(von Mises, 1966)
1. El origen histórico de la idea socialista
Cuando la filosofía social del siglo XVIII sentó las bases de la praxeología y la economía, hubo de enfrentarse con la casi universalmente aceptada e indiscutida distinción entre el mezquino egoísmo de los particulares y el estado como representante de los intereses de toda la sociedad. Es cierto que no había entonces todavía llegado a su plenitud el proceso que acabaría elevando a quienes manejan el aparato estatal de fuerza y coerción a la categoría de deidades. Cuando la gente pensaban en el gobierno, aún no se representaban la cuasi-teológica imagen de un ente omnisciente y omnipotente, encarnación de todas las virtudes. Contemplaban, por el contrario, a los gobernantes de su tiempo tal y como efectivamente procedían en la escena política. Veían una serie de entidades soberanas cuya extensión territorial era fruto de sangrientas guerras, intrigas diplomáticas, matrimonios y sucesiones dinásticas. Príncipes que en muchos países confundían sus personales rentas y patrimonios con el erario público, y repúblicas oligárquicas —como Venecia y algunos cantones suizos— cuyo único objetivo en la gestión de la cosa pública consistía en enriquecer al máximo a la aristocracia gobernante. Los intereses de tales estados, naturalmente, tropezaban por un lado con los de sus «egoístas» súbditos, que sólo aspiraban al propio bienestar, y por otro con los de los gobiernos extranjeros, tan codiciosos como ellos de botín y conquistas territoriales. Los tratadistas de derecho político, al analizar tal antagonismo, solían defender la causa de su propio gobierno. Daban por supuesto, con manifiesta candidez, que el estado encarnaba el interés de la colectividad, siempre en irreductible conflicto con el egoísmo individual. El poder público, al domeñar la codicia de sus súbditos, promovía el bienestar general frente a las mezquinas apetencias de los particulares.
La filosofía liberal desmontó estas ideas. En la sociedad de mercado libre no hay oposición entre los intereses rectamente entendidos de unos y otros. Los de los ciudadanos no son contrarios a los del país, ni los de cada nación pugnan con los de las demás.
Ahora bien, al demostrar esta tesis los propios filósofos liberales aportaban un elemento esencial a la divinización del estado. Sustituyeron en sus investigaciones los estados reales de su tiempo por la imagen de un estado ideal. Construyeron la vaga imagen de un gobierno cuyo único objetivo sería promover la máxima felicidad de los ciudadanos. Este ideal carecía por completo de corporeidad real en la Europa del ancien régime. En ésta, por el contrario, actuaban reyezuelos alemanes que vendían a sus súbditos como ganado para engrosar las filas de los ejércitos extranjeros; monarcas que aprovechaban cualquier oportunidad para avasallar a sus más débiles vecinos; se producían las escandalosas particiones de Polonia; Francia era gobernada por los hombres más libertinos del siglo, el regente de Orleans primero y Luis XV después; y en España imperaba el rústico amante de una reina adúltera. Sin embargo, los filósofos liberales imaginaban un estado que nada tenía en común con aquellas corrompidas cortes y aristocracias. Al frente del estado ponían un ser perfecto, un rey cuya única preocupación consistía en fomentar el bienestar general. Sentadas tales premisas, se preguntaban por qué el actuar de los ciudadanos, libres de todo control autoritario, no habría de derivar por cauces que incluso aquel sabio y buen rey consideraría los mejores. Para el filósofo liberal, la cosa no ofrece duda. Es cierto, admite, que los empresarios son egoístas y buscan únicamente su propio provecho. Pero en la economía de mercado sólo pueden beneficiarse si atienden del mejor modo posible las más urgentes necesidades de los consumidores. Los objetivos del empresario no serán diferentes de los del perfecto y benevolente rey, el cual sólo aspira a que los medios de producción se aprovechen como más cumplidamente permitan atender las necesidades de la gente.
Es obvio que este razonamiento introduce juicios de valor y sesgos políticos en el tratamiento de los problemas. Este paternal gobernante no es más que el otro «yo» del economista, quien mediante este artilugio pretende elevar sus personales juicios de valor al rango de normas universalmente válidas, de eternos valores absolutos. El interesado se identifica con el perfecto rey y califica los fines que él elegiría si fuera investido del poder real de bienestar general, interés colectivo y productividad volkswirtschaftliche, tan distintos de los fines que persigue el egoísmo de los individuos. La candidez de tales teóricos les impide percatarse de que no hacen más que personificar sus propios y arbitrarios juicios de valor en el imaginado soberano, y están plenamente convencidos de que saben de modo incontestable distinguir el bien del mal. Bajo la máscara del benévolo y paternal autócrata, el propio ego del autor se ensalza como la voz de la ley moral absoluta.
La característica esencial de la construcción imaginaria de este régimen ideal es que todos los ciudadanos se hallan sometidos incondicionalmente al control autoritario. El rey ordena; los demás obedecen. La economía de mercado se ha desvanecido; no existe ya propiedad privada de los medios de producción. Se conserva la terminología de la economía de mercado, pero en realidad han desaparecido la propiedad privada de los medios de producción, la efectiva compraventa, así como los precios libremente fijados por los consumidores. La producción es ordenada por las autoridades, no por el autónomo actuar de los consumidores. El gobernante asigna a cada uno su puesto en la división social del trabajo, determina qué y cómo debe producirse y cuánto puede cada uno consumir. Es lo que hoy podemos propiamente denominar la variedad germana de la gestión socialista1.
Ahora los economistas comparan este sistema hipotético, que a su juicio encama la auténtica ley moral, con la economía de mercado. Lo mejor que pueden decir de la economía de mercado es que ésta no provoca una situación diferente de la que el supremo poder del perfecto jerarca hubiera implantado. Aprueban la economía de mercado porque, en su opinión, permite alcanzar los mismos objetivos que perseguiría la actuación del perfecto gobernante. Así, la simple identificación de lo que es moralmente bueno y económicamente eficaz con los planes del dictador totalitario que caracteriza a todos los defensores de la planificación y del socialismo no fue rechazada por muchos de los viejos liberales. Podemos incluso afirmar que generaron esta confusión al sustituir los malvados e inmorales déspotas y políticos del mundo real por la imagen ideal del estado perfecto. Es cierto que para los pensadores liberales este estado perfecto no era más que un auxiliar instrumento de razonamiento, un modelo con el que contrastar el funcionamiento de la economía de mercado. Pero a nadie extrañará que la gente acabara por preguntarse por qué no se trasplantaba ese estado ideal de la esfera del pensamiento al mundo de la realidad.
Los antiguos reformadores sociales pretendían implantar la sociedad perfecta confiscando toda propiedad privada y procediendo seguidamente a su redistribución; cada ciudadano recibiría idéntica porción de esa expropiada riqueza y una continua vigilancia por parte de las autoridades garantizaría el mantenimiento de dicha igualdad absoluta. Pero estos planes resultaron impracticables al aparecer las gigantescas factorías y las colosales empresas mineras y de transporte. No se podía ni siquiera pensar en desarticular las grandes compañías industriales en fragmentos iguales2. El antiguo programa de redistribución fue sustituido por la idea de socialización. Los medios de producción serían expropiados, pero no habría ulterior redistribución de los mismos. El propio estado gestionaría las fábricas y las explotaciones agrícolas.
Esta conclusión resultó lógicamente insoslayable tan pronto como la gente comenzó a atribuir al estado la perfección no sólo moral sino también intelectual. Los filósofos liberales describieron su estado imaginario como un ser altruista, entregado exclusivamente a procurar el mayor bienestar posible a todos sus súbditos. Descubrieron que en una sociedad de mercado el egoísmo de la gente forzosamente tenía que provocar los mismos efectos que el estado altruista trataría de conseguir; y era este hecho precisamente el que justificaba, a su juicio, el mantenimiento de la economía de mercado. Pero las cosas cambiaron tan pronto como la gente empezó a atribuir al estado no sólo las mejores intenciones sino también la omnisciencia. Era razonable concluir que el estado infalible sabría ordenar las actividades productivas mucho mejor que los falibles individuos. Conseguiría evitar todos aquellos errores que a menudo frustran las actividades de los empresarios y capitalistas. Nunca más se producirían inversiones equivocadas ni se dilapidarían en mercancías menos valoradas por los consumidores los siempre escasos factores de producción, multiplicándose así la riqueza y el bienestar de todos. La «anarquía» de la producción aparece ruinosa comparada con la «planificación» del estado omnisciente. El sistema de producción socialista surgía entonces como el único método verdaderamente razonable, mientras que la economía de mercado aparecía como la encarnación de la sinrazón misma. Para los racionalistas defensores del socialismo la economía de mercado es simplemente una incomprensible aberración de la humanidad. Para los influidos por el historicismo, la economía de mercado es el orden social de una etapa inferior de la evolución humana que el ineludible proceso de progresivo perfeccionamiento eliminará para implantar un sistema más ordenado y lógico, cual es el socialismo. Ambas corrientes ideológicas coinciden en que la propia razón exige la transición al socialismo.
Lo que las mentes ingenuas denominan razón no es más que la absolutización de los propios juicios de valor. El interesado se limita a proclamar la coincidencia de sus valoraciones con supuestas conclusiones derivadas de una vaga razón absoluta. A ningún socialista se le ocurrió jamás pensar que aquella abstracta entidad a la que desea investir de los más ilimitados poderes —llámese humanidad, sociedad, nación, estado o gobierno— podría llegar a actuar en forma que él personalmente desaprobara. Si su ideal tanto le entusiasma es precisamente porque no duda que el supremo director de la comunidad socialista actuará siempre como él —el socialista individual— considera más razonable, persiguiendo aquellos objetivos que él —el socialista individual— estima de mayor interés, con arreglo a los métodos que él —el socialista individual— en su caso adoptaría. Por eso, el marxista sólo califica de socialismo genuino a aquel sistema que cumpla con las anteriores condiciones; toda otra organización, aun cuando se adjudique a sí misma el calificativo de socialista, nunca será más que espuria imitación en nada parecida al auténtico socialismo. Tras cada socialista se esconde un dictador. ¡Ay del disidente! ¡No tiene ni derecho a la vida; es preciso «liquidarlo»!
La economía de mercado permite a la gente cooperar pacíficamente entre sí, sin que a ello se opongan las diferencias de sus juicios de valor. La organización socialista, en cambio, no admite a quien discrepe. Su norma suprema es Gleichschaltung, una perfecta uniformidad mantenida por el rigor policiaco.
La gente califica frecuentemente de religión al socialismo. Y ciertamente lo es; es la religión de la autodivinización. El Estado y el Gobierno al que los planificadores aluden, el Pueblo de los nacionalistas, la Sociedad de los marxistas y la Humanidad de los positivistas son distintos nombres que adopta el dios de la nueva religión. Tales símbolos, sin embargo, tan sólo sirven para que tras ellos se oculte la personal voluntad del reformador. Asignando a su ídolo cuantos atributos los teólogos otorgan a Dios, el engreído ego se autobeatifica. También él es —piensa— infinitamente bueno, omnipotente, omnipresente, omnisciente y eterno; el único ser perfecto en este imperfecto mundo.
La economía debe rehuir el fanatismo y la ofuscación sectaria. Desde luego, ningún argumento convencerá al fiel devoto. La más leve crítica resulta para él escandalosa y recusable blasfemia, impío ataque lanzado por gente malvada contra la gloria imperecedera de su deidad. La economía se interesa por la teoría socialista, pero no por las motivaciones psicológicas que inducen a los hombres a caer en la estatolatría.