(von Mises, 1966)
2. La doctrina socialista
No fue Karl Marx el fundador del socialismo. El ideal socialista estaba plenamente elaborado cuando Marx lo adoptó. Nada cabía añadir a la teoría praxeológica del sistema y Marx, en efecto, nada agregó a la misma. No supo tampoco refutar las objeciones que investigadores anteriores y coetáneos formularon contra la viabilidad, deseabilidad y ventajas del socialismo. Jamás se lanzó a la empresa, convencido como estaba de que en ella, inevitablemente, habría de fracasar. A la crítica lógica del socialismo tan sólo opuso la ya antes examinada doctrina del polilogismo.
Sin embargo, los servicios que Marx prestó a la propaganda socialista no se limitaron a la invención del polilogismo. Todavía más importante fue su doctrina de la inevitabilidad del socialismo.
Marx vivió en una época en la que prácticamente todos creían en el mejorismo evolucionista. La mano invisible de la Providencia conduce a los hombres, haciendo caso omiso de la voluntad de éstos, de inferiores y menos perfectos estadios a otros más elevados y perfectos. En el curso de la historia humana prevalece la inevitable tendencia a mejorar y progresar. Cada ulterior escalón evolutivo, precisamente por ser el último, es un estadio superior y mejor. Nada es permanente en la condición humana, salvo ese irresistible progreso. Hegel, muerto pocos años antes de que apareciera Marx, había ya desarrollado la doctrina en su fascinante filosofía de la historia, y Nietzsche, que entraba en escena cuando precisamente Marx se retiraba, hizo de ella la tesis central de sus no menos sugerentes escritos. Pero la verdad es que estamos ante el mito de los últimos doscientos años.
Marx se limitó a integrar el credo socialista en la doctrina del mejorismo. La inevitable venida del socialismo demuestra según él que se trata de un sistema más acabado y perfecto que el capitalismo precedente. Vana es, pues, toda discusión en torno a los pros y los contras del socialismo. Se implantará «con la inexorabilidad de las leyes de la naturaleza»1. Sólo mentalidades deficientes pueden ser tan ignaras como para preguntarse si lo que fatalmente ha de acontecer puede no ser más beneficioso que cuanto le precedió. Vendidos apologistas de las injustas pretensiones de los explotadores son los únicos que insolentemente se atreven a señalar defectos en el socialismo.
Si calificamos de marxistas a cuantos comulgan con la anterior doctrina, habremos de considerar tales a la inmensa mayoría de nuestros contemporáneos. Las masas están convencidas de que la venida del socialismo no sólo es absolutamente inevitable, sino además altamente deseable. La «ola del futuro» empuja a la humanidad hacia el socialismo. Pero la gente disiente cuando se trata de nombrar al capitán de la nave socialista. Pues, desde luego, hay muchos candidatos para el puesto.
Marx intentó probar la certeza de su profecía de dos maneras. Recurrió, en primer término, a la dialéctica hegeliana. La propiedad privada capitalista —dijo— es la primera negación de la propiedad privada individual; aquélla, por tanto, habrá de generar su propia negación; a saber, la propiedad colectiva de los medios de producción2. Así de sencillas eran las cosas para la hueste de escritores hegelianos que a la sazón pululaban por Alemania.
Pretendió después resaltar las insatisfactorias condiciones inherentes al capitalismo. La crítica marxista, a este respecto, yerra en absoluto. Ni los socialistas más ortodoxos se atreven a mantener en serio la tesis fundamental de Marx de que el capitalismo empobrece progresivamente a las masas. Pero aun admitiendo, a efectos dialécticos, cuantos absurdos contiene la crítica marxista del capitalismo, siguen sin demostrarse sus dos tesis básicas: que es inevitable el advenimiento del socialismo y que éste es un sistema no sólo superior al capitalismo, sino además la más perfecta ordenación posible, cuya implantación proporcionará al hombre eterno bienestar en su vida terrenal. Pese a los alambicados silogismos que contienen los plúmbeos volúmenes de Marx, Engels y los centenares de autores marxistas, siempre al final resulta que la profecía marxista brota de una visión personal; se trata de una inspiración divina que informa al escritor de los planes de esas misteriosas fuerzas que determinan el curso de la historia. Marx, como Hegel, se consideraba sublime profeta impartiendo al pueblo las revelaciones que esotéricas voces le proporcionaban.
La historia del socialismo entre los años 1848 y 1920 registra el hecho sorprendente de que apenas nadie se preocupara de cómo tenía el sistema que funcionar en la práctica. Quien pretendía examinar los problemas económicos de una comunidad socialista era despectivamente tildado de «no científico» por el tabú marxista. Pocos tuvieron valor para enfrentarse con tal veto. Tanto los partidarios como los adversarios del socialismo tácitamente convenían en que se trataba de un sistema de organización económica perfectamente viable y que se podía ensayar. La vastísima literatura socialista se limita a destacar supuestas deficiencias del capitalismo y a ensalzar los beneficios culturales que el socialismo había de traer consigo. Nunca se enfrentaron tales ideólogos con los aspectos económicos del socialismo.
El credo socialista descansa sobre tres dogmas:
Primero: La sociedad es omnisciente y omnipotente, un ser perfecto, inmune a las flaquezas y debilidades humanas.
Segundo: El advenimiento del socialismo es inevitable.
Tercero: Puesto que la historia no es sino un ininterrumpido progreso desde estadios menos perfectos a otros más perfectos, el socialismo es un sistema cuya implantación resulta altamente deseable.
A la praxeología y a la economía, sin embargo, lo único que les interesa es determinar si el socialismo, manteniéndose la división social del trabajo, puede funcionar como sistema.