5. Salarios brutos y salarios netos
Lo que el patrono cobra en el mercado laboral y lo que recibe a cambio del salario que paga es una cierta obra o realización que valora según el precio del mercado. Los usos y costumbres que prevalecen en los diversos sectores del mercado de trabajo para nada influyen sobre el precio que efectivamente se paga por determinadas cantidades de específicas realizaciones. Los salarios brutos tienden siempre hacia el punto en que se igualan con el precio al que puede venderse en el mercado el incremento de producción logrado mediante el obrero marginal, deducción hecha del coste de los materiales empleados y del interés originario sobre el capital invertido.
Al ponderar las ventajas e inconvenientes de contratar un trabajador, el patrono se desentiende de qué porción del salario recibirá éste efectivamente. Sólo le interesa saber cuánto tiene que pagar en total para disponer del servicio laboral en cuestión. La cataláctica, al tratar de la determinación de los salarios, se refiere invariablemente al precio total que el patrono paga por procurarse una determinada cantidad de trabajo de específica calidad; es decir, la cataláctica maneja siempre salarios brutos. Si las leyes o los usos mercantiles obligan al patrono a efectuar otros desembolsos distintos del salario que percibe directamente el interesado, estas cantidades deberán computarse también como parte del coste laboral y por lo mismo integrarán la cuantía del salario bruto. Su importe recae enteramente sobre el asalariado. La retribución que el trabajador percibe directamente, es decir, el salario neto, se reduce en una suma igual al importe de esos desembolsos adicionales.
Conviene destacar las siguientes consecuencias de lo anterior:
1. Es indiferente que el salario sea horario o por unidades producidas. El empresario, cuando paga el salario con arreglo a plazos temporales, toma en consideración tan sólo el rendimiento medio de sus productores. Descuenta de antemano en sus cálculos las facilidades que el salario temporariamente pagado ofrece al obrero remiso y aranero para perder el tiempo y rehuir la labor. Despide a quienes no dan el mínimo rendimiento previsto. Por su parte, el trabajador que quiere ganar más, o cobra con arreglo a las unidades producidas o busca un puesto horariamente mejor retribuido, precisamente por ser más elevado ese mínimo laboral que se le exige.
También es indiferente, en un mercado laboral libre de interferencias, el que los salarios se paguen por días, semanas, meses o años. Tampoco es relevante que el preaviso de despido sea más largo o más corto, que los contratos de trabajo se concierten por plazo limitado o por la vida del trabajador, que el asalariado tenga o no derecho a retiros y haberes pasivos para sí, su viuda o sus descendientes, a vacaciones pagadas, a asistencia en caso de enfermedad o accidente, o a cualesquiera otros beneficios y privilegios. El dilema que invariablemente se plantea el patrono es: ¿Me conviene o no celebrar este contrato laboral? ¿No estaré pagando demasiado por lo que el trabajador, a cambio del salario, me va a dar?
2. Consiguientemente, es el asalariado quien en definitiva soporta, mediante reducción de su salario neto, todas las cargas y beneficios sociales. Es indiferente que el patrono deduzca o no materialmente del salario que entrega al productor las diversas partidas de la seguridad social. Tales contribuciones gravan siempre al trabajador, nunca al patrono.
3. Lo mismo puede decirse de los impuestos sobre las rentas de trabajo. También en este caso es indiferente que el empresario retenga o no su importe al pagar a su dependiente.
4. La reducción de la jornada laboral tampoco es un regalo que se haga al trabajador. Si éste no logra compensar esa reducción incrementando adecuadamente su productividad, le será reducida la retribución horaria. Y si las autoridades acuerdan la reducción de la jornada y al mismo tiempo prohíben rebajar los salarios, aparecerán inmediata e inevitablemente los típicos efectos que provoca toda alza coactiva de los sueldos. Lo mismo debemos decir de las demás supuestas conquistas sociales, como vacaciones pagadas y cosas parecidas.
5. Si el gobierno otorga a los empresarios una ayuda por dar trabajo a determinado tipo de obreros, el salario efectivo de éstos se incrementa en la cuantía íntegra de esa ayuda.
6. Si las autoridades conceden a todo trabajador cuyos ingresos no alcancen un cierto mínimo la cantidad necesaria hasta alcanzar este límite, no varía directamente el nivel de los salarios. Pero podría producirse indirectamente una baja de los mismos, pues es posible que el sistema induzca a que trabajen por cuenta ajena algunos individuos que antes no lo hacían y de este modo aumente la oferta de trabajo1.
Footnotes
En los últimos años del siglo XVIII, el gobierno inglés, cercado por la serie de dificultades que provocaban las prolongadas guerras con Francia y los métodos inflacionarios adoptados para financiarlas, recurrió a tal arbitrio (sistema Speenhamland). Lo que de verdad se pretendía era impedir que los trabajadores agrícolas abandonaran los campos para acudir a las fábricas, donde se les pagaba mejor. El sistema Speenhamland no era más que un disimulado subsidio otorgado a los aristócratas terratenientes, lo cual ahorraba a éstos el tener que incrementar el sueldo a sus trabajadores.↩︎