3. Los salarios
El trabajo es un factor de producción escaso. Como tal factor de producción se compra y se vende en el mercado. El precio del trabajo queda comprendido en el precio del producto o servicio si es el propio trabajador quien vende el producto o servicio. Cuando, en cambio, lo que se compra es trabajo puro, ya sea por un empresario dedicado a producir para el mercado o por un consumidor que desea consumir el fruto obtenido, denominamos salario a la cantidad pagada por tal contribución laboral.
Para el hombre que actúa, el propio trabajo no es sólo un factor de producción, sino también causa de fatiga y de desgaste; al valorar el trabajo personal, el sujeto no sólo pondera la recompensa mediata que obtendrá, sino también la fatiga que aquél habrá de producirle. Para él, como para todo el mundo, el trabajo ajeno que acude al mercado no es más que factor de producción. El hombre opera con la capacidad laboral ajena exactamente igual que con todos los demás escasos factores de producción. Valora, en definitiva, la aportación laboral con el mismo criterio que los restantes bienes económicos. El precio del trabajo se determina en el mercado del mismo modo que se fijan los precios de las mercancías. En este sentido, podemos afirmar que el trabajo es una mercancía más. Carecen de importancia las asociaciones emocionales que, bajo la influencia marxista, pueda suscitar este término en algunos. Baste señalar que el patrono, ante el trabajo y ante las restantes mercancías, no puede sino adoptar la misma postura, pues son los consumidores los que así le obligan a proceder.
No se puede hablar de trabajo y de salarios en general sin establecer las oportunas distinciones. No existe una clase uniforme de trabajo o un tipo general de salario. El trabajo es muy diferente en calidad y cada forma de trabajo rinde servicios específicos. Cada trabajo se valora como factor complementario de producción que permite obtener determinados bienes y servicios. No existe, por ejemplo, relación directa entre el valor atribuido a la labor del cirujano y el otorgado a la del estibador. Pero indirectamente cada sector mercantil está relacionado con todos los demás. Por grande que fuera la demanda de cirujanos, no se lanzarían los estibadores en masa a practicar la cirugía. En todo caso, las fronteras entre las diversas zonas del mercado laboral no son insalvables. Prevalece una permanente tendencia de los trabajadores a pasar de unas ramas productivas a otras similares si las circunstancias en estas últimas les parecen más agradables. De ahí que toda variación de la demanda de determinado trabajo acabe influyendo en los restantes sectores laborales. Todas las actividades productivas compiten indirectamente entre sí por el trabajo. Si aumenta el número de médicos, se reduce el de quienes trabajan en otras profesiones semejantes, y el vacío que éstos dejan lo vienen a ocupar trabajadores de otros sectores, y así sucesivamente. En este sentido, todos los grupos ocupacionales se hallan relacionados entre sí por más diferentes que sean las exigencias en cada uno de ellos. Una vez más comprobamos cómo la diversidad en la cualidad del trabajo que se precisa para satisfacer nuestras necesidades es mayor que la diversidad de las habilidades innatas del hombre para realizarlo1.
Existe conexión no sólo entre los distintos tipos de trabajo y los precios que por ellos se pagan, sino además entre el trabajo, de un lado, y los factores materiales de producción, de otro. El trabajo, dentro de ciertos límites, puede ser reemplazado por factores materiales de producción, y viceversa. El que tales sustituciones se practiquen depende de los respectivos precios de los diversos trabajos y medios de producción.
Los salarios —al igual que los precios de los factores materiales de producción— sólo puede fijarlos el mercado. No existen salarios fuera del mercado, como tampoco hay precios en ausencia del mismo. Con el trabajo, allí donde existen salarios, se opera igual que con los factores materiales de producción, comprándose y vendiéndose tanto aquél como éstos. Denominamos mercado laboral a aquel sector del mercado de los bienes de producción en el que se contrata el trabajo. El mercado laboral, al igual que todos los demás mercados, lo activan los empresarios deseosos de obtener beneficio. Cada empresario procura adquirir al precio más barato posible los tipos de trabajo que precisa. Sin embargo, el salario que ofrece tiene que ser lo suficientemente elevado para atraer al trabajador que le interese separándole de la solicitación de los demás empresarios que igualmente pretenden contratar sus servicios. El límite máximo del salario se halla prefijado por el precio a que el empresario piensa que podrá vender la mayor cantidad de mercancías producida gracias al nuevo trabajador contratado. El límite mínimo lo determinan las ofertas de los restantes empresarios, también deseosos de obtener el mayor lucro posible. A esta concatenación de circunstancias es a la que los economistas se refieren cuando afirman que la cuantía de cada salario depende de la cuantía de la oferta de trabajo y de factores materiales de producción, de un lado, y, de otro, del futuro precio previsto para los bienes de consumo.
Esta explicación cataláctica de la determinación de los salarios ha sido objeto de los más apasionados ataques, carentes, sin embargo, de toda base. Se ha dicho que la demanda de trabajo está monopolizada. La mayor parte de quienes sostienen esta doctrina piensan haber demostrado suficientemente su tesis con la simple referencia a una observación incidental de Adam Smith respecto a «una especie de tácito pero constante acuerdo» entre los patronos para mantener bajos los salarios2. Otros hablan vagamente de posibles asociaciones patronales. La vaciedad de todo ello es manifiesta. Pero comoquiera que esas confusas ideas son el principal fundamento ideológico en que se basan la acción sindical y la política laboral, es preciso analizarlas con la debida atención.
Los empresarios se encuentran frente a quienes enajenan su capacidad laboral en la misma posición que ante los vendedores de los factores materiales de producción. Desean adquirir los factores de producción que precisan al precio más barato posible. Pero en el caso de que algunos empresarios, ciertos grupos de empresarios o todos ellos, en su afán de reducir los costes, ofrecieran por los factores de producción precios o salarios excesivamente bajos, es decir, disconformes con la efectiva estructura del mercado, únicamente podrían adquirir esos factores si mediante barreras institucionales se cerrara el acceso al estamento empresarial. Mientras no se impida la libre aparición de nuevos empresarios, ni se obstaculice la ampliación de las actividades de aquéllos que ya operan como tales, toda rebaja de los precios de los factores de producción que no concuerde con la efectiva disposición del mercado brinda a cualquiera oportunidades de lucro. Aparecen de inmediato gentes que se aprovechan en beneficio propio de esa diferencia entre los salarios ofrecidos por el empresario y la productividad marginal del trabajador. Tales personas, al pujar y competir entre sí por dicha capacidad laboral, encarecen los salarios y hacen que se adapten a la productividad marginal. De ahí que aunque existiera el tácito acuerdo de empresarios a que se refiere Adam Smith, para lograr una reducción efectiva de los salarios por debajo del nivel del mercado competitivo sería preciso que el acceso a la condición empresarial exigiese no sólo inteligencia y capital (este último siempre disponible para los proyectos que prometen mayor rentabilidad), sino además determinado título institucional, una patente o licencia, concedida discrecionalmente a ciertos privilegiados.
Se ha dicho que el trabajador tiene que vender su trabajo a cualquier precio, por bajo que sea, puesto que depende exclusivamente de su renta laboral. No puede esperar y tiene que conformarse con lo que el patrono quiera darle. Esa inherente debilidad de la postura de los asalariados facilita la asociación de los de arriba, quienes sin dificultad logran, así, reducir las retribuciones laborales. Los patronos pueden cómodamente aguardar, pues no precisan de los servicios laborales tan acuciantemente como los trabajadores necesitan comer. El argumento es falso. Supone que los empresarios se apropian de la diferencia entre el salario correspondiente a la productividad marginal del trabajo de que se trate y ese otro más bajo impuesto coactivamente, como si se tratara de un mero beneficio de monopolio, dejando de transferir ese beneficio a los consumidores mediante la reducción de los precios. Es evidente que si los empresarios redujeran sus precios en la medida en que disminuyen sus costes de producción, en su calidad de empresarios y vendedores de sus mercancías no obtendrían ventaja alguna de la baja de los salarios. La ganancia pasaría íntegra a los consumidores y, por ende, a los asalariados en cuanto consumidores; los empresarios sólo se beneficiarían en cuanto consumidores. Por el contrario, para retener el beneficio extra resultante de la «explotación» del obrero a causa de su débil poder de contratación, los empresarios deberían ponerse de acuerdo y actuar todos de consuno en cuanto vendedores de sus productos. Tendrían que implantar un monopolio universal que comprendiera todas las actividades productoras, monopolio que sólo se puede crear mediante la restricción institucional al acceso a la acción empresarial.
Lo importante en esta materia es que esa monopolística asociación de patronos de la que hablan Adam Smith y la opinión pública en general sería un evidente monopolio de demanda. Pero ya hemos visto que el monopolio de demanda no puede darse y que los que erróneamente se denominan así son en realidad monopolios de oferta especiales. De ahí que los empresarios, aunque se pusieran de acuerdo y actuaran de consuno, sólo podrían rebajar efectivamente los salarios si además controlaran determinado factor necesario en toda producción y, en típica actuación monopolística, restringieran el uso y aprovechamiento de dicho factor. Comoquiera que no hay ningún factor natural cuya intervención sea precisa en todas las producciones, tendrían que monopolizar todos los factores materiales de producción existentes. Ello sólo es posible bajo una organización socialista, sin mercado, sin precios y sin salarios.
Los propietarios de los factores de producción, es decir, los capitalistas y los terratenientes, tampoco podrían formar un cartel universal en perjuicio de los trabajadores. La nota característica de las actividades productivas en el pasado y en el futuro previsible es que escasea mucho más el trabajo que la mayoría de los factores naturales de producción. Esa comparativamente mayor escasez del trabajo determina la amplitud en que pueden utilizarse los comparativamente más abundantes factores naturales o primarios. Hay tierras sin cultivar, minas sin explotar y riquezas naturales sin aprovechar porque no se dispone de suficiente fuerza laboral. Si los propietarios de las tierras que actualmente se cultivan formaran entre sí un cartel buscando ganancias monopolísticas, sus planes se vendrían abajo por la competencia de los propietarios de las tierras hoy submarginales. Por su parte, los dueños de los anteriormente producidos factores de producción tampoco podrían formar un cartel sin la cooperación de los propietarios de los factores primarios.
Otras objeciones se han formulado contra esa supuesta explotación monopolística del obrero mediante tácita o abierta asociación de los patronos. Se ha demostrado que en ninguna época ni en ningún lugar en que haya existido una economía de mercado no interferida ha podido constatarse la existencia de semejantes carteles. También se ha demostrado no ser cierto que el asalariado no pueda esperar y que por ello se vea obligado a aceptar cualquier salario por bajo que sea. El obrero no se muere de hambre si transitoriamente deja de trabajar, sino que cuenta con reservas que le permiten aguardar. Prueba palpable de ello es que en la práctica deja de trabajar hasta que mejoran las condiciones. Tal espera puede también ser desastrosa para los empresarios y capitalistas afectados. Gravemente se perjudican éstos cuando dejan de utilizar sus capitales. Así, pues, por ninguna parte aparece esa supuesta «ventaja empresarial» e «inferioridad obrera» en la contratación laboral3.
Pero estas consideraciones son secundarias y accidentales. El hecho básico es que ni existe hoy ni jamás podrá darse un monopolio de demanda de trabajo bajo un mercado libre. Este fenómeno sólo podría darse como resultado de obstáculos institucionales que entorpecieran el acceso a la condición empresarial.
Sobre otro punto debemos aún insistir. La doctrina de la manipulación monopolística de los salarios por parte de los empleadores se refiere al trabajo como si fuera una realidad uniforme. Maneja conceptos tales como demanda de «trabajo en general» y oferta de «trabajo en general». Pero estas expresiones, como ya hemos observado, son inexactas. Lo que en el mercado se compra y se vende no es «trabajo en general», sino determinadas contribuciones laborales capaces de provocar efectos concretos. Cada empresario busca aquellos trabajadores que precisamente puedan desempeñar las precisas funciones que exige la realización de sus proyectos. Debe sacar a esos trabajadores especializados de los puestos que ahora ocupan. Para ello no tiene más remedio que ofrecerles mejores retribuciones. Toda innovación que el empresario quiera implantar —producir un nuevo artículo, imponer un nuevo sistema, mejorar la ubicación de cierta producción o, simplemente, ampliar la capacidad ya existente en su propia empresa o en otras empresas— precisa contratar trabajadores hasta entonces ocupados en otras tareas. Los empresarios no se enfrentan con escasez de «trabajo en general», sino con penuria de trabajadores idóneos para realizar específicas operaciones. La competencia que entre los patronos se plantea por conseguir la mano de obra apropiada no es menos dura que la que entre ellos se suscita al pujar por las materias primas requeridas, las máquinas y herramientas o por el necesario capital en el mercado crediticio y dinerario. La expansión de las diversas industrias y de la sociedad en general se ve coartada no sólo por la limitación de los bienes de capital disponibles y del «trabajo en general». Cada rama productiva tiene limitado su crecimiento por el número de especialistas disponibles. Desde luego, se trata de un problema sólo transitorio que tiende a desaparecer a largo plazo a medida que nuevos trabajadores, atraídos por la mejor remuneración de los especialistas en los sectores comparativamente menos guarnecidos, se preparan para desempeñar las tareas en cuestión. Pero en una economía cambiante esa escasez de especialistas se reproduce a diario y determina la conducta de los empleadores en su búsqueda de trabajadores.
El empresario procura siempre adquirir los factores de producción (entre los que se incluye el trabajo) que necesita al precio más bajo posible. El patrono que paga a sus asalariados sumas superiores al valor que el mercado atribuye a los servicios que le prestan es pronto desplazado de la función empresarial. Pero, por lo mismo, quien pretende pagar salarios inferiores a los de la utilidad marginal del trabajo en cuestión debe renunciar a aquellos trabajadores que le permitirían aprovechar mejor el equipo disponible. Prevalece en el mercado una insoslayable tendencia a que los salarios se igualen con el valor del correspondiente producto marginal. Cuando los salarios caen por debajo de ese nivel, las ganancias que pueden obtenerse de contratar obreros adicionales incrementan la demanda laboral y los hacen subir. En cambio, cuando sobrepasan dicha tasa, el mantener tantos obreros produce pérdidas. El empresario tiene que despedir a un cierto número de trabajadores. La competencia desatada entre los parados hace bajar las retribuciones salariales.
Footnotes
V. pp. 158-162.↩︎
V. Adam Smith, An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations, Basilea 1791, vol. I, lib. I, cap. VIII, p. 100 [tr. esp. de Carlos Rodríguez Braun, Alianza Editorial, Madrid 1994]. El propio Adam Smith, más tarde, sin darse cuenta, abandonó la idea. V. W. H. Hutt, The Theory of Collective Bargaining, Londres 1930, pp. 24-25 [Trad. esp.: La Contratación Colectiva, Unión Editorial, Madrid 1976].↩︎
Estas cuestiones, así como otras no menos interesantes, las analiza concienzudamente Hutt, op. cit., pp. 35-72.↩︎