8. Los salarios y las vicisitudes del mercado
El trabajo es un factor de producción. El precio que el vendedor de trabajo pueda conseguir por su capacidad laboral depende de las circunstancias del mercado.
Tanto la cantidad como la calidad del trabajo que cada individuo puede ofrecer dependen de sus cualidades innatas y adquiridas. Las innatas no podemos variarlas. Son herencia que al nacer recibimos de nuestros antepasados. Podemos cultivar nuestros talentos individuales, perfeccionarlos y evitar que se malogren prematuramente. Pero nadie puede sobrepasar los límites que la naturaleza impone a su fuerza y capacidad. Unos son más habilidosos que otros para vender en el mercado su propia capacidad laboral, logrando así los más listos, por el trabajo específicamente ofertado, el mayor precio posible dadas las circunstancias concurrentes; pero nadie puede transmutar su condición natural acomodándola a todas las cambiantes facetas que el mercado puede presentar. Es una suerte que las condiciones del mercado sean tales que el tipo de trabajo que un sujeto puede realizar sea espléndidamente retribuido; es una suerte, no un mérito personal el que sus talentos naturales sean altamente apreciados por los demás. Greta Garbo seguramente habría ganado mucho menos dinero si hubiera nacido cien años antes de la era del cinematógrafo. Por lo que se refiere a sus talentos innatos, se encuentra en una posición análoga a la del agricultor cuyo campo puede venderse a un alto precio por su recalificación como terreno edificable.
Dentro siempre de los rigurosos límites señalados por la naturaleza, el hombre puede cultivar sus innatas habilidades formándose y aprendiendo la realización de determinados trabajos. El interesado o sus padres soportan los gastos que esta educación exige con miras a adquirir destrezas o conocimientos que le permitirán desempeñar determinadas funciones. Esta educación y aprendizaje especializan al sujeto; cada vez que avanza en su formación el actor incrementa el carácter específico de su capacidad laboral, restringiendo el campo de sus posibles actividades. Las molestias y sinsabores, la desutilidad del esfuerzo exigido por la consecución de tales habilidades, el coste de oportunidad de las ganancias potenciales que podría haber obtenido durante el periodo de formación, los gastos dinerarios, todo ello se soporta confiando en que el incremento de los ingresos futuros compensará ampliamente esos inconvenientes. Estos costes son una auténtica inversión; se trata, pues, de una verdadera especulación. Depende de la futura disposición del mercado el que la inversión resulte o no rentable. Al especializarse, el trabajador adopta la condición de especulador y empresario. La futura disposición del mercado determinará si su inversión le produce beneficios o pérdidas.
Así, el sujeto tiene intereses creados en un doble sentido: en cuanto posee determinadas cualidades innatas y en cuanto adquiere especiales habilidades o destrezas.
El trabajador vende su capacidad laboral al precio que el mercado, en cada caso, le permite. En la construcción imaginaria de la economía de giro uniforme la suma de los respectivos precios que el empresario paga por los diferentes factores complementarios coincide —descontada la preferencia temporal— con el precio del artículo producido. Por el contrario, en la economía cambiante los cambios que la estructura del mercado registra hacen que estas dos magnitudes se diferencien. Las ganancias o pérdidas que se producen no afectan al trabajador. Recaen exclusivamente sobre el empresario. La incertidumbre del futuro afecta al trabajador solamente si se ven afectados los siguientes puntos:
1. Los costes soportados en forma de tiempo, desutilidad o dinero dedicado al aprendizaje.
2. Los costes impuestos por los desplazamientos al puesto de trabajo.
3. En caso de que se estipule un contrato laboral por un periodo definido, los cambios en el precio de específicos tipos de trabajo que se producen durante la duración del contrato, así como los que tienen lugar en la solvencia del patrono.