330 Economía
Acción humana
Teoría del mercado
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(von Mises, 1966)

6. Salario y subsistencia

La vida del hombre primitivo era una lucha incesante contra la escasez de los medios de subsistencia brindados por la naturaleza. Sumidos en ese desesperado afán por sobrevivir, sucumbieron muchas personas, familias, tribus y razas enteras. El fantasma del hambre persiguió inexorablemente a nuestros antepasados. La civilización nos ha librado de tal zozobra. Acechan a la vida del hombre peligros innumerables; hay fuerzas naturales incontrolables o, al menos por ahora, ingobernables, que pueden aniquilar de repente la vida humana. Pero la angustia de la muerte por inanición ya no conturba a quienes viven bajo un régimen capitalista. Todo aquél que puede trabajar gana mucho más de lo que exige la mera subsistencia.

También hay, desde luego, personas impedidas incapaces de trabajar. Hay gente lisiada que sólo puede realizar trabajos fragmentarios; sus taras les impiden gozar de ingresos iguales a los que percibe un trabajador normal; los salarios de tales desgraciados tal vez sean tan exiguos que resulten insuficientes para la subsistencia del interesado, por lo que sólo puede sobrevivir si recibe ayuda de los demás. Los parientes próximos, los buenos amigos, la caridad de instituciones y personas benéficas o las organizaciones estatales deben prestar asistencia a tales desdichados. Quienes viven de la caridad no cooperan en el proceso social de producción; son gente que, en lo atinente a la provisión de sus necesidades, no actúa; viven porque otros se preocupan de ellos. Los problemas referentes a la atención a los pobres atañen a la distribución, no a la producción. Por tal motivo escapan al ámbito de la teoría de la acción humana, que sólo se ocupa de cómo arbitrar los bienes requeridos por el consumo de la gente, sin interesarse por el modo en que estos bienes deben ser efectivamente consumidos. La ciencia cataláctica analiza los sistemas caritativos de asistencia a los desamparados sólo en aquella medida en que los mismos pueden afectar a la oferta de trabajo. Las ayudas sancionadas por la ley en favor de los desvalidos han servido, a veces, para fomentar el ocio y disminuir la afición al trabajo de personas perfectamente sanas y capaces.

En la sociedad capitalista se tiende al continuo aumento de la suma de capital invertido por individuo. La acumulación de capital progresa con mayor rapidez que el incremento de la población. Tanto la productividad marginal del trabajo como los salarios y el nivel de vida de los trabajadores tienden, en consecuencia, al alza continua. Pero este progreso no es fruto de la supuesta ley que invariablemente presidiría la evolución humana, sino que es un efecto provocado por un conjunto de factores que sólo bajo el régimen capitalista pueden darse. Es posible y, dado el cariz de las actuales políticas, incluso no improbable que esta tendencia cambie de signo a causa, por un lado, del consumo de capital y, por otro, del aumento o insuficiente disminución de las cifras de población. Volverían entonces los hombres a saber lo que es la muerte por hambre; parte de los trabajadores, al resultar tan desproporcionada la relación entre la cifra de población y la cuantía de capital disponible, habrían de percibir salarios inferiores al gasto exigido por la mera subsistencia. La aparición de una situación así, indudablemente, provocaría conflictos de tal violencia que se desintegraría todo vínculo social. La división social del trabajo no puede mantenerse cuando los ingresos de ciertos miembros activos de la comunidad resultan inferiores al mínimo exigido por la mera subsistencia.

Ese mínimo fisiológico de subsistencia a que se refiere la «ley de hierro de los salarios» y que la demagogia gusta tanto de esgrimir carece de sentido y aplicación cuando se trata de formular una teoría cataláctica de la determinación del salario. Uno de los fundamentos en que se basa la cooperación social es el hecho de que el trabajo realizado de acuerdo con el principio de la división del trabajo es en tal medida más productivo que los esfuerzos de los individuos aislados que toda persona sana y normal se siente liberada de aquella amenaza de muerte por inanición que continuamente gravitaba sobre nuestros antepasados. En una organización capitalista, ese mínimo fisiológico de subsistencia no desempeña ningún papel cataláctico.

Por otra parte, la idea de un mínimo fisiológico de subsistencia carece de la precisión y el rigor científico que generalmente se le atribuye. El hombre primitivo se adaptaba a una vida más de animal que de persona y sobrevivía en condiciones que literalmente resultarían insoportables para sus melindrosos descendientes mimados por el capitalismo. No existe un mínimo común de subsistencia aplicable, por imperativo fisiológico y biológico, a todos los miembros de la especie zoológica homo sapiens. No menos recusable es la idea según la cual el hombre precisa de una cierta cantidad de calorías simplemente para mantener la salud y la capacidad procreadora, y otra ulterior para compensar las energías consumidas en la actividad laboral. Esos conceptos tal vez interesen en la cría de ganado o en la vivisección de conejillos; de nada le sirven al economista que quiere desentrañar los problemas de la actividad humana consciente. La «ley de hierro de los salarios» y la esencialmente idéntica doctrina marxista según la cual «el valor de la capacidad laboral» viene dado por «el tiempo de trabajo necesario para producir la misma y, por tanto, para reproducirla»1, son las más inadmisibles de todas las que se han defendido en el campo de la cataláctica.

Pudo en otro tiempo atribuirse algún sentido a las ideas contenidas en la ley de hierro de los salarios. Es cierto que si consideramos al trabajador sólo como mero semoviente que no desempeña en la sociedad función alguna aparte de la laboral; sólo si admitimos que no aspira más que a comer y a reproducirse; y sólo si suponemos que no sabe dar a sus ingresos otros destinos que no sean los de categoría puramente animal, podríamos considerar la ley de hierro como teoría válida en orden a la determinación de los salarios. De hecho, a los economistas clásicos, cegados por su defectuosa doctrina del valor, les resultaba imposible resolver el problema. Que el precio natural del trabajo es aquél que permite a los trabajadores subsistir y reproducirse, sin incrementar ni disminuir su número, era la conclusión lógica en que forzosamente desembocaba la inadmisible teoría del valor mantenida por un Torrens o un Ricardo. Cuando sus continuadores advirtieron la imposibilidad de seguir apoyándose en teoría tan insostenible, quisieron revisarla, pero sus infructuosos intentos sólo dieron lugar a nuevos absurdos y en la práctica se renunció a hallar una explicación económica de la determinación de los salarios. Por no abandonar aquel tan querido mínimo de subsistencia, estos pensadores sustituyeron el anterior mínimo fisiológico por un mínimo «social». Dejaron de hablar del mínimo exigido por la subsistencia del trabajador y por el mantenimiento de la población laboral. Comenzaron a referirse al mínimo exigido por el nivel de vida que imponían la tradición histórica y los usos y hábitos heredados. Pese a que la experiencia diaria atestiguaba que, bajo el régimen capitalista, los salarios reales y el nivel de vida de los trabajadores aumentaban ininterrumpidamente, pese a que era cada vez más evidente cómo se desmoronaban las divisorias tradicionales entre los diversos estratos de la población, pues el progreso económico de los trabajadores estaba aniquilando las viejas ideas de rango y dignidad, estos doctrinarios anunciaron que eran costumbres arcaicas y viejos prejuicios los que determinan la cuantía de los salarios. Sólo una gente cegada por la parcialidad política podía recurrir a tales explicaciones en una época en que la industria no cesaba de suministrar a las masas nuevas y jamás conocidas mercancías y permitía al obrero medio disfrutar de cosas que ni siquiera los reyes del pasado habían tenido a su alcance.

Es hasta cierto punto natural que la Escuela Histórica Prusiana de las wirtschaftliche Staatswissenschaften considerara los salarios «categorías históricas», al igual que los precios de las mercancías y los tipos de interés, y tampoco debe extrañarnos que tales teóricos definieran el salario como «una renta congruente con el puesto jerárquico ocupado por el interesado en la escala social». Caracteriza precisamente a dicha escuela el negar la existencia de la economía como ciencia y sostener que la historia debe venir a ocupar el lugar de nuestra disciplina. Mucho más sorprendente es, en cambio, el que ni Marx ni sus seguidores advirtieran que al hacer suya esa errada idea estaban socavando las propias bases de lo que ellos denominaban sistema marxista de economía. Cuando los estudios publicados durante los años sesenta del siglo pasado en Gran Bretaña demostraron que no era ya posible seguir la teoría salarial de los economistas clásicos, Marx varió su doctrina acerca de la determinación del valor de la contribución laboral. «Es la evolución de la historia —afirmó— la que determina las llamadas necesidades naturales y la manera en que las mismas deben ser satisfechas» y ello «depende en gran parte del grado de civilización alcanzado por cada país y, sobre todo, de las costumbres, nivel de vida y circunstancias que hayan presidido la formación de la clase de trabajadores libres». Y así, «en la determinación del valor de la contribución laboral interviene un elemento histórico y moral». Pero cuando Marx agrega que, ello no obstante, «en un país dado y en todo momento histórico la cifra media de artículos de primera necesidad indispensable es una cantidad dada»2, se contradice y confunde al lector. Ya no habla de «artículos indispensables», sino de lo que se considera indispensable desde el punto de vista tradicional, los bienes precisos para mantener un cierto nivel de vida congruente con el puesto ocupado por el trabajador en la jerarquía social tradicional. Al recurrir a semejante explicación, Marx renuncia a toda elucidación económica o cataláctica de la determinación del salario. Considera la retribución laboral como un mero dato histórico. No estamos ya ante un fenómeno de mercado, sino ante una realidad totalmente independiente de las fuerzas que en el mercado actúan.

Sin embargo, incluso quienes consideran que la cuantía de los salarios tal como actualmente existen se impone al mercado desde fuera como un dato no pueden dejar de formular una doctrina que, partiendo de las valoraciones y decisiones de los consumidores, justifique la determinación de aquéllos, pues sin esa aclaración cataláctica, todo análisis del mercado queda incompleto e insatisfactorio desde el punto de vista lógico. En efecto, carecería de sentido circunscribir el estudio cataláctico a la determinación de los precios de las mercancías y de los tipos de interés y considerar pura circunstancia histórica la cuantía de los salarios. Ninguna teoría económica digna de tal nombre puede contentarse con afirmar que «un elemento histórico y moral» determina las retribuciones laborales; debe entrar más a fondo en el tema. Lo que precisamente pretende la ciencia económica es explicar cómo fenómenos de mercado regulados por normas invariables dan lugar a las múltiples razones de intercambio plasmadas en las transacciones mercantiles. En eso se distingue la investigación económica de la comprensión histórica, la teoría de la historia.

Desde luego, la cuantía de los salarios puede fijarse recurriendo a la violencia y a la intimidación. Esta determinación coactiva de las retribuciones laborales es una práctica harto común en esta época intervencionista que nos ha tocado vivir. Pero la ciencia económica tiene que explicar los efectos que provoca en el mercado la diferencia entre ambos tipos de salario: el potencial que el mercado libre habría impuesto de acuerdo con la oferta y la demanda de trabajo y el impuesto mediante la coacción y la fuerza.

Es cierto que el trabajador está convencido de que el salario debe permitirle mantener un nivel de vida congruente con su puesto en la escala social. Cada asalariado tiene su propia idea acerca de cuánto deba ser ese mínimo que por razón de su «condición», «categoría», «tradición» o «costumbre» deba cobrar, al igual que tiene su opinión personal acerca de su propia valía y merecimientos. Pero estas pretensiones y aspiraciones carecen de todo valor cuando se trata de determinar el salario. No limitan el movimiento ascendente o descendente de la retribución salarial. El asalariado a veces tiene que contentarse con menos de lo que cree corresponde a su categoría y capacidad. Otras veces, en cambio, se le paga más de lo que él pensaba pedir, embolsándose entonces la diferencia sin preocupación alguna. La era del laissez faire, a la que precisamente pretendían aplicarse tanto la ley de hierro de los salarios como la doctrina marxista de la determinación histórica de las retribuciones laborales, registró una progresiva, si bien a veces transitoriamente interrumpida, tendencia al alza de las percepciones reales de los trabajadores de toda condición. El nivel de vida de las masas progresó en proporción jamás igualada, alcanzando cimas nunca soñadas.

Las organizaciones sindicales exigen que los salarios nominales aumenten siempre al menos en consonancia con los cambios que se producen en el poder adquisitivo de la moneda de suerte que el nivel de vida del trabajador no descienda. Mantienen estas pretensiones incluso en relación con las condiciones del tiempo de guerra y las medidas adoptadas para financiar los gastos bélicos. Según ellos, incluso en tiempo de guerra ni la inflación ni las exigencias fiscales deben afectar al salario real de los trabajadores. Esta doctrina coincide con la tesis del Manifiesto Comunista según la cual «los trabajadores carecen de patria» y «nada pueden perder más que sus cadenas»; por consiguiente deben considerarse siempre neutrales en las guerras desatadas por la burguesía explotadora y debe serles indiferente el que su país triunfe o sea derrotado. No compete a la economía analizar tales afirmaciones. Baste con proclamar que es indiferente la justificación que se esgrima para elevar los salarios por encima de la cuantía que para los mismos hubiera fijado el mercado libre. Siempre que los salarios reales impuestos de modo coactivo sobrepasan la productividad marginal del trabajo, se producen determinadas consecuencias al margen de la filosofía subyacente.

Desde la aparición de las primeras civilizaciones hasta nuestros días la productividad del trabajo humano ha aumentado sobremanera. Es indudable que los componentes de cualquier nación civilizada producen hoy incomparablemente más de lo que producían sus lejanos antepasados. Pero esta circunstancia es un mero hecho histórico, sin particular significación praxeológica o cataláctica; el incremento de la productividad laboral no puede medirse de forma cuantitativa y, desde luego, no viene a modificar ninguno de los planteamientos del mercado.

El moderno sindicalismo utiliza un concepto de productividad del trabajo construido precisamente para justificar éticamente las demandas sindicales. Define la productividad del trabajo bien como el cociente de dividir el valor agregado a las mercancías en el proceso productivo por el número de obreros empleados (bien en una empresa o en todas las empresas de una rama industrial), o el de dividir la producción de una empresa o industria por el número de horas trabajadas. La diferencia de las magnitudes así computadas entre el principio y el fin de un determinado periodo de tiempo se estima como «incremento de la productividad del trabajo». Como quiera que ese «incremento de la productividad» se atribuye exclusivamente a los trabajadores, se entiende que el aumento de los ingresos empresariales debe ir íntegramente a aumentar las percepciones salariales. La mayoría de los patronos, en esta tesitura, no saben qué responder e incluso admiten tácitamente la tesis sindical cuando se limitan a resaltar que los salarios han subido ya tanto o incluso más de lo que con arreglo a tal cómputo correspondería.

Ahora bien, esta valoración de la productividad laboral es a todas luces arbitraria. Mil obreros de una moderna fábrica americana de calzado producen m pares de zapatos al mes, mientras que el mismo número de obreros de algún recóndito país de Asia, empleando sistemas atrasados, produciría un número muy inferior de zapatos en el mismo periodo pese a trabajar posiblemente muchas más horas diarias. Entre Estados Unidos y Asia la diferencia de productividad computada según los métodos de los sindicatos es enorme. Ello no se debe ciertamente a ninguna virtud inherente al trabajador americano. No es más inteligente, laborioso, hábil ni esmerado que su compañero de otro continente. (Se puede incluso asegurar que los obreros de una factoría moderna realizan labores mucho más simples que las que se ve obligado a practicar el obrero que sólo maneja los tradicionales útiles de trabajo). La singularidad de la planta americana estriba exclusivamente en su mejor equipo industrial y en su dirección empresarial. Lo único que impide a los empresarios de los países atrasados adoptar los métodos americanos de producción es la carencia de capital; los obreros, cualquiera que sea su raza, pronto aprenden a manejar la maquinaria moderna en cuanto la tienen a su disposición.

La situación en Occidente al iniciarse la «Revolución Industrial» resultaba muy similar a la que hoy registra el mundo oriental. El radical cambio de circunstancias que dio a las masas occidentales su presente nivel medio de vida (un nivel de vida extraordinario comparado con el precapitalista o el soviético) se gestó gracias al capital acumulado por el ahorro y a la acertada inversión del mismo efectuada por un empresariado perspicaz. Ningún progreso técnico habría sido posible si no se hubiera podido disponer, gracias al ahorro, de los adicionales bienes de capital necesarios para la implantación de los inventos y descubrimientos de la era capitalista.

Aunque los trabajadores en cuanto tales no contribuyeron entonces ni contribuyen ahora al perfeccionamiento del sistema de producción, son (en una economía de mercado no saboteada por la interferencia estatal o sindical) los máximos beneficiarios del progreso económico, tanto en su condición de asalariados como en su condición de consumidores.

Este mejoramiento económico es fruto de los nuevos capitales generados por el ahorro. Gracias a ellos, podemos poner en marcha procesos productivos a los que anteriormente no se podía recurrir por carecer de los necesarios bienes de capital. Los empresarios, al pretender procurarse los factores productivos exigidos por los nuevos procesos, compiten entre sí y con aquéllos que a la sazón están empleándose en otros procesos fabriles. Este afán empresarial por conseguir materias primas y mano de obra provoca la consiguiente alza de precios y de salarios. Es así como, desde el inicio mismo del proceso, los trabajadores se benefician con una parte de esas riquezas hoy disponibles gracias a que no fueron ayer consumidas sino ahorradas por sus propietarios, y, luego, como consumidores, vuelven a verse favorecidos por la baja de precios hacia la que tiende el incremento de la producción3.

La ciencia económica describe el resultado final de esta secuencia de cambios en los siguientes términos. Cuando, invariada la población laboral, aumenta la cuantía del capital disponible, se incrementa la utilidad marginal del trabajo y, consecuentemente, suben los salarios. Lo que acrecienta las retribuciones laborales es la ampliación del capital disponible a un ritmo superior al crecimiento de la población, o, dicho en otras palabras, ascienden los salarios a medida que se incrementa la cuota de capital invertida por obrero. El salario, en el mercado libre, tiende siempre a igualarse con la productividad marginal del trabajo, es decir, con el valor que para el mercado tiene aquel aumento o reducción de la producción que resultaría de contratar un obrero o de licenciarlo. A ese precio, todo aquél que busca fuerza laboral la encuentra y quienes desean trabajar encuentran un puesto. Pero, en cuanto las retribuciones laborales se elevan coactivamente por encima de este límite, queda en situación de desempleo un cierto número de potenciales trabajadores. A estos efectos, resulta indiferente que sean unos u otros los argumentos esgrimidos para justificar esa impuesta alza salarial; la consecuencia final es siempre la misma: paro en las filas obreras.

La cuantía de todo salario está determinada por el valor que la gente atribuye a la obra o servicio que el trabajador ejecuta. El trabajo se valora en el mercado exactamente igual que las mercancías, no porque los empresarios y los capitalistas sean duros y sin entrañas, sino porque deben someterse a la supremacía de las masas consumidoras, compuestas hoy fundamentalmente por trabajadores y asalariados. Tales consumidores no están en modo alguno dispuestos a soportar la presunción, la vanidad o el amor propio de nadie. Aspiran, invariablemente, a que se les sirva al menor coste posible.

Comparación entre la explicación histórica de los salarios y el teorema regresivo

Puede ser útil comparar la doctrina laboral defendida por el marxismo y la Escuela Histórica Prusiana, según los cuales los salarios son un dato histórico y no un fenómeno cataláctico, con el teorema regresivo del poder adquisitivo del dinero4.

El teorema regresivo sostiene que ningún bien puede emplearse como medio general de intercambio si previamente a su utilización como tal no tenía ya un valor de intercambio en razón de otros empleos. Este hecho para nada influye en la determinación diaria del poder adquisitivo de la moneda, que depende de la demanda de dinero por parte de quienes desean poseer a la vista tal numerario y de las disponibilidades dinerarias existentes en el mercado. El teorema regresivo no afirma que las efectivas razones de intercambio que puedan darse actualmente entre el dinero de un lado y las mercancías y servicios de otro sea un dato histórico independiente de la situación actual del mercado. Sólo pretende explicar cómo se adopta un nuevo medio de intercambio y se hace de uso general. En este sentido afirma que existe un componente histórico en el poder adquisitivo del dinero.

Totalmente diferente es el teorema marxista y prusiano. Según esta doctrina, la efectiva cuantía de los salarios tal como aparece en el mercado es un mero dato histórico. Nada tienen que ver con ella las valoraciones de los consumidores, que mediatamente son los compradores del trabajo, y las de los perceptores de los salarios, que son sus vendedores. La cuantía de los salarios la fijan acontecimientos históricos del pasado. No puede ser superior ni inferior a lo que estos acontecimientos determinen. Sólo la historia puede decirnos por qué son superiores los salarios en Suiza que en China, del mismo modo que únicamente la ilustración histórica nos aclara por qué Napoleón fue francés y emperador en vez de italiano y abogado de Córcega. Para explicar la diferencia de las retribuciones de los pastores o los albañiles en los dos países mencionados, no se puede recurrir a factores que invariablemente operan en todo mercado. Sólo la historia de estas dos naciones puede explicarnos la diferencia.

Footnotes

  1. V. Marx, Das Kapital, 7.a ed., Hamburgo 1941, I, p. 133. En el Manifiesto Comunista (sección II), Marx y Engels formulan su teoría como sigue: «El valor medio del salario laboral es el salario mínimo, o sea, la cantidad de artículos de consumo inexcusablemente requerida por el trabajador para su mera supervivencia como tal trabajador, bastando tan sólo para prolongar y reproducir la existencia estricta».↩︎

  2. V. Marx, Das Kapital, p. 134. La cursiva es mía. El vocablo empleado por Marx, y que se traduce por «artículos de primera necesidad», es Lebensmittel.↩︎

  3. V. supra, pp. 359-360.↩︎

  4. V. pp. 490-493.↩︎