El trabajo de esclavos y bestias
Los animales constituyen para el hombre un factor material más de producción. Tal vez llegue el día en que la variada sensibilidad induzca a los humanos a tratar mejor a las bestias. Ello no obstante, mientras no dejemos a los irracionales totalmente en paz y en libertad, siempre estaremos utilizándolos como medios para conseguir nuestros fines. Porque la cooperación social sólo es posible entre seres racionales, ya que únicamente ellos logran comprender el objetivo perseguido y los beneficios derivados de la división del trabajo y de la asociación pacífica.
El hombre subyuga al bruto integrándolo, como instrumento material, en sus planes de acción. Al someter, amansar y adiestrar a los irracionales, el domador, desde luego, establece un cierto contacto psicológico con el animal; apela, como si dijéramos, al alma del bruto. Pero, aun en tales casos, el abismo que separa al ser humano del bruto sigue siendo insalvable. No se le puede proporcionar a éste más que satisfacciones alimenticias y sexuales y protección contra los peligros externos. El animal nos resulta siempre de índole bestial e inhumana precisamente porque actúa tal como la ley de hierro de los salarios quiere presentamos a los obreros. Si a los hombres sólo les interesara el alimento y el ayuntamiento carnal, indudablemente la civilización jamás habría surgido; por eso es por lo que entre los animales jamás se establecen lazos sociales, ni nunca llegarán a integrarse en nuestra sociedad humana.
El hombre, una y otra vez, ha pretendido manejar y tratar a sus semejantes como si fueran bestias. Recurrió al látigo en las galeras y obligó a hermanos suyos a tirar de pesados carros como percherones. Pero la experiencia histórica atestigua invariablemente el mínimo rendimiento de tan brutales sistemas. Hasta el individuo de mayor tosquedad y apatía produce más cuando trabaja por propio convencimiento que cuando actúa bajo la amenaza de la tralla.
El hombre primitivo no distinguía entre las mujeres, hijos y esclavos de un lado y el resto de sus propiedades de otro. Pero en cuanto el dueño pide al esclavo servicios de calidad superior a la que el ganado de carga y tiro pueden proporcionarle, se ve obligado a ir paulatinamente aflojando el lazo servil. El incentivo del miedo va dando paso al incentivo del interés personal; entre el siervo y el señor comienzan a surgir relaciones humanas. Tan pronto como ya no es el grillete o la presencia del vigilante lo que impide al esclavo huir; en cuanto comienza a trabajar sin pensar en la amenaza del látigo, la relación entre las partes se convierte en nexo social. El siervo, sobre todo si se mantiene aún fresco el recuerdo de los más felices días de la libertad, tal vez lamente su situación y sueñe en la manumisión. Pero se aviene a soportar un estado aparentemente incambiable; se acomoda a su destino intentando hacerlo lo más grato posible. Procura, entonces, satisfacer los deseos del señor y cumplir del mejor modo posible cuanto se le encomienda; el dueño, por su parte, también trata de fomentar el celo y la fidelidad de aquél dándole mejor trato. Poco a poco, comienzan a brotar entre ambos lazos que pueden incluso calificarse de amistosos.
Tal vez los defensores de la esclavitud no se equivocaban del todo al asegurar que muchos esclavos estaban satisfechos con su situación y no pretendían variarla. Existen, posiblemente, individuos, grupos y aun pueblos y razas enteras a quienes satisface plenamente esa sensación de seguridad y protección típica del estado servil; no se sienten humillados ni ofendidos y gustosos cumplen unos servicios no muy duros a cambio de las comodidades que se disfrutan en las distinguidas mansiones; los caprichos y las destemplanzas de los señores no les molestan demasiado, y consideran esos inconvenientes sólo como mal menor.
Sin embargo, la situación de los esclavos en los latifundios y explotaciones agrarias, en las minas e instalaciones industriales y en las galeras era bien distinta de aquella idílica y feliz existencia atribuida a los lacayos, cocineras, doncellas y niñeras de las grandes casas e incluso de la que llevaban los cultivadores, porquerizos y vaqueros de las pequeñas explotaciones agrícolas pese a su condición servil. Ningún defensor de la esclavitud ha tenido la osadía de considerar atractiva la suerte de los esclavos agrarios de la antigua Roma, hacinados y cargados de cadenas en el ergastulum, o la de los negros americanos en las plantaciones de algodón y de azúcar1.
Ahora bien, la abolición de la esclavitud y de la servidumbre no puede atribuirse ni a las enseñanzas de teólogos y moralistas ni tampoco a la generosidad o debilidad de los dueños. Entre los grandes maestros de la religión y la ética hubo tan decididos defensores de la esclavitud como oponentes de la misma2. Desapareció el trabajo servil porque no pudo soportar la competencia del trabajo libre; por su mínima rentabilidad, recurrir a él resulta ruinoso en una economía de mercado.
El precio que el adquirente paga por el esclavo depende de los beneficios netos que se supone puede aportar el siervo (tanto a título de trabajador como a título de progenitor de esclavos), por lo mismo que el precio de una vaca es función de los ingresos netos que se espera producirá el animal. El propietario de esclavos no obtiene de éstos ninguna renta especial. No se lucra con específicos beneficios derivados de «explotar» al siervo, de no pagarle salario alguno, del posible mayor valor del servicio que éste presta frente al coste total de su alimentación, alojamiento y vigilancia. Porque en la misma proporción en que tales ganancias resultan previsibles debe el adquirente pagar las mismas a través del precio de compra; abona el valor íntegro de dichas ventajas, descontada la preferencia temporal. La institución servil, per se, como decimos, no reporta ningún beneficio específico al propietario de esclavos, siendo a estos efectos indiferente que el dueño, en su casa, aproveche el trabajo de los siervos o lo arriende a terceras personas. Sólo el cazador de esclavos, es decir, aquél que priva a hombres libres de su libertad convirtiéndolos en siervos, obtiene una ventaja específica de la institución. Es claro que la cuantía de esta ganancia depende de los precios que los compradores estén dispuestos a pagar. Si estos precios son inferiores a los costes de la caza y transporte de los esclavos, el negocio producirá pérdidas y deberá abandonarse.
En ningún lugar ni ocasión pudo jamás el trabajo servil competir con el trabajo libre. Sólo cuando se goza de protección contra la competencia del trabajo voluntariamente contratado se puede recurrir al trabajo de esclavos.
Quien pretenda tratar a los hombres como a bestias sólo obtendrá de ellos comportamientos animales. Puesto que las energías físicas de los seres humanos son notablemente inferiores a las de los bueyes o caballos, y puesto que alimentar y vigilar a un hombre es mucho más costoso, en proporción al resultado conseguido, que cuidar y atender al ganado, resulta que los esclavos, cuando se les da trato de irracionales, producen por unidad de coste mucho menos que los brutos. Para obtener del trabajador servil realizaciones humanas, es preciso ofrecerle incentivos también humanos. Si el patrono desea que su dependiente produzca cosas que superen, tanto en calidad como en cantidad, a las que produce la amenaza del látigo, tiene que hacer partícipe al trabajador del beneficio de su trabajo. En vez de castigar la pereza y la incuria, debe premiar la diligencia, la habilidad y el fervor. Pero por más que insista, jamás conseguirá el dueño que el trabajador servil —es decir, aquél que no se beneficia del total valor que el mercado atribuye a su contribución laboral— produzca tanto como el hombre libre —o sea, aquel cuyos servicios se contratan en un mercado laboral inadulterado. Tanto en cantidad como en calidad, la mejor producción de siervos y esclavos es invariablemente muy inferior a la de trabajadores libres. En la producción de artículos de calidad superior, una empresa que emplea los aparentemente baratos servicios del trabajo coactivo jamás puede competir con quien recurre a trabajadores libres. Y esta circunstancia es la que ha hecho desaparecer todo sistema de trabajo coactivo.
Las instituciones sociales han impuesto a veces el trabajo servil en sectores completos de producción impidiendo en ellos la libre competencia del mercado laboral. La esclavitud y la servidumbre sólo pueden medrar allí donde prevalecen rígidos sistemas de castas que el individuo no puede romper ni despreciar. Son los propios dueños quienes, en ausencia de tales circunstancias protectoras, adoptan medidas que, poco a poco, socavan la propia institución servil. No fueron razones humanitarias las que indujeron a los duros y despiadados propietarios romanos a aflojar las cadenas de sus esclavos, sino el deseo de explotar mejor sus latifundios. Abandonaron la producción centralizada en gran escala y convirtieron a sus esclavos en arrendatarios que, por cuenta y riesgo propio, explotaban determinadas parcelas, debiendo simplemente entregar a cambio al dueño o una renta o una parte de la producción. Los siervos, en las industrias artesanas y en el comercio, se transformaron en empresarios, manejando fondos —peculium— que constituían una cuasi propiedad legal. Las manumisiones se multiplicaban, pues el liberto debía ofrecer al antiguo señor —patronus— prestaciones valoradas por este último en más que los servicios que como esclavo aquél venía proporcionándole. La manumisión no era en modo alguno una mera gracia o liberalidad del dueño hacia su servidor. Más bien se trataba de una operación de crédito, de una compra a plazos de la libertad. El liberto, durante años y a veces por toda la vida, tenía que prestar determinados servicios a su patrono, que incluso tenía ciertos derechos hereditarios en caso de muerte3.
Al desaparecer el trabajo servil en las grandes explotaciones agrícolas e industriales, la esclavitud, como sistema de producción, prácticamente desapareció; pasó a ser mero privilegio de determinadas familias reservado en específicas organizaciones de carácter feudal y aristocrático. Tales propietarios percibían, desde luego, tributos en efectivo y en especie de sus vasallos; los hijos de éstos incluso tenían que servir como criados o milites al señor durante ciertos periodos. Ello no obstante, la esclavitud, como sistema de producción, había desaparecido, pues tales vasallos cultivaban las tierras y trabajaban en sus talleres independientemente y por cuenta propia. Sólo una vez terminado el proceso productivo, aparecía el dueño y se apropiaba de una parte del beneficio.
A partir del siglo XVI, otra vez se recurrió al trabajo servil para el cultivo de los latifundios agrarios y a veces incluso para la producción industrial en gran escala. Los esclavos negros constituyeron la fuerza laboral típica en las plantaciones del continente americano. En la Europa oriental —en el nordeste de Alemania, en Bohemia, Moravia y Silesia, en Polonia, en los Países Bálticos, en Rusia, así como en Hungría y zonas adyacentes— la agricultura en gran escala funcionaba a base del trabajo de siervos no remunerados. El trabajo servil, en ambos lados del Atlántico, se vio protegido por instituciones políticas contra la posible competencia de gentes que emplearan trabajo libre. En las plantaciones coloniales, los elevados costes de transporte, así como la ausencia de garantías legales y de protección jurisdiccional contra las arbitrariedades de los funcionarios públicos y de los nuevos aristócratas procedentes de Europa impidieron que apareciera un número suficiente de trabajadores libres, así como la formación de un estamento de agricultores independientes. En la Europa oriental el imperante sistema de castas se alzaba frente a cualquiera que pretendiera iniciar nuevas explotaciones agrarias. La agricultura en gran escala estaba reservada a la nobleza. Las pequeñas fincas eran regentadas por siervos. A todos, sin embargo, constaba que tales explotaciones agrarias basadas en el trabajo obligatorio jamás hubieran soportado la competencia de los productos obtenidos por trabajadores libres. Sobre este particular, la opinión en el siglo XVIII y principios del XIX era tan unánime como la de los tratadistas agrarios de la antigua Roma. La mecánica del mercado resultaba impotente en tales supuestos para emancipar a los esclavos y siervos, pues la organización social imperante había sustraído las tierras de la nobleza y las plantaciones coloniales a la soberanía de los consumidores. Fue necesario, en estos casos, para liberar a esclavos y siervos, recurrir a actuaciones políticas cuya base intelectual fue precisamente la hoy tan denostada filosofía del laissez faire.
La humanidad se ve hoy de nuevo amenazada por gente que desea suprimir el derecho del hombre libre a vender su capacidad laboral «como una mercancía» en el mercado y pretende reimponer por doquier el trabajo coactivo. Desde luego, la gente cree que el trabajo de los camaradas de la comunidad socialista será muy diferente del que antiguamente se exigía de siervos y esclavos. Trabajaban éstos —piensa— en beneficio de un señor. Bajo el socialismo, en cambio, la propia sociedad, de la que forma parte el trabajador, será la beneficiaria, de suerte que en realidad el obrero trabajará para sí mismo. Lo que esta observación no advierte es la imposibilidad de identificar al sujeto individual ni tampoco al conjunto de todos ellos con el ente público que se apropia la totalidad de la producción. No interesa ahora destacar, por ser cuestión de segundo orden, el que los fines y objetivos que persiguen los gobernantes es muy posible que difieran radicalmente de los que la gente en verdad quisiera conseguir. Es mucho más importante observar que bajo el socialismo jamás se le paga al trabajador su aportación personal a la riqueza común a través del salario que fija el mercado. La república socialista tiene vedado el cálculo económico; no puede determinar separadamente qué porción del total producido corresponde a cada uno de los diversos factores. Al no poderse conocer la importancia de la contribución de cada trabajo, resulta imposible remunerar a nadie con arreglo al auténtico valor de su aportación personal.
No es preciso perdernos en sutilezas metafísicas desentrañando la esencia de la libertad y de la coacción, para distinguir el trabajo libre del coactivo. Consideramos libre el trabajo extroversivo que por sí mismo no gratifica y que, sin embargo, el hombre realiza, ya sea para cubrir directamente sus personales necesidades, ya sea para atender las mismas de un modo indirecto, al disponer del precio que por su labor cobra en el mercado. Es coactivo el trabajo que el interesado realiza obligado por imperativos diferentes. Es fácil evitar toda contrariedad a quienquiera moleste esta terminología, por emplear vocablos tales como libertad y coacción, los cuales pudieran sugerir juicios de valor incompatibles con la fría y objetiva lógica que debe presidir el análisis de estos temas sustituyéndolos por otros. En efecto, se puede denominar trabajo L al anteriormente llamado libre, y trabajo C, al que hemos considerado coactivo. La nomenclatura empleada no hace variar el problema básico. Lo que interesa determinar es qué incentivo puede inducir al hombre a vencer la desutilidad del trabajo cuando la satisfacción de sus necesidades no depende directa ni —en grado apreciable— indirectamente de la cuantía y calidad de su contribución.
Admitamos, a efectos dialécticos, que parte o incluso la mayoría de los trabajadores ejecuten pundonorosamente y del mejor modo las tareas que la superioridad señala. (Pasamos ahora por alto los insolubles problemas que a una comunidad socialista plantearía el determinar qué trabajo debería cada uno realizar). Pero, aun en tal caso, ¿qué haríamos con los perezosos y descuidados? Habría que castigarlos y, para ello, sería necesario investir al superior jerárquico de poderes bastantes para que pueda determinar las faltas, enjuiciarlas con arreglo a consideraciones subjetivas y, finalmente, imponer los correspondientes castigos. De este modo los lazos contractuales son sustituidos por lazos hegemónicos. El trabajador queda sometido a la voluntad discrecional de su superior; el jefe goza ahora de decisivas facultades punitivas.
El trabajador, en la economía de mercado, oferta y vende sus servicios como los demás ofertan y venden otras mercancías. El obrero no rinde vasallaje al patrono. Compra éste a aquél unos servicios al precio señalado por el mercado. El patrono, como cualquier otro comprador, puede, desde luego, proceder arbitrariamente. Pero entonces tendrá que atenerse a las consecuencias. El empresario o el jefe de personal pueden actuar extravagantemente al contratar a sus trabajadores. Pueden despedirlos sin causa u ofertar salarios inferiores a los del mercado. Pero tal actuación perjudica inmediatamente en sus intereses económicos al propio sujeto y debilita su posición social, reduciendo la productividad y rentabilidad de su empresa. Tal género de caprichos, bajo una economía de mercado, llevan en sí su propia sanción. El mercado brinda al obrero protección real y efectiva a través de la mecánica de los precios. Independiza al trabajador del capricho del patrono. Queda el asalariado exclusivamente sujeto a la soberanía de los consumidores, como también lo está el empresario. Los consumidores, al determinar, comprando o dejando de hacerlo, los precios de las mercancías y el modo en que deben explotarse los diversos factores de producción, vienen a fijar un precio para cada tipo de trabajo.
El trabajador es libre precisamente porque el empresario, forzado por los propios precios del mercado, considera la capacidad laboral como una mercancía, como un medio para obtener beneficio. El asalariado, para el patrono, es una persona que, por impulso meramente crematístico, contribuye a que él gane dinero. El empresario paga una suma monetaria por una precisa contribución laboral, mientras que el trabajador trabaja única y exclusivamente por obtener su salario. Esa relación establecida entre patrono y obrero no viene dictada ni por el afecto ni por el odio. Nada tiene el trabajador que agradecer a su principal; no tiene aquél respecto a éste más obligación que la de aportar la convenida actuación laboral, en la pactada cuantía y calidad.
No es preciso, por eso, en la economía de mercado, otorgar al patrono facultades punitivas. Bajo cualquier sistema de producción carente de mercado, en cambio, es preciso que el superior pueda castigar al obrero remiso, constriñéndole así a aplicarse al trabajo con más celo. Como la cárcel detrae al operario del trabajo o al menos reduce notablemente la utilidad de la labor, para reforzar la actividad de siervos y esclavos ha habido siempre que recurrir al castigo corporal. Sólo al desaparecer el trabajo coactivo fue posible también desterrar el palo como incentivo laboral, quedando el látigo tan sólo como emblema pertinente del estado servil. En la sociedad de mercado, la gente considera hasta tal punto humillantes e inhumanos los castigos corporales que incluso han sido suprimidos ya en las escuelas, en los establecimientos penales y en las fuerzas armadas.
Quien crea que una comunidad socialista podrá prescindir de la coacción y violencia contra el trabajador moroso, pensando que bajo tal sistema todo el mundo estará pundonorosamente a la altura de su cometido, es víctima de los mismos espejismos que ofuscan a quienes creen en el ideal anarquista.
Footnotes
Margaret Mitchell, cuya popular novela Lo que el viento se llevó (Nueva York 1936) defiende la esclavitud en los estados americanos del sur, elude cuidadosamente toda referencia a los obreros de las grandes plantaciones, prefiriendo fijar su atención en los fámulos domésticos de los palacios coloniales, quienes constituían un grupo privilegiado dentro de la clase servil.↩︎
Acerca de las doctrinas americanas en favor de la esclavitud v. Charles y Mary Beard, The Rise of American Civilization (1944), I, 703-710; y C. E. Merriam, A History of American Political Theories, Nueva York 1924, pp. 227-251.↩︎
V. Coccoti, Le Déclin de l’esclavage antique, París 1910, pp. 292 y ss.; Salvioli, Le Capitalisme dans le monde antique, París 1906, pp. 141 y ss.; Cairnes, The Slave Power, Londres 1862, p. 234.↩︎