuales otras personas se someten a la fatiga laboral. Hay personas devotas que, sin esperar más premio que el celestial, cuidan enfermos; quien, sólo por alcanzar la verdad, estudia e investiga, y tal vez incidentalmente descubra algo útil. Estos supuestos de trabajo introversivo pueden influir en el mercado laboral. A la cataláctica, sin embargo, por lo general, sólo le interesa el trabajo extroversivo.

Los problemas psicológicos que el trabajo introversivo suscita carecen de relevancia cataláctica. Desde el punto de vista económico, el trabajo introversivo debe estimarse mero consumo. Su ejecución, por lo general, exige no sólo la intervención activa de los interesados, sino además el gasto de factores materiales de producción y aportación laboral extroversiva, es decir, no por sí misma gratificadora, de terceras personas a quienes por ello se paga el correspondiente salario. La actividad religiosa requiere disponer de inmuebles y útiles diversos; el deporte exige campos y aparatos, instructores y preparadores. Todo ello pertenece al mundo del consumo.

Footnotes

  1. El conocimiento no aspira a otro fin que conocer. Lo que gratifica al pensador es su pensar en cuanto tal, no la consecución de un conocimiento perfecto, que es algo inaccesible al hombre.↩︎

  2. No es necesario observar que al comparar el afán de saber y el ejercicio de la vida piadosa con los deportes y los juegos en modo alguno se pretende menospreciar aquellas actividades.↩︎