2. La alegría y el fastidio en el trabajo
Sólo el trabajo extroversivo, el trabajo no inmediatamente gratificante es tema de la disquisición cataláctica. La nota característica de dicha actividad laboral es que se practica para conseguir un fin ajeno al propio trabajo, a la fatiga que el mismo provoca. La gente trabaja porque aprecia el fruto de su labor. El trabajo en sí fatiga. Pero al margen de esta fatiga, que es desagradable y que por sí sola haría que el hombre trabajase lo menos posible, aun cuando su capacidad laboral fuera ilimitada y le permitiera trabajar sin límite, al ejecutar determinados trabajos se producen particulares fenómenos emocionales y el interesado experimenta alegría o fastidio.
Estas sensaciones nada tienen que ver con la fatiga laboral. La alegría del trabajo no puede aliviar ni suprimir la fatiga que produce ni debe confundirse con la inmediata gratificación que ciertos trabajos producen. Es un fenómeno concomitante que procede de la retribución mediata del trabajo, el producto o recompensa, o bien de alguna otra circunstancia accesoria.
La gente no se somete a la fatiga del trabajo por el gozo que pueda acompañarle, sino por la retribución mediata. De hecho el gozo del trabajo presupone para la mayoría de la gente la fatiga o desutilidad del trabajo en cuestión.
La alegría del trabajo brota de lo siguiente:
De prever la mediata recompensa que el trabajo tendrá; de anticipar mentalmente el disfrute de su fruto o rendimiento. El trabajo es un medio que permite al actor conseguir determinado objetivo; por eso éste se alegra al contemplar cómo progresa la labor aproximándose el momento de alcanzar la meta ambicionada. Su alegría es avance de la que después le proporcionará el fruto de su trabajo. Dicha alegría, en una organización social, toma cuerpo en la satisfacción que el sujeto siente al pensar que ocupa un determinado puesto en la distribución social de las funciones productivas, observando cómo los demás aprecian sus servicios adquiriendo sus producciones o retribuyendo sus prestaciones. Complace al trabajador ese respeto ajeno y el saber que mantiene a los suyos sin depender de la caridad de nadie.
Del placer que al actor le produce la contemplación de su obra. No se trata de una satisfacción pasiva, como la puede experimentar quien contempla la creación ajena. Enorgullece al interesado el pensar: soy capaz de realizar con mi trabajo personal obras de esta categoría.
De ver completada la labor. El sujeto siente el placer de haber superado con éxito las dificultades y enojos de la tarea. Le alegra haberse quitado de encima una faena difícil, desagradable y penosa, quedando momentáneamente liberado de la fatiga laboral. Se regocija al pensar: «terminé».
De la gratificación que específicos trabajos proporcionan a determinadas apetencias. Existen tareas que, por ejemplo, producen satisfacciones eróticas, conscientes o inconscientes. Las correspondientes inclinaciones pueden ser normales y también morbosas. Hay labores que permiten a fetichistas, homosexuales, sádicos y otros satisfacer sus particulares proclividades. En consecuencia, tales trabajos les resultan especialmente gratos. A veces se ocultan también crueles y sanguinarias predisposiciones tras máscaras profesionales.
Es muy distinta la capacidad de los diversos tipos de trabajo para provocar la alegría que nos ocupa. Las gratificaciones a que aluden los párrafos 1 y 3 pueden ser más uniformemente sentidas que la gratificación a que se refiere el apartado 2. Más excepcionales, naturalmente, son las del párrafo 4.
La alegría del trabajo puede estar totalmente ausente. Los factores físicos pueden eliminarla del todo. Pero también es posible incrementarla de modo deliberado.
Los buenos conocedores del alma humana han sabido siempre acrecentar la alegría del trabajo. Así se explican gran parte de los triunfos alcanzados por caudillos y militares con tropas mercenarias. Facilitaba su labor el hecho de que la profesión de las armas resulta especialmente idónea para provocar las satisfacciones del párrafo 4. Tales alegrías, sin embargo, no las experimenta exclusivamente el militar leal. Puede igualmente disfrutarlas aquél que deja a su capitán en la estacada, pasándose al bando enemigo. Por eso, los jefes de mercenarios se cuidaron siempre de promover especialmente en sus tropas la fidelidad, el esprit de corps, al objeto de inmunizarlas contra la tentación de desertar. Hubo también, desde luego, adalides que para nada se preocuparon de cosas tan intangibles. En los ejércitos y las flotas guerreras del siglo XVIII se recurría a los más bárbaros castigos para asegurar la disciplina y evitar las huidas y traiciones.
El industrialismo moderno no se interesó específicamente por incrementar la alegría del trabajo. Le bastaba el enorme progreso material que proporcionaba a los trabajadores en su calidad tanto de asalariados como de consumidores. No parecía en verdad necesario conceder especiales atractivos cuando los obreros acudían en tropel a las fábricas y se desplazaban en masa hacia las zonas industriales. Eran tan evidentes los beneficios que la organización capitalista deparaba a los de menores medios que ningún empresario estimó necesario encandilar a los obreros con arengas procapitalistas. El capitalismo produce en masa para atender las necesidades de las masas. Los compradores de las mercancías producidas son, en su mayoría, las propias gentes que las producen como asalariados. El empresario, a través del continuo aumento de las ventas, constata la ininterrumpida elevación del nivel de vida del proletariado. No se preocupa de lo que puedan pensar sus trabajadores. Prefiere servirles devotamente en tanto consumidores. Incluso hoy, frente a la más persistente y fanática propaganda anticapitalista, apenas existe una contrapropaganda.
Esta propaganda anticapitalista es un plan sistemático para sustituir la alegría del trabajo por el tedio. La alegría de los apartados 1 y 2 depende hasta cierto punto de factores ideológicos; enorgullece al trabajador el puesto que ocupa en la sociedad y su activa contribución al esfuerzo común. Pero cuando tal actitud mental se desprestigia conscientemente, aireando ante el obrero que no es sino una desamparada víctima de explotadores sin entrañas, se destruye la alegría del trabajador y se la reemplaza por fastidio y tedio.
Ninguna ideología, por mucho que se pregone y propague, es capaz de suprimir la fatiga del trabajo. Es imposible anularla ni aminorarla por medio de la persuasión o la sugestión. Tampoco pueden incrementarla palabras y doctrinas. La fatiga laboral es una realidad insoslayable. El libre y espontáneo ejercicio de las propias energías es siempre más grato que el dedicarlas consciente y decididamente a la consecución de determinado objetivo. Incluso quien, con la más austera voluntad de sacrificio, se entrega en cuerpo y alma a un trabajo siente la fatiga del mismo. Aun cuando experimente la alegría a que se refiere el apartado 3, no por ello dejará de hacer cuanto esté en su mano por reducir el trabajo en cuanto no se perturbe la gratificación esperada.
Sin embargo, la alegría de los apartados 1 y 2, e incluso a veces la del 3, puede ser eliminada y sustituida por el fastidio a causa de influencias ideológicas. El trabajador a quien se ha logrado convencer de que trabaja, no porque subjetivamente valora en más la retribución convenida que el placer del ocio, sino porque le ha sido impuesto coactivamente el trabajo en el marco de una injusta organización social, no puede menos de odiar su tarea. Ofuscado por esa propaganda socialista, olvida que la desutilidad del trabajo es una realidad inexorable que ningún método de organización social puede suprimir. Es víctima de la falacia marxista según la cual en la sociedad socialista el trabajo no produce fatiga sino placer1.
El hecho de que el tedio sustituya a la alegría del trabajo no afecta ni a la desutilidad del trabajo ni al producto del mismo. Ni la demanda ni la oferta de trabajo experimentan cambio alguno. La gente no trabaja por esa alegría, sino por la recompensa mediata que el trabajo proporciona. Lo único que cambia es la postura emocional del trabajador. Su trabajo, su posición en la división social del trabajo, sus relaciones con los demás miembros de la sociedad y con la sociedad en su conjunto se le presentan en una nueva perspectiva. Se considera víctima indefensa de un sistema injusto y absurdo. Se vuelve malhumorado, criticón e inestable, fácil presa de lunáticos y charlatanes. Cuando la gente aborda con jovial impulso la tarea diaria y sabe superar desenfadadamente la fatiga del trabajo, respira optimismo, siente simpatía por los demás y ve reforzada su energía y capacidad vital. En cambio, la sensación de tedio en el trabajo hace a la gente displicente y neurótica. Una comunidad en la que prevalezca el tedio en el trabajo es un conjunto de individuos descontentos, enojados y porfiadores.
Sin embargo, tanto la alegría como el tedio en el trabajo son circunstancias meramente accidentales en relación con los motivos que inducen al hombre a someterse a la fatiga que el trabajo produce. Nadie trabaja por la mera alegría de la tarea. Ni esta alegría puede sustituir la mediata recompensa que del trabajo se espera. La única forma de inducir a un hombre a trabajar más y mejor es incrementar dicha recompensa. El cebo de la alegría carece a estos efectos de eficacia. Así lo advirtieron los dictadores de la Rusia soviética, la Alemania nazi y la Italia fascista cuando pretendieron conceder a esa alegría una función específica en su sistema de producción.
Ni la alegría ni el fastidio del trabajo influyen en la cantidad de la oferta del mismo. Ello es evidente si suponemos que estos sentimientos se hallan presentes con la misma intensidad en toda clase de trabajo. Pero también es cierto respecto a la alegría y el fastidio que se hallan condicionados por las especiales características del trabajo en cuestión o por la particular personalidad del trabajador. Consideremos, por ejemplo, la alegría del apartado 4. El afán de ciertas personas por ocupar puestos que les permitan disfrutar de estas satisfacciones provoca una tendencia a la baja en los correspondientes salarios. Esta rebaja induce, como es natural, a que quienes no se ven atraídos por esos dudosos placeres prefieran otras ocupaciones mejor retribuidas. Y este segundo impulso viene a anular los efectos del primero.
La alegría y el fastidio del trabajo son fenómenos psicológicos que para nada influyen en la valoración subjetiva de la fatiga laboral por el interesado, en el valor que se concede a la mediata recompensa de la labor, ni en el precio con que el mercado retribuye cada tarea.
Footnotes
Engels, Herrn Eugen Dührings Umwälzung der Wissenschaft, 7.a ed., Stuttgart 1910, p. 317. [tr. esp. de Manuel Sacristán, Grijalbo, México 1964, y Edit. Crítica, Barcelona 1977].↩︎