(von Mises, 1966)
3. Examen praxeológico del socialismo
La nota esencial del socialismo es que en él actúa una sola voluntad, siendo indiferente quién sea el sujeto de esa voluntad. El director puede ser un rey ungido o un dictador que gobierna en virtud de su carisma; un führer o una junta de jerarcas designados por sufragio popular. Lo fundamental es que un solo agente controla el destino que deba darse a todos los factores de producción. Una sola voluntad elige, decide, dirige, actúa, ordena. Todos los demás se limitan a obedecer sus órdenes e instrucciones. Una organización y un orden planificado sustituyen a la «anarquía» de la producción y a las diversas iniciativas particulares. La cooperación social bajo la división del trabajo se mantiene a base de vínculos hegemónicos que permiten al jerarca exigir absoluta obediencia de todos sus vasallos.
Denominando a ese rector económico sociedad (como hacen los marxistas), Estado (con mayúscula), gobierno o autoridad, la gente tiende a olvidar que quien ordena es siempre un ser humano, no una noción abstracta o una mítica entidad colectiva. Podemos admitir que el jerarca o la junta de jerarcas goce de capacidad extraordinaria, máxima sabiduría y superior bondad. Pero sería el colmo de la estupidez suponer que se trata de seres omniscientes e infalibles.
En un análisis praxeológico del socialismo no nos interesa el carácter ético y moral del director. Tampoco tenemos por qué recusar sus juicios de valor ni los objetivos que pueda perseguir. De lo que se trata es de saber si un hombre mortal, dotado de la estructura lógica de la mente humana, puede estar a la altura de las tareas que pesan sobre el director de una sociedad socialista.
Suponemos que el director tiene a su disposición todos los conocimientos tecnológicos de su tiempo. Además, tiene un completo inventario de todos los factores materiales de producción disponibles y un detalle completo de toda la mano de obra empleable. Multitud de expertos y especialistas le proporcionan una información perfecta y le resuelven correctamente todos los interrogantes que les plantea. Voluminosos informes se acumulan sobre su mesa de trabajo. Pero ha llegado el momento de actuar. Tiene que elegir entre una infinita variedad de proyectos de tal suerte que ni una sola de las necesidades que él considera más urgentes quede insatisfecha en razón a que los factores de producción necesarios para esta satisfacción se emplean para satisfacer otras necesidades que él considera menos urgentes.
Es importante observar que este problema no tiene nada que ver con la valoración de los fines últimos. Se refiere sólo a los medios que deben emplearse para alcanzar esos fines. Suponemos que el director ha decidido cuáles son las metas que conviene alcanzar. No discutimos su elección. Ni tampoco planteamos la posibilidad de que la gente, los vasallos, desaprueben las decisiones del director. Suponemos, a efectos dialécticos, que una fuerza misteriosa induce a todos los hombres a coincidir con el jefe y aun entre ellos mismos en cuanto al valor y oportunidad de los objetivos perseguidos.
El problema que nos interesa, el único y crucial problema del socialismo, es un problema puramente económico, y como tal se refiere solamente a los medios, no a los fines últimos.