330 Economía
Acción humana
Cooperación social
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(von Mises, 1966)

1. El problema

El director ha decidido construir una casa. Son muchos los procedimientos a que puede recurrir. Cada uno de ellos tiene para el jerarca sus ventajas y sus inconvenientes, según cuál sea el futuro destino que al edificio haya de darse. La vida probable del inmueble será distinta en unos y otros supuestos; tampoco serán iguales los materiales ni los obreros a emplear en cada caso; la duración de la obra también será distinta. ¿Qué método adoptará el director? Le resulta imposible reducir a común denominador los diversos materiales y las distintas categorías de trabajadores que, según el procedimiento adoptado, sea preciso emplear. No se halla en situación, por tanto, de establecer comparación alguna. No puede traducir a datos numéricos ni el tiempo que requerirá la obra (periodo de producción) ni la duración útil del futuro inmueble. Es incapaz, en una palabra, de contrastar aritméticamente costes y resultados. Los proyectos que los arquitectos someten a su consideración contienen infinidad de datos sobre múltiples materias primas, acerca de sus características físicas y químicas, sobre el rendimiento de las diversas máquinas y herramientas y acerca de las múltiples técnicas de construcción. Pero son datos sueltos que no guardan relación alguna entre sí. No hay forma de ensamblarlos ni de dar sentido a su conjunto.

Imaginemos la perplejidad del jerarca al enfrentarse a un proyecto. Tiene forzosamente que dilucidar si va a incrementar el bienestar general, si va ampliar la riqueza disponible o si, por el contrario, va a dejar desatendidas otras necesidades que él mismo considera de mayor valor. Pero ni uno solo de los informes que sus técnicos le facilitan contiene clave alguna que le permita resolver ese problema.

Dejaremos de lado por el momento las incógnitas que suscita el decidir qué bienes de consumo deban producirse. Vamos a dar por resuelta la cuestión. Nos enfrentamos, pues, tan sólo con el problema de decidir qué factores de producción vayamos a obtener y emplear y qué procedimiento, entre la infinita variedad de posibles sistemas de fabricación, vayamos a seguir para producir determinados bienes de consumo. Hemos de resolver cuál sea el mejor emplazamiento de cada industria, el tamaño de cada fábrica y la potencia de cada máquina. Es preciso que indiquemos qué energía ha de emplearse en cada factoría y cómo, en cada caso, deba ser la producida. Miles y miles de tales problemas se nos plantean a diario; son distintas las circunstancias de cada supuesto y, sin embargo, a cada caso debemos dar una racional y adecuada solución. El número de variantes que el director tiene que ponderar es muy superior al que arroja la mera enumeración técnica, con arreglo a sus condiciones físicas y químicas, de los factores de producción disponibles. La ubicación de cada uno de éstos ha de tomarse en consideración, así como el posible aprovechamiento del capital anteriormente invertido y ya inadaptable e intransformable. El director socialista no puede enfrentarse con el carbón como algo genérico; debe pensar en los miles de pozos en explotación, situados en los más variados lugares; debe ponderar la posibilidad de explotar nuevos yacimientos; debe optar entre múltiples métodos de extracción; debe valorar la diferente calidad de carbón que cada yacimiento produce; no debe olvidar que son múltiples los procedimientos que del carbón permiten obtener calor y energía; ni tampoco descuidar el sinnúmero de derivados que del mismo pueden conseguirse. Hoy en día es prácticamente posible obtener cualquier producto partiendo de cualquier otra materia. Nuestros antepasados, por ejemplo, tan sólo sabían aprovechar la madera en un corto número de aplicaciones. La moderna técnica ha descubierto infinidad de nuevos empleos: papel, textiles, alimentos, drogas y múltiples productos sintéticos.

Una ciudad puede ser abastecida de agua potable mediante dos métodos: transportarla de lejanos manantiales a través de acueductos —método empleado desde los tiempos más remotos—, o bien purificando químicamente el agua insalubre existente en la localidad. ¿Y por qué no producir agua sintéticamente? La técnica moderna ha tiempo que resolvió las dificultades que plantea semejante producción. El hombre medio, dominado siempre por su inercia mental, se limitaría a calificar la idea de absurda. La única razón, sin embargo, por la que no producimos hoy agua potable sintética —aunque tal vez en el futuro lo hagamos— es porque el cálculo económico nos dice que se trata del procedimiento más costoso de todos los conocidos. Eliminado el cálculo económico, la elección racional resulta imposible.

Rearguyen los socialistas que tampoco el cálculo económico es infalible. Los capitalistas también incurren a veces en el error. Desde luego, así ocurre y ocurrirá siempre, ya que la actuación del hombre apunta al futuro, y éste por fuerza resulta incierto. Los planes mejor concebidos fracasan si son falsas las previsiones del futuro. Pero no es tal el problema que ahora interesa. Al actuar partimos de nuestros conocimientos actuales y nos basamos en nuestra previsión de las circunstancias futuras. No estamos discutiendo si el director socialista será o no capaz de prever las condiciones futuras. Lo que decimos es que no podrá calcular, aunque demos por buenos sus juicios de valoración y su previsión del futuro, cualesquiera que ésta o aquéllos sean. Supongamos que el jerarca decide invertir capital en la industria conservera; si después varían los gustos de los consumidores o cambia el criterio de los higienistas acerca de la salubridad de los alimentos enlatados, la inversión, naturalmente, resultará desacertada. Pero no es ése el tema debatido. El problema crucial es el siguiente: ¿Cómo debemos hoy y aquí montar una fábrica de conservas para que resulte lo más económica posible?

Algunos de los ferrocarriles construidos a finales del siglo pasado no lo habrían sido ciertamente si se hubiera previsto la inminente aparición de los grandes y rápidos transportes por carretera y el desarrollo de la aviación. Sin embargo, quienes los tendieron podían perfectamente decidir cuál, entre los múltiples proyectos posibles, era el más aconsejable, a la vista de sus personales apreciaciones y futuras previsiones, habida cuenta de los correspondientes precios de mercado en los que se reflejaban las valoraciones de los consumidores. He ahí la ilustración y orientación con la que el director socialista jamás puede contar. Se ha de hallar éste tan desorientado como quien pretendiera dirigir un barco en alta mar sin saber nada de náutica; como un fraile medieval al mando de una moderna locomotora.

Hemos supuesto que el jerarca considera conveniente construir cierta factoría. Pero esta decisión tampoco puede adoptarse racionalmente sin antes recurrir al cálculo económico. El director socialista, para ordenar, por ejemplo, la construcción de determinada central hidroeléctrica, deberá previamente asegurarse de que es éste y no otro el procedimiento más económico para producir la deseada energía. Pero ¿cómo despejar tal incógnita si no puede calcular ni los costes ni la producción?

El régimen socialista tal vez al principio pudiera orientarse gracias a los recuerdos del anterior capitalismo. Pero ¿cómo podrá abordar el incesante cambio de circunstancias que el mundo real registra? Los precios de 1900 ¿de qué pueden servirle a quien tiene que planear y actuar en 1949? ¿Qué orientación pueden brindar los precios de 1949 al director socialista en 1980?

La paradoja de la «planificación» radica en que, al imposibilitar el cálculo económico, impide planificar. La llamada economía planificada puede ser todo menos economía. Significa caminar a tientas en la más densa oscuridad. Impide averiguar cuáles, entre los múltiples medios, son los más idóneos para alcanzar los objetivos deseados. Bajo la denominada planificación racional, ni la más sencilla operación puede practicarse de un modo razonable y reflexivo.